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Cuentos de titanes y hobbits

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07/09/2007Juliusz Jablecki

La literatura puede ejercer una poderosa influencia sobre nuestra ideología.1

Ayn Rand, después de todo, era principalmente una novelista. Muchas personas se convirtieron al liberalismo (o al menos a una variedad de éste) después de experimentar en persona, su carisma y magnetismo indiscutibles, pero el significado de sus novelas, especialmente La rebelión de Atlas,2 difícilmente puede pasarse por alto.

De hecho, fue sólo después de haber leído esa expresiva historia que muchos futuros libertarios —entre ellos Walter Block3— denunciaron al socialismo, junto a toda la esclavitud física y mental que inevitablemente impone sobre la gente. Así, sería una narrativa —una novela o, si se desea, un cuento de hadas— la que habría logrado dar forma y contextualizar en los lectores la noción de temas abstractos tales como la libertad, l’étatism, o el igualitarismo.

Otro novelista que también logró ganar un círculo excepcionalmente amplio de lectores y admiradores fue John Ronald Reuel Tolkien, autor del best-seller mundial El Señor de los Anillos.4 A pesar de que el estilo de escribir de Tolkien era mucho más modesto que el de Rand —él nunca impuso sobre sus lectores una particular lectura de su libro, y criticó abiertamente alegorías conscientes e intencionales— el novelista inglés nunca negó que su obra se refería a algo más que elfos y enanos, o que tratara de ciertas ideas. Como escribió a Michael Straight, el editor de New Republic, El Señor de los Anillos estaba creado para tener éxito primero como cuento emocionante y conmovedor —pero cuento dirigido principalmente a los adultos, hablando de algo más que la mera persecución y escape, es decir, una reflexión de las opiniones y los valores del autor.5

Dado que Tolkien se consideraba a sí mismo un anarquista conservador,6 no debería ser sorpresa que al tratar de responder a las preguntas de su editor sobre el simbolismo oculto en su magnum opus, él sugirió «… hacer que el Anillo sea una alegoría de nuestra propia era… una alegoría del destino inevitable que espera a todos los intentos de derrotar el poder del mal con el poder».7

Por eso, a pesar de que la saga de Tolkien es muy a menudo interpretada como una apolítica «novela para el camino» o como una «picaresca novela para los niños», El Señor de los Anillos podría muy bien ser fuente de inspiración inagotable para los libertarios como una dramatización artística e imaginativa de la famosa declaración de Lord Acton de que el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Por tanto, ambos, Rand y Tolkien, relatan apasionadamente sus cuentos sobre libertad, pero recurren a estéticas completamente diferentes, y, en consecuencia, pintan dos imágenes completamente diferentes del mundo, con diferentes héroes y diferentes desafíos. ¿Son esas diferencias importantes? ¿Cómo afectan la «moraleja» de los cuentos? Dado que es de suma importancia qué tipo de historia se cuenta, vale la pena reflexionar sobre las diferentes imágenes del mundo presentadas en La rebelión de Atlas y El Señor de los Anillos, comparando los caracteres de ambos relatos, los apuros que enfrentan, y haciendo la pregunta fundamental ¿cuál de las dos novelas constituye un mejor contexto, un mejor marco de referencia literaria para la libertad y para la idea de Hans-Hermann Hoppe del orden natural?8

Los titanes

La rebelión de Atlas es, de forma corta, la historia de una huelga, pero no una ordinaria.9 Rand no escribe sobre los sindicatos o las masas de obreros, sino sobre los titanes cuyo trabajo insustituible, igual que el de su predecesor griego Atlas, mantiene vivo al mundo. Los titanes son los grandes capitalistas, dueños de industrias siderúrgicas y minas, hombres de genialidad, personas que son creativas y que sobresalen en todos los aspectos. Así es la protagonista de la novela, Dagny Taggart, la heredera de la gran compañía de ferrocarriles Taggart Transcontinental, que ella trata desesperadamente de salvar contra los intentos cada vez más descarados del gobierno de poner las manos sobre su fortuna. La sociedad en que vive la heroína es una adormilada, envidiosa, ociosa, esencialmente sin remedio, y si no fuera por el puñado de Atlases, definitivamente se hubiera hundido en la desesperación.

Dagny ama su trabajo. Es una talentosa ejecutiva del ferrocarril, y la dirección de toda la empresa parece no cansarla en absoluto. La verdadera carga para ella no es el trabajo, sino la necesidad —la obligación legal— de compartir sus frutos abundantes con el resto de la sociedad —la turba ingrata de perdedores. Inicialmente, la situación, aunque dura, parece soportable, sobre todo porque la protagonista lleva a cabo todas sus tareas cotidianas con la idea aliviadora de que no está sola, con la idea de que otros grandes triunfadores sienten y piensan de manera similar, y aunque pueden ser superados en número, ellos constituyen el verdadero motor del mundo.

Poco a poco, sin embargo, Dagny se da cuenta de que el mismo motor del que ella se consideraba una parte ha sido apagado abruptamente y los titanes, uno tras otro, parecen estar desapareciendo. El secuestrador resulta ser John Galt —un héroe misterioso, legendario, cuyo nombre provoca expresiones de impotencia entre los perdedores:

«¿Cómo debo lidiar con eso?» pregunta un aterrado trabajador mediocre.

«¿Cómo voy a saberlo?» es la respuesta invariable y estúpida. «¿Quién es John Galt?»

Galt solía ser uno de los titanes, pero la codicia, el sesgo colectivista, y la ingratitud de la sociedad a la que había dado tanto en el pasado le han inducido a la huelga –sin pelear con el sistema de opresión, ni siquiera tratar de cambiarlo, sino simplemente salir, llevando a otros con él. Y así se van, uno por uno: los grandes compositores, innovadores, creadores, directores, propietarios… Como resultado, el motor de todo el mundo se detiene, y la economía se hunde en el caos, porque cuando no hay nadie que sirva de presa, la sociedad de buitres insaciables ya no sabe qué hacer.

El Übermenschen encuentra refugio en un extraordinario valle escondido en algún lugar en Colorado, donde el signo del dólar no significa —como en el «otro lado»— avaricia, corrupción, y trampa, sino que simboliza el éxito, la destreza y la capacidad creativa. El único pecado imperdonable que hay es el altruismo. Así que viven, lejos del mundo moribundo, unidos por la promesa de que nunca más dejarán a los holgazanes improductivos beneficiarse de su trabajo.

Ellos esperan el fin de la historia, el momento en que

el credo de la autoinmolación se haya quedado, de una vez, sin disfraz —cuando los hombres no encuentren víctimas listas a obstruir el camino de la justicia y para desviar la caída de la retribución sobre sí mismos, cuando los predicadores del auto-sacrificio descubran que los dispuestos a practicarlo, no tienen nada para sacrificar, y que los que tienen, ya no están dispuestos— cuando los hombres vean que ni sus corazones ni sus músculos pueden salvarlos, pero la mente que ellos condenaron no esté allí para responder a sus gritos de auxilio… cuando ya no les quede nada de pretensión de autoridad, sin remanente de ley, sin rastro de moralidad, sin esperanza, sin comida y sin forma de obtenerla  —cuando ellos colapsan y el camino es claro ….10

Entonces, los titanes levantarán una vez más la Tierra —todos los individuos superiores volverán a reconstruir el mundo.

Los hobbits

La novela de Tolkien también termina con un tema de reconstruir el mundo, una promesa de rectificar las cosas, trayendo de vuelta el orden correcto de las cosas. Comienza, sin embargo, de una manera totalmente diferente: no en la plataforma de una inmensa estación de tren, ni en una gran fábrica, ni en un hermoso palacio. El Señor de los Anillos se inicia en la Comarca —más precisamente en Hobbiton, un pequeño pueblo habitado por hobbits, pequeñas criaturas, discretas, muy torpes, cuya naturaleza sencilla y amigable las hace muy similares a los humanos.

Un día, un gran mago, Gandalf el Gris, hace una visita a la aldea. Él está preocupado por el hecho de que uno de los hobbits, un tal Sr. Bilbo Bolsón, mantiene escondido un artefacto precioso —un misterioso anillo. Forjado hace muchos años por Sauron, el Señor de la Oscuridad, el Anillo de Poder es uno de muchos anillos de poder, el único, sin embargo, que controla a los demás. Parece haber encontrado su camino a Hobbiton, por pura casualidad, cuando Bilbo lo trajo con él de uno de sus viajes, con la esperanza de esconderlo del resto del mundo, adorando su brillo y la magnificencia.

El anillo puede dar fuerza y ​​vitalidad a Bilbo, algo inusual a su avanzada edad, pero también lo hace dependiente del mismo anillo. Antes de darse cuenta, el viejo hobbit se convirtió en un siervo del Anillo de Poder, sin atreverse a separarse de él nunca, siempre guardándolo en un bolsillo de su chaleco ornamental. Esta situación, probablemente habría durado muchos años si Gandalf no hubiese comprendido la misteriosa historia del anillo, y reconociera su verdadera naturaleza oscura. Gandalf entiende que Sauron sabía muy bien dónde buscar su precioso tesoro perdido, y que inevitablemente lo reclamaría.

El anillo no puede, sin embargo, volver a su creador, ya que significaría la destrucción de toda la Tierra Media y la esclavitud de todos los pueblos que la habitan –la oscuridad caería sobre el una vez maravilloso mundo, cubriendo el horizonte con un velo de humo. Desafortunadamente, esa poderosa fuente de poder no puede simplemente ser enterrada o escondida, ya que el anillo mismo trata de regresar a su amo, quien por seguro no escatimará esfuerzos para recuperar dominio sobre el mundo.

Por lo tanto, la única manera de salvar la Tierra Media parece ser destruir el anillo maldito. Tan fácil como pueda parecer, la tarea es de hecho extremadamente difícil, ya que, por ser un artefacto mágico, no cede a las llamas ordinarias o al martillo de cualquier herrero —sólo puede ser echado al fuego de Mordor en las Grietas de la Condena. Sin embargo, primero alguien tiene que llevarlo allí. Esto no será fácil, ya que el camino está custodiado por soldados de Sauron, los horrendos y crueles orcos.

Podría parecer que sólo el mismo Gandalf o uno de los grandes y nobles caballeros de la Tierra Media podrían llevar a cabo tal peligrosa misión. Por desgracia, en la medida en que el Anillo de Poder da su fuerza al portador para dominar el mundo, también se apodera de él. Es una entidad cuya naturaleza es controlar todo y a todos. Por eso, si Gandalf o cualquier otro de los grandes héroes se pusieran el anillo, se convertirían en un instrumento terrible de destrucción, ya que cualquiera que lo desliza en su dedo deja de ser él mismo y se convierte en un mero sirviente del anillo.

Sólo alguien tan mediocre, tan débil, inepto, y creado al parecer con el único propósito de ocuparse sólo de sus asuntos, como Frodo Baggins —heredero de Bilbo— podría, al menos hasta cierto punto, resistir el poder del mal. Sin saber claramente lo que le espera, Frodo sale en su misión acompañado por algunos amigos de la Comarca, junto a distinguidos caballeros de otras razas: Gimli el Enano, Legolas el Elfo, dos hombres, Aragorn y Boromir, y el mismo sabio Gandalf.

Muchas veces, el largo viaje pone a prueba la inmunidad de Frodo, demostrando que incluso tal moderada criatura no puede siempre resistir el poder de las tinieblas. Una vez que finalmente el anillo es arrojado al abismo de Mordor, el sol sale de nuevo sobre la Tierra Media, todo se puede iniciar de nuevo, y el viejo orden mundial es restaurado —sin tener que reemplazar el poder derrotado por uno nuevo y más siniestro.

Cómo luchar contra el sistema

Estos resúmenes podrían sugerir que, dado que la historia contada en El Señor de los Anillos tiene lugar en un mundo ficticio, mientras que La rebelión de Atlas describe una situación de la vida real, es la novela de Rand, la que hace un mejor trabajo dramatizando el credo libertario. Sin embargo, a pesar de que Tolkien crea su propio mundo, diferente del que vemos a nuestro alrededor cada día, él hizo que los personajes, los héroes de la guerra por la Tierra Media, fueran tan reales como, por ejemplo, los pigmeos de la selva africana.11

Legolas, Aragorn, y Gimli son todos caracteres creados con el propósito de contar la historia, pero esto no cambia el hecho de que son ejemplificaciones de verdades, principios y valores definidos —al igual que los personajes de Rand, John Galt y Taggart Dagny. No importa si uno lucha para defender a Hobbiton o Taggart Transcontinental. En su más profundo, más importante mensaje, las dos novelas en esencia hablan de las mismas cosas —de los retos a que un hombre debe hacer frente, de su responsabilidad moral por sí mismo y por todo lo que ama, y ​​sobre la influencia cautivadora y destructiva del poder y la coerción.

Además, ambas novelas denuncian claramente el tal llamado imperativo de acción, es decir, la creencia de que un sistema se puede cambiar fácilmente desde dentro. Está claramente descrito en La rebelión de Atlas, donde los personajes principales expresan su oposición a la maldad del mundo simplemente huyendo de él, confirmando con sus actos la famosa frase de Etienne de la Boétie: «Decídete a no servir más, y serás de una sola vez libre».12

A pesar de que en El Señor de los Anillos es la lucha activa y no la resistencia pasiva lo que constituye el tema central de la novela, la lucha se libra fuera del sistema. Gandalf y Galadriel, muy poderosos ambos, conscientemente rechazan la posibilidad de derrotar a Sauron con el anillo —ellos saben muy bien que los convertiría a ellos mismo en tiranos.13 El señor de la Oscuridad sólo puede ser derrotado mediante la destrucción de lo que constituye la esencia misma de su poder —el Anillo de Poder.

Estas similitudes no implican que no haya diferencias entre La rebelión de Atlas y El Señor de los Anillos. Muy por el contrario —las diferencias existen y son la razón misma por la que una de las novelas sirve mejor como una contextualización de la idea de orden natural. Para ver esto, analizaremos la estructura no similar de los mundos y personajes en ambas novelas.

En La rebelión de Atlas, por ejemplo, no es difícil darse cuenta de que alguien mueve el mundo, mantiene la realidad en orden, y sin él todo se hundiría en el caos. Claramente, esa misteriosa entidad no es el aparato del Estado —correctamente descrito como una maquinaria de explotación— sino un grupo de personas excepcionales que simplemente han creado la civilización – la radio, la televisión, la calefacción, la música, la ley y el orden, etc. Afortunadamente, los Übermenschen son benevolentes y no tienen malas intenciones respecto a la gente común. No desean explotar, ni gobernar, ni controlar al resto de la sociedad, ni imponerle su proyecto racional de «iluminación» –ellos quieren hacer uso de su genio, y traer prosperidad y comodidad para todos.

Es totalmente diferente en El Señor de los Anillos, donde no hay un «gran plan para el mundo», la Tierra Media está habitada por muchas razas diferentes: elfos, enanos, hobbits, hombres, ents, etc. —aunque todos viven por separado, en tolerancia, a veces incluso amistad, pero como regla general sin interferir entre sí. No hay gobierno, central o local,14 sin revolución industrial y sin una visión uniforme del progreso o futuro. Incluso encarando una terrible guerra, es muy difícil crear una coalición contra Sauron.

El mundo de la novela de Tolkien está simplemente dividido, descentralizado, hasta el extremo; hermoso en la diversidad de las distintas razas, pueblos, lenguas y puntos de vista – es por eso que un «plan para la humanidad» no podría surgir allí como algo bueno. Hay, sin embargo, millones de pequeños planes -para pasar el duro invierno, para cultivar el jardín de uno mismo, para beber una cerveza en el restaurante local- elaborado por millones de individuos distintos. La única visión unificada que aparece en el libro es el plan de Sauron, y no olvidemos que Sauron es15 «una encarnación del mal.»

Es instructivo comparar también los protagonistas de las dos novelas. En La rebelión de Atlas son excepcionales y es precisamente por eso que se convirtieron en caracteres de la novela. Cada uno de los Atlases es inmaculado, puro, orgulloso. Cada detalle de su fisonomía habla de genio y magnificencia. Los Übermenschen no simplemente se mueven: hacen movimientos llenos de encanto y elegancia. No simplemente trabajan: ellos moldean obras, siempre con pasión y entusiasmo. Ellos nunca se cansan, no se gastan o aburren de lo que hacen, no tienen familia, hijos, ni obligaciones, sino que son terriblemente racionales, ellos viven sólo para ellos mismos y para sus pasiones profesionales. Si son hombres empresarios, nunca poseen pequeños negocios familiares, ellos administran grandes corporaciones, metalúrgicas, minas, o empresas ferroviarias. En la novela de Rand no hay lugar para la moderación y lo no conspicuo. Sólo lo que es enorme y eficaz merece elogio y atención.

Completamente diferente, más parecido a lo humano, son los personajes de Tolkien. De hecho, toda la novela —aunque contada desde la perspectiva del hobbit— tiene una dimensión profundamente antropocéntrica. Hay hombres en El Señor de los Anillos, pero son los hobbits los que se parecen más a los seres humanos reales —son torpes, no son excepcionalmente inteligentes, ni fuertes, ni valientes, pero buenos, sociales, fieles y alegres en general. Los personajes más importantes de la novela de Tolkien, en realidad son antihéroes— ellos tratan de mantenerse alejados del mundo de la política; sin embargo, cuando el destino los pone en el centro, ellos actúan con valentía y en última instancia traen la salvación.

Entonces, lo que el autor de El Señor de los Anillos parece decir es que no son los titanes los que sostienen la tierra, sino los hobbits; todos y cada uno de nosotros, por tanto, puede contestar la llamada de la grandeza y la nobleza, aunque vivamos en Hobbiton y pasemos la mayor parte de nuestro tiempo cultivando el jardín, fumando una pipa, y bebiendo cerveza en el pub local.

Cada uno de nosotros lucha diariamente con los Saurons de su vida, y tal vez es precisamente esos pequeños triunfos que hacen del mundo un lugar mejor. En cuanto al respeto y la alabanza, no son los directores de las grandes corporaciones los que más se lo merecen — ya que, por la naturaleza misma de las cosas, ellos están más cerca del anillo — sino aquellos que, utilizando sólo sus propios modestos recursos, se ganan la vida con sus pequeñas tiendas, quioscos, y negocios familiares. En esos lugares a veces uno puede todavía encontrar el verdadero y saludable espíritu del capitalismo. No es de extrañar, entonces, que el Ojo de Mordor constantemente mire en esa dirección.

Conclusión

Dada la amplitud y la duración de ambas novelas, la comparación de La rebelión de Atlas y El Señor de los Anillos podría ser mucho más larga, dejando al descubierto muchos nuevos temas e interpretaciones. Parece, sin embargo, que incluso las pocas diferencias esbozadas aquí permiten una respuesta tentativa a las preguntas planteadas en la introducción. Por mucho que la novela de Ayn Rand, con su mensaje estrictamente modernista, podría haber sido en algún momento en el pasado un recurso efectivo contra las plagas del socialismo y el colectivismo, el mundo descrito en él no se ajusta a la realidad actual y no ayuda en la introducción de la idea de orden natural. Hoy en día, ya no es necesario proteger a las grandes corporaciones. Por el contrario, son los individuos los que necesitan protección frente a las grandes empresas, que ahora van de la mano con el Leviatán tratando de crear una sociedad homogénea y completamente atomizada

El Señor de los Anillos no sólo muestra el gran peligro asociado con todos los intentos de derrotar el poder del mal con poder, sino que también enseña que los colectivos no existen realmente, que cada uno de nosotros es el héroe de su propia historia individual, y que la ley y el orden puede existir sin el Estado. A pesar de su mensaje de egoísta, La rebelión de Atlas está llena de imperativos para actuar, para luchar, para traer la salvación. Los personajes de Rand sufren no sólo porque el Estado mete la mano en sus bolsillos, sino porque la sociedad rechaza su visión racional «ilustrada» de lo que es bueno y correcto.

Tolkien, por otro lado, tenía aversión a tales imperativos. Odiaba la perspectiva de que si algo se puede hacer, se tiene que hacer, y una vez llegó a admitir que los más grandes hechos de la mente y el espíritu han nacido en la abnegación.16 Esta es probablemente la razón por la que sus personajes parecen no buscar grandes retos, ni quieren cambiar el mundo, sino vivir tranquilamente, cumpliendo la sentencia de Voltaire il faut cultiver notre jardin.

Esto es lo que hace que El Señor de los Anillos sea un medio mucho mejor que La rebelión de Atlas para la conceptualización de las ideas de la libertad. Leer a Tolkien ayuda a entender que, incluso después del «fin de la historia», el mundo y la sociedad se pueden mover en la dirección de Merry Old England en lugar de una masa homogénea sin alma, de átomos. Por otra parte, El Señor de los Anillos transmite un mensaje muy importante y optimista: que una pluralidad de diferentes culturas, lenguas, sociedades y visiones, todos los juntos, pero separados e independientes uno del otro, sigue siendo viable —no en un régimen democrático, sino en el nuevo mundo del orden natural de Hoppe.

  • 1. Este hecho ha sido brillantemente capturado por Jerome Tuccille quien tituló su libro sobre el nacimiento y evolución del movimiento libertario Generalmente comienza con Ayn Rand, Fox y Wilkes, 1997.
  • 2. Ayn Rand, La Rebeliónde Atlas, Penguin Books, Londres, 1992.
  • 3. Véase Walter Block, “Sobre Autobiografía”.
  • 4. J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, HarperCollins Publishers, Londres, 2005.
  • 5. Las cartas de J.R.R. Tolkien, Humphrey Carpenter, ed., HarperCollins, London 2006, p. 233.
  • 6. Él escribió: «Mis opiniones políticas se inclinan más y más a la anarquía (filosóficamente entendida, es decir, abolición de los controles, no de hombres con bombas) – o a la Monarquía “sin constiución”. Yo arrestaría a cualquiera que use la palabra Estado (en cualquier sentido que no sea el espacio inanimado de Inglaterra y sus habitantes, una cosa que no tiene ningún poder, ni derechos ni mente); y después de una posibilidad de retractación, ejecutarlos si siguen obstinados!» ver Las cartas …, p. 63.
  • 7. Las cartas …, p.121.
  • 8. Para una descripción detallada, socio-económica del tratamiento de la idea de orden natural véase, por ejemplo Hans-Hermann Hoppe, Democracia: el dios que falló, Transaction Publishers, Rutgers, Nueva Jersey, 2001.
  • 9. De hecho, “La Huelga” estaba destinado a ser el título de la novela, véase la introducción Leonard Peikoff a la edición citada del libro.
  • 10. La rebelión de Atlas, p. 686-687.
  • 11. Véanse Las cartas…, p. 233.
  • 12. Etienne de la Boétie, La política de la obediencia: El discurso de la servidumbre voluntaria (PDF), p. 48.
  • 13. Por eso, Gandalf grita: «¡No! Con ese poder yo tendría un poder tan grande y terrible. ¡Y por encima de mí, el anillo ganaría un poder todavía mayor y más mortal! ¡No me tientes! Porque yo no quiero ser como el Señor de la Oscuridad. Lo que necesita mi corazón del anillo es piedad, piedad por la debilidad y el deseo de fuerza para hacer el bien. ¡No me tientes! No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para guardarlo sin usarlo».Ver El Señor…, p. 61.
  • 14. Véase El Señor…., p. 9-10; Las cartas…, p. 272.
  • 15. Las cartas…, pp. 151, 154.
  • 16. Las cartas…, p. 246.
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