Por Garet Garrett. (Publicado el 20
de octubre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí http://mises.org/daily/5589.
[American Affairs, 1947]
* Traducido
por Miguel Castañeda - Castideas
La obra torpemente titulada Teoría General del Empleo, Interés y
Dinero, hoy en día comúnmente abreviada como La Teoría General, se
publicó en 1936. Por lo tanto tenía apenas diez años de edad cuando su autor,
John Maynard Keynes murió el pasado mes de abril. Probablemente ningún otro
libro ha producido en tan corto tiempo un efecto comparable. Ha teñido,
modificado y condicionado el pensamiento económico en todo el mundo. Sobre éste
se fundó una nueva iglesia económica, provista completamente de todas las
propiedades propias de una iglesia, como una revelación propia, una doctrina
rígida, un lenguaje simbólico, una propaganda, un clericalismo, y una
demonología. La revelación, aunque escrita brillantemente, era no obstante
obscura y difícil de leer, pero si uno esperaba que este factor impidiese la
propagación de la doctrina, de hecho tuvo un resultado contrario y sirvió a
fines publicitarios dando lugar a escuelas de exégesis y a controversias que
eran interminables porque nada podía resolverse. No había un estado de sociedad
existente en la cual la teoría pudiera ser probada o desaprobada mediante
demostración — y aún no la hay.
El momento del libro fue el más afortunado. Del lado de la economía
planificada se hablaba de que los socialistas necesitaban desesperadamente una
fórmula científica . El Gobierno al mismo tiempo necesitaba una racionalización
del gasto en déficit. La idea del Estado de Bienestar que había aumentado tanto
aquí como en Gran Bretaña — bajo el símbolo del New Deal —estaba en problemas.
No tenía respuestas para aquéllos que preguntaban, "¿De dónde vendrá el
dinero? Es cierto que el gobierno había obtenido el control del dinero como un
instrumento social y que la tiranía de la restricción del oro había sido derrocada,
pero el fetiche de la solvencia sobrevivió y amenazó con frustrar grandes
intenciones sociales.
Justo cuando esta crisis histórica de experimentación política, con los
socialistas perdidos en la selva yaciendo en alguna parte entre la utopía y el
totalitarismo, y con gobiernos a la deriva en un mar de manipulación monetaria,
con miedo a avanzar e incapaces de dar marcha atrás, la aparición de la teoría
de Keynes fue como una respuesta a las oraciones. Su hazaña fue doble. Para los
planificadores socialistas ofreció un conjunto de herramientas algebraicas, las
cuales, si se usaban según el manual de instrucciones, garantizarían la
producción del pleno empleo, del equilibrio económico y una redistribución de
la riqueza con justicia, los tres al mismo tiempo y con una especie de
precisión reglada — con la única condición de que la sociedad realmente quería salvarse.
Y la misma teoría en virtud de sus implicaciones lógicas generó un gobierno del
bienestar a partir de la amenaza de la insolvencia. Esa palabra — insolvencia —
no iba a tener nunca más significado para un gobierno soberano. El presupuesto
equilibrado era un fantasma capitalista. El gasto en déficit no era lo que
parecía. Era de hecho inversión; y el uso del mismo era para llenar un vacío de
inversión — un vacío creado por la incorregible y crónica tendencia de la gente
a ahorrar demasiado. “Ha habido”, decía, “una tendencia crónica a lo largo de
la historia a que la propensión al ahorro sea más fuerte que el estímulo para
la inversión. La debilidad del estímulo para la inversión ha sido siempre la
clave del problema económico”. Por inversión se refería supuestamente al uso de
capital con espíritu de aventura.
Esta idea fue la misma base de la teoría. Del exceso de ahorro y de la
inversión insuficiente provenía el desempleo. Y cuando a partir de esta causa aparecía
el desempleo, ya que estaba destinado a hacerlo, primero periódicamente y luego
como un mal permanente, la única cura para el gobierno era la de gastar dinero.
Entre las famosas herramientas algebraicas se encontraba el famoso
multiplicador mediante el cual los expertos eran capaces de determinar
precisamente cuánto debería gastar el gobierno para crear el pleno empleo.
Por lo tanto, en pocas palabras, la teoría era que mientras la gente no
invertía lo suficiente en su propio futuro para mantener a todos trabajando, el
gobierno debía hacerlo por ellos. ¿Dónde y cómo obtendría el gobierno el
dinero? Bueno, en parte mediante impuestos a los ricos, quienes era notorio que
ahorraban demasiado; prestándolo de los ricos, y, de ser necesario como último
recurso, imprimiéndolo — y todo estaba destinado a salir bien, porque a partir
del pleno empleo la sociedad en su conjunto siempre crecerá y será cada vez más
rica. En definitiva, las satisfacciones económicas de la vida se harían muy
baratas, la tasa de interés bajaría a cero, y la secuela sería la extinción
indolora de la clase rentista, es decir, de aquéllos que viven del interés y
que no producen nada.
Si estoy en lo correcto [dijo] en el supuesto de que sea relativamente
fácil de hacer que los bienes de capital sean tan abundantes que la eficiencia marginal
del capital sea cero, ésta puede ser la manera más sensata para deshacerse de
forma gradual de muchas de las características objetables del capitalismo. Una
pequeña reflexión mostrará los enormes cambios sociales que resultarían de una
desaparición gradual de una tasa de retorno sobre la riqueza acumulada. Un
hombre seguirá siendo libre de acumular su renta ganada con vistas a gastarla
luego. Pero su acumulación no crecerá. Estará simplemente en la posición del
padre de Pope, quien, al momento de retirarse de los negocios, se llevó una
caja de guineas a su villa en Twickenham y cumplió con los gastos de su hogar
como se requería.
¿Y el gobierno, en qué gastaría el dinero? Preferiblemente, por
supuesto, en la creación de trabajos productivos, es decir, medios para una
mayor producción de las cosas que satisfagan a las necesidades humanas; pero
tal era la importancia de mantener a todo el mundo en pleno empleo que era
mejor invertir el dinero en monumentos y pirámides que no gastarlo en nada.
El Antiguo Egipto [dijo] fue doblemente afortunado, y sin duda debió a esto
su fabulosa riqueza, ya que poseía dos actividades, a saber, la
construcción de pirámides así como también la búsqueda de metales preciosos, cuyos
frutos, como no podían servir a las necesidades humanas a través del consumo,
no se estropeaban con la abundancia. La Edad Media construyó catedrales y
cantos fúnebres. Dos pirámides, dos misas para los muertos, son dos veces mejor
que una; pero no tanto dos ferrocarriles de Londres a Nueva York. Así, de esta
manera somos tan sensibles, nos hemos educado tan al imagen de los financieros
prudentes, reflexionando cuidadosamente antes de añadir a las cargas
financieras de la posteridad la construcción de casas para habitarlas, que no
tenemos una fácil escapatoria a los sufrimientos del desempleo. Tenemos que
aceptarlos como un resultado inevitable, de aplicar a la conducta del Estado, las
máximas que están más bien pensadas para enriquecer a un individuo,
permitiéndole acumular demandas de disfrute que no tiene intención de ejercer
en ningún momento determinado.
Este pasaje es rara vez mencionado por los keynesianos, tal vez porque
nunca han estado seguros de que quisiera que fuera tomado en serio. Podría muy
bien ser Keynes en uno de sus traviesos humores.
Es importante recordar que la primera aplicación consciente y
definitiva de la teoría la hizo el New Deal; y cuando en el tercer año el Sr.
Roosevelt comenzó a decir que el déficit del gasto del gobierno debía
considerarse como una inversión en el futuro del país, estaba tomando las
palabras directamente de la teoría de Keynes. Los resultados prometidos no
llegaron; el desempleo no se arregló. Esta decepción, dicen los creyentes, se
debió a causas ajenas a la teoría, y simple y sencillamente al hecho de que el
gasto deficitario no fue lo suficientemente lejos. Los déficits deberían haber
sido aún mayores.
Es quizás aún más significativo que en su propio país era considerado
como una luminaria peligrosa y que el gobierno británico no podía hacer uso de
su genio hasta que llegó el momento de encontrarse en una posición muy difícil
de dinero. Se había ya divorciado del patrón oro, pretendiendo crear una moral
de esto; y luego, cuando la mentalidad británica pasó de ser una mentalidad de
país acreedor a una mentalidad de país deudor, el Tesoro necesitó de alguien
que pudiera cubrir la desnudez de la herejía financiera con una no transparente
tela plausible y al mismo tiempo dar un brillo a la manipulada libra esterlina
para reemplazar al brillo perdido de la libra de oro. Y así sucedió que el Sr.
Keynes fue tomado como principal asesor del Tesoro Británico, sentado en el
directorio del Banco de Inglaterra, y elevado a la dignidad de Barón Keynes de
Tilton.
Todos los planificadores ven a
Keynes como su profeta. Sin embargo, en la máxima prueba de sus poderes
proféticos fracasó históricamente. Representó al Tesoro Británico en la
creación del Tratado de Versalles. Poco después, renunció a su puesto para
atacar al tratado y escribió un libro titulado Las Consecuencias Económicas
de la Paz, cuyo efecto político, visto ahora en retrospectiva, fue desastroso.
Su argumento fue que Alemania nunca podría pagar las reparaciones que le fueron
demandadas, y que inclusive si pudiera permitírselo, sus acreedores no podrían conseguir
recibirlas. Viendo lo que Alemania fue capaz de hacer para su preparación de la
Segunda Guerra Mundial, era una tontería decir que no podía pagar las
reparaciones de la Primera Guerra Mundial, y si no se le hubiera perdonado, tal
vez la Segunda Guerra Mundial no habría tenido lugar, o al menos no todavía.
La literatura fundada sobre Keynes es dogmática. El propio Keynes no lo
era. Al final de su libro, de repente, se preguntó si funcionaría. ¿Fueron sus
ideas una "esperanza visionaria"? ¿Estuvieron firmemente enraizadas
"en los motivos que gobiernan la evolución de la sociedad política”? ¿Eran
"los intereses que frustraría, más fuertes y más obvios que los intereses
a los que serviría”? No hizo ningún intento de responder sus propias preguntas.
Se necesitaría otro libro, dijo, para indicar las respuestas, incluso en esquema.
Garet Garrett (1878–1954) fue un
periodista y escritor estadounidense notable por sus críticas al New Deal y a
la participación de EEUU en la Segunda Guerra Mundial. Vea sus libros en
la Tienda Mises.
Este artículo es un extracto de The
Critics of Keynesian Economics,, capítulo 12, "John Maynard
Keynes" (1960; 2009).