La paranoia es buena

Por Wendy McElroy. (Publicado el 20 de mayo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5300.

 

“Viví. Morí. Ahora déjame en paz”, eso es lo que quiero que ponga mi tumba.

¿Qué tengo que esconder? ¡Todo! Lo que equivale a decir: todo lo que reclames saber de mí es algo que no quiero decirte.

La privacidad es el medio más eficaz de preservar la libertad contra un estado invasor. La privacidad se basa en la suposición de que (en ausencia de evidencias concretas de maldad) un individuo tiene derecho a cerrar su puerta y decir a otros (incluido al gobierno) que se ocupen de sus malditos asuntos. Es una presunción de inocencia. Es asimismo la piedra angular de la sociedad civil.

El acto de cerrar tu puerta en las narices expresa la distinción clave entre las esferas pública y privada. La esfera privada consiste en las áreas de la vida en las que un individuo ejerce autoridad y en las que no es apropiado que el gobierno y otras partes no invitadas se introduzcan; tradicionalmente, el hogar o la familia se consideraban el ejemplo principal de la esfera privada. Así, históricamente, la privacidad ha permanecido como un baluarte entre el individuo y el gobierno, entre la libertad y el control social.

No sorprende que la privacidad este bajo un ataque fiero y sostenido.

El totalitarismo requiere información total y el gobierno actual está resuelto a alcanzar una identificación completa de todos, realizando un inventarios de pertenencias a gravar y controlar: identificador nacional, biométrica, “¡sus papeles, por favor!”

Parece que en cada encrucijada se no pide rellenar un formulario, responder a preguntas invasivas, entregar nuestros bolsos para revisarlos, callar o hablar siguiendo órdenes y levantar los brazos para que nos cacheen.

En su libro Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed, James C. Scott comentaba el papel protagonista de una forma de inventario (los datos del censo) en la aparición del estado moderno:

Si imaginamos un estado que no tenga medios fiables para enumerar y ubicar a su población, promover su riqueza y mapear su territorio, recursos y asentamientos, estamos imaginando un estado cuyas intervenciones en esa sociedad son necesariamente rudimentarias.

Adquirir datos no solo facilitaba “un sistema impositivo y de reclutamiento con un ajuste más fino”, sino asimismo permitía el estado intervenir eficazmente en toda la sociedad. A más datos, más eficaz la intervención.

Para facilitar su eficacia, el estado necesita sin embargo eliminar la competencia y luego ordenar un monopolio en la producción de identificadores aceptables. Después de todo, un identificador no solo sirve como una herramienta de ingeniería social: también tiene funciones válidas de las que se ocuparía inmediatamente un mercado libre (y lo haría mucho más eficientemente). La identificación ofrece autenticación para herencias y títulos de propiedad, certifica que la gente tiene habilidades, por ejemplo para realizar una cirugía torácica, y documenta autorizaciones como derechos de accesos a edificios o cuentas bancarias.

El estado no prohíbe necesariamente dicha competencia, sino que muestra su músculo en el monopolio de la identificación de varias maneras. Por ejemplo, aplica leyes contra la “falsificación”: la sanción actual por falsificación de pasaportes o visados es de diez años en caso de primer delito, si no está ligado a terrorismo o tráfico de drogas. Pero el arma más poderosa para aplicar este monopolio es que el gobierno ha hecho de la identificación emitida por el estado una condición de facto para actuar en la vida diaria. En esencia, el estado y su documentación se han convertido en la única forma para que una persona “demuestre” su identidad y, por tanto, acceda a servicios vitales (incluso no públicos).

Los “no identificados” no pueden subir a un avión o un tren, ni conducir un coche. No pueden abrir una cuenta corriente, cobrar un cheque, tomar un empleo, acudir a clase, casarse, alquilar un vídeo (no digamos un apartamento) o comprar una casa. Los no identificados son ciudadanos de segunda clase a quienes el gobierno les cierra buena parte de la vida y casi todas las oportunidades de mejorar. Entretanto, los “identificados” son vulnerables a que se bloqueen sus cuentas corrientes, se les niegue el acceso a la atención sanitaria, se les cancelen sus tarjetas de crédito, se les embarguen los salarios, se revisen sus historiales y están sujetos a montones de otras invasiones que provienen del gobierno que sabe exactamente dónde y cómo encontrarles.

Quienes se resisten a ser inventariados representan un problema para el estado. La primera línea de ataque es acusarlos de ser “sospechosos”, es decir, de tener razones criminales o vergonzantes para rechazar responder preguntas.

“Si no tienes nada que ocultar…” empieza la cita, y siempre termina con una reclamación de cumplimiento. Invocar la privacidad ha pasado de ser un ejercicio de un derecho a ser una indicación de culpabilidad.

Es un juego de manos por el que la privacidad se redefine como “ocultación” o “secreto”; por supuesto, no es ninguna de ambas cosas. Al tiempo que permite la libertad, la privacidad es parte de una vida sana y reflexiva.

Consideremos un ejemplo: Desde la infancia, he llevado un diario en el que incluyo mis esperanzas, dudas, desengaños y deseos. Cuando lo leo, aún puedo sentir íntimamente quién era con diez años y esto me permite entender quién soy hoy. No comparto estos diarios, no porque me avergüencen, sino porque son personales. Son solo para mí, para mis ojos, para mi reflexión, y para nadie más.

Todos tenemos áreas de completa privacidad a proteger. Hay gente que lleva medallones con fotos de parientes muertos, otros sueñan con un amor prohibido, otra gente echa el pestillo cuando disfruta de un baño de burbujas o, tal vez, escribe una carta de amor que está destinada solo a otros ojos. Estos actos dibujan una línea entre la esfera privada y pública, constituyen una frontera que ningún otro ser humano puede tener derecho a cruzar sin ser invitado.

Si un vecino leyera las cartas de tu buzón o se dedicara a copiar los depósitos en tu libreta de ahorro, te sentirías violentado e irritado. Lo que es incorrecto que haga tu vecino es también incorrecto que lo haga el gobierno, porque solo hay un patrón de moralidad. Cierre la puerta en las narices a quien diga otra cosa.

 

 

Wendy McElroy es autora de varios libros. Mantiene activos dos sitios web: WendyMcElroy.com e ifeminists.com.

Published Mon, May 23 2011 7:26 PM by euribe

Comments

# El estado policial es personal

Friday, October 28, 2011 11:13 AM by Mises Daily en español

Por Wendy McElroy. (Publicado el 25 de mayo de 2011) Traducido del inglés. El artículo