Por Gary Galles. (Publicado el 16 de marzo de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/4185.
El 16 de marzo es el cumpleaños de James Madison. Fue “el
padre de la Constitución”: nadie tuvo más participación en la construcción e
interpretación de la más alta ley de nuestra tierra. Su comprensión es
especialmente importante hoy, dado lo mucho que nos hemos alejado del gobierno muy
limitado que autorizaba la Constitución y lo que nos hemos acercado a uno que
expande continuamente su poder a expensas de los estadounidenses.
Todos podemos beneficiarnos recordando la interpretación de
Madison del gobierno federal autorizado bajo la Constitución, un agudo
contraste con lo que vemos a nuestro alrededor.
Hasta ahora las cartas eran
concesiones de privilegios de los gobierno al pueblo. Aquí el pueblo concede
poderes a sus gobiernos.
La diversidad de facultades de
los hombres, de las que se originan los derechos de propiedad (…) la protección
de estas facultades es el primer objetivo del gobierno.
El gobierno se instituye y
tendría que ejercerse para (…) el disfrute de la vida y la libertad, con los
derechos de adquirir y usar la propiedad y en general de perseguir y obtener la
felicidad y la seguridad.
Son inconstitucionales las leyes
que infrinjan los derechos de la comunidad (…) el gobierno debería desarmarse
de poderes que atenten contra estos derechos concretos.
Los poderes del gobierno federal
están tasados, sólo puede actuar en ciertos casos, tiene poderes legislativos
sobre asuntos definidos y limitados, más allá de los cuales no puede extender
su jurisdicción.
No hay en mi opinión máxima más
responsable por su mala aplicación (…) que (…) la de que el interés de la
mayoría es la medida política de lo correcto o erróneo (…) nada puede ser más
falso (…) sería del interés de la mayoría en cada comunidad despojar y
esclavizar a las minorías (…) restableciendo (…) la fuerza como medida del
derecho.
El significado legítimo de [la
Constitución] debe derivarse del propio texto.
La medida real de los poderes que
deben otorgarse al Congreso por la Constitución tiene que verse en las
especificaciones (…) sin (…)una laxitud tal que, bajo la apariencia de llevar a
cabo un gobierno limitado se transforme éste en un gobierno sin limitaciones.
Con respecto a las palabras
“bienestar general”, siempre las he considerado como limitadas por los detalles
del poder a él conectadas. Tomarlas en un sentido literal e ilimitado sería una
metamorfosis de la Constitución (…) no contemplada por sus creadores.
No puedo asumir poner mi dedo en
ese artículo de la Constitución que otorga un derecho al Congreso a gastar, en
objetos de benevolencia, el dinero de sus electores.
Si el Congreso puede emplear
dinero indefinidamente (…) los poderes del Congreso subvertirían las mismas
bases, la misma naturaleza del gobierno limitado establecido por el pueblo de
América.
Las leyes son necesarias para
marcar con precisión las tareas de quienes han de obedecerlas y tomarlas de
quienes van a administrarlas es una discreción de la que podría abusarse. (…)
En la medida en que las leyes excedan esta límite son una molestia, una
molestia del tipo más pestilente.
James Madison, coautor de los Federalist Papers, defensor de
la Constitución antes de la Convención de ratificación de Virginia y
patrocinador de la Bill of Rights en la Cámara de Representantes, fue el
principal intérprete de la Constitución durante 50 años. No dejó ninguna duda
acerca de que su papel era enumerar claramente los poderes limitados dados al
gobierno federal y defender de su mano a los estadounidenses del “primer
experimento sobre nuestras libertades”.
La opinión de Madison desde entonces se ha invertido y la
constitución se ha convertido en un “documento vivo” cuya redefinición creativa
continúa erosionando la pequeña capacidad que mantiene para restringir al
gobierno dentro de su esfera delegada. Si nos preguntamos qué poder de actuar
se le deniega hoy al gobierno federal, vemos que aunque la Constitución sigue
siendo sobre el papel la ley suprema en el país, no lo es en la realidad. Por
eso necesitamos recordar y recuperar esos principios, derivados de nuestros
derechos inalienables, que hicieron en su momento a Estados Unidos un faro de
la libertad para el mundo.
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Gary Galles es profesor de economía en la Universidad de
Pepperdine.