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La anomalía Goldwater

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12/04/2009Jeff Riggenbach

[Este artículo está extraído del capítulo cinco de Why American History Is Not What They Say: An Introduction to Revisionism]

La llegada del New Deal acabó una larga época de la historia política estadounidense, una época que había durado más de un centena de años, una era en la que cada elección nacional era una competición entre un partido liberal y un partido conservador, ambos importantes en tamaño e influencia. Después de la llegada del New Deal, ambos grandes partidos eran partidos conservadores. Pues la variedad del «liberalismo» del New Deal no era liberalismo en absoluto, sino conservadurismo. Como explica Karl Hess, la moderna

Postura liberal ahora se considera como una postura de izquierdas. En realidad sigue la tradición conservadora, muy al borde de la línea central, pero decididamente, creo, a la derecha de su centro. Los [nuevos] liberales creen en el poder concentrado (en manos de liberales, la élite de personas supuestamente educadas y gentiles). Creen en concentrar ese poder tan dura y eficazmente como sea posible. Creen en la empresa de gran tamaño, ya sea corporativa o política y tienen un desdén grande y profundo por lo nacional y lo local. Piensan nacionalmente, pero también piensan globalmente e incluso intergalácticamente. En realidad, como creen en un gobierno mucho más autoritario que muchos conservadores, probablemente sea mejor decir que los liberales [modernos] están junto pero realmente a la derecha de muchos conservadores.1

El Partido Republicano ha sido siempre un partido conservador, por supuesto. El Partido Demócrata, tradicionalmente liberal, estaba ahora controlado por conservadores que se calificaban falsamente a sí mismos como «liberales». Los verdaderos liberales no podían encontrar ningún verdadero hogar en ninguno de ambos partidos. Podían o bien apoyar a partidos menores o bien quedarse en casa completamente alejados de las urnas.

No es sorprendente que algunos liberales eligieran lo que parecía una prometedora tercera alternativa: trabajar por objetivos e ideales liberales dentro de uno o del otro de los dos grandes partidos conservadores. Pero sus esfuerzos estaban condenados al fracaso. Como es sabido que observó George Wallace en 1968, no hay «una moneda de diez centavos de diferencia» entre los dos partidos.2 Ninguno de ambos estaba verdaderamente abierto a ideas liberales. Pero al menos los liberales que eligieron mantenerse en el Partido Demócrata podían alegar en defensa de su decisión que su partido sí tuvo una larga historia de avances en objetivos e ideales liberales. Los liberales que decidieron unirse al Partido Republicano no podían ofrecer esa defensa, pues este nunca había defendido nada más que objetivos e ideales no liberales: gran gobierno y favores especiales para las grandes empresas.

El republicano que «robó» a Robert Taft en 1952 y mantuvo la Casa Blanca durante los siguientes ocho años fue, por supuesto, Dwight D. Eisenhower, un héroe de guerra políticamente inderrotable y un republicano completamente tradicional sin un solo hueso liberal en su cuerpo. Como presidente, aceptó sonrientemente el New Deal y se añadió alegremente a él, aumentando el gasto federal en un 30% (aunque la nación estaba en paz), creando el Departamento de Sanidad, Educación y Bienestar, expandiendo el sistema de Seguridad Social para incluir a 10 millones adicionales de perceptores y entrometiéndose constantemente en los asuntos de otras naciones. Eisenhower ayudó a instaurar a Mohammed Reza Pahlavi como sha de Irán y envió las primeras tropas estadounidenses a un oscuro rincón hasta entonces desconocido del sudeste de Asia llamado Vietnam.3

Cuando el vicepresidente de Eisenhower, un abogado conservador del sur de California llamado Richard Milhous Nixon, perdió la Casa Blanca de nuevo ante los Demócratas en 1960, los estrategas políticos dentro del Partido Republicano empezaron a buscar un candidato más atractivo para 1964. El hombre en el que acabaron confiando, el senador Barry Goldwater, de Arizona, convenció a muchísima gente durante 1963 y 1964 de que los liberales desafectos (que habían abandonado el Partido Demócrata en 1932 en protesta contra las políticas de FDR y luego se mantuvieron dentro del Partido Republicano durante el siguiente cuarto de siglo) habían tenido razón todo el tiempo.

Pues por fin aquí había un candidato presidencial Republicano que predicaba un gobierno pequeño y el libre comercio, un Republicano que recordaba escalofriantemente a Grover Cleveland, un Republicano que era elocuente en su adhesión a los objetivos e ideales liberales de los viejos tiempos.

La elocuencia era principalmente obra del redactor de discursos de Goldwater y principal consejero durante la campaña de 1964, el periodista y escritor fantasma político Karl Hess. Como cuenta Hess, el senador Goldwater era en realidad lo que parecía a tanto: una verdadera encarnación genuina del espíritu liberal clásico. Estaba el problema de la guerra en Vietnam, por supuesto, pero dejando aparte eso por el momento, ¿no estaba meridianamente claro que Goldwater era un verdadero individualista y más un hombre de la izquierda que de la derecha?

«Goldwater», recordaba Hess en su autobiografía, escrita treinta años después de la trágica campaña presidencial del senador de Arizona, «tuvo muy poco apoyo de las grandes empresas». El problema de Goldwater era que su

Insistencia en la competencia como  indispensable para un mercado libre había asustado a las grandes corporaciones. Estos gigantes de la libre empresa se habían hecho adictos con el paso de los años a la colusión con el gobierno y a la protección acogedora de las regulaciones públicas que obstaculizaban la entrada en el mercado y producían excesivas restricciones contra los productos innovadores. Demasiadas de ellas eran usadas para echar una mano al gobierno en lo que equivalían a programas sociales disfrazados como asignaciones de defensa redundantes y no discutidas. Goldwater sospechaba de todo ello. No creía que una gran empresa debiera ser subvencionada con fondos arrebatados a la gente trabajadora, igual que no creía que debiera serlo un artista o un intelectual o un granjero. El apoyo a la gran empresa se desviaba naturalmente hacia Lyndon Johnson, que sabía cómo negociar con las grandes empresas que pensaban que tenían derecho a ser tratadas prácticamente como un cuarto poder.

Goldwater, según Hess, era un sincero opositor al gran gobierno. «Ahora es difícil imaginar un presidente de Estados Unidos renunciando efectivamente al poder federal», escribía Hess en la década de los noventa.

Goldwater, si hubiera sido elegido, lo habría intentado. Me escribió unos años antes que «Soy más un jeffersoniano que un republicano o cualquier otra cosa». En realidad, creo que fue uno de los hombres más grandes que haya vivido en Estados Unidos. Si pudiésemos prestar más atención a sus prédicas y su filosofía, creo que el país estaría mucho mejor.4

Hess reporta que Goldwater «nunca pudo entender la ley contra la marihuana, ya que los vaqueros en Arizona, antes de la Ley Harrison de Narcóticos, la fumaban habitualmente y nunca estaban tan tranquilos como cuando lo hacían».5 Tampoco la marihuana fue lo único en que el senador adoptó la misma postura que los activistas de la Nueva Izquierda que estaban haciendo tanto ruido en los campus de las universidades en todo el país. En 1968, en campaña para recuperar su antiguo escaño en el Senado, Goldawater empezó un discurso en la Universidad Estatal de Arizona en Tempe diciendo: «Tengo mucho en común con la rama anarquista de la Students for a Democratic Society [SDS]».6

En ese momento, aunque seguía trabajando a tiempo parcial para Goldwater (escribiendo un libro sobre la campaña presidencial, escribiendo una columna periodística sindicada nacionalmente que aparecía bajo el nombre de Goldwater y escribiéndole discursos para la campaña del Senado de 1968) Hess tenía un contacto cada vez más directo con la SDS. Muy pronto abandonaría completamente el Partido Republicano y empezaría a identificarse con la Nueva Izquierda.

Mirando atrás a ese periodo unos pocos años después, en 1975, Hess advertía que «muchísimos de los jóvenes que he conocido en la izquierda llegaron allí, como yo, desde la campaña de Goldwater de 1964». Escribiendo casi un cuarto de siglo antes de la muerte de Goldwater en 1998 (él mismo murió en 1994), Hess opinaba que «Goldwater (…) sabe que, históricamente no es de derechas. Es un hombre, en el fondo, de al menos una inclinación hacia la izquierda humanista».7

Hess tampoco es el único observador que ve a Goldwater como un liberal, un hombre de la izquierda, incongruentemente asociado a un partido político con el que, ideológicamente, no tenía nada en común. En 2004, seis años después de la muerte de Goldwater con 89 años, el periodista Sidney Blumenthal reflexionaba sobre el famoso legado del hombre de Arizona en un artículo en la revista en línea Salon. «En su estilo directo», escribía Blumenthal, «indiferente a lo que pensaran los demás, atacó la intolerancia, la santurronería y el acoso de la derecha. Sr. Conservador, autor de su primer manifiesto seminal, La conciencia de un conservador, se aficionó a llamarse en público un ‘liberal’. No escatimaba palabras a la hora de denunciar a la derecha como enemiga de la libertad».

Blumenthal descubría que la gente que había estado más cerca del senador en vida era la que más probablemente estaría de acuerdo con su valoración de Goldwater como un hombre de la izquierda.

«Barry fue siempre un liberal social», me dijo Susan Goldwater Levine, su viuda y mantenedora de la llama, en su casa, en lo alto de las colinas encima de Phoenix, viendo una puesta de sol de color pastel, con un tiempo de invierno de 21º C. «Barry creía que debía dejarse a la gente hacer lo que quisiera en su propia casa». Cuando Goldwater observaba a la derecha tratando de usar al gobierno para aplicar moralidad privada, hablaba a favor del derecho de la mujer al aborto y de los derechos de los gays. Su esposa insistía en que sus convicciones habían permanecido inalteradas, pero que el movimiento del que era representante se había torcido. «Odiaba que los zelotes de la derecha se apropiaran del partido», decía. «Barry odiaba la derecha».8

De hecho, desde el mismo inicio de su carrera política nacional a principios de la década de los sesenta, Goldwater disfrutó de cierta popularidad entre elementos del Partido Demócrata y también entre demócratas desencantados ya no afiliados al partido. Clyde Wilson cree que el que un candidato tan improbable como Goldwater pudiera ganar la nominación republicana se produjo en primer lugar «principalmente debido a la entrada de demócratas expulsados» y apunta que «los únicos estados que ganó [Goldwater en las elecciones de 1964] eran tradicionalmente demócratas».9

No puede ponerse en duda que el propio partido de Goldwater, el republicano, abandonó a su candidato. Los republicanos se quedaron en casa sin votar o desertaron en masa para apoyar la campaña de Johnson. ¿Por qué debían apoyar a un hombre como Goldwater? Como republicanos difícilmente podía esperarse que mostraran mucho entusiasmo por lo que era, esencialmente, un programa liberal. Johnson les gustaba mucho más, con su larga historia como «liberal» del New Deal, es decir, un partidario del Estado mercantilista, protofascista y corporativo.

Por otro lado, había otra forma de ver a Barry Goldwater. Y Murray Rothbard  fue con diferencia el defensor más elocuente de este punto de vista alternativo. «Golwater», escribía en 1980, «fue (y es) un total intervencionista en asuntos exteriores, es tan simbólico como importante que Goldwater fuera un delegado de Eisenhower y no de Taft en la convención Republicana de 1952».

Solo ocho años después, en el momento de «la convención Republicana de 1960, Barry Goldwater se había convertido en el líder político de la Nueva Derecha transformada». Esta «Nueva Derecha», explica Rothbard, fue la rama del conservadurismo a la que National Review de William F. Buckley Jr. Proporcionaba liderazgo intelectual, una la rama del conservadurismo que «combinaba una aproximación tradicionalista y teocrática a los ‘valores morales’, una ocasional palabrería vacía en defensa de la economía de libre mercado y una política exterior imperialista e intervencionista global dedicada a la glorificación del Estado estadounidense y a la extirpación del comunismo mundial. El liberalismo clásico permanecía solo retóricamente, al ser útil para atraer el apoyo de las empresas».10

E incluso Hess reconoce, aunque a regañadientes, la verdad de una parte de la queja de Rothbard contra Goldwater: la idea de que el senador de Arizona era «un completo intervencionista en asuntos exteriores». En 1975, Hess escribía que

Defender un Estado se seguridad nacional fuerte, como hacía siempre Goldwater, afrontando al mismo tiempo el hecho de que una de sus consecuencias (aumentar el poder federal) lograría a largo plazo justamente lo que una invasión enemiga, es caer en una gran contradicción. Indudablemente yo no lo veía así entonces. Goldwater no parecía verlo. Nunca se discutió. Pero era el tipo de contradicción que puede atormentarte durante mucho tiempo. A mí me pasó, mucho tiempo después.

Entretanto, el peso de esta contradicción se estaba haciendo cada vez mayor cada día que pasaba, debido a su relevancia para uno de los asuntos candentes del momento:

La Guerra de Indochina. Mientras crecía y crecía su apoyo a ella, contrastaba enormemente, por ejemplo, con su primera promesa de campaña de 1964 de abolir y acabar con el servicio militar. Decía muy a menudo que si había una guerra que el pueblo no quisiera librar, probablemente no debería librarse en absoluto. La Guerra de Indochina, que empezó como una acción del ejecutivo, se expandió como una acción del ejecutivo, fue librada por reclutas forzosos. No fue una guerra que el pueblo siquiera supiera que existía hasta que fue demasiado tarde. Fue una guerra que contradijo todos los principios básicos que yo había pensado que defendía el senador Goldwater».11

  • 1. Karl Hess, Dear America (Nueva York: William Morrow, 1975), p. 13.
  • 2. Ver Richard Pearson, «Former Alabama Governor George C. Wallace Dies». Washington Post, 14 de septiembre de 1998.
  • 3. James Ostrowski, «Republicans and Big Government», Mises.org, 19 de febrero de 2002.
  • 4. Karl Hess, Mostly on the Edge: An Autobiography. Ed. Karl Hess Jr. (Amherst, NY: Prometheus, 1999), pp. 183-184, 181.
  • 5. Hay cierta confusión histórica en esta cita, aunque es difícil decir si la confusión era de Goldwater o de Hess. La marihuana no fue prohibida por la Ley Harrison de Narcóticos de 1914. No fue prohibida ni siquiera regulada por ley federal (aunque lo fue en ciertos estados y municipios) hasta casi 25 años después, con la Ley de Impuesto a la Marihuana en 1937.
  • 6. Hess, Mostly on the Edge, p. 179.
  • 7. Hess, Dear America, pp. 108, 105
  • 8. Sidney Blumenthal, «Revolt of the Goldwater Conservatives». Salon,  26 de febrero de 2004.
  • 9. Wilson, «Save America! Vote Republican!»
  • 10. Murray N. Rothbard, «Requiem for the Old Right». Inquiry  27 de octubre de 1980: pp. 24–27.
  • 11. Hess, Dear America, pp. 68–69.
Author:

Jeff Riggenbach

Jeff Riggenbach was a journalist, author, editor, broadcaster, and educator. A member of the Organization of American Historians and a senior fellow at the Randolph Bourne Institute, he wrote for such newspapers as the New York Times, USA Today, the Los Angeles Times, and the San Francisco Chronicle; such magazines as Reason, Inquiry, and Liberty; and such websites as LewRockwell.com, AntiWar.com, and RationalReview.com. His books include In Praise of Decadence (1998), Why American History Is Not What They Say: An Introduction to Revisionism (2009), and Persuaded by Reason: Joan Kennedy Taylor & the Rebirth of American Individualism (2014). Drawing on vocal skills he honed in classical and all-news radio in Los Angeles, San Francisco, and Houston, Riggenbach also narrated the audiobook versions of numerous libertarian works, many of them available on Mises.org.

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