Por Gary North. (Publicado el 24 de noviembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5819.
[LewRockwell.com,
2005]
Dad gracias al SEÑOR, porque es
bueno, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Señor de los señores: porque
es eterna su misericordia. (Salmos 136: 1-3)
Esta frase aparece en muchos de los
salmos, pero cuando encuentras la frase tres veces seguidas puede concluir con
seguridad que el escritor estaba intentando destacar algo y que pensaba que ese
algo era importante. No conozco ningún pasaje en la Biblia en el que aparezca
otra frase tres veces seguidas.
El día de acción de gracias es una
vieja tradición en Estados Unidos. Aunque no fue la primera fiesta de acción de
gracias, la festividad tuvo sus orígenes en la colonia de Plymouth, en el otoño
de 1621, cuando los peregrinos que habían sobrevivido al primer año invitaron
al jefe Massasoit a una fiesta y éste se presento con 90 guerreros y cinco
venados. La fiesta duró tres días.
Había habido un día de oración de
acción de gracias y una fiesta en Maine en 1607. La diminuta colonia se abandonó
al año siguiente. También hubo una misa de acción de gracias en Jamestown en
1610, pero no hubo fiesta.
El primer dia oficial de acción de
gracias se celebró el 29 de junio de 1676
en Charlestown, Massachusetts, al otro lado del río Charles frente a Boston.
Pero el Gobernador Jonathan Belcher hizo proclamaciones similares en Massachusetts
en 1730 y en
Nueva Jersey en 1749.
George Washington proclamó un día de acción de gracias el 23 de octubre de
1789, a celebrar el jueves, 27 de noviembre. En 1863, Abraham Lincoln lo
restauró oficialmente como medida de tiempos de guerra. La festividad se
convirtió así en una tradición estadounidense. Se convirtió en ley en 1941.
Lincoln era religiosamente una
extraña contradicción. Era un escéptico religioso, pero invocaba la retórica de
la Biblia del Rey
Jaime (adecuadamente) en muchas ocasiones. Su oratoria política, que se
había visto profundamente influida por su lectura de la Rey Jaime, era a menudo
magistral. Por ejemplo, cuando habló del cementerio del campo de batalla de
Gettysburg como “este terreno santificado”, utilizando la palabra de la Rey
Jaime para santo como en “santificado sea su nombre”, estaba buscando infundir
a la batalla de Gettysburg con un significado sacro: un uso de terminología
religiosa que eran tan aborrecible moralmente como afortunado retóricamente.
Son los sacramentos los que son sagrados, no los monumentos a la destrucción
sangrienta del hombre. En ese mismo año, 1863, utilizó temas bíblicos en su
discurso del día de acción de gracias del 3 de octubre.
Es obligación de las naciones y de
los hombres poseer su dependencia bajo el poder superior de Dios; confesar sus
pecados y transgresiones en humilde arrepentimiento, aunque con la esperanza
asegurada de que el genuino arrepentimiento llevará a la piedad y el perdón; y
reconocer la verdad sublime, anunciada en las Sagradas Escrituras y probada en
toda la historia, de que están bendecidas aquellas naciones cuyo Señor es Dios.
Continuaba, siguiendo la tradición
de un sermón jeremíaco puritano, atribuyendo la calamidad de la Guerra de
Secesión a los pecados de la nación, ignorando convenientemente que el pecado
más contribuyente de todos a la llegada de esa guerra: su propia determinación
inquebrantable de recaudar el arancel nacional en los puertos del Sur.
En su discurso, se ocupaba de un
punto teológico importante y exacto.
Hemos sido los receptores de las más
selectas gracias del cielo; hemos sido preservados estos muchos años en paz y
prosperidad; hemos crecido en número, riqueza y poder como no ha crecido
ninguna otra nación.
Pero hemos olvidado a Dios. Hemos
olvidado la mano de la gracia que nos mantenía en paz y nos multiplicaba y
enriquecía y fortalecía, y hemos imaginado en vano, en el engaño de nuestros
corazones, que todas estas bendiciones se producían por alguna sabiduría y
virtud superiores propias. Intoxicados con un éxito incólume, nos hemos hecho
tan autosuficientes como para sentir la necesidad de redimir y preservar la
gracia, demasiado orgullosos como para rezar al Dios que nos creó.
Esta observación lleva a la misma
pregunta que hizo Moisés mucho antes del discurso de Lincoln: ¿Por qué los
hombres se hacen menos agradecidos cuando aumentan sus bendiciones?
Menos de una década después del
discurso de Lincoln, tres economistas llegaron a la misma idea teórica que
proporciona una respuesta.
La teoría de la utilidad marginal
A principio de la década de 1870, Carl
Menger, William Stanley Jevons y Leon Walras descubrieron simultánea e
independientemente el principio de la utilidad marginal. Este descubrimiento
transformó el análisis económico.
Observaron que el valor, como la
belleza, se determina subjetivamente. El valor se imputa (un concepto teológico
familiar a los calvinistas) a recursos escasos por parte del individuo que actúa.
En igualdad de condiciones, incluyendo los gustos, el individuo imputa menos
valor a cada unidad adicional de cualquier bien que reciba como ingreso. Es el
principio de la utilidad marginal.
Esto puede decirse de otra manera.
Podemos decir que cada unidad adicional de cualquier recurso que reciba una
persona como ingreso satisface un valor que es inferior en la escala subjetiva
de valores de ese individuo. Satisfaría el siguiente valor m´s alto con la
unidad previa ingresada.
Esto ofrece una solución preliminar
a la pregunta original. Llamo a esta solución la utilidad marginal decreciente
del agradecimiento. La gente ve el valor de lo que acaba de recibir como
ingreso y está menos impresionada de lo que lo estaba con la anterior unidad de
ingreso. Se centra en lo inmediato (“¿Qué has hecho últimamente por mí?”) en
lugar de en el nivel agregado de su capital existente. Concluye: “El pasado es
pasado: lo que más importa es lo que viene a continuación”.
La teoría económica moderna
descuenta el pasado hasta cero. El pasado se ha ido y no es objeto de la acción
humana. Cualquier cosa que hayas empleado para alcanzar tu condición presente
en la vida ya no es asunto de la acción humana. El economista llama a este
mundo perdido “costes irrecuperables”.
Hay un gran problema en pensar de
esta manera. Es el problema de decir “gracias”. Al niño se le enseña a decir
“gracias”. No se le dice que lo haga porque diciendo “gracias” sea más probable
que obtenga otro regalo en el futuro. Se le enseña a decir “gracias” por educación.
Estoy seguro que hay por ahí algún
economista formado en la Universidad de Chicago que está dispuesto a explicar
la etiqueta como un asunto de interés propio: “obtener más en el futuro con un
gasto mínimo de recursos económicos escasos”. Y debo admitir que la gente que
nunca dice “gracias” tiende a recibir menor regalos. O, como dijo Moisés:
No se te ocurra pensar: “Esta riqueza
es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos”. Recuerda al Señor tu Dios,
porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado
hoy el pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados. (Deuteronomio 8:
17-18)
Pero Moisés añadía una cláusula “o
si no”: “Si llegas a olvidar al SEÑOR tu Dios, y sigues a otros dioses para
adorarlos e inclinarte ante ellos, testifico hoy en contra tuya que ciertamente
serás destruido” (versículo 19). Gary Becker sin duda lo diría de otra manera,
pero respecto del ingreso futuro reducido es lo mismo: será más bajo. Tal vez
mucho más bajo.
Es problema es que miramos al
presente, no al pasado. Miramos la utilidad marginal (la unidad de toma de
decisiones económicas) y no al agregado de lo que hemos acumulado. Suponemos
que todo lo que ya poseemos nos lo merecemos
y luego centramos nuestra atención en el siguiente ingreso “útil” que
esperamos.
Como actores económicos, deberíamos
reconocer que la razón por la asignamos nuestra última unidad de ingreso a una
satisfacción que es inferior en nuestra escala de valores es porque ya poseemos
mucho. Estamos cubiertos de riqueza. Somos los beneficiarios de un orden social
basado en la propiedad privada y el libre intercambio, un orden social que ha
hecho a la gente de clase media rica más allá de los sueños de los reyes hace
un siglo y medio. O, como ha observado
P.J. O'Rourke: “si piensas que, en el pasado, hubo alguna edad de oro del
placer y la abundancia (…) déjame decirte solo una cosa: ‘odontología’”.
Cerca de la mitad de los peregrinos
que llegaron a Plymouth en 1620 habían
muerto un año más tarde. Fueron realmente los indios los que salvaron la
colonia mostrando a los supervivientes del primer invierno qué y cómo plantar
en la primavera de 1621. Los peregrinos realmente se regocijaron en esa fiesta.
Tenían la suerte (la gracia, habrían dicho) de estar vivos.
Igual que nosotros. Ludwig von
Mises escribió en La
acción humana (VIII:8)
que el darwinismo social era un error. El principio de la supervivencia de los
más aptos no es aplicable al orden social del libre mercado. La división del
trabajo del libre mercado ha permitido sobrevivir a millones de personas (hoy,
miles de millones), que de otra forma habrían perecido.
Así que dad gracias hoy a Dios,
aunque vuestro único dios sea el libre mercado. No obtuvisteis todo lo que
poseéis solo por vosotros mismos. El poder de vuestras manos no os lo
proporcionó. Es correcto un poco de humildad en este día del año. Sí, incluso
si conseguiste doctorarte en la Universidad de Chicago.
Gary North es el autor de Mises on Money.
También es al autor de una serie gratuita de 20 volúmenes, An Economic
Commentary on the Bible. Visite su sitio web: GaryNorth.com.