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Sin Estado en Somalia, y encantados

02/21/2006Yumi Kim

Somalia está de nuevo en las noticias. Las bandas rivales se disparan entre sí ¿y por qué? La razón es siempre la misma: la perspectiva de que el gobierno de transición débil, si no invisible, en Mogadiscio se convierta en un gobierno real con poder real.

Los medios describen invariablemente esta perspectiva como una «esperanza». Pero es una extraña esperanza que está acompañada por violencia y temor en todo el país. Somalia se las ha arreglado bastante bien por sí misma en los 15 años desde que su gobierno fue eliminado. El futuro de la paz y la prosperidad depende allí en parte de evitar que se forme uno.

Como admite incluso el libro de datos de la CIA:

A pesar de la aparente anarquía, el sector servicios de Somalia se las ha arreglado para sobrevivir y crecer. Las empresas de telecomunicaciones proporcionan servicios inalámbricos en la mayoría de las grandes ciudades y ofrecen las tarifas internacionales más bajas del continente. En ausencia de un sector bancario formal, los servicios de cambio de moneda se han extendido por todo el país, manejando anualmente entre 500 y 1.000 millones de dólares en giros. El mercado principal de Mogadiscio ofrece una variedad de bienes, desde comida a los dispositivos electrónicos más novedosos. Los hoteles continúan funcionando y las milicias proporcionan seguridad.

Para entender más acerca del país sin gobierno, consultar The Law of the Somalis, escrito por Michael van Notten (1933-2002) y editado por Spencer Heath MacCallum, que explica el poco conocido derecho somalí y la cultura y situación económica. Somalia se cita a menudo como un ejemplo de una sociedad sin Estado en la que el caos es la «regla» y abundan los señores de la guerra.

El perfil de Somalia de la BBC resume esta opinión divulgada ampliamente por los medios de comunicación de masas: «Somalia ha estado sin un gobierno central efectivo desde que el presidente Siad Barre fue derrocado en 1991. Las luchas entre señores de la guerra rivales y una incapacidad de ocuparse de la hambruna y las enfermedades llevó a la muerte de casi un millón de personas».

La primera frase sí es cierta: cuando el presidente fue destituido por clanes de la oposición en 1991, se desintegró el gobierno. Sin embargo la segunda frase retrata a Somalia como un país sin ley y en desorden. Respecto del desorden, Van Notten cita a autoridades sobre el hecho de que las telecomunicaciones de Somalia son las mejores de África, su economía ganadera es más fuerte que la de cualquiera de sus vecinos, Kenia o Etiopía y que desde la desparición del gobierno central, el chelín somalí se ha hecho mucho más estable en los mercados mundiales de divisas, mientras que las exportaciones se han quintuplicado.

Respecto a que Somalia no tiene ley, Van Notten, un jurista holandés que se casó dentro del Clan Samaron y vivió al menos doce años con ellos, rechaza concretamente ese retrato. Explica que Somalia es un país basado en el derecho consuetudinario. El sistema tradicional somalí de derecho y política, responde, es capaz de mantener una sociedad pacífica y llevar a los somalíes a la prosperidad. Además, los esfuerzos por restablecer un gobierno central o imponer la democracia al pueblo son incompatibles con el derecho consuetudinario.

Van Notten distingue entre los cuatro significados de la palabra «derecho»: estatutario, contractual, consuetudinario y derecho natural. El error común es pensar que las normas legítimas solo proceden de entidades formalmente establecidas y que por tanto un país sin un parlamento no tiene ley. Refutando ese error, Van Notten explica que puede existir un país perfectamente ordenado y pacífico cuando la gente respeta los derechos de propiedad y cumple sus contratos. Mientras que las leyes naturales denotan paz, libertad y relaciones amistosas, las leyes estatutarias representan órdenes. Las leyes estatutarias reflejan las preferencias de los legisladores, que imponen una «moralidad» sobre los que son gobernados y regulan su capacidad de realizar contratos voluntarios. Esto, de acuerdo con Van Notten, es erróneo desde el punto de vista tanto de la moralidad como del derecho.

Las leyes consuetudinarias se desarrollan en un país como Somalia en ausencia de un cuerpo legislativo central. Las normas «aparecen espontáneamente cuando la gente se ocupa de sus asuntos diarios y tratan de resolver los problemas que aparecen ocasionalmente en ellos sin afectar a los patrones de cooperación de los cuales dependen tan fuertemente» (Van Notten, 15: 2005). Van Notten afirma que el derecho consuetudinario somalí sigue muy de cerca el derecho natural y por tanto debería conservarse.

La familia extendida es el centro de la sociedad somalí. Las familias que descienden de un bisabuelo común forman un jilib, la unidad básica jurídica independiente, y varios jilibs a su vez forman un clan. Cada familia, jilib y clan tiene su propio juez, cuyo papel es facilitar la resolución de disputas decidiendo en quién recae la responsabilidad y que indemnización debe pagar. Por ejemplo, si se mata a un hombre, el clan del asesino da al clan de la víctima cien camellos (el precio de la sangre). Los veredictos se explican profusamente y a un juez que no base su decisión en las normas que prevalecen en la comunidad es improbable que se le pida que resuelva más disputas. Así que aunque un juez pueda formar sus propios principios, sus clientes decidirán su competencia como juez.

La familia del demandante con éxito puede hacer por sí misma que se aplique un pago o el tribunal puede ordenar a los hombres de la comunidad que lo realicen. Por ejemplo, si A viola el derecho de B y se decide que a debería pagar una indemnización a B, el jilib de A pagará la indemnización. Por tanto el jilib funciona como «una red de seguridad, capital-riesgo, protección y seguro» (Van Notten, 74: 2005).

Si un miembro del clan viola constantemente los derechos de otros y su jilib paga repetidamente indemnizaciones, el jilib puede expulsarle. Por otro lado, no hay nada que impida a nadie abandonar su jilib y unirse a otro, si le aceptan, o crear uno propio. Una persona sin jilib es impensable, un forajido, porque no está asegurada contra responsabilidades en las que pueda incurrir ante otros. Por tanto pierde toda la protección del derecho.

Las sentencias se aplican y las promesas se aceptan en formas que pueden parecer simples o extrañas, pero son la costumbre y deben ser respetadas. Si, por ejemplo, el acusado rechaza cumplir el veredicto sin apelar a un tribunal superior, puede ser atado a un árbol cubierto de hormigas negras hasta que lo acepte. Cuando las evidencias son pocas o nulas, hay disponibles varios tipos de juramentos. Un juramento fuerte es el que se repite cincuenta veces. Otro tipo es un juramento de divorcio. Si un hombre testifica bajo juramento de divorcio y luego se descubre que su testimonio fue falso, su matrimonio se anula.

El que las familias extendidas independientes sean la unidad básica social y económica sí tiene sus problemas. Aunque los hombres de los clanes no tengan ninguna obligación de compartir su riqueza con otros clanes, deben compartirla en un grado importante dentro del clan. Van Notten señala esto como un defecto y dice que la «ley hace que los hombres del clan sean en cierto modo prisioneros de su clan». Como los individuos difieren en productividad, es inevitable que algunos miembros familiares se aprovechen de algunos miembros con más éxito. Además, para promover la cohesión interna, las familias extendidas pueden fomentar la animosidad contra otras familias. Van Notten también escribe que los extranjeros no son reconocidos bajo el derecho somalí si no se casan dentro de un clan o quedan bajo la protección de un padrino somalí.

Esto tiene importantes implicaciones económicas. Por ejemplo, como la tierra no puede venderse fuera del clan, a los extranjeros generalmente se les prohíbe comprarla. Una forma de resolver esto podría ser el arrendamiento de tierras, que es posible bajo el derecho consuetudinario. Los ancianos somalíes sugirieron a Van Notten que un grupo de inversores extranjeros podrían formar su propio ‘clan’ en un territorio arrendado y desarrollarlo, por ejemplo para un puerto franco, basándose en un arrendamiento.

Hay una importante discusión en torno a la democracia. En 1960, cuando los colonizadores británicos e italianos se fueron e Somalia, formaron el gobierno de la República de Somalia como una entidad democrática. Nueve años después, el país estaba bajo una dictadura. Durante estos acontecimientos, según Van Notten, muchos somalíes se dieron cuenta de que podían volver a su forma tradicional de gobierno basada en clanes independientes.

Sin embargo, desde 1991, la ONU ha realizado esfuerzos encaminados a promover el establecimiento de un gobierno democrático en Somalia. Van Notten argumenta enérgicamente que dicho gobierno es incompatible con el derecho consuetudinario somalí, que premia la vida, la libertad y la propiedad. Afirma que la democracia ni siquiera es una opción viable:

Cuando el electorado está compuesto comunidades tribales, religiosas, lingüísticas o étnicas muy cerradas, la gente vota invariablemente, no los méritos de nada, sino el partido de su propia comunidad. La comunidad con más miembros gana las elecciones y los partidos minoritarios ponen la rebelión y la secesión en lo más alto de su programa político. No es sino una receta para el caos. (Van Notten, 127; 2005)

Van Notten dice que el argumento de que un gobierno central es un prerrequisito para firmar tratados con agencias públicas extranjeras es falso porque los somalíes han tratado desde hace tiempo con gobiernos extranjero clan por clan. Un ministro común de asuntos exteriores plantearía un grave peligro, porque socavaría el derecho consuetudinario. Sugiere que los clanes que compartan intereses comunes podrían nombrar una empresa privada como agente común. Van Notten y MacCallum discuten además que se necesite un gobierno central para proporcionar servicios «públicos». Proponen el establecimiento de puertos francos, arrendamientos de tierras y empresas de seguros comerciales, Ciertos sectores, como las telecomunicaciones, han estado prosperando en el mercado libre de Somalia y la regulación pública solo podría obstaculizar su crecimiento.

Se plantean preguntas sobre violentos señores de la guerra cuando se habla de un país sin gobierno central. Van Notten explica que los señores de la guerra existen debido a los esfuerzos por formar un gobierno central, no debido a su ausencia:

Un gobierno democrático tiene todo el poder para ejercer dominio sobre el pueblo. Para eliminar la posibilidad de ser dominado, cada clan trata de conseguir el poder de ese gobierno antes de que pueda convertirse en una amenaza. Aquellos clanes que no compartan su parte en los saqueos del poder político se darían cuenta de que sus posibilidades de convertirse en parte de la alianza gobernante eran nulas. Por tanto, se rebelarían y tratarían de separarse. Esto empujaría a los clanes gobernantes a usar todos los medios de suprimir estas fuerzas centrífugas (…) al final, todos los clanes lucharían entre ellos. (Van Notten, 136; 2005)

Así que afirma que los esfuerzos de la ONU no solo son inútiles, sino asimismo dañinos para los somalíes.

Van Notten pide documentación de los sistemas de clanes para facilitar hacer negocios con extranjeros, especialmente a escala nacional. Argumenta que recopilando toda la jurisprudencia importante bajo el derecho somalí es más probable que evolucione en un cuerpo coherente de derecho común. Pero si cada clan solo está obligado por sus propias normas y costumbres, y si los somalíes hasta ahora nunca han sentido la necesidad de la «fusión de los sistemas legales de los clanes», ¿por qué sería necesario compilar normas de todos los distintos clanes?  Además, no está claro cómo podría realizarse en la práctica esa tarea cuando el derecho consuetudinario evoluciona constantemente y los clanes tienen un carácter nómada.

El libro no contiene información respecto de las elecciones presidenciales somalíes de 2004, que tuvieron lugar en Kenia. Los esfuerzos por crear un gobierno formal continúan, pero parecen vanos, inspirando esperanzas a los burócratas de la ONU y los medios de comunicación, pero solo miedo y asco en Mogadiscio y el resto del país.

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