¿Cuál es tu plan para el día después de mañana?

Por Theodore Phalan. (Publicado el 24 de marzo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/5095.

 

La rebelión de Atlas, la obra maestra de Ayn Rand que alaba al capitalismo y el individuo, es un extraño logro. Publicada por primera vez en 1957, parece haber sido escrita hoy mismo. Sus villanos nos miran desde nuestros periódicos, sus advertencias son ahora los titulares de las noticias nocturnas. Rand no solo realiza un alegato a favor de los mercados libres, la moneda fuerte y el estado mínimo, expone con apasionante detalle la corrupta lógica del colectivismo y el peligro de una sociedad cuyos poderes motivadores son la política y el “enchufe”, no la elección y el mérito.

El capitalismo de laissez faire no es solo el principio organizativo más productivo para una sociedad, es asimismo el mejor preservador de la riqueza y la dignidad humana. Los paralelos entre la ficción de Rand y los hechos actuales nos muestran que los resultados de las políticas y actitudes que ayudaron a crear la reciente catástrofe económica eran previsibles e inevitables. Pero una sociedad que aprende y comprende los principios de la libertad y la igualdad ante la ley puede reclamar lo que se está perdiendo ante los “saqueadores” del mundo.

Incluso suponiendo las intenciones más puras por parte de los planificadores de todas las creencias políticas, los objetivos que pretenden, los métodos que eligen y las prisas con las que buscan el remedio a todas las injusticias del mundo material solo pueden llevar un “sistema de planificación centralizada en el que pocos quieren ahora conscientemente ver establecido”.[1] Porque toda intervención en las interacciones naturales y voluntarias del hombre lleva a consecuencias no pretendidas de las que deben por tanto ocuparse con intervenciones más fuertes y ad hoc.

Y precisamente porque hay creada una política para alcanzar fines como “el bienestar social” o el “bien público” no significa que los fines deseados pueden obtenerse por ese método: de hecho, reclama preguntar qué es el “bienestar social” y quién es el “público”.[2] El gran industrial de Rand, Hank Rearden lo indica cuando se pregunta “por qué Orren Boyle es más ‘el público’”[3] que él. Perseguir conceptos vagos como éstos deja espacio alas mentes creativas para manipular la sociedad hacia caminos destructivos e insostenibles valiosos solo para los propios manipuladores.

Las promesas de crear igualdad material manteniendo la igualdad ante la ley son cantos de sirena, llevando en realidad solo al favoritismo y la igualdad universal de pobreza material. El hecho es que los dos conceptos están “en conflicto entre sí y podemos alcanzar uno u otro, pero no ambos al mismo tiempo”.[4]

Los hombres no son iguales en sus atributos físicos. De hecho son estas diferencias, cuando se reconocen, las que les permiten cooperar para su beneficio mutuo: un mundo de hombres idénticos que no encuentran nada a ganar comerciando sobre las diferencias de los demás dejaría como únicas interacciones rentables la violencia y la explotación. La igualdad ante la ley, y no la igualdad de los hombres, no es solo “la única igualdad que podemos obtener sin destruir la libertad”[5] sino asimismo el único tipo de igualdad que el hombre tiene realmente el poder de hacer efectiva.

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Cuando violas los derechos de un hombre, has violado los derechos de todos y un público hecho de criaturas sin derecho está condenado a la destrucción.

- Hank Rearden en La rebelión de Atlas[6]

La presciencia de la novela de Rand es asombrosa. Lo que debe haber parecido en el momento de su primera publicación como la amarga imaginación de una mujer que había visto a su familia expropiada y humillada durante la Revolución Rusa se ha convertido hoy en casi una obra de periodismo de investigación en la que solo se han cambiado los nombres. La aristocracia del éxito, con dinero como certificado, se ha visto reemplazada por la “aristocracia del enchufe”[7], la nueva moneda de acceso. Esto sonará familiar si alguien conoce la historia de las subvenciones derrochadas en la empresa Serious Materials y la de Cathy Zoi, la funcionaria de la Casa Blanca a cargo de la climatización, esposa de un ejecutivo de Serious Materials.[8]

James Taggart, el ficticio presidente de la Taggart Transcontinental Railroad, de Rand, hace saber a su Consejo de Dirección “que sus amigos en Washington, a los que nunca nombra, desearían ver construida una línea de ferrocarril en México (…) [que] sería de gran ayuda en asuntos de diplomacia internacional”,[9] así que una ferrocarril mexicano es lo que obtenía el Congreso a cambio de aprobar legislación para dañar a la competencia de Taggart. Es un ejemplo de decisiones económicas tomadas por razones políticas, no económicas y es equivalente al moderno dinero de “estímulo” a gastar en áreas en las que la Casa Blanca cree que tiene más que ganar políticamente.

Dagny Taggart, vicepresidenta a cargo de las operaciones en Taggart Transcontinental, se ve forzada a mitigar el daño reduciendo al calidad del servicio, tanto porque no hay un mercado viable para la línea férrea como por el miedo a que el gobierno mexicano la nacionalice.[10] Se parece mucho a nuestra economía actual: la gente no está segura de las futuras acciones del régimen, así que el crecimiento económico se ralentiza al retener su capital por miedo a la expropiación.

Cuando los recursos de la sociedad se redirigen a empresas fracasadas y se asignan por razones políticas, ya sea en una empresa de ferrocarriles o acero en el mundo de Rand o un fabricante de automóviles o banco en el nuestro, la riqueza por definición se destruye. Cuando Eugene Lawson, expresidentes del Community National Bank de Madison, dice a Dagny Taggart: “¡Puedo decir con orgullo que en toda mi vida nunca he obtenido una ganancia!”,[11] está declarando explícitamente que ha estado destruyendo riqueza orgullosa y constantemente a lo largo de su carrera. Una ganancia es el reconocimiento de que has combinado materiales que, individualmente, tenían un valor total más bajo que la nueva combinación. Solo quienes no están sirviendo a sus clientes necesitan subvenciones, así que son por tanto perjudiciales para el “bienestar público”.

Cuando James Taggart pregunta retóricamente a Orren Boyle “si hay en el público interés en tolerar una inútil duplicación de servicios y la destructiva y despiadada competencia de los recién llegados”,[12] está dando el mismo argumento que escuchamos a los cargos públicos acerca de los servicios sanitarios. Pero es precisamente esta competencia “despiadada” la que fuerza a las empresas a innovar y ofrecer nuevos y mejores servicios con el fin de retener a sus clientes.

El capitalismo es un sistema en que los recursos se redirigen voluntariamente a aquéllos cuyas ideas son mejores que las últimas y cuyos productos sirven a más necesidades: la competencia es el proceso por el que se descubren estos nuevos productos e ideas. En cualquier momento podría resultar que está teniendo lugar esa inútil producción de bienes similares, pero cuando los consumidores eligen un bien sobre otro hacen posible para el fabricante del bien más valorado continúe con la producción y señala a los demás en sector que deben apartarse. Con monopolios otorgados por el gobierno se desperdician los recursos y se recompensa la incompetencia.

Igual que las actuales EPA, FCC, SEC o cualquier otra parte de la sopa de letras federal de agencias regulatorias, la “Oficina de Planificación Económica y Recursos Naturales” de Rand emite directivas con fuerza de ley, pero no sujetas a limitaciones constitucionales: los ferrocarriles deben reducir velocidad y capacidad y deben todas llevar el mismo número de vagones por zona consistente de cinco estados; las acerías solo pueden producir tanto como una fábrica mediana; las fábricas no pueden reubicarse sin permiso.[13] Los burócratas de Rand tienen sus propias motivaciones y pueden desdeñar los derechos de sus “súbditos”. El mundo real difiere poco de su visión: hoy las agencias federales toman terrenos, censuran información, obstaculizan la competencia, regulan los precios y dictan incontables normas para empresarios y consumidores todos los días.

Cuando la Casa Blanca presionó a los tribunales para ignorar los precedentes y la ley con el fin de enriquecer a los trabajadores sindicales de una gran compañía automovilística quebrada a costa de los titulares de bonos garantizados, estaba canalizando a James Taggart. “¿Y si dejamos aparte unos pocos asuntos técnicos? Era por un buen fin”.[14]

Una intervención en el mercado lleva a otra: En la novela, la moratoria en los pagos de intereses a tenedores de bonos de los ferrocarriles, de la que fanfarronea Taggart, se convierte en necesaria para mantener a los ferrocarriles en marcha después de que se ven forzados a recortar servicios y crear más trabajo para sus propios empleados sindicales. Los fondos para nuevas inversiones empiezan a secarse, las pensiones que dependen de los dividendos de los bonos quiebran, dejando a los jubilados famélicos y los ferrocarriles siguen camino de la ruina a pesar de la “ayuda” del gobierno. En el mundo real, los tenedores de bonos obtuvieron una pequeña victoria en los tribunales, pero los pensionistas perdieron millones y se dio una clara advertencia a los futuros inversores.[15]

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¿Así que piensas que el dinero es la raíz de todo mal? ¿Te has preguntadocuál es la raíz de todo el dinero? El dinero es una herramienta de intercambio, que no puede existir salvo que haya bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la expresión material del principio de que los hombres que quieren tratar con otros deben tratarse por medio del comercio y dar valor por valor.

- Francisco d’Anconia en La rebelión de Atlas[16]

En una sociedad capitalista libre a los hombres no se les paga por sus capacidades, sino por lo bien que las emplean para servir al conciudadano. Las diferencias entre hombres y sus rentas se convierten en responsabilidad de los propios hombres, no en fuerzas más allá de su control. Como apunta Hayek, el descontento puede expresarse en forma de envidia. Pero atacar estas diferencias bajo el disfraz de la “justicia social” es un juego peligroso y lleva al conflicto y la pérdida de la libertad.[17]

Los político usan la envidia para dividir al pueblo y ponerlo contra quienes realmente sirven a sus necesidades. Atacan a los empresarios que se han hecho ricos y les llaman delincuentes, llevándolos a los tribunales y acusándolos de monopolistas bajo las leyes antitrust. Entretanto, los cultivadores de azúcar, protegidos por aranceles y cuotas, y los banqueros, que han secuestrado el dinero de la nación, llenan los bolsillos de los políticos con contribuciones a sus campañas.

Rand apunta repetidamente que el verdadero dinero es el oro y que es imperativo para mantener el estado dentro de las que considera sus únicas funciones legítimas (policía, tribunales y defensa nacional), cargarle con cadenas de este metal precioso. Hasta entonces, el estado continuará dirigiendo los esfuerzos de los hombrea contra ellos mismos, comprando los medios de opresión con el sudor de sus frentes.

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Su plan (como todos los planes de todos los saqueadores reales del pasado) es solo que el saqueo debe durar toda su vida.

- John Galt en La rebelión de Atlas[18]

El título original de trabajo de Rand para La rebelión de Atlas era La huelga. Entendía que los hombres inteligentes y ambiciosos abandonarían el mundo a su suerte y encontrarían un lugar donde su obra y talento fueran respetados y admirados, donde serían libres de disfrutar los frutos de su trabajo. En el mundo real, los hombres pueden ejercitar esta opción y lo harán. Los impuestos opresivos, regulaciones y denuncias de los políticos y los medios de comunicación expulsan al extranjero a los mejores y más brillantes. Muchos no se atreven a entrar en el mundo de los negocios por los laberintos burocráticos y el papeleo por los que deben discurrir con el fin de empezar una nueva empresa y servir a sus conciudadanos, las empresas se destruyen por demandas frívolas e impuestos carnívoros.

Una sociedad no puede sobrevivir si se canibaliza a sí misma. Los políticos prometiendo almuerzos gratis pero utilizando el grano sembrado para ofrecerlo solo traerán ruina. Ésta es la esencia del socialismo, un sistema que recompensa a los improductivos y esclaviza a quienes producen más de lo que consumen. La moralidad del capitalismo reside en el hecho de que recompensa producir para tus conciudadanos. Los saqueadores piensan solo en el presente: la siguiente comida, la siguiente votación, pero no el siguiente día.

El capitalismo por su propia naturaleza está orientado al futuro: se construye sobre sí mismo y beneficia a todos los que comercian voluntariamente en cuerpo y alma. La lección de la obra de Rand es que merece la pena luchar por la libertad y el capitalismo, pero una serie de casi derrotas y victoria pírricas no será suficiente. Los hombres deben estar dispuestos a renunciar a todo o los perderán.

 

 

Theodore Phalan es estudiante en la Universidad George Mason. Es graduado medio en administración de justicia y actualmente estudia licenciatura en economía con especialización en estudios legales e historia.



[1] Hayek, F.A. (1978). The Constitution of Liberty. Chicago: University of Chicago Press. p. 256.

[2] Hayek, F.A. (2007). The Road to Serfdom. Chicago: University of Chicago Press. [Publicada en España como Camino de servidumbre (Madrid: Unión Editorial)].

[3] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 898.[ Publicado en España como La rebelión de Atlas (Barcelona: Caralt)]

[4] Hayek, F.A. (1978). The Constitution of Liberty. Chicago: University of Chicago Press. p. 87.

[5] Hayek, F.A. (1978). The Constitution of Liberty. Chicago: University of Chicago Press. p. 84.

[6] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. pp. 445-446.

[7] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 375.

[8] Carney, T. P. (2010, 29 de enero). Obama's Pledges Mean Lobbyists Continue Winning. San Fransisco Examiner.

[9] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 84.

[10] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 53.

[11] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 292.

[12] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 51.

[13] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 310.

[14] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 361.

[15] Rowley, C. (2009, 10 de junio). “June 10, 2009: Barack Obama Loots Chrysler Bondholders”, Charles Rowley's Blog.

[16] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 380.

[17] Hayek, F.A. (1978). The Constitution of Liberty. Chicago: University of Chicago Press. p.93.

[18] Rand, A. (2005). Atlas Shrugged. Nueva York: Penguin Group. p. 679.

Published Fri, Mar 25 2011 5:15 PM by euribe