Por N. Joseph Potts. (Publicado el 6
de octubre de 2005)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1931.
El presidente Bush nos dice que
conduzcamos menos y limites los viajes a los imprescindibles mientras que el
programa EnergyStar
de la EPA nos pide a todos que “cambiemos una bombilla” en nuestras casas, de
las normales a las aprobadas por el gobierno, lo que afirman que ahorrará
cientos de millones.
También se supone que has de
prestar una promesa: “Prometo hacer lo que me corresponda para ahorrar energía
un ayudar a proteger nuestro medio ambiente cambiando una luz en mi hogar por
una calificada como ENERGY STAR” y el gobierno te enviará un “extensor de
cremallera” gratis.
Podemos ver hacia dónde se dirige
esto: de vuelta a los días de incasable maltrato, intimidación, regulación y
llamadas al sacrificio nacional (posiblemente incluso reglamentación y
control), todo en nombre del ahorro de energía. (¿Cuánta energía se consume en
hacer y enviar el extensor de cremallera?)
Justo a tiempo para controlar esta
crecientemente manía aparece The
Bottomless Well, de Peter W. Huber y Mark P. Mills (Basic Books, 2005).
Ofrece nada menos que un cambio total de paradigma para observar las crisis
energéticas que han animado los medios durante al menos los últimos 35 años.
Para quienes las revelaciones del libro sean en su mayor parte nuevas, unos
hábitos de pensamiento de toda la vida sobre el tema de la energía afrontan una
refutación completa.
Y aquí está: la energía es
abundante, virtualmente omnipresente y, con tecnologías ya en uso, accesible
para la apropiación y el uso por el hombre. Y aunque el uso de energía pueda
crear contaminación de distintas maneras, toda esa contaminación puede
eliminarse mediante… el uso de más energía. Por consiguiente, imponentes
corolarios se acumulan entre sí y apoyan esta proposición que es que cuanta más
energía se use, más puede encontrarse y explotarse para todos y cada uno de los
crecientes ámbitos de propósitos a los que se aplica la energía.
Muchas de las revelaciones del
libro se realizan mediante lo que podría llamarse el cambio de punto de vista.
Los autores identifican las conocidas máquinas de vapor de Newcomen y luego de
Watt como el principio del uso de la energía como poder mecánico. ¿Pero para
qué fin se idearon estas máquinas? Bueno, ¡para obtener más energía (en
concreto para eliminar el agua de las minas de carbón)! Y no es coincidencia
que su combustible fuera el mismo carbón al que ayudaban a extraer.
Los bulos del pensamiento
convencional caen como bolos. El principal de entre ellos puede ser la
extendida mala suposición de que las mejoras en eficiencia, como las ordenadas
para los vehículos a motor de la Corporate Average Fuel Economy (CAFE) Act de
1978, pueden producir reducciones en el consumo total de energía.
Utilizando un razonamiento a priori
con el que están familiarizados desde hace tiempo los austriacos y otros
economistas ilustrados junto con un tsunami de datos empíricos, los autores
demuestran que lo contrario es indiscutiblemente cierto: las mejoras en
eficiencia llevan al consumo de más
energía, ya sea en motores de vehículos, electrodomésticos, generación de
electricidad o computación.
Otro de ellos es que la Tierra
acabará ahogada o quemada bajo un creciente manto de dióxido de carbono y otras
emisiones del proceso de quema de combustibles fósiles como el carbón y el
petróleo. Las teorías del calentamiento global han sido bien y a menudo
rebatidas antes de este libro, pero éste aporta a la discusión tres hechos que
superan la preocupación, aunque estuviera de hecho justificada en la realidad.
Primero, existen tecnologías para
reducir el dióxido de carbono y otras emisiones, que reducen para su
implantación poco más que la voluntad de consumir las cantidades adicionales de
energía necesarias para su uso.
Segundo, el poder nuclear, una
solución evidente y disponible frente las preocupaciones sobre gases de efecto
invernadero desde la década de 1960, es hoy más segura (tanto contra el
terrorismo como contra percances operativos) y más eficiente de lo que lo ha
sido nunca, siendo la contaminación que genera en forma de combustible gastado
mucho más fácil de manejar de lo que los intereses antinucleares han llevado a
la gente a creer.
Y tercero, tal vez lo más
asombroso, Norteamérica, con su masiva quema total y por cabeza de combustibles
fósiles, evidentemente no es un productor de carbono para procesos globales,
sino que, de acuerdo con mediciones fiables, realmente absorbe carbono en total de otras partes del mundo cuyas cuentas de
carbono tienen superávit.
Peter W. Huber es autor de cuatro
libros previos sobre políticas públicas y ciencia, incluyendo Hard Green: Saving the Environment from the
Environmentalists. Mark P. Mills es un físico cuya obra se ha concentrado
en la electricidad y la electrónica y que ha trabajado como personal consultor
de la Oficina de Ciencias de la Casa Blanca. Aunque ninguno de estos autores
declara ninguna titulación formal en economía, su libro en realidad trata de
economía, ya que se desarrolla en un mundo de realidades físicas permanentes
condicionadas por las corrientes políticas y legales siempre cambiantes.
El libro contiene pocas
prescripciones políticas explícitas, pero, igual que una buena novela conlleva
valores sin exponerlos realmente en ningún momento, las instrucciones sencillas
y viables de política parecen brillar en cada capítulo de este análisis
clarificador.
Respecto de la política, el libro
dedica mucha más atención a los efectos reales de las políticas energéticas que
se han aplicado. Los efectos de estas políticas son, para cada una de ellas
cuando se ven en conjunto, hostiles no solo para el bienestar humano, sino para
sus objetivos declarados, normalmente o bien la conservación de fuentes de
energía o la reducción de la contaminación o ambos.
Lo que resulta de los casos
estudiados, desde el calentamiento global al agotamiento de las fuentes de
energía, es la energía equivalente a la profunda noción de Ludwig von Mises de
que toda regulación económica es en definitiva e inevitablemente dañina para
los mismos objetivos para los que se pensó en el primer momento.
En unos pocos casos, los autores se
permiten un aparte en el que expresan esperanza en que un prometedor nuevo
descubrimiento no acabe viéndose frustrado por regulaciones futuras o apuntan
que algún descubrimiento seminal pasado se produjo sin el beneficio, o a pesar
de la regulación pública.
Al final,
los autores ponen una luz en el historial de la interferencia pública en los
mercados de la energía que descubre las cualidades anti-vida que sus resultados
expresan invariablemente. De hecho, como los autores declaran literalmente en
más de una ocasión, la energía es
vida.
Y
viceversa.
N. Joseph Potts estudia economía en
su casa al sur de Florida.