La economía libertaria, confundida

Por Robert P. Murphy. (Publicado el 12 de julio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4535.

                             

El profesor de Harvard, Edward Glaeser escribió recientemente un post en el blog del New York Times titulado “The Economics of Libertarianism, Revealed” [“La economía libertaria, revelada”]. Por lo que ya les he contado sobre la pieza, deberían ustedes sospechar que no es exactamente un análisis innovador. En este artículo me ocuparé de las observaciones críticas de Glaeser, muchas de ellas desacertadas.

Empezando con un non sequitur dickensiano

Gleaser empieza su artículo con un toque de informalidad:

Son al tiempo los mejores y los peores momentos para los libertarios. En el lado positivo, políticos reales, vivos, que tienen posibilidades de ser elegidos se autocalifican como libertarios. En el lado negativo, los verdaderos libertarios han perdido su antiguo lujo de ser capaces de evitar cualquier responsabilidad por los errores y meteduras de pata de los líderes políticos.

Seguramente Glaeser tiene en mente algunos de los favoritos del Tea Party. Puede que Gleaser tenga razón en que en este ciclo inusual puede haber algunos libertarios irritados que normalmente no votan pero que en noviembre acabarán ayudando a elegir candidatos que prometen rebajar drásticamente los gastos y eliminar el ObamaCare. Si cuando estos nuevos reformadores vayan a DC se dan cuenta de que es bueno ser el rey, entonces sí, el votante libertario estaría quemado. Esperemos que hayan aprendido la lección: “No voten, sólo les anima”.

Pero detecto algo más profundo en los comentarios de Glaeser. Parece suponer que la gente que se sienta en un rincón y critica al gobierno (sin arremangarse y unirse al proceso político) está en las nubes. Pero eso es todo, ¿no? La crítica libertaria radical del gobierno federal no es simplemente que es ineficiente o que, ¡rayos!, tendríamos que trasladar el 3% de nuestras tropas de Iraq a Afganistán.

No, la crítica libertaria radical es que la gente en DC son casi literalmente un puñado de ladrones y asesinos.

Odio tener que ser tan franco, pero eso es lo que hay. No es una “metedura de pata” o un mero “error” cuando la CIA establece una red de prisiones secretas en el extranjero o cuando el presidente de Estados Unidos reclama la autoridad para asesinar ciudadanos de EEUU sin que se cuestione el procedimiento.

En el frente puramente financiero, no es simplemente un honrado desacuerdo intelectual sobre la manera adecuada de “apuntalar el mercado inmobiliario”, “disminuir los spreads de los créditos”, “potenciar la demanda agregada” y todos los demás eufemismos. No, la Fed y el Tesoro han dado billones de dólares en entregas directas o avales indirectos a algunas de las personas más ricas del planeta, a costa de todos los demás que usen dólares de EEUU.

Dada nuestra compresión de la situación, seguramente el Profesor Glaeser puede entender por qué los libertarios disfrutamos del “lujo” de no participar en este sistema podrido. Glaeser escribe como si los libertarios fueran como un pariente gruñón que siempre se queja de la comida cada Día de Acción de Gracias, pero nunca se ofrece a ayudar a prepararla. Por alguna razón, no pienso que sea una buena analogía cuando se refiere a los crímenes del gobierno federal de EEUU.

La resbaladiza pendiente del minarquismo

Glaeser comenta luego un reciente manual sobre libertarismo de su colega de economía en Harvard, Jeffrey Miron. Glaeser continúa diciendo:

Siempre he encontrado refrescante tomar una ducha intelectual rápida y limpia en las aguas frías y puras del pensamiento libertario, pero me encuentro más interesado en las turbias aguas del borde del libertarismo, que el Profesor Miron explora con aplomo. Raramente los libertarios son anarquistas. Casi todos creen en alguna forma de poder estatal, al menos en la protección de la propiedad privada y la obligación de cumplir los contratos. Muchos, incluyendo a Milton Friedman, se encuentran cómodos con mayores expresiones de poder del estado, incluyendo la redistribución de recursos a quienes tienen menos. El Profesor Miron escribe que “el gasto contra la pobreza es el tipo de redistribución más defendible”, porque “el objetivo de esta redistribución (ayudar a los pobres) es razonable y los costes de un programa contra la pobreza limitado (p. ej., un impuestos negativo de la renta establecido en los distintos estados) son modestos”.

Pero una vez que e acepta la necesidad de la acción pública, las cosas empiezan a enturbiarse mucho y no podemos confiar en el amor a la libertad o el miedo al estado como guías de actuación.

En esto Glaeser tiene toda la razón. He escrito previamente acerca de la insostenible postura del minarquismo, que es la defensa del “estado-sereno”. Una vez que admitimos que el estado puede fijar impuestos para algunos fines (en servicios policiales y judiciales, por ejemplo), entonces no podemos objetar en principio a las otras cosas que hace actualmente.

Después de renunciar a la noción de sacralidad de los derechos de propiedad, los minarquistas tienen que volver a argumentos pragmáticos. Pero entonces los minarquistas tienen que explicar por qué no se puede confiar en los políticos respecto de la sanidad o la prensa, pero en armas nucleares y pinchados de líneas.

El extraño caso de BP

Después de plantear el debate, Glaeser mueve en busca del jaque mate:

Consideremos el caso puramente hipotético de un vertido masivo de petróleo en el Golfo de México. El libertario tradicional argumentaría que la regulación es innecesaria porque el sistema de pleitos haría al perforador responsable de cualquier daño. ¿Pero qué pasa si el vertido es tan grande que no tiene recursos para pagar? El libertario respondería que la empresa debería haber sido obligada a mantener un depósito o pagar un seguro suficiente para cubrir cualquier vertido concebible. Tal vez, pero entonces el gobierno necesita regular el contrato de seguro y los recursos del asegurador.

Lo que es aún más problemático es que la solución libertaria requiere que pongamos gran confianza en parte del sector público: el sistema judicial. A veces los jueces son sobornados y cualquier tribunal puede verse influenciado por los mejores abogados que el dinero puede comprar. Andrei Shleifer y yo hemos argumentado que las primeras regulaciones eran atractivas precisamente a causa de una sensación de que no podía contarse con los tribunales para proteger la propiedad privada.

Hemos visto este movimiento retórico tantas veces que ya no nos sorprende, pero pido al lector que se detenga un momento y piense en lo que ha hecho Glaeser. Con el fin de “probar” que funciona la torpe intervención pública (en contraste con un mundo de laissez-faire libertario) Glaeser apunta que nuestro sistema actual permite vertidos masivos de petróleo y jueces corruptos.

Es realmente asombroso cuando lo entiendes. Es como si estuviéramos discutiendo sobre capitalismo y socialismo y Glaeser dijera: “Bueno, la avaricia de los funcionarios del Partido Comunista de la URSS demuestra claramente que no se puede confiar en el sistema de beneficios para conseguir una sociedad justa”.

Déjenme explicarlo desde otro ángulo. Podemos discutir teóricamente todo lo que queramos acerca de un marco “regulatorio” puramente privado, en el que las aseguradoras y los jueces privados limiten a las empresas a su estricta búsqueda de beneficios. Pero también nos gustaría de vez en cuando contrastar nuestras reflexiones teóricas con la realidad.

Así que, ¿qué sistema está operando actualmente: la utopía no regulada de los libertarios? ¿O el mundo socialdemócrata altamente regulado de los intervencionistas? Claramente, este último.

Supongamos que los libertarios tienen razón y que no pueda confiarse en el gran gobierno para que nos provea un entorno seguro, un mundo libre de drogas, ciudades libres de crímenes y pobreza y una ciudadanía bien educada. En ese caso (si la crítica libertaria del gran gobierno fuera correcta) no se mostraría el mundo exactamente como es ahora?

Inténtelo así: Supongamos que empezáramos en una sociedad en la que el gobierno federal no tuviera supervisión alguna sobre las petroleras internacionales y las perforaciones marítimas. Entonces aparecen algunos aprensivos y dicen: “¡Pero si puede haber un enorme vertido de petróleo! Necesitamos que el gobierno garantice la seguridad”.

Los críticos libertarios dirían: “¡Qué ingenuos sois! ¿Qué os hace pensar que los políticos realmente mantendrían esas promesas? Claro, podrían establecer una flamante nueva agencia (digamos que la llamamos MMS) que en principio protegería al pueblo estadounidense contra las rapaces petroleras. Pero en la práctica, esta agencia podría estar realmente corrompida. No digo que sus empleados aceptaran drogas y sexo de compañías a las que se supone que están regulando o que los empleados de MMS tuvieran una fiesta con una tarta que diga “Perfora, Chico, Perfora” en el glaseado. Sólo digo que los reguladores realmente podrían no aplicar las regulaciones en las revisiones. En la práctica, la gente del Golfo sería más vulnerable a un vertido gigante al ceder la autoridad al gobierno federal”.

Así que les pregunto: ¿Qué dice el mundo real acerca de este hipotético debate? De ser algo, el vertido de BP es un golpe contra la defensa de la intervención gubernamental. Quien piense otra cosa está aceptando implícitamente la premisa de que la intervención gubernamental sólo puede ayudar.

En otras palabras, la gente como Glaeser supone que hay una cierta cantidad de desastres potenciales en el sector privado esperando a ocurrir y el gobierno podría ser capaz de interceptar algunos a tiempo. Así que cuando se produce un desastre (11-S, colapso financiero, vertido de BP), eso prueba lo frágil que es la sociedad voluntaria y es una evidencia añadida de la necesidad de un gobierno mayor. A la gente como Glaeser nunca se le ocurre que los fracasos masivos en la vigilancia del gobierno podrían ser una evidencia de que el gobierno es incompetente en lo que se refiere a protegernos.

Una cosa final: Fíjense en cómo funciona el argumento de Glaeser. Dice que no puede confiarse en que una petrolera pague los daños, porque podría no tener suficiente dinero. Luego excluye una aseguradora por la misma razón, Implícitamente se basa en la premisa de que el gobierno tiene suficiente dinero y por eso está bien que esté al cargo de estas operaciones.

Por supuesto, el gobierno sólo tiene lo que ha tomado previamente a los contribuyentes. Así que el argumento de Glaeser se reduce a lo siguiente: Un mercado libre de perforaciones marítimas no funcionaría, porque es posible que una petrolera causara más daños de los que podría compensar a las víctimas. Por eso necesitamos un gobierno, para quitar dinero a la gente de Montana para pagar a la gente de Texas los daños causados por petroleras internacionales.

Incluso aceptando la validez de este argumento, advirtamos que no hay un punto lógico en el que detenernos. Después de todo, ¿qué pasaría si hubiera un desastre tan grande que incluso el gobierno federal no pudiera pagarlo? Está claro que todo el mundo debe someterse a un gobierno global, la única entidad con recursos para supervisar adecuadamente el comercio moderno.

Conclusión

Glaeser acaba así su post: “Puedo no estar siempre de acuerdo con [Miron], pero no puedo pensar en nadie que sea mas apropiado para escribir una introducción a la economía del libertarismo”. Con todo el respeto a Miron, permítame decir “Mr. Glaeser, le presento a Murray Rothbard”.

 

 

Robert Murphy es investigador adjunto del Instituto Mises, donde enseñará “Principios de economía” en la Mises Academy este otoño. Gestiona el blog Free Advice y es autor de The Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action Study Guide y The Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.

Published Sat, Jul 17 2010 12:11 PM by euribe