Por Gary Galles. (Publicado el 18 de enero de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/4031.
El 18 de enero se conmemora el nacimiento de Charles Louis
de Secondat, Barón de Montesquieu. Robert Wokler llamó a Montesquieu “quizá el
pensador más esencial (…) de la ilustración”. También fue una importante
influencia en los fundadores de Estados Unidos, particularmente su argumento de
que era necesaria una separación de poderes para mantener la libertad, tanto
que un escritor le calificó como “el cofundador ideológico [con John Locke] de
la Constitución de Estados Unidos”.
Las ideas de Montesquieu se expresaron esencialmente en su El
espíritu de las leyes (1748). Allí ofrecía ideas sobre los gobiernos, a los
que dividía en tiranías, monarquías y repúblicas. De particular importancia
para Estados Unidos fue su análisis de las relaciones entre ley y libertad en
las repúblicas.
Con la política estadounidense llena de proteccionismo (por
ejemplo, con el compre americano y las provisiones sindicales en la legislación
de estímulo), incluyendo un lento crecimiento en el la confrontación comercial
tit-for-tat con China y una política comercial internacional que es, como
mínimo, desganada en reducir barreras comerciales, un aspecto de la obra de
Montesquieu que me ha asombrado recientemente es lo que escribió acerca de es
misma aplicación de libertad-libre comercio.
Los países están bien cultivados,
no si son fértiles, sino si son libres.
El bien público consiste en que
todos tengan su propiedad (…) siempre protegida.
Cuando todos los habitantes de un
estado son sujetos libres (…) cada hombre disfruta de su propiedad con tanto
derecho como el príncipe (…)
No es bueno para el público
privar a un individuo de su propiedad o incluso reducir la más mínima parte de
ella por ley o por regulación política.
El espíritu del comercio (…) hace
que todos los hombres deseen vivir de su propiedad (…)
El espíritu del comercio produce
en la mente de un hombre cierto sentido de justicia exacta, opuesta (…) al
robo.
El comercio es una profesión de
gente que está por encima de la igualdad (…)
El espíritu del comercio se ayuda
con los de frugalidad, economía, moderación, trabajo, prudencia, tranquilidad,
orden y legalidad. Mientras subsista este espíritu, las riquezas que produzca
no tendrán malos efectos.
Cuando una democracia se basa en
el comercio, la gente puede adquirir vastas riquezas sin corrupción moral.
En las repúblicas [el comercio]
se basa comúnmente en la economía. Sus comerciantes, atendiendo a todas las
naciones de la tierra, llevan de una lo que se quiere en otra.
Es mucho mejor dejar [el
comercio] abierto que, bajo privilegios exclusivos, restringir esta libertad.
Una nación no debería nunca
excluir a otra de su comercio, excepto por razones muy importantes (…) pues es
la competencia la fija el valor justo a las mercancías y establece la relación
entre ellas.
El comercio ha divulgado en todas
partes el conocimiento de las costumbres de todas las naciones: se comparan
entre sí y con esta comparación se producen las mayores ventajas.
La historia del comercio es la de
la comunicación de los pueblos.
El comercio es una cura para los
prejuicios más destructivos (…) allí donde encontramos maneras agradables, el
comercio florece y allí donde hay comercio siempre encontramos maneras
agradables.
Cuando dos naciones entre en
contacto entre sí, deben luchar o comercias. Si luchan, ambas pierden; si
comercian, ambas ganan.
La paz es el efecto natural del
comercio. Dos naciones que trafiquen entre sí se convierten en recíprocamente
dependientes (…) su unión se basa en sus necesidades mutuas.
El efecto del comercio es la
riqueza (…)
El comercio es el mayor servicio
a un estado (…)
Es ventajoso para los países
cargar su comercio con tan pocos obstáculos como permita la política.
[Con] privilegios exclusivos a
personas particulares (…) el comercio declina (…) el beneficio se centra en
pocas manos y no se extiende lo suficiente.
El gobierno severo y tiránico es
incompatible con el comercio.
Los deseos reales de la gente
nunca tendrían que ser abandonados por los deseos imaginarios del Estado.
El comercio es a veces destruido
por conquistadores, a veces oprimido por monarcas; atraviesa la tierra, huye de
los lugares donde se ve oprimido y permanece donde hay libertad para respirar
(…)
[A causa del comercio] se hace
necesario que los príncipes gobiernen como más prudencia de la que ellos
podrían haber imaginado nunca; pues los grandes ejercicios de autoridad
resultar ser, al final, impolíticos; y por la experiencia es manifiesto que
nada sino la bondad y la indulgencia de un gobierno puede hacerle florecer (…)
Se ha hecho necesaria más moderación en los consejos de los príncipes. Lo que
antes habría sido considerado en política un golpe maestro ahora sería (…) la
mayor imprudencia. Es bueno para los hombres que estén en una situación en la
que, aunque su pasiones les impulsen a ser malvados, resulta sin embargo de su
interés ser humanos y virtuosos.
Montesquieu reconocía que la libertad requería un gobierno
“constituido de forma que un hombre no tuviera que temer a otro”. Y el libre
comercio era una parte esencial de esa seguridad. Pero las restricciones al
comercio ofrecen un medio de ganancias a los políticamente bien relacionados y
poderosos imponiendo daños al resto de la sociedad, lo que fuerza a los
estadounidenses a temer que otros obtengan más poder del gobierno y lo usen
contra ellos. Ese proteccionismo, bajo sus muchos disfraces y distorsiones,
ilustra exactamente lo que temía Montesquieu que minaría las repúblicas, como
ha empezado a pasar en la nuestra:
En una república extensa (…) hay
responsabilidades demasiado considerables como para que residan en una sola
persona; ésta tiene sus propios intereses; empieza pronto a pensar que puede
ser feliz y glorioso oprimiendo a sus conciudadanos y que puede ascender a la
gloria sobre las ruinas de su país. En una república extensa el bien público se
sacrifica a mil posturas privadas (…)
Montesquieu fue uno de los pensadores políticos más
influyentes en la fundación de Estados Unidos en busca de la libertad. Pero el
grado en que nuestro país ha abandonado uno de los aspectos más esenciales de
la libertad que buscábamos al ser independientes (la libertad de comercio como
nos plazca, basada en la propiedad de nosotros mismos y el producto de nuestro
trabajo) muestra lo mucho que nos hemos alejado de un sistema que por su
naturaleza es pacífico, justo y mutuamente beneficioso, yendo hacia una guerra
hobbesiana de todos contra todos para controlar el poder coactivo del gobierno.
Como resumía Henry Goerge,
El comercio no requiere fuerza.
El libre comercio consiste simplemente en dejar a la gente que compra y venda
como quiera comprar y vender. Es su protección la que requiere fuerza, pues
ésta consiste en evitar que la gente haga lo que no quiere hacer (…) Lo que no
enseña la protección es a hacer nosotros mismos en tiempo de paz lo que el
enemigo quiere hacernos en tiempo de guerra.
Desde antes de la fundación de los Estados Unidos, los
buenos pensadores han reconocido las bondades de la libertad y los beneficios
de los acuerdos voluntarios no condicionados por el favoritismo político
apoyado por la amenaza de fuerza del gobierno. Montesquieu fue parte de ese
legado intelectual, honrado hoy mucho más en la teoría que en la práctica.
Necesitamos que reviva ese legado. El proteccionismo y otras formas de guerra
del estado sobre su pueblo son devastadoras y tendrían que desaparecer.
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Gary Galles es profesor de economía en la Universidad de
Pepperdine.