Por Frank Chodorov. (Publicado el 17 de abril de 2007)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/2500.
[Este artículo se publicó originalmente en 1947 como folleto
de Human Events Associates. Se
reimprimió en 1962 como capítulo 22 de Out of Step: The
Autobiography of an Individualist]
La Enciclopedia Británica define el sistema
tributario como “la parte de los ingresos de un estado que se obtiene por
cuotas y cargas obligatorias a sus sujetos”. Es casi tan adecuada y concisa
como puede ser una definición: no deja espacio para discutir qué es un sistema
tributario. En esa exposición de los hechos, domina la palabra “obligatorias”,
sencillamente por su contenido ético. La reacción inmediata es preguntarse el
“derecho” del Estado a este uso del poder. ¿Qué permiso, en términos morales,
aduce el Estado para apoderarse de propiedades? ¿Es su ejercicio de la
soberanía suficiente por sí mismo?
En esta cuestión de la moralidad hay dos posiciones que
nunca pueden reconciliarse. Aquéllos que sostienen que las instituciones
políticas provienen de la “naturaleza del hombre”, disfrutando así de una
divinidad indirecta, o aquéllos que consideran al Estado como la piedra
angular de la integración social, no
encuentran ningún problema en el sistema tributario per se: la toma de
propiedades por el Estado se justifica por su existencia o sus resultados
benéficos. Por el contrario, quienes sostienen la primacía del individuo, cuya
misma existencia es su justificación de derechos inalienables, se inclina por
la postura de que en la obtención obligada de cuotas y cargas el Estado está
meramente ejerciendo su poder, sin consideraciones morales.
El presente estudio sobre el sistema tributario empieza en
la segunda de estas posiciones. Es tan parcial como sería un estudio que
empezara con la postura igualmente no probada de que el Estado es una
institución natural o socialmente necesaria. La objetividad completa desaparece
cuando un postulado ético es la premisa mayor de un argumento, y una discusión
sobre la naturaleza del sistema tributario no puede excluir los valores.
Si asumimos que el individuo tiene un indiscutible derecho a
la vida, debemos conceder que tiene un derecho similar a disfrutar del fruto de
su trabajo. A esto lo llamamos propiedad. El derecho absoluto de propiedad
deriva del derecho original a la vida porque no tiene sentido el uno sin el
otro: los medios de vida deben identificarse con la vida misma. Si el Estado
tiene un derecho prioritario a los frutos de nuestro trabajo, su derecho a la
existencia está cualificado. Aparte del hecho de que no puede establecerse
dicho derecho prioritario, excepto declarando al Estado como autor de todos los
derechos, nuestras inclinaciones (como demuestran nuestros esfuerzos por evitar
pagar impuestos) son rechazar este concepto de prioridad. Nuestro instinto está
en contra. Protestamos ante la apropiación de nuestra propiedad por una
sociedad organizada igual que lo hacemos si una sola unidad de la sociedad
realiza este acto. En el último caso, calificaremos sin dudar al acto como un
robo, un malum per se. No es la ley la que en primera instancia define el
robo, es un principio ético que la ley puede violar, pero no suplantar. Si por
necesidades de la vida consentimos la fuerza de la ley, si por una larga
costumbre perdemos de vista su inmoralidad, ¿se ha eliminado el principio? Un
robo es un robo y ninguna cantidad de palabras puede hacer de él algo distinto.
Observemos los resultados del sistema tributario, los
síntomas, para ver si se viola el principio de la propiedad privada y cómo.
Para mayor evidencia, examinemos su técnica y tal y como sospechamos la
intención de robar a partir de la posesión de herramientas eficaces, igualmente
las encontraremos en la técnica del sistema tributario, una historia
reveladora. La carga de esta crítica intransigente al sistema tributario será,
por tanto, probar su inmoralidad por sus consecuencias y sus métodos.
A modo de introducción, podríamos fijarnos en el origen del
sistema tributario, bajo la teoría de que los inicios determinan los finales y
aquí encontramos un montón de injusticias. Un estudio histórico de la fiscalidad
lleva inevitablemente a botines, tributos, rescates: los propósitos económicos
de las conquistas. Los barones que pusieron barreras de peaje en el Rin eran
cobradores de impuestos. Como lo eran las bandas que “protegían”, a cambio de
un precio fijo, a las caravanas que iban al mercado. Los daneses periódicamente
se invitaban a Inglaterra y permanecían como invitados no deseados hasta que se
les pagaba el llamado “impuesto danés” (“dane geld”): durante mucho
tiempo permaneció como la base de los impuestos de propiedad ingleses. Los
conquistadores romanos introdujeron la idea de que lo que recaudaban de los
pueblos sometidos era sencillamente un pago por mantener “la ley y el orden”.
Durante mucho tiempo, los conquistadores normandos recaudaron tributos
arbitrarios a los ingleses, pero cuando, por el proceso natural de amalgama de
los dos pueblos, apareció la nación, las recaudaciones se regularizaron
mediante costumbres y leyes y se llamaron impuestos. Llevó siglos eliminar la
idea de que estas exacciones no servían más que para mantener cómodamente una
clase privilegiada y para financiar sus guerras sangrientas: de hecho, este
propósito nunca se negó u ocultó hasta que el constitucionalismo difuminó el
poder político.
Todo eso pasó, salvo que tengamos la temeridad de comparar
esta antigua palabrería con reparaciones, extraterritorialidad, cargas para
mantener ejércitos de ocupación, huídas con propiedades, toma de recursos
naturales, control de vías de comercio y otras técnicas de conquista. Puede
argüirse que aunque el sistema fiscal tuviera un principio tan desagradable
podría haber rectificado y convertirse en algo ciudadano, decente y útil. Así
que debemos aplicarnos a la teoría y práctica de la fiscalidad para probar que
en realidad es el tipo de cosa arriba descrita.
Primero, respecto de método de recaudación, los impuestos se
dividen en dos categorías: directos e indirectos. Los impuestos indirectos se
llaman así porque llegan al estado a través de recaudadores privados, mientras
que los directos llegan sin intermediarios. Los primeros se asocian a bienes y
servicios antes de que lleguen al consumidor, mientras que los segundos son
principalmente demandas ante la acumulación de riqueza.
Veremos que los impuestos indirectos son un precio por un
permiso para vivir. No se puede encontrar en el mercado una sola satisfacción a
la que no estén asociados varios de estos impuestos, ocultos en el precio y nos
vemos en la obligación de pagarlos o irnos sin ellos: como irnos equivale a
privarse del sentido de la vida o incluso de la propia vida, pagamos. La
inevitabilidad de la existencia de esta carga se expresa en la asociación
popular de la muerte y los impuestos. Y es esta característica la que atribuye los impuestos indirectos al estado,
de forma que cuando examinamos los precios de los productos básicos nos
asombramos de la desproporción entre el coste de producción y la carga para
permitir su compra. Alguien ha estimado el número de impuestos que lleva una
barra de pan en más de cien: obviamente algunos no le son atribuibles, porque
sería imposible definir en cada barra su parte de impuestos sobre la escoba
usada en la panadería o la gasolina utilizada por el camión de reparto. El
whisky es probablemente el ejemplo más notorio de la forma en que los productos
se han convertido de satisfacciones en objetos de impuestos. El coste de
fabricación de un galón de whisky, por el que el consumidor paga alrededor de
veinte dólares es de menos de medio dólar: el resto corresponde parcialmente a
los costes de distribución, pero la mayoría del dinero que atraviesa el
mostrador va a mantener los funcionarios de la ciudad, el condado, el estado y
la nación.
El revuelo sobre el coste de la vida tendría más sentido si
se dirigiera a los impuestos, el principal componente del coste. Debería
también advertirse que aunque el problema del coste de la vida afecta
principalmente a los pobres, es además en este segmento de la sociedad donde
inciden más los impuestos indirectos. Es necesariamente así, porque quienes
están en los estratos de menos ingresos constituye la mayor porción de la
sociedad que debe contar con la mayor parte del consumo y por tanto con la
mayor parte de los impuestos. El estado reconoce este hecho al gravar bien de
uso más extendido. Un impuesto sobre la sal, no importa lo pequeño que sea,
comparativamente, recauda mucho más que un impuesto sobre los diamantes y es de
mayor significación social y económica.
No es el volumen de la recaudación, ni la certidumbre de su
cobro lo que da preeminencia a los impuestos indirectos en el esquema de
apropiación del estado. Su cualidad más recomendable es que son subrepticios.
Es como si dijéramos tomar mientras la víctima no mira. Quienes se esfuerzan
por dar a los impuestos un carácter moral están en la obligación de explicar la
preocupación por parte del Estado por esconder los impuestos en el precio de
los bienes. ¿Hay en ello una confesión de culpabilidad? En los últimos años, en
su búsqueda de ingresos adicionales, el Estado jugueteando con la idea de un
impuesto a las ventas, un precio por el permiso a vivir directo e inequívoco:
los estadistas más inteligentes se han opuesto a esta medida por razones de
conveniencia política. ¿Por qué? Si el Estado sirve a un buen fin los
productores difícilmente se opondrán a pagar su sostenimiento.
Simplemente por razón del método, no deliberadamente, la
tasación indirecta genera un beneficio a los recaudadores privados y por esta
razón difícilmente puede esperarse una oposición a los pagos desde ese rincón.
Cuando el impuesto se paga antes de la venta se convierte en un elemento de
coste que debe añadirse a todos los demás costes al calcular el precio. Como el
beneficio esperado es un porcentaje del total, se aprecia que el propio
impuesto se convierte en una fuente de ingresos. Cuando la mercancía debe pasar
por las manos de varios procesadores y distribuidores, los beneficios
acumulados por el impuesto pueden ser tan altos como la cantidad recaudada por
el Estado, o incluso mayores. El consumidor paga el impuesto más los beneficios
compuestos. En este aspecto son particularmente notorios los pagos aduaneros.
Si seguimos la importación de seda en bruto, del importador al limpiador, el
hilador, el tejedor, el acabador, el fabricante, el mayorista, el vendedor,
cada uno añadiendo su parte al precio pagado por su predecesor, vemos que en el
precio que paga la señora por su vestido hay mucho más de lo que requiere el
plan arancelario. Sólo este hecho ayuda a hacer a los mercaderes y fabricantes
indiferentes al los males del proteccionismo.
El apoyo tácito a los impuestos indirectos deriva de otro
subproducto. Cuando un desembolso considerable en impuestos es un prerrequisito
para iniciar un negocio, las grandes acumulaciones de capital tienen una
evidente ventaja competitiva y difícilmente podríamos esperar de estos
capitalistas que defiendan una rebaja en los impuestos. Cualquier granjero
puede fabricar whisky y muchos lo hacen, pero la inversión necesaria en timbres
fiscales y distintas tasas de licencia hacen que apertura de una destilería y
la organización de agencias de distribución sea un negocio sólo para grandes
capitales. Los impuestos han obligado a las agradables cantinas de propiedad
individual a dar paso al bar de lujo bajo hipoteca a la cervecera o la
destilería. Igualmente, la fabricación de cigarrillos se ha concentrado en las
manos de unas pocas corporaciones gigantescas con la ayuda de nuestro sistema
fiscal: cerca de tres cuartas partes del precio de venta de un paquete de
cigarrillos son una recarga por impuestos. Realmente sería extraños que esos
intereses fueran a oponerse a los impuestos indirectos (lo que nunca harán),
así que el consumidor desinformado, sin voz y desorganizado se ve forzado a
pagar el precio superior generado por la competencia limitada.
Los impuestos directos se diferencian de los indirectos no
sólo en la forma de recaudación, sino asimismo en el hecho más importante de
que no pueden trasladarse: quienes los pagan no pueden reclamar su reembolso a
otros. La incidencia de los impuestos directos recae principalmente en rentas y
acumulaciones, en lugar de en bienes en el proceso de intercambio. Se nos grava
por lo que tenemos, no por lo que compramos, en las ganancias empresariales o
los pagos por servicios ya prestados, no los ingresos anticipados. Así que no
hay manera de pasar la carga. El pagador no tiene alternativa.
Los claros impuestos directos son los que se recaudan en
rentas, herencias, donaciones, valor del terreno. Veremos que esas
apropiaciones se prestan a la propaganda de que paguen los ricos y se apoyan en
la envidia de los incompetentes, la amargura de la pobreza, la sensación de
injusticia que engendra nuestra economía monopolística. Se ha defendido la
fiscalidad directa desde los tiempos coloniales (junto con el sufragio
universal), como una implantación necesaria para la democracia, como el
instrumento esencial de “nivelación”. La oposición de los ricos a los impuestos
directos añadió virulencia a los reformistas que defendían éstos. En tiempos
normales, el Estado es incapaz de superar esta oposición bien trenzada,
organizada y plena de recursos. Pero cuando la guerra o la necesidad de mejorar
la pobreza masiva exprimen la bolsa del Estado hasta su límite y nuevos
impuestos indirectos se hacen imposibles o amenazan la paz social, la oposición
debe ceder. El Estado nunca renuncia completamente a las prerrogativas que
adquiere durante una “emergencia” y así, después de una serie de guerras y
depresiones, los impuestos directos se convirtieron en parte integrante de
nuestra política fiscal y aquéllos en quienes recaen deben contentarse con
recortar los gravámenes o tratar de transferirlos de un hombro a otro.
Aunque se había previsto, durante los debates del impuesto
sobre la renta en la primera parte del siglo, la etiqueta de que paguen los
ricos resultó ser un término malévolamente equivocado. Era imposible que el
Estado se contuviera una vez que este instrumento de obtener ingresos
adicionales estuviera en sus manos. Una renta es una renta, venga de
dividendos, operaciones del mercado negro, ganancias del juego o simples
salarios. A medida que aumentan los gastos del Estado, lo que siempre ocurre,
las inhibiciones legales y consideraciones de justicia o compasión se dejan de
lado y el estado mete mano a todos los bolsillos. Así, en Filadelfia, el poder
político reclama que el empresario deduzca una cantidad del sobre de la paga,
no sólo como retención del salario, sino aún más mediante los llamados
impuestos de seguridad social. Por cierto que éstos demuestran la completa
inmoralidad del poder político. Los impuestos de seguridad social no son sino
impuestos a los salarios en toda su extensión y se les dio un nombre equívoco
deliberada y maliciosamente. Incluso la parte que “paga” el empresario acaba
siendo abonada por el trabajador en el precio de los bienes que consume, pues
es obvio que esta parte es un mero coste de operación y se repercute con un
recargo. La recaudación de los impuestos de la seguridad social no se deja
aparte para pagar “beneficios” sociales, sino que se incluye en el fondo fiscal
general, sujeto a cualquier apropiación, y cuando se acaba autorizando una
miseria a un anciano, se paga con la recaudación fiscal actual. No es
comparable en modo alguno con un seguro, ficción que se ha abierto paso en
nuestra política fiscal, sino que es un impuesto directo a los salarios.
Hay más gente en los tramos de bajos ingresos que los altos;
hay más legados pequeños que grandes. Por tanto, en el total, aquéllos que son
menos capaces de soportar las cargas de que paguen los ricos, son los que las
sufren. El intento de ocultar esta desigualdad por un sistema de graduaciones
no es real. Incluso un pequeño impuesto a una renta de mil dólares anuales
causará al pagador alguna dificultad, mientras que un impuesto del 50% sobre
cincuenta mil dólares deja suficiente para vivir confortablemente. Hay una
enorme diferencia entre arreglárselas sin un nuevo automóvil y seguir usando
unos pantalones con remiendos. También debería recordarse que el ingreso del
trabajador casi siempre está limitado a los salarios, que son fáciles de
registrar, mientras que las grandes rentas derivan principalmente de negocios u
operaciones de juego y no son tan fáciles de percibir; ya sea por intentar
pagar todo el impuesto o por las necesarias ambigüedades que hacen que la cantidad
exacta sea asunto de conjeturas en la contabilidad, quienes tengan grandes
rentas se ven favorecidos. Son los pobres los que pagan más por los impuestos
para que paguen los ricos.
Los impuestos de todo tipo desalientan la producción. El
hombre trabaja para satisfacer sus deseos, no para financiar el Estado. Cuando
se le quitan los resultados de sus trabajos, sea por bandidos o por la sociedad
organizada, su inclinación es limitar su producción a la cantidad que puede
quedarse y disfrutar. Durante la guerra, cuando se introdujo la retención en
las nóminas, los trabajadores tuvieron que adivinar la paga que llagaba a casa
y se despedían cuando este neto, después de impuestos, no mostraba ningún
incremento comparado con el trabajo extra que costaría: el ocio también es una
satisfacción. El que busca premios rechaza otro compromiso lucrativo porque el
ingreso adicional llevaría a su renta anual a un tramo impositivo más alto. De
forma parecida, todo empresario debe tener en consideración, cuando sopesa el riesgo
y la posibilidad de ganancia en una nueva empresa, la certidumbre de una
compensación en impuestos en caso de éxito, y el tamaño de las acumulaciones de
capital abortadas por los impuestos de sucesiones.
Mientras nos ocupamos del asunto del desaliento de la
producción por los impuestos, no deberíamos olvidar el mayor peso de los
impuestos indirectos, aunque esto no sea tan obvio. El nivel de producción de
una nación viene determinado por el poder de compra de sus ciudadanos y en la
medida en que este poder viene minado por los gravámenes, el nivel de la
producción se reduce proporcionalmente. Es un silogismo estúpido y
perfectamente indecente mantener que lo que recauda el Estado lo gasta y que
por tanto no hay rebaja en el poder total de compra. Los ladrones también
gastan su botín con mucha más generosidad que los verdaderos propietarios y
basándose en el gasto podríamos hacer una defensa del valor social del robo. Es
la producción, no el gasto, lo que engendra producción. Sólo mediante la
aportación de contribuciones comercializables al fondo general de riqueza se
aceleran los engranajes de la industria. Por el contrario, toda deducción de
este fondo general de riqueza ralentiza la industria y todo gravamen a los
ahorros desanima la acumulación de capital. ¿Por qué trabajar si no se gana
nada? ¿Por qué abrir un negocio para sostener a los políticos?
En principio, como percibieron los redactores de la
Constitución, el impuesto directo es el peor, pues niega directamente la
sacralidad de la propiedad privada. Por su mismo sigilo, el impuesto indirecto
es un reconocimiento ambiguo del derecho del individuo a sus ganancias: el Estado
se acerca sigilosamente al propietario, por decirlo así, y se lleva lo que
necesita alegando dicha necesidad, pero no tiene la temeridad de cuestionar el
derecho del propietario a sus bienes. Sin embargo el impuesto directo proclama
rotunda y descaradamente el derecho prioritario del Estado sobre todas las
propiedades. La propiedad privada se convierte en una concesión temporal y
revocable. El ideal jeffersoniano de derechos inalienables se ve así liquidado
y sustituido por el concepto marxista de la supremacía del estado. Es mediante
la política fiscal, más que mediante la revolución violenta o la apelación a la
razón o la educación popular o cualquier fuerza histórica ineluctable, mediante
la que se lleva a cabo lo sustancial del socialismo. Advirtamos cómo se ha
logrado la centralización que deseaba Alexander Hamilton a partir de la
implantación del impuesto federal sobre la renta, cómo se ha disuelto en la
práctica la unión de comunidades independientes. Las comunidades se han
reducido al estado de distritos, el individuo ya no es un ciudadano de su
comunidad, sino un súbdito del gobierno federal.
Una inmoralidad básica se convierte en el centro de un
vórtice de inmoralidades. Cuando el Estado invade el derecho del individuo al
producto de su trabajo se apropia de una autoridad contraria a la naturaleza de
las cosas y por tanto establece un modelo no ético de comportamiento, tanto
para él como para aquéllos contra los que ejercita su autoridad. Así que el
impuesto sobre la renta ha hecho al Estado cómplice de lo obtenido del crimen;
la ley no puede distinguir entre rentas derivadas de la producción y rentas
derivadas del robo; no le preocupa su origen. Igualmente esta negación de la
propiedad genera un resentimiento que se convierte en perjurio y falta de
honradez. Hombres que en sus asuntos personales difícilmente recurrirían a esos
métodos, o que se verían en el ostracismo social por practicarlos, se
enorgullecen y les felicitan al evadir las leyes del impuesto de la renta: se
considera adecuado emplear las mentes más hábiles para esto. Aun más degradante
es animar al espionaje mutuo mediante sobornos. Ninguna otra medida en la historia
de este país ha causado una indiferencia de principios comparable en los
asuntos públicos o ha tenido un efecto tan deteriorante en la moralidad.
Para abrirse paso a la buena voluntad de sus víctimas, los
impuestos se han rodeado de doctrinas de justificación. Ninguna ley que no
tenga la aprobación o aquiescencia pública puede implantarse y para obtener ese
apoyo debe dirigirse a nuestro sentido de la rectitud. Esto es particularmente
necesario para normas que autoricen a llevarse la propiedad privada.
Hasta hace poco, los impuestos se defendían por la necesidad
de mantener las funciones necesarias del gobierno, llamadas generalmente
“servicios sociales”. Pero, al ser parte de la naturaleza del poder político
que no puede restringirse el área de su actividad, su expansión se produce en
proporción a la falta de resistencia que encuentra. La resistencia al ejercicio
de este poder refleja un espíritu de confianza en sí mismo, que a su vez
depende de un sentimiento de seguridad económica. Cuando falla una economía en
general, la inclinación de la gente, desconcertada por no entender sus causas
básicas, es dirigirse a cualquier curandero que prometa alivio. El político
sirve con gusto para esto: sus honorarios son el poder, implantado con dinero.
Ocultas a la opinión pública están las acciones del poder político en el fondo
del mal económico, como los privilegios de monopolio, las guerras y los propios
impuestos. Por tanto la promesa de alivio es suficiente por sí misma y se
produce el acuerdo. Así ha resultado que el área del poder político ha invadido
cada vez más actividades sociales y con cada expansión se añade otra
justificación para los impuestos. La actual filosofía tiende hacia la
identificación de la política con la sociedad, la erradicación del individuo
como unidad esencial y la sustitución de un total metafísico y por tanto la
eliminación del concepto de propiedad privada. Ahora los impuestos se
justifican no por la necesidad de ingresar para gestionar los servicios
sociales específicos, sino como un medio necesario para un mejoramiento social
no especificado.
Ambos postulados de los impuestos son en realidad idénticos
en que derivan de la aceptación de un derecho prioritario del estado a los
productos del trabajo, pero a afectos del análisis es mejor tratarlos por
separado.
Los impuestos para servicios sociales dan a entender un
intercambio equitativo. Sugiere un quid pro quo, una relación de
justicia. Pero la condición esencial de los intercambios, que es que deben
realizarse voluntariamente, está ausente en los impuestos: su mismo uso de la
compulsión elimina a los impuestos del campo del comercio y les pone
directamente en el de la política. Los impuestos no pueden compararse a deudas
pagadas a una organización voluntaria por esos servicios como cabe esperar de
ser miembros, porque no existe la posibilidad de abandono. Al rechazar un
intercambio podemos denegarnos un beneficio, pero la única alternativa al pago
de impuestos es la cárcel. La sugerencia de la equidad en la tasación es falaz.
Si obtenemos algo de los impuestos que pagamos no es porque queramos: nos viene
impuesto.
En relación con los servicios sociales, una comunidad puede
compararse con un gran edificio de oficinas en el que los ocupantes, realizando negocios
muy diversos, hacen uso de instalaciones comunes, como ascensores, limpieza,
calefacción, etc. Cuantos más inquilinos haya en el edificio, más dependientes
son todos de estas especializaciones generales y los operadores del edificio
las suministran en una tarifa a prorrata: la tarifa se incluye en el alquiler.
Cada uno de los inquilinos puede realizar sus negocios más eficientemente
porque no tiene que ocuparse de su parte en las tareas generales.
Así son los ciudadanos de una comunidad más capaces de
desarrollar sus distintas ocupaciones porque se mantienen las calles, los
bomberos están alerta, el departamento de policía ofrece protección a la vida y
la propiedad. Cuando una sociedad se está organizando, como un pueblo
fronterizo, la necesidad de estos servicios generales se cubre mediante trabajo
voluntario. La carretera se mantiene abierta por sus usuarios, hay un
departamento voluntario de bomberos, el anciano respetado realiza las tareas de
un juez. A medida que crece el pueblo, estos trabajos extra se convierten en
demasiado onerosos y complicados para los voluntarios, cuyos asuntos privados
deben sufrir por el aumento en la demanda, así que aparece la necesidad de
contratar especialistas. Para cubrir el gasto, se dice, debe recurrirse a los
impuestos obligatorios y la pregunta es ¿por qué deben los residentes verse
obligados a pagar por quitarles el trabajo que antes realizaban por propia
voluntad? ¿Por qué la coerción es correlativa a los impuestos?
No es verdad que los servicios serían imposibles sin los
impuestos: esa afirmación viene negada por el hecho de que los servicios
aparecen antes de que se introduzcan los impuestos. Los servicios aparecen
porque se necesitan. Se pagan porque hay una necesidad de ellos al principio
con trabajo y, en algunos pocos casos, con contribuciones voluntarias de bienes
y dinero: el intercambio es sin coacción y por tanto justo. Sólo cuando el
poder político se apropia de la gestión de estos servicios aparece el impuesto
obligatorio. No es el coste de los servicios lo que obliga a los impuestos, es
el coste del mantenimiento del poder político.
En el caso de los servicios generales en el edificio, el
coste se cubre mediante el pago de la renta en proporción de acuerdo con el
tamaño y ubicación del espacio ocupado y la cantidad la fija el único árbitro
equitativo del valor, la competencia. Igualmente en la comunidad en crecimiento
el coste de los servicios sociales podría cobrarse equitativamente por la
ocupación de puestos dentro de la comunidad y esta carga se fijaría
inmediatamente porque los establece la negociación y operación del mercado.
Cuando buscamos el origen del valor de estas ubicaciones descubrimos que deriva
de la presencia y actividad de la población: cuanta más gente compita por el
uso de esas posiciones, mayor será su valor. También es cierto que con el
crecimiento de la población se produce un aumento de la necesidad de servicios
sociales, y parecería que los valores que aparecen por la integración deberían
en justicia ser aplicados a la necesidad que también deriva de ella. En una
polis libre de coacción política se aplicaría un acuerdo así y en algunos casos
históricos de poder político débil descubrimos que la renta inmobiliaria se usó
de esta forma social.
Toda la historia apunta al fin económico del poder político.
Es el instrumento efectivo de las prácticas de explotación. Hablando en
general, la evolución de la explotación política sigue un patrón fijo: robo
dándose a la fuga, tributos regulares, esclavitud, percepción de rentas. En la
etapa final, y después de una larga experiencia, la percepción de rentas se
convierte en el principal método de explotación y el poder político necesario
para ello se financia con los tributos a la producción, Siglos de acomodamiento
nos han habituado al negocio, la ley y la costumbre le han dado un aura de
rectitud: la apropiación pública de la propiedad privada mediante los impuestos
y la apropiación privada de la propiedad pública mediante percepción de rentas
se han convertido en instituciones incuestionables. Son nuestras mores.
Y así, a medida que crecen las integraciones sociales y la
necesidad de servicios generales crece a la vez, nos dirigimos a los impuestos
por un largo hábito. No conocemos otro camino. Entonces, ¿por qué protestamos
por pagar impuestos? ¿Puede ser que seamos, en el fondo, concientes de una
iniquidad? Están las facilidades de las calles, mantenerlas limpias y
luminosas, el suministro de agua, el alcantarillado, etc., que hacen a todos
nuestra permanencia en la comunidad cómoda y confortable y el coste debe
sufragarse. El coste se sufraga con nuestros salarios. Pero luego descubrimos
que por una determinada cantidad de trabajo no ganaríamos más de lo que
podríamos en una comunidad que no tenga estas ventajas. En la periferia, la
tarifa por hora, para el mismo tipo de trabajo, es el mismo que en la
metrópolis. El capital no gana menos, por dólar invertido, en Main Street que
en Broadway. Es cierto que en una metrópolis tenemos más oportunidades de
trabajar y podemos trabajar más duro. En el pueblo, el tempo es más lento, trabajan
menos y ganan menos. Pero cuando oponemos a nuestras mayores ganancias el coste
de rentas e impuestos de la gran ciudad, ¿tenemos más satisfacciones? No
necesitamos ser economistas para apreciar la incongruencia.
Si trabajamos más en la ciudad, producimos más. Si, por otro
lado, no tenemos más en neto ¿a dónde va el aumento? Bueno, donde está ahora el
edificio del banco había en otros tiempos una pocilga y en lo que una vez fue el
terreno de un establo ahora están los grandes almacenes. El valor de estos
sitios ha aumentado tremendamente, en realidad en proporción a la multiplicidad
de los servicios sociales que reclama la floreciente población. Así que el
lugar en que acaba nuestro incremento de productividad es en los terrenos y los
propietarios de éstos son de hecho los beneficiarios de los servicios sociales
para el mantenimiento de los cuales nos vemos obligados a renunciar a nuestros
salarios.
Por tanto es el terrateniente el que se beneficia de los
impuestos. Realmente él posee los servicios sociales pagados por la producción,
Lo sabe, actúa descaradamente, nos lo dice siempre que pone su propiedad en
venta. En sus anuncios habla acerca de las facilidades de transporte de las que
disfruta, la escuela cercana, la eficiente protección de bomberos y policía
pagados por la comunidad: capitaliza todas estas ventajas en su precio. Todo
esta claro y encima de la mesa. Lo que no se anuncia es que los servicios
sociales que ofrece en venta se han pagado mediante cargas obligatorias
recaudadas de lo que produce el público. Esta gente recibe por sus molestias el
vacuo placer de escribir a sus primos del pueblo acerca de las maravillas de la
gran ciudad, especialmente la maravilla de ser capaz de trabajar más
intensamente para poder pagar las maravillas.
Llegamos a que en la moderna doctrina tributaria su
justificación es el fin social al que se dedica el ingreso. Aunque se ha
anunciado descaradamente como un principio descubierto en los últimos años, la
práctica de los impuestos para la mejora de las condiciones sociales es muy
antigua: Roma lo hacía en su decadencia y los impuestos para mantener las casas
de pobres se recaudaban mucho antes de que el trabajador social universitario
les diera proporciones de panacea. Es interesante advertir que esta doctrina se
convirtió en una filosofía de los impuestos durante la década de la Depresión,
la de 1930. Así que se califica a sí misma como el remedio humanitario para la
enfermedad de los pobres en medio de la abundancia, el tratamiento caritativo
de primeros auxilios ante la injusticia aparente. Como todas las propuestas que
nacen de la bondad de corazón, la tributación para fines sociales es un fácil
tratamiento superficial de una enfermedad de raíces profundas y como tal está
destinado a hacer más mal que bien.
En primer lugar, esta doctrina rechaza inequívocamente el
derecho de la persona a su propiedad. Eso es básico. Habiendo establecido esta
premisa importante, se salta a la conclusión de que la “necesidad social” es el
fin de toda producción, que el hombre trabaja, o debería trabajar, por el bien
de la masa. Los impuestos son el medio apropiado para difundir el resultado del
trabajo. No preocupa el control de la producción o los medios de adquirir la
propiedad, sino sólo su distribución. Por lo tanto, estrictamente hablando, la
doctrina no es socialista y sus defensores normalmente se apresuran a negar esa
acusación. Lo que proponen, según dicen, es una reforma, no una revolución,
como los niños cuyas inocentes hogueras incendian el bosque.
La doctrina no distingue entre propiedad adquirida por
privilegio y propiedad adquirida por producción. No puede, no debe, hacerlo,
pues al hacerlo cuestionaría la validez de la tributación en general. Por
ejemplo, si se aboliera la tributación, el coste de mantener los servicios
sociales de una comunidad no tendrían financiación (no hay otras fuentes) y el
privilegio de apropiarse de las rentas desaparecería. Si se aboliera la
tributación, las sinecuras de los funcionarios se desvanecerían y esto
constituye en el total un privilegio que recae más duramente sobre la
producción. Si se aboliera la tributación, le deuda pública sería imposible,
para consternación de los tenedores de bonos. La tributación para fines
sociales no contempla la abolición del privilegio existente, sino que contempla
el establecimiento de nuevos privilegios burocráticos. Por eso no se atreve a
ocuparse del problema básico.
Además, al desanimar la producción como consecuencia de la
imposición de este plan, se agrava la condición que se esperaba corregir. Si
Tom, Dick y Harry se dedican a fabricar bienes y prestar servicios, quitarles
algo a alguno, aunque lo que se les quite se le entregue a otro, debe rebajar
la economía de todos ellos. La opulencia de Tom, como fabricante, se debe al
hecho de que ha servido a Dick y Harry de una forma que éstos encontraban
deseable. Puede ser más trabajador o tener mejores habilidades y por eso le
favorecen siendo sus clientes; aunque ha adquirido abundancia no la ha hecho a
su costa: tiene porque ellos tienen. En cualquier intercambio equitativo hay
dos beneficios, el del comprador y el del vendedor. Cada uno entrega lo que
quiere menos por lo que desea más ambos consiguen un aumento en el valor. Pero
cuando el poder político priva a Tom de sus posesiones, éste cesa de ser
cliente de Dick y Harry en la cantidad desfalcada. Pierden a un cliente por el
importe del impuesto y en consecuencia pierden el empleo. El subsidio que se
les da realmente les empobrece, igual que ha empobrecido a Tom. La economía de
una comunidad no mejora con la distribución de lo que ya se ha producido sino
por un aumento en la abundancia de las cosas de las que vive la gente; vivimos
de la producción actual, no de la pasada. Por tanto cualquier medida que
desanime, restrinja o interfiera en la producción debe rebajar la economía en
general y está claro que la tributación para fines sociales es una medida de
este tipo.
Dejando aparte su economía, las implicaciones políticas de
esta política fiscal filantrópica no llevan a una revolución de primera magnitud.
Como la tributación, incluso cuando se disfraza de mejora social, debe venir
acompañada de compulsión, sus límites deben coincidir con los del poder
político. Si el fin a alcanzar es el “bien social” el poder de apropiación
puede perfectamente extenderse a toda la producción, pues ¿quién puede decir
dónde termina el “bien social”? Actualmente el “bien social” incluye la
escolarización gratuita incluyendo cursos de postgrado y profesionales, la
hospitalización y servicios médicos gratuitos, seguro de desempleo y pensión de
jubilación, subvenciones al campo y ayudas a las industrias nacientes,
servicios de empleo gratuito y casas de renta baja, contribuciones a la marina
mercante y proyectos para el avance en las artes y las ciencias y así
sucesivamente, aproximándose al infinito. El “bien social” se ha desparramado
de una materia privada a otra y la definición de este término indeterminado se
hace cada vez más elástica. El derecho democrático a estar equivocado, mal
informado, mal aconsejado o incluso a ser estúpido no supone una restricción a
la imaginación de quienes se dedican a interpretar la frase, y adonde va la
interpretación, va el poder de obligar al cumplimiento.
El final de la tributación para fines sociales es el
absolutismo, no sólo porque el creciente poder fiscal conlleva un aumento igual
en el poder político, sino porque la inversión de los ingresos en la persona
por parte del Estado le da un interés pecuniario a aquél. Si el Estado le cubre
todas sus necesidades y le mantiene sano y con cierto grado de confort, debe
considerarlo un activo valioso, una pieza de capital. Cualquier reclamación de
derechos individuales se liquida por la inversión de dinero de la sociedad. El
Estado se ocupa de proteger la inversión de la sociedad, como el reembolso y el
beneficio, por medio de los impuestos. El poderoso motor alojado en cada
individuo debe dedicarse al mejor uso para la mejora de los fines sociales, tal
y como prevé la dirección. Así que el plan fiscal que empieza con la
distribución se ve forzado por la lógica de los acontecimientos al control de
la producción. Y el concepto de derechos naturales resulta inconsistente con la
obligación social del individuo. Vive para el Estado que le alimenta. Pertenece
al Estado por derecho de compra.
La declaración final de rectitud de la tributación es la
fórmula de capacidad de pago y resulta ser un caso con demasiada objeciones. En
los gravámenes a los bienes, de los que el estado obtiene la mayoría de sus
ingresos, la fórmula no es aplicable. Ya sea nuestro ingreso de mil dólares al
año o al día, el impuesto en una barra de pan es el mismo: la capacidad de pago
no interviene. A causa de los impuestos en los productos de primera necesidad,
el hombre pobre puede verse privado de alguna satisfacción marginal, como una
pipa de tabaco, mientras que el rico, que paga los mismos impuestos en esos
productos, difícilmente se verá tentado de dejar su puro. En los más
importantes impuestos indirectos, por tanto, la fórmula mágica de la justicia
social no existe.
Sólo es aplicable para gravar ingresos antes de su gasto y aquí de nuevo su declaración de
equidad resulta ser falsa. Todo impuesto a los salarios, no importa lo pequeño
que sea, afecta al nivel de vida del trabajador, mientras que el impuesto al
rico sólo afecta a sus lujos. La proclamación de equidad que implica la
fórmula viene negada por este hecho. De
hecho esta afirmación sólo sería válida si el estado confiscara todo por encima
de un nivel de vida predeterminado e igual para todos, pero entonces, claro, se
habría establecido la igualdad en la confiscación.
Pero de la capacidad de pago no puede venir nada bueno,
porque es en sí misma una inmoralidad. ¿Qué es sino la norma del bandolero de
robar donde le viene mejor? Ni el bandolero ni el recaudador de impuestos
piensan en el origen de la riqueza de la víctima, sólo en su cantidad. El
Estado no es muy distinto, al llevarse lo que puede, de ladrones, asesinos o
prostitutas reales o presuntos y su vigilancia sobre este aspecto está tan
firmemente establecida que los que quebrantan otras leyes encuentran sensato
cumplir escrupulosamente con el impuesto de la renta. Sin embargo, la capacidad
de pago tiene apoyo popular (y debe reconocerse como la razón de su
promulgación) a causa de cualidad implícita de justicia. Es una apelación a la
envidia de los incompetentes así como al desafecto de las masas otorgado a la
pobreza involuntaria por nuestro sistema de privilegios.
Para apoyar la fórmula existe el argumento de que las rentas
están relacionadas con las oportunidades permitidas por el Estado y que la
cantidad del impuesto es meramente un pago por estas oportunidades. De nuevo el
quid pro quo. Esto es sólo parcialmente cierto y en un sentido no
pretendido por los defensores de esta fórmula fiscal. Allá donde el ingreso
deriva del privilegio (y todo privilegio se basa en el poder del estado) es
evidentemente justo que el estado confisque lo recaudado, aunque sería más
justo si el estado no estableciera el privilegio en primer lugar. La renta de
monopolio de recursos naturales, por ejemplo, es un ingreso por el que no se
rinde ningún servicio a la sociedad y se recauda sólo porque el estado lo
apoya: un impuesto del 100% sería por tanto igual de equitativo. Los beneficios
de de los aranceles proteccionistas serían justos para el recaudador de
impuestos. Un gravamen a todos los negocios subvencionados por la cantidad
total de las subvenciones, tendría sentido, aunque seguiría requiriendo
explicación el otorgamiento de subvenciones. Recompensas, subsidios de
desempleo, beneficios del “mercado negro” posibilitados por las restricciones
políticas, los beneficios sobre contratos con el gobierno… todo ingreso que
desaparecería si el estado suprimiera su apoyo, podría ser adecuadamente
gravado. En ese caso, el Estado estaría llevándose aquello de lo que es
responsable.
Pero ese no es el argumento de los energúmenos de la
capacidad de pago. Éstos insisten en que el Estado es un factor que contribuye
a la producción y que sus servicios tendrían que remunerarse adecuadamente; la
medida del valor de estos servicios es el ingreso de sus ciudadanos y un
impuesto gradual sobre estos ingresos es sólo la compensación debida. Si las
ganancias reflejan los servicios del Estado, se deduce que las mayores
ganancias derivan de mayores servicios y la conclusión lógica es que el Estado
es un mejor servidor de los ricos que de los pobres. Puede que sea así, pero es
dudoso que los expertos fiscales deseen llegar a esa conclusión: lo que quieren
que creamos es que el Estado nos ayuda a
mejorar nuestras circunstancias. Esa idea da lugar a algunas preguntas
provocativas. ¿Por el impuesto que paga el granjero disfruta de mejor clima? ¿O
el mercader de un mercado más activo? ¿Mejora la habilidad del mecánico por
algo que hace el Estado con lo que le quita? ¿Cómo puede el Estado estimular la
imaginación del genio creativo o añadir inteligencia al filósofo? ¿Cuándo el
Estado se lleva un dinero del jugador mejora su suerte? ¿Aumentan las ganancias
de la prostituta porque su comercio se legalice y grave? ¿Qué papel desempeña
el Estado en la producción para justificar su tajada? El Estado no da,
simplemente toma.
Sin embargo, todo este argumento es una concesión a la
confusión con la que la costumbre, la ley y los sofismas han ocultado el
verdadero carácter del sistema tributario. No puede haber un impuesto bueno ni
justo: todo impuesto se basa en la coacción.
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Frank Chodorov (1887-1966) fue un defensor del libre
mercado, el individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la
revista georgista The Freeman antes de fundar su propio periódico, que
fue el influyente Human Events. Después fundó otra versión de The
Freeman para la Foundation for Economic Education y dio clases en la
Freedom School en Colorado.
Este artículo se publicó originalmente en 1947 como folleto
de Human Events Associates. Se
reimprimió en 1962 como capítulo 22 de Out of Step: The
Autobiography of an Individualist.