Por Robert P. Murphy. (Publicado el 26 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4064.
Siempre que un desastre natural o insurrección violenta
causa la caída de un gobierno corrupto los distintos comentaristas no se
resisten a calificar el resultado como “anarquía” para luego citar la caótica
situación como una refutación aparentemente obvia de las ideas de Murray Rothbard. Los
críticos del anarcocapitalismo rothbardiano a menudo apuntan a la Sicilia
mafiosa, a los gangsters de Chicago, la actual Colombia, Somalia y ahora por
supuesto Haití, como ejemplos ostensibles de un libre mercado en la policía y
la ley.
Esta semana, después del terremoto, el comentarista “Greg” escribió
esta pregunta típica en mi blog: “¿Cómo va esa cosa de la anarquía en
Haití?”
Aquí está mi respuesta. Cuando los rothbardianos dicen que
defienden la anarquía, lo que queremos decir es que para cualquier sociedad
concreta, con todo lo demás en iguales condiciones, un monopolio del gobierno
sobre las decisiones legales y las obligaciones policiales hará que la sociedad
se encuentre peor. (Me estoy centrando en las reclamaciones pragmáticas en
lugar de en las consideraciones éticas).
Un rothbardiano no negaría que si, por ejemplo, una guerra
nuclear o un virus de supergripe matara al 99% de la población mundial
(incluyendo a todos los políticos) la anarquía resultante sería terrible. Pero
bajo las mismas premisas, si una guerra nuclear o un virus de supergripe matara
al 99% de la población mundial y sobrevivieran suficientes políticos como para
mantener gobiernos, las cosas seguirían siendo terribles. De hecho, si Rothbard
tiene razón, las cosas serían incluso peores para los supervivientes si
miraran a su alrededor y vieran que había salido adelante un grupo de políticos,
en lugar de ingenieros o granjeros.
Así que aunque este vídeo acerca de unas
vacaciones en Somalia es innegablemente inteligente, se basa en un completo non
sequitur. El gobierno de Somalia no se marchitó pacíficamente porque la vasta
mayoría de los somalíes leyera mi panfleto sobre la sociedad
sin estado y viera la luz. No, el gobierno somalí era
una corrupta dictadura militar que implantó políticas socialistas y luego fue
derrocado en una guerra civil. En esencia, la banda dominante perdió la
capacidad de imponer su monopolio de la violencia en la región y la banda
previamente subordinada se expandió para llenar el vacío de poder.
Por tanto, al hablar de Somalia, la pregunta relevante no es
“¿Preferiría vivir en Estados Unidos o Gran Bretaña, con un gobierno estable, o
vivir en Somalia, con señores de la guerra en competencia?”
En su lugar, una pregunta mucho más relevante es esta:
¿estaba el pueblo somalí mejor con un gobierno o sin un gobierno? Varios
economistas (p. ej., Pete Leeson) han
argumentado que la anarquía somalí (por muy molesta que sea) era mejor que el
estatismo somalí. Los críticos que rechazan la idea de anarquía ordenada
apuntando a Somalia después de que su gobierno cayera en 1991, no parecen darse
cuenta de que un rothbardiano podría igualmente “probar” lo terribles que son
los gobiernos apuntando a Somalia antes de 1991. (Nótese que muchos
consideran que Somalia ha acabado su periodo de anarquía en 2006).
¿Anarquía en Haití?
En el caso de Haití, muchos economistas que generalmente
defienden el libre mercado y que incluso conocen bien los problemas de la
“ayuda” de los gobiernos a los países pobres, reclamaron sin embargo dosis
masivas inmediatas de “socorro” al gobierno de EEUU después del terremoto. Para
esos analistas, parece cruel dejar que los haitianos mueran en el altar de la
ideología anarquista cuando el
gobierno de EEUU podría ofrecer tanta ayuda con sus enormes recursos
militares y financieros.
Pero esperen un momento. ¿En qué sentido podemos describir
la situación de Haití, aun después del terremoto, como de anarquía política?
Sigue habiendo restos de fuerzas del orden como describe esta crónica
del Wall Street Journal del 20 de enero:
“Al otro lado de la destrozada y
abarrotada calle, más de una docena de hombres y mujeres se movían sobre la
derribada fachada de dos pisos de una tienda en la que se vendían sandalias
antes del terremoto de la semana pasada.
Arriesgaban sus vidas metiéndose
entre las grietas con sacos de arroz vacíos, retornando con sacos llenos de
calzado y otros productos.
También se arriesgan a la ira de
la policía, que cada cierto tiempo los disolvía a bastonazos”.
Luego en esta situación, en la que la gente se muere de
hambre mientras que comida en perfecto estado y otras mercancías están
sepultadas en las ruinas, ¿es realmente tan obvio que los haitianos se veían
“ayudados” por las fuerzas policiales que mantenían “la ley y el orden”?
Los forasteros preocupados que sienten que “¡alguien tiene que
ir allí y evitar la violencia!”, cometen el clásico error económico de fijarse
en lo que se ve, ignorando
lo que no se ve, de los efectos de la intervención del gobierno. Sí, no
tengo duda de que los “pacificadores” que van a Haití contendrán algunos
comportamientos criminales y posiblemente eviten muchas muertes violentas.
Pero eso no es lo único a considerar. También es
cierto que la influencia de los ocupantes militares extranjeros desarmará a las
milicias privadas y evitará el desarrollo de un equilibrio de poder entre
miríadas de grupos descentralizados. Sin duda habrá gente asesinada en los
próximos años
- por
tropas extranjeras de ocupación que reaccionen erróneamente ante una situación
de tensión,
- por
pequeños criminales privados porque sus víctimas están desarmadas o no
pueden unirse a una milicia privada debido a las normas impuestas por las
tropas ocupantes,
- por
bandas de drogas que sobornen a las
tropas extranjeras de ocupación para consolidar su poder sobre los civiles
haitianos indefensos.
No estoy afirmando que las consideraciones anteriores
prueben que morirán más haitianos inocentes con fuerzas “de
pacificación” que sin ellas. Todo lo que apunto es que la gente que pide esa
intervención habitualmente no llega siquiera a pensar en las consecuencias no
pretendidas de esas políticas. Se parecen a los progresistas de izquierdas que
piden la financiación gubernamental de las escuelas “porque un país de
analfabetos sería simplemente terrible”.
El gobierno odia la competencia
Hay otro importante sentido en el que es absurdo calificar a
Haití tras el terremoto como inmerso en una anarquía política. Después de todo,
si numerosos americanos están de acuerdo en que sería una buena que miles de
personas armadas hasta los dientes vayan a Haití con el fin de sofocar la
violencia y organizar la distribución de comida y el tratamiento médico, ¿qué
les impide ir voluntariamente? Más realistamente, ¿qué impide a la Cruz Roja de
Estados Unidos y otras organizaciones contratar los servicios de empresas de
seguridad privadas?
Si muchos estadounidenses pensaban que “lo que debía
hacerse” era enviar a chicos con grandes armas a Haití con el fin de asegurar
que todos cumplen las normas, ¿por qué el gobierno federal de EEUU tenía que
estar implicado? Los estadounidenses que pensaran que era una buena idea
podrían haber ido voluntariamente o pagar a otros para ir y desarrollar este
trabajo moral. No había razón para que Barack Obama metiera baza en ello con
sus propias opiniones en el asunto, excepto para decir que se subía a un M16
para cubrir a Michelle mientras ésta daba agua embotellada a los huérfanos.
Evidentemente, estoy de broma. La razón por la que el
gobierno federal de EEUU “tenía que” coordinar los trabajos de rescate en Haití
es que éste sancionaría violentamente a cualquier grupo privado que tratara de
realizar un trabajo similar con la defensa apropiada de los afectados. Si
vendedores de armas extranjeros empezaran a intentar vender lanzagranadas,
bombas lacrimógenas, material antidisturbios y otro equipo a grupos no
gubernamentales en Haití, la Marina de EEUU casi con seguridad detendría sus
envíos calificándolos de salvajemente “desestabilizadores”.
Pensándolo bien, vemos que nunca hubo ninguna esperanza de
que florecieran agencias rothbardianas de defensa en Haití. Por hacer una
analogía, si la Fuerza Aérea de EEUU bombardeara cualquier granja haitiana
ilegal al tiempo que la Marina de EEUU interceptara cualquier envío de
alimentos, los estatistas podrían “probar” que un libre mercado en agricultura
es una idea horrible que lleva a una hambruna evitable.
Conclusión
Dudaba si escribir este artículo, porque es terriblemente
inapropiado utilizar las tragedias humanas para obtener réditos políticos. Aún
así, para que la gente pueda entender lo destructivos que son los monopolios
gubernamentales, necesitamos librar nuestras mentes de los clichés que aparecen
siempre que se producen estas tragedias. Entre todos los demás problemas que
tienen que afrontar con el terremoto, el pueblo haitiano se ve además limitado
por la presencia cercana del poderoso gobierno federal de EEUU, lo que asegura
que todos y cada uno de los trabajos de ayuda tienen que ser previamente
aprobados por Barack Obama.
Hacer esta observación no supone condenar las decisiones
particulares que el Presidente Obama haya hecho sobre Haití. Este artículo no
trata de alabar ni condenar acciones concretas tomadas por el gobierno de EEUU
relacionadas con Haití. Más bien estoy haciendo la sencilla observación de que
incluso si el gobierno de EEUU “no hiciera nada” de acuerdo con el hombre de la
calle, estaría aún interviniendo muy severamente en la situación de Haití. Los
haitianos han estado “disfrutando” de la
ayuda del ejército de EEUU durante años, lo que explica en parte por qué
estaban tan mal preparados para soportar un gran terremoto.
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Robert Murphy, investigador adjunto del Mises Institute y
miembro de la facultad de la Universidad Mises, gestiona el blog Free Advice y es autor de The
Politically Incorrect Guide to Capitalism, Study
Guide to Man, Economy, and State with Power and Market, Human Action
Study Guide y The
Politically Incorrect Guide to the Great Depression and the New Deal.