Por Marius Gustavson. (Publicado el 16 de marzo de
2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4148.
Parece que distinta gente ha aprendido
distintas lecciones del colapso del crédito y la recesión global. Muchos han
apuntado a la política de dinero fácil de la Fed como una culpable importante.
No así el economista jefe del Fondo Monetario Internacional y luminaria
principal de los “nuevos keynesianos” de la corriente principal, Olivier
Blanchard. Su receta para evitar calamidades futuras del tipo de la que hemos
sido testigos recientemente es que la política monetaria sea aún más laxa y los
tipos de inflación aún más altos, como expresa en una reciente
entrevista en el Wall Street Journal.
La razón para esta recomendación
política aparentemente paradójica es que una tasa mayor de inflación asegura un
tipo oficial nominal más alto, lo que a su vez haría posible que la Fed (y
otros bancos centrales) recortaran los tipos de interés aún más, en puntos
porcentuales, de lo que se ha hecho hasta ahora. Como explica Blanchard:
Ahora nos damos cuenta de que si
hubiésemos contado con unos pocos cientos de puntos básicos, esto habría
ayudado. Hubiésemos tenido que confiar menos en la política fiscal. Así que
habría sido bueno empezar con un tipo nominal más alto. La única forma de
llegar a eso es una inflación más alta. (…) Los políticos ha elegido
generalmente un 2% [como objetivo de inflación]. Pero no hay ninguna buena
razón para utilizar un 2% en lugar de un 4%. Un dos por ciento no significa
estabilidad de precios. Del 2% al 4% no hay mucho coste en la inflación. (…) Si
tuviese que elegir hoy un objetivo de inflación, defendería con fuerza el 4%.
Si hubiera estado en vigor un
objetivo político como ése durante los años de auge de la década de 2000,
habría significado que los tipos de interés reales (que ya fueron negativos
durante más de dos años) habrían sido incluso más bajos, pedir prestado dinero
habría sido aún más barato, el crédito habría crecido aún más rápido y los
precios de los activos se habrían apreciado a ritmos aún más veloces. En otras
palabras, la política monetaria se habría amplificado tanto en el auge como en
el declive en un grado aún mayor del que acabamos de experimentar.
El historial de Blanchard de ser
capaz de diagnosticar la salud de la economía y dar recomendaciones macroeconómicas
sensatas no puede considerarse como magnífico. En 2008, solo unas pocas semanas
antes del colapso de Lehman Brothers, escribió el ahora infame artículo “The State of Macro”, concluyendo
que “el estado de la macro es bueno”. Por esto fue objeto de burla junto con
los economistas de la Escuela de Chicago Robert Lucas y Eugene Fama en el muy
debatido artículo de Paul Krugman en el New
York Times “How Did
Economists Get It So Wrong?”
Resulta que el estado de la macro
no era tan bueno después de todo – algo que Blanchard cree que tiene que
aceptar en su último artículo “Rethinking
Macroeconomic Policy”, publicado por el FMI este mes. En él admite el
pensamiento incorrecto de que son responsables él y sus colegas antes de la
crisis, diciendo que “la gran moderación calmaba a macroeconomistas y políticos
en la creencia de que sabíamos cómo dirigir la política macroeconómica. La
crisis nos obliga claramente a cuestionar esa evaluación”.
Su artículo busca “revisar los
principales elementos del consenso anterior a la crisis” y a identificar dónde
se equivocó la corriente principal de la profesión, qué ideas se mantienen y
tratar de esquematizar cuál sería la salida para crear “un nuevo marco de
política macroeconómica”. Todo esto es bueno, parece. La crisis ha revelado la
urgente necesidad de una revisión integral de las ideas básicas de la
macroeconomía de la corriente principal. Sin embargo, las conclusiones a las
que llega Blanchard a partir de la experiencia reciente son prácticamente igual
de erróneas que aquéllas a las que llegó antes de la crisis.
Blanchard empieza destacando que
los macroeconomistas y políticos de la corriente principal se basaron
ingenuamente en la política monetaria para “estabilizar” la economía, diciendo
que “pensamos en la política monetaria como si tuviera un objetivo, la inflación,
y un instrumento, el tipo oficial. Mientras
la inflación fue estable, la diferencia de producción probablemente iba a ser
pequeña y estable y la política monetaria hizo su trabajo”. (Cursivas
añadidas)
El enfoque miope en la “estabilidad
de precios”, o más precisamente en el crecimiento anual moderado y constante de
los precios del consumo, hace a los políticos ciegos a otros posible defectos,
como el aumento en el crédito y el rápido crecimiento en los precios de los
activos y la consiguiente mala asignación de recursos a la que llevan las
señales distorsionadas de los precios. Según la visión de la corriente
principal, precios de consumo estables equivale a economía estable:
Una inflación estable y baja se
presentaba como el objetivo primario, si no exclusivo, de los bancos centrales.
Fue el resultado de una coincidencia antre la necesidad reputacional de los
banqueros centrales en centrarse en la inflación en lugar de en la actividad
(…) y el apoyo intelectual al objetivo de
inflación que ofrece en modelo neokeynesiano. En la versión de referencia
de ese modelo, la inflación constante es realmente la política óptima, llevando
a una diferencia cero con la producción (…) lo que resulta ser el mejor
resultado posible para la actividad, dadas las imperfecciones presentes en la
economía. (Cursivas añadidas)
En otras palabras, el pensamiento
neokeynesiano, basado en la idea de que debería ser tarea del gobierno
estabilizar el crecimiento en precios y producción, fue en buena medida el que
dio lugar a los errores monetarios en el periodo que precedió a la crisis
financiera. La medida utilizada para alcanzar “el mejor resultado posible para
la actividad” en la economía es una inflación constante de acuerdo con algún
patrón arbitrario, establecida en Estados Unidos como un objetivo implícito del
2% anual, un objetivo que Blanchard piensa ahora que debería revisarse al alza.
También es importante que el
pensamiento neokeynesiano se basa en la idea de las “expectativas racionales”,
que se incorporó a los modelos macroeconómicos después de que la crítica
“neoclásica” del keynesianismo de postguerra hiciera impacto en la profesión
económica en la década de 1970 y principios de la de 1980. La visión
neokeynesiana sostiene que mientras la inflación real no se desvíe de las
expectativas de inflación y mientras que las expectativas de inflación sean
estables, la economía funcionará a un nivel óptimo “llevando a una diferencia
cero con la producción”, como dice Blanchard.
La diferencia con la producción es
la desviación del supuesto óptimo y deseable crecimiento del PIB, dados los
recursos y tecnologías disponibles. Una diferencia cero con la producción
también implicaría, según esta visión, que la tasa de paro está en su nivel
“natural” o de equilibrio.
En otras palabras, el crecimiento
constante de los precios a un ritmo marcado parece darnos el mejor de todos los
mundos: inflación predecible, crecimiento económico óptimo y el mínimo nivel
deseable de paro. Lo único que podría alterar este escenario de color de rosa
es una “sacudida externa” que preocupe a la economía y mueva a la producción y
el empleo lejos de su nivel óptimo.
Por tanto la tarea principal de los
políticos sería atemperar esas sacudidas mediante “políticas contracíclicas”,
cerrando así la diferencia con la producción. Hasta el tremendo golpe de la
crisis de 2008, esto se hacía principalmente ajustando el tipo oficial de la
Fed para influir en los agregados económicos que eran el objetivo.
La suposición arriba señalada es la
razón por la que los banqueros centrales y macroeconomistas de la corriente
principal pusieron tanto énfasis en la necesidad de “estabilizar la
expectativas de inflación” estableciendo lo que normalmente se nombra como
“estabilizador nominal” de política monetaria. El vicepresidente
de la Fed Donald Kohn defiende
así la estabilidad de precios:
Nuestro objetivo es promover el
máximo empleo sostenible y precios estables a lo largo del tiempo. Estos
objetivos están consagrados en la ley y también tienen sentido en la teoría y
la práctica económica. Los bancos centrales están especialmente dotados para
promover la estabilidad de precios y contribuyen al máximo empleo y al
crecimiento a lo largo del tiempo al eliminar las incertidumbres y distorsiones
de una inflación alta e inestable.
De esta visión también se deduce
que realmente no importa lo altas que sean las tasas de inflación (hasta un
cierto nivel en el que los costes asociados con los precios cambiantes resultan
demasiado altos) mientras que la tasa de inflación sea estable.
El principal problema de esta
opinión es que no tiene en cuenta los agregados monetarios, especialmente el
crecimiento del crédito en la economía, que solo afecta a los precios del
consumo desigualmente y con cierto retraso en el tiempo. Entretanto, el
crecimiento del crédito puede llevar y a veces llevará a burbujas insostenibles
de activos y otras distorsiones económicas.
La estabilización de precios lleva a burbujas de activos
No hay razón para creer que cierto
porcentaje fijado de crecimiento en los precios del consumo sea óptimo en modo
alguno o que lo único que importan son las expectativas de inflación: la
burbuja y el crash de la década del 200 lo han dejado perfectamente claro.
En un entorno de fuerte
crecimiento, tanto a nivel nacional como a escala global, un aumento en la
productividad podría presiones a la baja en los precios del consumo. Sin la
intromisión monetaria por parte del gobierno, el discurrir normal de los
acontecimientos debería por tanto ser que los precios del consumo bajen mientras crezca la economía
(porque la misma cantidad de dinero consigue más bienes y servicios). Sin embargo,
en un entorno así, el banco central recorta los tipos de interés para estimular
las cifras de inflación, para aproximarse al objetivo de inflación formal o
informal.
Una vez que se recortan los tipos
de interés, el banco central puede mantenerlo ahí durante mucho tiempo, debido
tanto al crecimiento de la productividad interna como a las importaciones
baratas del exterior, lo que genera aún más presión bajista en los precios del
consumo. Éste ha sido el caso con los bienes de China y otros mercados emergentes
durante la década que nos llevó a la crisis.
Esto lleva a la situación
paradójica de que cuanto mejor vayan las cosas en la economía, más expandirá la
oferta monetaria el banco central y más tiempo mantendrá bajos los tipos de
interés y mayor es el potencial de grandes desequilibrios en el sector
financiero. En otras palabras, el actual régimen de política monetaria asegura
que cuanto mejor vayan las cosas en la economía, tanto interna como
globalmente, más probable es un auge y declive de activos.
Una receta para el desastre
Los bajos tipos de interés,
combinados con el optimismo acerca de la situación económica nacional, así como
la global, y las potenciales ganancias provenientes del aumento en los precios
de los activos y nuevos y excitantes mercados (como el hasta hace poco en
expansión mercado subprime de EEUU y las fuertes economías emergentes) son el
entorno perfecto para que tenga lugar una burbuja financiera. Por encima de
esto estaba la garantía tácita, implícita en el mismo marco del régimen de
política monetaria, de que el banco central siempre se aseguraría de que la
economía estuviera creciendo mediante un compromiso de recorte de tipos y
expansión monetaria a la primera señal de ralentización económico y aumento
negativo en los precios o incluso ante la misma posibilidad de este resultado.
Además, mediante esta postura
“preventiva” respecto de cualquier posibilidad remota de que los problemas en
el sector financiero se transmitan a la economía “real”, la Fed crearía una
garantía para los inversores de que una caída severa en los precios de los
activos siempre se vería atemperada (el famoso “toque Greenspan”, luego
Bernanke).
Resulta que el mismo “éxito” de la
Fed en venir al rescate, tanto del sector financiero como de la economía en
general, durante el periodo al que los banqueros centrales les gusta referirse
como la “Gran Moderación”, creó en buena parte las condiciones que llevaron a
la burbuja subprime y a la crisis financiera porque creó una falsa sensación de
seguridad. Blanchard da crédito a esta idea en su artículo. El resultado fue la
infravaloración del riesgo a gran escala y la potenciación de actividades de
inversión altamente apalancadas en los años que llevaron a la crisis.
Estas estrategias de inversión se
vieron aún más potenciadas por malas regulaciones, como los estándares de
capital internacional (reglas de Basilea) que consideraban los títulos de
garantía hipotecaria y otros instrumentos similares de débito tan seguros como
los títulos públicos de EEUU, al calificarlos como triple-A por las agencias de
calificación controladas por el gobierno. En lo alto de este castillo de naipes
estaba un sistema de financiación inmobiliaria de EEUU altamente politizado,
creando aún más distorsiones y riesgo moral.
Era una receta para un exagerado
riesgo moral. En otras palabras, era una receta para el desastre. ¿Y que han
aprendido del reciente fiasco financiero los macroeconomistas de la corriente
principal?
Una lección no aprendida
La de Blanchard es probablemente la
visión predominante: es el principal escritor de libros de texto de
macroeconomía básica e intermedia, así como el experto económico jefe del FMI.
Así que no parece que este faro de la macro nos dé muchas esperanzas de que los
políticos sean capaces de evitar cualquier acontecimiento futuro similar. El
diagnóstico de Blanchard, como se ha mencionado, se reduce a la opinión de que
la política monetaria en los años que llevan a la crisis se siguió una
trayectoria que nos llevó peligrosamente cerca de tener demasiada poca inflación. Como explica:
Hay un creciente consenso en que la
inflación no solo debería ser estable, sino muy baja (la mayoría de los bancos
centrales eligen un objetivo en torno al 2%). Esto llevó a una discusión de las
implicaciones de una baja inflación respecto de la probabilidad de caer en una
trampa de liquidez: lo que se corresponde con una inflación media menor es un
tipo nominal medio menor y dado el límite cero en el tipo nominal, una menor
viabilidad para una disminución en el tipo de interés, con menos espacio para
una política monetaria expansiva en caso de una sacudida adversa. El peligro de
una baja tasa de inflación se pensaba, sin embargo, que era bajo.
Así que para Blanchard, el peligro
real para la economía es demasiada poca inflación, porque la inflación baja
hace más difícil a la Fed realizar un estímulo monetario masivo en caso de un
declive severo. Como dice Blanchard: “Una inflación media más alta, y por tanto
tipos de interés nominales más altos por principio, habrían hecho posible recortar
más los tipos de interés, reduciendo así probablemente la caída en la
producción y el deterioro de las posiciones fiscales”.
Lo que falta ene esta historia es
el hecho de que es la política de dinero fácil, que se deduce de este modo de
pensar y de los objetivos políticos asociados, la que crea la necesidad de ese
estímulo monetario en primer lugar. Las políticas monetarias laxas crean auges
insostenibles que deben acabar viniéndose abajo. Así que toda esta línea de
razonamiento no tiene ningún sentido.
La analogía histórica que
normalmente se usa para dar credibilidad a las acciones de la Fed es, por
supuesto, la terrible experiencia de la depresión de la década de 1930. En esa
era, la oferta monetaria de EEUU, según Milton Friedman y Anna J. Schwartz, se
contrajo en alrededor de un tercio en los tres años que siguieron al pico del
ciclo económico en 1929. Donald L. Luskin, jefe de inversiones de Trend
Macrolytics, explica sucintamente el razonamiento
de la Fed:
La Fed tomó sus decisiones políticas
bajo una incertidumbre extrema y por tanto debió equivocarse en evitar riesgos
inaceptables incluso si eso significaba asumir deliberadamente riesgos
aceptables. Para la Fed, la deflación es un riesgo inaceptable. La mayoría de
los historiadores económicos, incluyendo a Ben Bernanke, creen que la deflación
fue la principal causa de la Gran Depresión.
Se vienen muchas cosas a la cabeza
cuando se evalúa este miedo a la inflación. Lo más importante es que la Gran
Depresión realmente se produjo como resultado directo de los bajos tipos de
interés y la expansión monetaria de la década de 1920, que se produjeron en
parte por la intromisión en el sistema monetario internacional (después de su
colapso en relación con la Primera Guerra Mundial).
Como explica
Murray Rothbard, la Fed recortó los tipos de interés y expandió la oferta
monetaria para ayudar al Reino Unidos a crear un patrón casi-oro profundamente
defectuoso. Sin embargo, una vez se recortaron los tipos de interés, el fuerte
crecimiento de la productividad en la década de 1920 aseguraba que esta
expansión monetaria no se traduciría en inflación de precios del consumo. De
hecho, todo el periodo hasta el gran crash de 1929 fue testigo de precios
estables, al contrario de lo que se vio en Estados Unidos durante los años de
auge de las décadas de 1990 y 2000. Sin embargo, en los tres episodios los bajos
tipos de interés y la expansión del crédito generaron un auge inversor
insostenible que acabó derrumbándose.
Exactamente lo mismo sucedió en
Japón en la década de 1980. Tanto la economía de entreguerras de EEUU como la
economía japonesa en la década de 1990 experimentaron una “década perdida”: sus
errores en sus políticas exacerbaron el declive que siguió a la aparición de la
crisis financiera. Lo mismo podría ocurrir fácilmente también hoy en Estados
Unidos.
Así que la lección real de ambas
historia debería ser evidentemente para el banco central que evite a cualquier
precio políticas monetarias excesivamente expansivas.
La excepción por supuesto parecería
ser la “trampa de liquidez” keynesiana en una crisis severa como la que sufre
hoy EEUU y la de la década de 1930. Sin embargo, la explicación de la trampa de
liquidez es altamente improbable, aunque la espiral descendente temporal de
desapalancamiento y contracción del crédito sin duda es una experiencia
dolorosa y que hace más duro para el banco central “estimular” la economía.
Pero esto olvida algo: ¿por qué no evitar esa seria contracción del crédito
desde el principio evitando la burbuja del crédito que dio lugar a ella?
Sin embargo, los políticos normales
encuentran difícil entender esta idea a causa de sus opiniones sobre cómo
afecta la política monetaria a las condiciones financieras y variables reales
en la economía. Ven el tipo de interés principalmente como instrumento político
para conseguir un aumento de precios a un ritmo constante e indirectamente
estabilizar la producción y el desempleo. Por eso no toman en consideración
agregados monetarios, incluyendo el crecimiento del crédito, cuando toman
decisiones políticas.
Sin embargo, la excepción notable a
esta regla es el Banco Central Europeo (BCE), que opera sobre la base de una
política de “dos pilares”, es decir, atiende tanto a los precios del consumo
como a los agregados monetarios. Derivado del antiguo banco central de Alemania
Occidental, el Bundesbank,
el legado del BCE es de moneda más fuerte que los bancos centrales de la
mayoría de los demás países industrializados (a pesar de que las políticas del
BCE fueran asimismo más laxas de lo que deberían haber sido en este periodo).
Esto deriva del hecho de que quienes dictaban las políticas monetarias alemanas
tenían miedo por Heber tenido, no uno,
sino dos episodios
hiperinflacionistas durante el siglo XX (ambos seguidos por la implicación de
Alemania en una guerra mundial). Así que los políticos europeos estuvieron
mucho más atentos a los peligros de una expansión monetaria rápida de lo que lo
estuvieron sus contrapartes americanas asustadas por la deflación.
La quimera de la estabilidad de precios
Aunque admita que estaba equivocado
en los años anteriores a la crisis, Blanchard, por desgracia, no parece haber
aprendido las lecciones correctas de los recientes pánico y recesión, aunque
empieza a darse cuenta de algunas ideas evidentes. Para empezar, declara que
“la inflación estable puede ser necesaria, no es suficiente”. Sin embargo, el
problema es cómo medir los precios, pues, según el propio Blanchard, “ningún
índice único resulta válido”. Además, la relación asumido entre crecimiento
estable de precios y economía estable no es tan clara como creía:
Sin embargo, lo que está claro es que
el comportamiento de la inflación es mucho más complejo de lo que suponen
nuestros simples modelos y que entendemos
la relación entre actividad e inflación de una forma bastante pobre,
especialmente en tasas bajas de inflación. (cursiva añadida)
La razón más evidente de por qué
esto es así es que no hay razón para creer que un índice artificial de precios
debe mantenerse estable o crecer a un ritmo estable. Como mencioné antes, la
mejora interna de la productividad y las importaciones baratas desde el
exterior implicarían precios a la baja. A este tipo de deflación benigna la llama también
“inflación buena” el economista monetario Michael Bordo. Basándose en el miedo
injustificado a esa deflación, los políticos mantienen los tipos de interés a
niveles muy bajos, llegando al punto de hacerlos negativos en términos reales,
es decir, por debajo de la tasa de inflación. Y los tipos de interés dan lugar
a actividades de inversión altamente inestables que influirán también al resto
de la economía, tanto cuando los precios de los activos aumenten indebidamente
como cuando se tambaleen.
Al menos los economistas mainstream y los políticos se están
tomando en serio esta lección, dando nuevos ímpetus a la defensa de deshinchar
una burbuja antes de que se vaya de las manos. En palabras de Blanchard:
como en el caso de las vísperas de la
crisis de la década de 2000, puede ser estable el diferencial entre inflación y
producción, pero el comportamiento de algunos precios de activos y agregados
del crédito o la composición de la producción pueden ser indeseables (por
ejemplo, un nivel demasiado alto de inversión inmobiliaria, un nivel demasiado
alto de consumo o un déficit por cuenta corriente demasiado grande) y disparar
potencialmente grandes ajustes macroeconómicos en el futuro.
Sin embargo, la íntima relación
entre bajos tipos de interés, rápido crecimiento del crédito y burbujas de
activos parecen difíciles de entender por parte de quienes llevan a cabo o
recomiendan la política. Como el foco de los neokeynesianos sigue entando en lo
que el gobierno debería hacer para responder a las “sacudidas”, tienden a poner
un gran énfasis en la necesidad de maniobrabilidad del gobierno en tiempos de
crisis, en lugar de en prevenir desde el principio que se produzca
desequilibrios financieros. Por eso Blanchard sugiere aumentar la tasa de
inflación: daría espacio a recortes de tipos más drásticos si apareciera una
nueva crisis grave. Pero esta postura política asimétrica (recortar tipos de
interés ante la primera señal de problemas, pero no aumentarlos nunca cuando
los precios de los activos están inflados por el crédito barato) crea un
entorno altamente inestable para las inversiones.
Para quienes no ven la relación
entre dinero fácil y auges y declives de activos inestables, la solución a la
inestabilidad financiera parece encontrarse completamente en el ámbito de la
regulación. Blanchard, haciéndose
eco de las ideas del presidente de la Fed, Bernanke, piensa que el “tipo
oficial es una mala herramienta para ocuparse de una exceso de apalancamiento,
una toma excesiva de riesgos o desviaciones aparentes de los precios de los
activos respecto de los fundamentales”. Y, de acuerdo con las opiniones de
Greenspan y otros cargos de la Fed durante los años del auge, Blanchard piensa
que “incluso si un tipo oficial más alto reduce algún precio de activos
excesivamente alto, probablemente lo haga a costa de un mayor diferencial con
la producción”.
La solución es por tanto que el
banco central esté a cargo de la regulación financiera, monitorice el sector
financiero en busca de riesgo sistémico y realice acciones correctivas mediante
herramientas regulatorias. Sin embargo, la Fed no fue capaz ni de identificar
la última burbuja financiera ni de frenarla antes de que se le fuera de las
manos. Estos debería hacer que nos lo pensáramos dos veces antes de aumentar el
mandato de la Fed como ha defendido Bernanke durante el último año.
También hay pocas razones para
creer que una mejor regulación impediría una crisis futura, ya que la causa
real de cualquier auge del crédito es una expansión monetaria por parte del
banco central. Cualquier reforma del sistema financiero debería empezar a
partir de este sencillo hecho.
Asimismo, el pensamiento de
Blanchard muestra la falacia común de tratar las evoluciones en los mercados
crediticios y los precios de los activos como completamente separados de lo que
ocurre en la economía “real”, como si las decisiones de inversión y la
asignación de capital no estuvieran en modo alguno relacionadas con el
funcionamiento de la economía. También muestra claramente la falta de comprensión
de los neokeynesianos en entender la naturaleza de los auges y declives de
activos.
William White, antiguo economista
jefe del Banco de Pagos Internacionales, apunta
que “el paradigma prevaleciente en la macroeconomía no deja espacio a crisis
del tipo de la que estamos experimentando”, añadiendo que “la crisis evidencia
de que las suposiciones simplificadas sobre las que se basa mucha de la
macroeconomía moderna no eran útiles para explicar la evolución del mundo
real”.
White esteba entre los pocos
economistas que trabajaban en la órbita institucional de la corriente principal
que realmente predijeron
la crisis financiera. Lo hizo basándose en su comprensión, influida por los
“austriacos”, de la dinámica de los ciclos de auge y caída. Como escribe
en un artículo reciente:
Frente al marco keynesiano, la teoría
austriaca asigna una importancia crítica a cómo la creación de dinero y crédito
por parte del sistema financiero puede a menudo llevar a desequilibrios
acumulativos en el tiempo. Estos desequilibrios, que acaban reduciéndose a
inversiones que no resultan rentables, acaban implosionando en el contexto de
una crisis económica de algún tipo. En términos actuales, el crecimiento monetario y crediticio inusualmente rápido a lo largo de
la pasada década aproximadamente llevó a aumentos en los precios de los activos
que parecían tener poco que ver con los fundamentales. (cursivas añadidas)
Los bajos tipos de interés y el
rápido crecimiento monetario hacen que los recursos se asignen de forma
distinta de lo que hubiera pasado en otro caso. Una vez se acaba el auge, se
revela esta mala asignación y tiene que tener lugar un necesario reajuste de la
actividad económica y la asignación de recursos.
El miope enfoque keynesiano en los
agregados económicos y su política de estabilización de precios, producción y
empleo, les hace ajenos a los hechos básicos de la vida económica y les lleva a
un rango completo de errores políticos con consecuencias dolorosas a largo
plazo. Ésta (y no alguna revisión superficial del paradigma dominante
existente) debería ser la principal lección de la crisis financiera.
Marius Gustavson es miembro investigador en la Reason
Foundation, donde examina asuntos económicos, incluyendo política monetaria. La
reciente crisis financiera y sus consecuencias. También trabaja para el think
tank noruego Civita, donde publicó un informe en forma de libro sobre las
causas de colapso financiero. Gustavson está escribiendo actualmente un libro
sobre la recesión global y trabajando en el “Sound Money Project”, organizado
por la Atlas Economic Research Foundation.