Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 24 de octubre de
2007)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2761.
Qué moderno
es amar la naturaleza.
Abajo la
industria, el desarrollo, los motores de combustión interna, la tala de
bosques, los centros comerciales y la propiedad privada. Los capitalistas no
hacen sino estropear la belleza de la madre tierra. La mano del hombre solo
estrangula y mata.
Si estás
de acuerdo con lo anterior, te encantarán los fuegos que han echado de sus
hogares en California a medio millón de personas y destruido 1.200 casas. El
Presidente Bush está arrojando nuestro dinero en forma de ayuda a estas almas
dolientes y las llamas persisten.
En estos
espantosos infiernos que consumen la civilización, vemos la verdad de la
naturaleza. Es bella cuando está controlada y poseída y puesta a nuestra
disposición. Cuando se la deja a su albedrío, es mezquina, peligrosa, cruel y a
menudo malvada. Es, como
dijo Albert Jay Nock, el enemigo.
Los
fuegos nos obligan a elegir. Prosperamos y doblegamos a la naturaleza o la
naturaleza nos doblega y nos come vivos. La tendencia actual es a creer que
podemos hacer ambas cosas. Podemos construir grandes ciudades y maravillosos
suburbios, amasar una gloriosa riqueza, vivir confortablemente y al mismo
tiempo dejar que las áreas que nos rodean sigan su curso natural. Esto nos
permite quedarnos en la seguridad de nuestros hogares con una sensación pía de
que hemos sido justos con la Madre Naturaleza y que ella nos bendecirá.
De hecho,
no ha bendecido al sur de California. Se ha desatado y se está atiborrando de
la propia civilización.
¿Qué fue
mal? El problema está en la teoría del ecologismo. Según ésta, la propiedad es
el enemigo. La naturaleza es un fin en sí mismo. Así que debe ser propiedad
pública, es decir, del estado. El estado, en su gestión de la tierra, no debe
hacer nada con ella. No debe haber quemas controladas, eliminación de maleza,
talas de bosques o siquiera turismo. Podemos admirarla desde lejos, pero la
trabajo de manos humanas nunca debe intervenir.
Luego la
maleza empieza a acumularse. Se hace cada vez mayor. Se pudre lo viejo. El
crecimiento descontrolado lleva a que se amontone. Cuando la temperatura sube,
todo esto arde. Luego sopla el viento y se extienden los fuegos. Ha sido la
misma historia durante décadas, desde la absurda teoría de que la naturaleza de
que debe dejarse la naturaleza a su curso. (Para una buena historia de cómo
empezaron estos fuegos, ver “The
Fires This Time”, de Roger Sedjo, de 2002).
Luego
tenemos la respuesta del gobierno, que equivale a “corre para salvarte o te
arrestaremos”. Dicen que las evacuaciones son el mejor método para proteger a
la gente. Pero esto desafía el sentido común, porque estás esencialmente
abandonando todo aquello para lo que has trabajado duro para que la naturaleza
pueda seguir su curso. Ya sabes que esos ecologistas locos aman secretamente
esta postura y piensan: “es lo que os merecéis por poner vuestras apestosas
casas en lugares donde deberían mandar animales y plantas”.
Luego nos
ocupamos de las gloriosas unidades de lucha contra el fuego del gobierno. Como
todas las burocracias públicas, se resisten a las nuevas tecnologías. No
planean ni evalúan riesgos. Dan vueltas echando agua y productos químicos
independientemente de la efectividad y e coste. Pero así, impiden el trabajo de
bomberos privados. Nos dicen que nos vayamos y luego ponen al frente a una
antigua burocracia pública y esperan que nos contentemos. Finalmente, cuando
termina el desastre, el gobierno federal derrama miles de millones en ayuda
como forma de aplacarnos. Es una postura absurda, o más bien es una postura
sensata si el objetivo es ver eliminada a la civilización y al tiempo expandir
el estado.
¡Ah! Hay
una acción más que lleva a cabo el gobierno: los cargos oficiales expresan su
profunda tristeza y desolación porque pase todo esto. Y todos nos arrellanamos
y decimos, bueno, vale, supongo que no puede hacerse nada.
¡Es
ridículo! ¿Tenemos la impresión de que los mercados privados no pueden
gestionar el riesgo? Los mercados privados se especializan en la protección de
la propiedad, particularmente contra riesgos naturales. Si la tierra fuera de
propiedad privada, estaría protegida contra los incendios mediante una mejor
gestión. Si se incendiara, se controlaría el incendio. Acontecimientos
inesperados durante sequías y vientos serían calculados en las decisiones de
gestión.
Es más,
habría serios temas de responsabilidad. Cualquier dueño de propiedades que
permita que se desaten incendios sería directamente responsable de producir
fuegos a otros. Así funciona el mercado. Si mi bañera rebosa, inunda mi casa y
luego pasa a la cas de mi vecino, soy responsable a través de mi póliza de
seguro. Así que sí, habría un precio a pagar por los incendios en tu terreno
que dañen la propiedad de otros.
¿Qué
tenemos ahora? Tenemos incendios que no son responsabilidad de nadie.
Curiosamente, y por alguna extraña práctica que data de, mmm, el inicio de lo
tiempos, a los gobernantes no se les hace responsables por acciones que tienen
lugar bajo su supervisión. Así que el gobierno no es responsable. Debería
serlo, pero no lo es. Así que poner al gobierno al mando es siempre una
tormenta perfecta para el desastre sin responsabilidad.
Tu
obligación es irte, pagar y obedecer. Da un nuevo sentido a la famosa cita de
George Washington: “El gobierno no es la razón, no es la elocuencia, es la
fuerza. Como el fuego, es peligroso
sirviente y un temible amo”.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es
Presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The
Left, the Right, and the State