Por Jeremiah Dyke. (Publicado el 18 de marzo de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4175.
La propiedad es esa hermosa base a partir de la que los
liberales abordan los conflictos. Al aceptar que los derechos de propiedad
provienen de los derechos de ocupación original, la apropiación y el
intercambio se elimina la necesidad de cuestionar los motivos o intenciones de
la acción. Sin derechos de propiedad definidos, la gente discute sobre otros
planteamientos para juzgar las acciones. El propósito de este artículo es
demostrar lo absurdo de esta discusión sobre el asunto de la caza de ballenas.
Sólo en la esfera de la propiedad comunal podrían dos buques
arreglárselas para colisionar
en la vastedad del Océano Antártico, un océano de casi 21 millones de
kilómetros cuadrados. Sólo dentro de la esfera d ela propiedad comunal podría
dejar a todas las partes sin mácula.
La colisión de los dos buques, el arponero japonés Yushin
Maru No. 2 y el conservador de ballenas de la Sea Shepherd Bob Barker,
no es sino otro asalto de los muchos conflictos entre balleneros y
conservacionistas contra la caza de ballenas. Cada bando mantiene su inocencia
y ambas partes sufren daños.
La caza de ballenas puede remontarse al 6.000 a. de C. Aún
así, a pesar de su larga herencia, la caza de ballenas ya no es la fuente
primaria del sistema financiero de ninguna nación. Los usos antiguos de las
ballenas normalmente giraban en torno a combustible
luminoso en lámparas y velas. Fue la industria, no la ética animal, la que
acabó reemplazando los combustibles basados en ballenas por queroseno y
petróleo (ambos arden más tiempo, son más baratos y no tienen ese olor tan
desagradable).
A pesar de esta transición, 5 de las 13 especies de grandes
ballenas están en las lista de especies en peligro de extinción y hay bastante
evidencia de la extinción
de la ballena en varias áreas geográficas. A finales de la década de 1930,
se mataban más de 50.000
ballenas anualmente, suficiente para alarmar a los conservacionistas para
pedir una comisión que se ocupara de estos asuntos.
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Nombre
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Distribución
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Población
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Rorcual aliblanco
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Hemisferio Sur
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761.000
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Pacífico Noroeste y Mar de Ojotsk
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25.000
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Atlántico Norte (excepto Costa Este de Canadá)
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149.000
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Ballena boreal
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Mares de Bering-Chukchi-Beufort
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8.000
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Ballenas grises
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Este del Pacífico Norte
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26.300
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Ballenas jorobadas
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Oeste del Atlántico Norte
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11.570
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Ballenas azules
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Hemisferio Sur
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400 – 1.400
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Rorcual común
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Atlántico Norte
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47.300
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Estimación de población de
especies de ballenas
El resultado fue la Comisión Ballenera Internacional (CBI).
Aunque la participación es voluntaria, la comisión pronto estableció una amplia
lista de cuotas balleneras con el fin de proteger la población de ballenas.
Por un lado, Estados Unidos actúa como miembro financiador
de naciones que simpatizan con la CBI. Por el otro, Estados Unidos también
acosa a las que no simpatizan con la CBI amenazando con prohibir sus diversas
importaciones de pescado. Así, muchos países que no invierten en la
conservación de las ballenas siguen alineándose con Estados Unidos en este
asunto.
Por el contrario, de acuerdo con un trabajo de Anthony
Matera “La actual moratoria ballenera, instituida por la Comisión Ballenera
Internacional (CBI), continúa restringiendo los derechos de estos países a la
caza de ballenas, aunque el propósito original de la moratoria, la recuperación
de las poblaciones de ballenas, ya se ha alcanzado”.
También se ha demostrado que la domesticación y cría de
ballenas puede reponer las poblaciones reducidas de ballenas sin el uso de
cuotas balleneras o tras medidas de la BCI. Así que ¿por qué hay aún espacio
para este mercado? ¿Por qué ningún individuo o empresa ha entrado en el mercado
para rellenar la falta de ofertas balleneras? La razón está clara: la regulación.
De acuerdo con el BCI, a los países sólo se les permite
“criar ballenas para investigación
científica y sustento para comunidades con aprobación. Tanto Japón como
Islandia mantienen programas de investigación científica. (…) [Aún así] los miembros
de la comisión presionado cada vez más para la suspensión o reducción de estos
programas de investigación, manteniendo que la captura de ballenas no se dirige
a ninguna necesidad de investigación críticamente importante”.
Por tanto, se nos deja una prohibición en el mercado a
cambio de un grupo de objetivos normativos. Los conservacionistas preferirían
volver a un infinito diálogo sobre qué “debería ser” en lugar de aceptar la solución de la privatización.
Los conservacionistas en realidad están jugando con las
perspectivas de supervivencia de las ballenas concentrando sus esfuerzos en una
guerra contra su caza, en lugar de adoptar soluciones al problema de la oferta,
como criar ballenas.
Simplemente limitar la oferta de ballenas sólo aumenta el
precio por unidad en el mercado. Pescadores que normalmente buscarían otros
habitantes del océano pueden en la práctica verse animados a cazar ballenas, en
lugar de pescar, por el nuevo e inflado precio. Así, igual que en nuestro
lamentable resultado en intentar luchar contra la oferta de drogas ilegales,
nuestros esfuerzos balleneros sólo ayudan a consolidar la idea económica
elemental de que no podemos hacer una guerra sobre la oferta.
Volviendo a nuestro asunto original de la reciente colisión
entre conservacionistas antiballeneros y sus contrarios en caza/investigación,
empezamos a entender por qué organizaciones como la estadounidense Sea Shepherd
han hecho tan poco por impedir la caza de ballenas fuera de la cosa de la Antártida.
Los gobiernos de Nueva Zelanda y Australia, que tienen
jurisdicción sobre las aguas en que tuvo lugar este choque han optado por no
decantarse por ninguna de las partes, reclamando en su lugar a ambos grupos a
tener cuidado y actuar civilizadamente.
¿Actuar civilizadamente?
¿Podemos imaginar un escenario así en otro lugar? ¿Podemos
imaginar a cazadores de perros pululando por nuestros jardines en búsqueda de
animales para usarlos para la ciencia o la industria? Aunque podamos imaginar un escenario tan
absurdo, nunca podríamos imaginar que el que resuelva un conflicto así
simplemente pida a cada parte a “actuar civilizadamente”. ¡Seguro que una de
las partes tiene la culpa!
Por tanto, son las consecuencias legales las que impiden la
caza de perros en jardines particulares, pero es la propiedad la que da la
autoridad para infligir esas consecuencias. Es la propiedad del perro y del
jardín la que permite juzgar que se ha cometido un delito. Este escenario
absurdo no se produce por la sencilla razón de que los derechos de propiedad
están mejor definidos en los jardines particulares. Sólo por la ausencia de
derechos de propiedad definidos por lo que estos buques pueden colisionar en la
vastedad del mar sin que ninguno sea identificado como el agresor.
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Jeremiah Dyke es profesor de matemáticas y defiende los
libres mercados y la libertad de elegir. Invita a quien quiera a contactarle si quiere realizar una
tormenta de ideas.