Por D.W. MacKenzie. (Publicado el 3 de mayo de 2006)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/2130.
De nuevo políticos y expertos están pidiendo aumentos en el salario mínimo legal. Las razones son las habituales. Los salarios del mercado son supuestamente inmorales. La gente necesita ganar un “salario para vivir”. Si el salario mínimo subiera al menos a 7$, o mejor aún a cerca de 10$ la hora, se sacaría a millones de la pobreza.
El alegato económico contra las leyes de salario mínimo es sencillo. Los empresarios pagan un salario que no sea mayor que el valor de una hora de trabajo adicional. Aumentar los salarios mínimos obliga a los empleados a descartar a los trabajadores de baja productividad. Esta política tiene sus mayores efectos en quienes tienen menos educación, experiencia laboral y madurez. En consecuencia, deberíamos esperar que las leyes de salario mínimo afecten a los jóvenes y la gente con menos educación. Eliminar las leyes de salario mínimo reduciría el paro y mejoraría la eficacia de los mercados para la mano de obra de baja productividad.
Unos pocos economistas lideran la carga por salarios mínimos más altos. Algunos de estos economistas tienen evidentes inclinaciones políticas. Los economistas conectados al izquierdista Economic Policy Institute y la Administración Clinton han preparado una justificación para los aumentos en el salario mínimo. De acuerdo con estos economistas, salarios más altos hacen que los empleados están más contentos en sus trabajos y llevan a una mayor productividad de los trabajadores Así que los trabajadores se merecerán recibir un salario mínimo una vez que se obligue a sus empresarios a pagarlos. Por supuesto, si esto fuera cierto (si los empresarios pudieran obtener una mayor productividad de trabajadores peor formados y con menor experiencia pagándoles salarios más altos) estarían dispuestos a hacerlo sin legislación de salario mínimo. Pero los economistas que hacen este alegato afirman tener evidencias empíricas que prueban que tienen razón. Los economistas David Card y Alan Krueger han publicado estudios en el sector de la comida rápida que indican que pequeños aumentos en el salario mínimo causarían solo pérdidas laborales mínimas y podrían incluso aumentar ligeramente el empleo en algunos casos. Estos estudios de Card y Krueger demuestran solo que un pequeño aumento en los salarios mínimos podría no causar un gran aumento del desempleo. Esos estudios ignoran el hecho de que el nivel actual de salarios mínimos ya está causando un desempleo significativo a algunos trabajadores.
El alegato económico a favor del aumento del salario mínimo ha ganado algún terreno entre la opinión pública e incluso entre los profesionales. Incluso algunos economistas inclinados al libre mercado, como Steven Landsburg, han concedido que los aumentos en salarios mínimos no afectan significativamente al empleo. Landsburg apunta que los críticos de las leyes de salario mínimo destacan que tienen un efecto desproporcionado en jóvenes y negros. Pero rechaza a estos críticos porque “los salarios mínimos tienen como mucho un impacto diminuto en el empleo (…) El salario mínimo acaba con pocos empleos y con los que acaba son en todo caso trabajos muy malos. Es casi imposible mantener el viejo argumento de que los salarios mínimos son malos para los trabajadores con salarios mínimos”.
La estadísticas reales indican que los críticos de las leyes del salario mínimo tienen toda la razón. Aunque sea cierto que los salarios mínimos no elevan a la tasa desempleo nacional a niveles astronómicos, sí afectan adversamente a jóvenes y minorías étnicas. De acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales, la tasa desempleo para mayores de 16 años era del 5,6% en 2005. Aún así, el desempleo era del 17,3% para la gente entre 16 y 19 años. Para los que estaban entre 16-17, el desempleo era del 19,7%. En el grupo de 18-19 era del 15,8%. Las leyes de salario mínimo sí afectan a las minorías étnicas más que a otros. La tasa de desempleo para jóvenes blancos en el grupo de 16-17 era del 17,3% en 2005. Las mismas cifras para hispanos y negros eran del 25% y el 40,9% respectivamente. Por supuesto, estas cifras disminuyen para minorías de más edad. Los negros en edades 18-19 y 20-24 tenían un 25,7% y un 19,9% de desempleo en 2005. Para los hispanos, el desempleo era ligeramente inferior: 17,8% en 18-19 y 9,6% en 20-24.
Landsburg podría mantener que la mayoría de estos trabajos perdidos son malos trabajos que los jóvenes no echarán de menos. DeLong piensa que las leyes de salario mínimo pueden ayudar a evitar la pobreza: los trabajadores que mantengan sus empleos con el salario mínimo ganan mucho, mientras que los trabajadores desempleados pierden poco. Parte del problema con este argumento es que implica juicios de valor arbitrarios. De acuerdo con la teoría económica de la corriente principal, alcanzamos la eficiencia económica cuando los mercados se saldan porque así obtenemos todas las ganancias del comercio. Con el desempleo juvenil en dobles dígitos (llegando hasta el 40%) es evidente que algunos mercados laborales no se están saldando. Si las imperfecciones del mercado laboral llevan a esos niveles de desempleo, economistas como DeLong, Card y Krueger pedirían la intervención pública para corregir estos “fallos del mercado”. Aún así consideran aceptable el desempleo juvenil en dobles dígitos cuando deriva de la intervención pública. ¿Por qué? Porque quieren usar esas políticas para redistribuir rentas.
A la teoría económica de la corriente principal le falta una base para juzgar los efectos de la redistribución de rentas. De acuerdo con la economía de los libros de texto, obtenemos la máxima eficiencia económica cuando los mercados se saldan, cuando conseguimos las máximas ganancias del comercio mutuamente ventajoso. Las transferencias de renta benefician a unos a costa de otros. Los economistas no tienen métodos científicos para comparar ganancias y pérdidas a través de transferencias de rentas. Una vez que los economistas se alejan de discutir las condiciones de eficiencia y empiezan a hablar de redistribución de rentas, se convierten en defensores de un programa político en lugar de científicos objetivos. Los trabajos perdidos por las leyes de salario mínimo no les parecerán importantes a DeLong o Nadsburg, pero evidentemente sí lo son para los trabajadores y empresarios a los que afectan estas leyes. ¿Por qué deberían los juicios de valor de unos pocos economistas de salón importar más que los intereses de los posibles empleados y empresarios? Esos trabajos pueden ser “malos” pero uno podría contestar también que estos trabajos con bastante importantes porque son el primer paso para obtener experiencia laboral y aprender responsabilidad adulta.
Un segundo problema con el alegato contra los salarios mínimos es que también afecta a los trabajadores mayores. Como ya se ha advertido, los trabajadores en el grupo de edad de 20-24 años parece estar afectado por las leyes de salario mínimo. Las tasas de desempleo en el grupo de 25-34 son más altas que para el grupo de 35-44. La tasa de desempleo para blancos e hispanos de 25-34 era de 11,1% y 5,8% en 2005. El desempleo para blancos y asiáticos en este grupo de edad era del 4,4% y el 3,5%. En el grupo de edad de 35-44, las tasas de desempleo para estos cuatro grupos étnicos eran del 7,2%, 5,1%, 4,4% y 2,7%. Es reveladora una comparación del desempleo de negros y asiáticos. En Estados Unidos los asiáticos tienden a tener niveles de educación más altos que los negros. Así que las leyes de salario mínimo son relativamente poco importantes para los asiaticoamericanos. En consecuencia, los asiáticos son capaces de mantener el desempleo tan bajo como en el rango del 2-3%. Para asiáticos de 16 o más años, la tasa de desempleo era solo del 3,3% en 2005. Para los asiáticos del grupo de edad 20-24, el desempleo era del 5,1%. Estas cifras son solo una fracción de las tasas de desempleo experimentadas por los negros en 2005. No hay razón por la que blancos, hispanos y afroamericanos no puedan asimismo alcanzar el rango del 2-3% de desempleo.
Los defensores de las leyes de salario mínimo no se dan cuenta de que antes de las leyes de salario mínimo, la tasa de desempleo nacional estaba muy por debajo del 5%. De acuerdo con el Censo de EEUU, las tasas de desempleo fueron del 3,3% en 1927, 1,8% en 1926, 3,2% en 1925, 2,4% en 1923, 1,4% en 1919 y 1918, 2,8% en 1907, 1,7% en 1906 y 3,7% en 1902. Incluso hoy algunos estados tienen tasas de desempleo del 3%. Virginia tiene ahora una tasa de desempleo del 3,1%. Wyoming tiene una tasa de desempleo del 2,9%. Hawaii tiene una tasa de desempleo del 2,6%. Las tasas de desempleo nacionales raramente bajan por debajo del 5% porque algunas categorías de trabajadores están estancadas con un desempleo en dobles dígitos. Dadas estas cifras, es bastante defendible que las leyes de salario mínimo mantengan la tasa nacional e desempleo tres puntos porcentuales por encima de la que sería en otro caso.
El economista Arthur Okun estimaba que por cada aumento del 1% en el desempleo, el PIB cae un 2,5-3%. Si las leyes del salario mínimo son responsables de mantener la tasa nacional de desempleo 3 puntos porcentuales por encima del nivel en que estaría, entonces las pérdidas por desempleo del salario mínimo son sutanciales. Como la Ley de Okun es una proposición empírica indudablemente no es constante. Eliminar los salarios mínimos podría no aumentar el PIB tanto como indica esta “ley”. Sin embargo la eliminación de las leyes de salario mínimo indudablemente tendría un efecto positivo en el PIB. En cualquier caso, la teoría económica y los datos disponibles indican que las leyes de salario mínimo sí generan ineficiencia económica. La implantación de un “salario vital” solo aumentaría estas pérdidas. ¿Realmente quieren los defensores del salario vital ver las tasas de desempleo entre minorías étnicas y jóvenes aumentar aún más?
El alegato económico para un salario vital no tiene fundamento. Las tasas actuales de salario mínimo sí crean altos niveles de desempleo entre trabajadores de baja productividad. Mayores “salarios vitales” solo empeorarían el problema. El supuesto alegato moral por un salario vital ignora el hecho de que los aumentos del salario mínimo afectan negativamente a la misma gente a la que intentan proteger los defensores del salario vital. Si los políticos quieren seguir políticas sensatas, deberían considerar revocar las leyes de salario mínimo, especialmente cuando afecten a jóvenes. Por desgracia, la mayoría de los políticos se preocupan más acerca de las conveniencias políticas que de una política económica sensata. Siendo éste el caso, los salarios mínimos aumentarán salvo que la opinión pública cambie significativamente.
D. W. MacKenzie enseña economía en la Ohio Northern University.