Por Gary Galles. (Publicado el 2 de febrero de 2012)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5882.
Sir William Thompson, Lord Kelvin, dijo una vez:
Cuando puedes medir aquello de lo que
estás hablando y expresarlo con números, sabes algo de ello, pero cuando no
puedes medirlo, cuando no puedes expresarlo con números, tu conocimientos son
de un tipo magro e insatisfactorio.
La declaración de Kelvin es un
importante recordatorio de que cuando se ponen en cuestión las magnitudes de
ciertas variables o sus relaciones, sin la capacidad de medirlas
apropiadamente, no sabemos mucho; indudablemente demasiado poco como para
afirmar conocer “la respuesta”. Por desgracia, su opinión, aunque dominante en
las ciencias naturales, se visto a menudo insultada en el ámbito social, en
defensa de políticas públicas erróneas.
En ningún sitio queda más claro que
en las más recientes reiteraciones de declaraciones acerca de riqueza, pobreza
y desigualdad que parecen aparecer en todas partes, desde los manifestantes de
Ocupa a la campaña de reelección del presidente Obama. Aquí, la discusión
normalmente se centra en mediciones que son muy inapropiadas (compuestas por
términos ambiguos y confusos, como las declaraciones acerca de “los ricos”,
significando unas veces gente con rentas actuales elevadas y otras aquellos que
tienen una gran porción de riqueza financiera, a pesar de que estos grupos son
muy diferentes y los límites son normalmente arbitrarios y a menudo
indeterminados) y aún así se usan como si siguieran el criterio de Kelvin,
ofreciendo una base fiable para una política social.
Cuando los defensores de cada vez
más distribución centran su retórica contra los ricos en aquéllos con una gran
porción de riqueza, se basan un mediciones seriamente incompletas y equívocas
de la riqueza e ignoran variables cruciales para una análisis adecuado de la
actual riqueza financiera.
Varias fuentes enormes de riqueza
se omiten en las mediciones financieras utilizadas por los que se fijan en la
desigualdad. Éstas incluyen a los activos de los fondos de pensiones, que en
buena parte representan los fondos de jubilación de los no ricos, la riqueza de
la Seguridad Social (el valor presente de las prestaciones a las que se tiene
derecho, pero aún no se han recibido) y el capital humano (el conocimiento,
energía y capacidades encarnadas en los trabajadores, pero aún no convertida en
riqueza financiera). Todo esto representa billones de dólares de riqueza,
distribuida mucho más por igual entre la población de lo que implican las
mediciones de riqueza financiera. Lo mismo pasa con nuestra tremenda riqueza en
forma de bienes duraderos de consumo, de automóviles a neveras y ordenadores. Esas
omisiones asegurar el equívoco.
Las quejas por la desigualdad en la
riqueza, en su prisa por justificar más redistribución por parte del gobierno,
ignoran también muchos determinantes de las diferencias de riqueza financiera.
Una clave es la demografía. Las disparidades en la riqueza medida reflejan en
buena medida las diferencias de edad en la población.
Cuando la gente es joven, aún no ha
tenido tiempo de convertir sus capacidades en riqueza financiera generando
rentas y luego ahorrando e invirtiendo en activos financieros (por ejemplo, una
razón importante para la baja riqueza medida en las familias hispanas es la
juventud de sus principales generadores de ingresos). Sin embargo, cuando se
hacen mayores, especialmente al acercarse a la jubilación o ya en ella, han
tenido tiempo para convertir su capital humano no medido en riqueza financiera
medible. El resultado es que mucha de la aparente desigualdad de riqueza
realmente refleja diferencias de edad en la población (magnificada a medida que
se han hecho mayores los baby boomers).
Este sesgo demográfico también se usa para apoyar reclamaciones de quienes se
oponen a reducir los impuestos, porque los efectos positivos inmediatos en los
precios de los activos financieros van a los propietarios en ese momento (los
suficientemente productivos y mayores como para haber acumulado la riqueza
financiera para poseerlos), aunque beneficiarían a todos los estadounidenses
productivos al responder la gente a incentivos mejorados.
Las mediciones de la desigualdad de
rentas y de la pobreza son, si cabe, aún menos fiables.
Una razón importante es que no se
tienen en cuenta en los datos oficiales los programas de bienestar pagados en
especie, así que no mejoran la situación medida de los pobres. Es un error muy
grande. De los más de 500.000 millones de dólares entregados en asistencia
pública evaluada financieramente (sin incluir alrededor de otro cuarto de
billón que gasta Medicare en los mayores), aproximadamente tres cartas partes
se entregan ahora así.
Además, los datos oficiales omiten
los impuestos, ocultando las cargas desproporcionadas que soportan las familias
de rentas superiores. También ocultan el impacto del crédito fiscal sobre las
rentas ganadas (EITC, por sus siglas en inglés). Aunque el EITC es reembolsable,
poniendo dólares directamente en los bolsillos de los receptores, se ignora
como “impuesto negativo”, haciendo que desparezcan de la vista su más de
40.000millones de dólares en transferencias anuales a familias de bajos
ingresos.
Los estudios sobre las rentas
también dejan de incorporar las prestaciones y pagos no salariales a los
trabajadores, que han aumentado entre aquéllos que no están en lo alto de las
mediciones de las rentas. Mark Warshawsky, del Consejo Asesor de la Seguridad
Social, descubría que las recientes expansiones en la desigualdad medida de
ganancias eran casi completamente atribuibles a aumentos en los costes de
prestaciones.
Los datos oficiales del Censo
también ignoran una valoración inferior sustancial de rentas (por ejemplo:
gente que trabaja en “economía sumergida”, para mantener su derecho a distintos
programas de prestaciones) en su toma de datos. Por ejemplo, las mediciones más
precisas de la Encuesta de Rentas y Participación en Programas ha encontrado
generalizadamente tasas de pobreza un 25% por debajo de las estimaciones del
Censo oficial. Los datos inferiores en familias con rentas bajas también se
reflejan en las desigualdades radicalmente distintas en la medición del consumo
(muchos mejores indicadores del bienestar) que en la renta actual.
Igual que los datos oficiales
estiman muy por debajo la condición de los que están en lo más bajo de la
distribución actual de rentas, sobreestiman la rentas de los que están en lo
más alto. Por ejemplo, el reciente estudio de la desigualdad de la Oficina del
Presupuesto del Congreso, el “texto de prueba” actual más común de las
disparidades cada vez más injustificables, se basa en la renta gravable
individual reportada a Hacienda. Sin embargo, muchas formas de renta no
reportadas antes como renta individual empujan fuertemente al alza, debido a
los incentivos cambiantes, mediciones de la porción de renta que van a gente de
rentas altas. Mucha gente ha dejado de declarar como negocios bajo el impuesto
de sociedades a declarar como individuos como consecuencia de la disminución de
los tipos fiscales individuales, exagerando muchísimo los aumentos en sus
rentas. Los altos directivos también han pasado de recibir renta en forma de
opciones sobre acciones gravadas como ganancias de capital a recibir opciones
no cualificadas, haciéndolas contabilizables como renta personal gravable. El
recorte en el tipo del impuesto de la renta de finales de la década de 1980
también generó que se reportara una mayor renta, aumentado las mediciones de
desigualdad en las rentas.
Las quejas sobre la desigualdad
asimismo se olvidan habitualmente de otros determinantes importantes de
resultados del mercado, incluyendo muchos más trabajadores y horas trabajadas
por miembros de familias de mayores rentas, el tamaño de la familia
(relacionado positivamente con la renta) y los muy superiores costes de la vida
en las grandes áreas urbanas, donde tienden a ganarse rentas más altas. Las
mediciones oficiales de rentas familiares también ignoran que las familias se han hecho sustancialmente
menores que en el pasado, infravalorando sustancialmente el crecimiento de las
rentas (por ejemplo, la renta real por familia aumentó solo un 6% entre 1969 y
1996, mientras que la renta per cápita aumentó un 51%). Además, nuestra
envejecida población ha aumentado la proporción de jubilados, aumentando la
aparente desigualdad de rentas.
Los datos de la renta son tan
defectuosos que muchas políticas y programas que aumentan el bienestar de los
receptores en realidad los hacen parecer más pobres.
Aunque los datos oficiales ignoren
la masiva ayuda en especie para los que están cerca del punto más bajo en la
distribución de rentas, dichos programas reducen las prestaciones a medida que
aumentan las rentas del mercado (por ejemplo, la reducción en 30¢ en los
beneficios en cupones de comida por cada dólar de renta neta) o acaban con la
prestación si las rentas exceden cierto nivel (por ejemplo, en Medicaid). La
mayoría de receptores de EITC están también en el rango de rentas de
eliminación, con lo que pierden 21¢ en prestaciones (además de pagar otros
impuestos) por cada dólar ganado de más, aumentando enormemente sus tipos
fiscales reales. Esos desincentivos llevan a muchos a ganar menos, los que se
refleja en los datos medidos, haciendo que los receptores de enormes
transferencias de otros realmente aparezcan como más pobres.
Las respuestas del mercado a la
redistribución también hacen que la desigualdad parezca empeorar. La
redistribución de rentas comprende diferenciales salariales después de impuestos
entre receptores actuales de rentas altas y bajas. Pero reduciendo el ingreso
tras impuestos a la inversión y sacrificio necesario, reduce la oferta de
trabajadores de rentas altas con el tiempo, aumentando las ganancias antes de
impuestos. Por el contrario, aumenta la oferta de trabajadores de rentas bajas,
con el efecto opuesto. Como los datos de renta cuentan solo las ganancias
cambiadas en el mercado, las rentas medidas se hacen más desiguales.
Más allá de esas malas mediciones
masivas, que significan que los datos utilizados para promover el aumento en la
redistribución no se acercan a cumplir el patrón de Lord Kelvin de conocer de
qué estás hablando, hay otro problema importante con la interpretación de las
participaciones cambiantes en las rentas.
Incluso si, apropiadamente medidos,
ciertos grupos aumentaran su porción en la riqueza financiera o renta actual,
eso no implica que su aumento en riqueza se produzca a expensas de otros, de
forma que los gobiernos deban intervenir para “arreglarlo”. Esa opinión
fundamentalmente entiende mal la naturaleza de los mercados. Sea cual sea el
nivel de riqueza en que empiece uno, la forma de hacer más rico en una economía
de mercado no es hacer más pobres a los demás sino hacerlos que mejoren.
Esto se deduce de los intercambios
voluntarios del mercado: tú y yo no estaremos de acuerdo en intercambiar si no
creemos ambos que obtendremos más valor del que entregamos. Aumentar tu riqueza
en una economía de mercado depende por tanto de proveer bienes o servicios que
otros valoran más de lo que te cuesta proporcionarlos; una situación en la que
ambos ganamos. Si los ricos se hacen más ricos en el mercado, esto significa
que están empleando su riqueza para mejorar, no dañar, el bienestar de otros.
Pero las opciones, productos y servicios mejorados (que son aumentos en la
riqueza real) que reciben los compradores en intercambio por los pagos que
hacen ricos a algunos proveedores se ignoran en las mediciones estándar de
riqueza.
Mientras que el aumento de la
riqueza en una economía de intercambio voluntario proviene de crear riqueza
para otros, hay otras formas de aumentar la riqueza, formas que hacen más
pobres a los demás. Tienen un denominador común: el gobierno y su capacidad de
coaccionar a la gente. Los ejemplos incluyen aranceles, cuotas, restricciones
de entrada y a competidores, controles de precios, normas y requerimientos de
licencia y subvenciones. Todos crean riqueza para algunos (normalmente los
intereses especiales bien organizados e informados) tomándola de otros
(normalmente los mal informados y la población desorganizada en general). Esas
políticas potencian el poder del gobierno de aumentar la riqueza de algunos
cada vez más a costa de otros y por tanto puede condenarse con justicia, pero
uno no necesita saber lo que ocurrió con la distribución de rentas para
hacerlo.
Las disparidades en la riqueza
financiera o renta actual de los estadounidenses medidas oficialmente no
justifican abandonar el bien establecido principio de que la creación de
riqueza en una economía de mercado beneficie a otros. En la medida en que
aparezcan dichas diferencias por los intercambios voluntarios del mercado,
todos se benefician, lo reflejen o no los datos incompletos, y no hay ningún
problema a solucionar. La interferencia añadida del gobierno sencillamente
reduciría así los incentivos de la gente para mejorar a los demás. En la medida
en que algunos aumenten su riqueza utilizando el poder del gobierno de dañar a
otros, el problema sería el abuso del poder del gobierno y la única solución
real es una disminución en la implicación del gobierno, no un aumento en su
intervención.
El apoyo político a multitud de
políticas redistributivas se ha mantenido durante mucho tiempo retorciendo la
frase de Lord Kelvin: tratando como si fueran correctos datos “magros e
insatisfactorios” que miden muy incorrectamente riqueza, pobreza y desigualdad
en Estados Unidos. Ese abuso refleja el enorme beneficio para esos grupos que
los usan para conseguir que la redistribución juegue a su favor, pero no reflejan
la realidad ni siquiera remotamente. Y como la realidad es la base necesaria
para hacer juicios efectivos, el resultado es socavar una comprensión adecuada
y por tanto el potencial de una política efectiva, en particular la de “quita
tus manos” como la política pública más eficaz.
Gary M. Galles es profesor de economía en la Universidad de
Pepperdine.