Aventuras en la tierra de los neocón

Por Stefano R. Mugnaini. (Publicado el 20 de mayo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5295.

 

Como mucha gente preocupada por la libertad, tiendo a ser un poco pesimista. Me encuentro dudando de que la gran masa de estadounidenses pueda ser convencida, despertada o convertida a un verdadero amor por la libertad humana: cada día que pasa me trae otro escándalo: una niña abusada por la TSA, una empresa privada expropiada por los reguladores o una persona inocente encarcelada por delitos definidos nada más que por el capricho de este parlamento u otro. Y las quejas, si existen se someten y acallan, excepto en unas pequeñas bolsas de protesta.

Mi enfermedad se arriesgó a transformarse en algo más grave cuando vi las lamentables celebraciones y la alegría de los medios de comunicación tras el asesinato de Ben Laden. Luego llegó el consuelo de una fuente improbable.

Me encontré en un debate televisado para “probables votantes en las primarias republicanas”. La experiencia alternaba entre una horrible frustración y una increíble diversión, como podía esperarse. Al final, sin embargo, mi aventura en la tierra de los neocón fue extrañamente ilustradora e incluso algo animante. Como mínimo ofreció la oportunidad de aprender a ponerme, y a lucir, mu reluciente nueva pajarita Mises.

Supongo que fui elegido para el debate por ser miembro de alguna lista de correo a la que me había unido en viaje hacia el libertarismo. (Me tomó algún tiempo, varias batallas y una fuerte dosis de economía austriaca darme cuenta de que el conservadurismo no era coherente con mis creencias o la naturaleza de la libertad humana).

Esta reunión en concreto se organizó con el propósito de evaluar reacciones al debate presidencial en Greenville, Carolina del Sur, el 5 de mayo. Como suponía, había un tremendo nivel de ignorancia en la sala. No eran expertos políticos bien informados: parecían ser neoconservadores patrioteros antiemigración del tipo más estereotipado. Entré en una discusión acerca de la brillantez de las sugerencias políticas imperialistas y proteccionistas de Donald Trump, lo que, sorprendentemente dio paso a una conversación acerca de los malvados inmigrantes ilegales que, aparentemente, se están quedando con todos los empleos y cometiendo todos los crímenes. Esto fijó el tono de la noche. El consenso decía que el camino hacia la prosperidad es sencillo: construir una valla fronteriza, disparar a todo el que se acercara a ella, tomar todo el petróleo de Iraq e imponer duros aranceles a las exportaciones chinas.

¿Qué tiene esto de animante?, preguntarán ustedes. Hasta ahora, nada. El resto de la noche discurrió de forma similar. Las preguntas realizadas a lo largo de la sesión fueron superficiales y capciosas. El encuestador nos decía cuándo responder al debate republicano que estábamos viendo e implicaban fuertemente la forma que deberían tomar las respuestas.

Ron Paul fue abucheado por este comité de 29 porque sugirió que la guerra contra las drogas era una pérdida de tiempo, pero todos disfrutaron con su pregunta retórica: “¿Cuánta gente aquí presente usaría heroína si fuera legal?” Igualmente hubo burlas a Gary Johnson cuando sugirió que los inmigrantes, incluso los ilegales, dan más a la economía de lo que obtienen. Creo que la mujer que tenía detrás empezó a bufar en es emomento. Trump fue alabado como un genio por su idea de un arancel del 25% para China y como una figura audaz y brava cuando les condenó por manipular su divisa, como si Estados Unidos fuera un bastión de una política monetaria sensata y legítima. Cuando Paul aportó la loca idea de que la Reserva Federal podría haber tenido algo que ver con el colapso económico de 2008 y su consiguiente inflación de precios y estancamiento, hubo muchos ojos en blanco. Pregunté inocentemente a uno de mis vecinos si había escuchado algo acerca de la teoría austriaca del ciclo de negocio. Respondió enfadado: “¡Sé lo que es un negocio!”

Dejé el evento abatido y bastante disgustado. Pero después de unos pocos días en este estado, se me ocurrió una cosa y mis recelos iniciales dieron paso a un rayo de esperanza. Los miembros del grupo con los que me reuní esa noche, aunque deplorablemente faltos de información y genéricamente partidistas, eran también sumamente enseñables. Les preocupaban de verdad las consecuencias del curso trazado por el gobierno federal. Eran impresionables y sorprendentemente receptivos ideas distintas de las suyas.

El mayor defensor del proteccionismo en la sala acabó concediendo que los aranceles son destructivos en lugar de constructivos. Aceptó mi cita modificada de La acción humana:  Todo lo que puede lograr un arancel es desviar la producción de aquellas ubicaciones en las que la producción por unidad de entrada es más alta a ubicaciones donde es menor. Un arancel no aumenta la producción: la recorta.

Nuestra discusión sobre la cuestión de la inmigración rindió frutos similares. Había un acuerdo general sobre la importancia del libre mercado, pero una comprensión limitada de lo que significa realmente. Pero ahí estaba el origen de mi esperanza.

El estatismo y el intervencionismo no son, en la mayoría de los casos, el resultado de un cálculo cuidadoso de todas las alternativas. Son simplemente un reacción  refleja a acontecimientos, que aparece más por instinto gregario que por un análisis cuidadoso: el patriotismo simplista de quienes no tienen el tiempo o la inclinación de leer a Nock o Rothbard. Por eso veo esencial la acción y la implicación política, incluso para el anarquista más radical. Probablemente no obtengamos lo que deseamos en las urnas. Pero como apuntaba brillantemente Jacob Huebert, no es el único resultado del proceso electoral. Hay una gran multitud  que desea honradamente paz, libertad y la preservación de los derechos individuales. Buscan a tientas la verdad acerca de la economía y la naturaleza del estado, pero su búsqueda es vana porque no saben dónde mirar. Podemos indicárselo.

Por ejemplo, tomemos el tea party. Mi experiencia con miembros de este movimiento es que no están contra la libertad, aunque algunas de sus opiniones podrían calificarse como tales. Simplemente están en un punto distinto de su viaje. Los asuntos fiscales han despertado a muchos de ellos, aunque aún no del todo. Pero como es conocido que escribió Thoureau en Walden:

Los millones están suficientemente despiertos para el trabajo físico, pero solo uno entre un millón está suficientemente despierto para un ejercicio intelectual efectivo, solo uno entre cien millones, para una vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. No he encontrado hasta ahora un hombre que esté bastante despierto. ¿Cómo podría haberle mirado a la cara?

Salí de mi aventura en la tierra de los neocón igual de desanimado de lo que había estado mucho tiempo, pero he llegado a ver la verdadera importancia de la reunión en la lección que me enseñó: la mayoría de la gente tiene a ser atraída por la libertad: es solo que no la han escuchado correctamente definida.

 

 

Stefano R. Mugnaini es ministro en la Essex Village Church of Christ, en Charleston, Carolina del Sur y licenciado universitario trabajando para obtener este año su primer grado en teología.

Published Fri, May 20 2011 7:23 PM by euribe