La Gran Depresión del siglo XIV

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 6 de noviembre de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3861.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

 

La mayor parte de la gente (sin exceptuar a los historiadores) tiende a creer que el progreso económico y cultural es algo continuo: en cada siglo la gente está mejor que en el precedente. Esta cómoda presunción tuvo que desaparecer bastante pronto, con la Alta Edad Media después del colapso del Imperio Romano. Pero se sostiene generalizadamente que después del “renacimiento” del siglo XI, el progreso en Europa Occidental fue bastante constante y continuo desde entones hasta hoy. Requirieron esfuerzos heroicos de muchas décadas por parte de historiadores económicos como los profesores Armando Sapori y Roberto Sabatino López para convencer a los historiadores de que hubo un grave declive secular en la mayor parte de Europa desde aproximadamente 1300 a mediados del siglo XV, un periodo que podría calificarse como la Baja Edad medio o el Renacimiento temprano. Este declive secular califica incorrectamente una “depresión” que afectó a la mayor parte de la Europa Occidental, con la excepción de unas pocas ciudades-estado italianas.

El declive económico viene marcado por una brusca caída de población. Desde el siglo XI, el crecimiento económico y la prosperidad habían incrementado las cifras de población. La población total de Europa Occidental, estimada en 24 millones en el año 1000 había evolucionado hasta 54 millones para 1340. Sin embargo, en poco más de un siglo, de 1340 a 1450, la población de Europa Occidental cayó de 54 millones a 37, una bajada del 31% en sólo un siglo.

Sin embargo la batalla por establecer el hecho de que el gran declive ha hecho poco por establecer la causa o causas de esta debacle. Centrarse en la devastación de los brotes de peste negra a mediados del siglo XIV es parcialmente correcto, pero superficial, pues estos brotes se causaron en parte por una crisis económica y una caída en los niveles de vida que empezó antes en el mismo siglo. Las causas de la gran depresión de Europa Occidental pueden resumirse en una escueta frase: la dominación nuevamente impuesta por el Estado. Durante la síntesis medieval de la Alta Edad Media hubo un equilibrio entre el poder de la Iglesia y el del Estado, siendo la Iglesia ligeramente más poderosa. En el siglo XIV ese equilibrio se había roto y el estado-nación empezó a tener el dominio, acabando con el poder de la Iglesia, imponiendo impuestos, regulando, controlando y devastando en una guerra prácticamente continua durante más de un siglo (la Guerra de los Cien Años, de 1337 a 1453).[1]

El primer y más importante y crítico paso en el aumento de poder del estado a costa de arruinar la economía fue la destrucción de las ferias de Champaña. Durante la Alta Edad media, las ferias de Champaña eran el principal mercado de comercio internacional y el centro del comercio nacional. Estas ferias se habían cuidado delicadamente por los reyes y nobles de Francia estableciendo zonas libres de impuestos o regulaciones, mientras que la justicia se impartía rápida y eficazmente en tribunales privados y de comerciantes. Las ferias de Champaña llegaron a su cenit durante el siglo XIII y eran el centro del comercio terrestre transalpino con el norte de Italia, ofreciendo bienes de tierras lejanas.

A principios del siglo XIV, Felipe IV, el Hermoso, rey de Francia (1285-1314), actuó imponiendo impuestos y saqueos y destruyendo en la práctica las muy importantes ferias de Champaña. Para financiar sus perpetuas guerras dinásticas Felipe dictó un duro impuesto a las ventas sobre las ferias de Champaña. También destruyó el capital y las finanzas domésticas mediante repetidos impuestos confiscatorios a grupos u organizaciones con dinero. El 1308 destruyó la poderosa Orden de los Templarios, confiscando sus fondos para el tesoro real. Felipe impuso también una serie de ruinosos impuestos y confiscaciones a judíos e italianos del norte (“lombardos”) que eran importante para las ferias: en 1306, 1311, 1315, 1320 y 1321. Además, en su guerra contra los flamencos, Felipe acabó con la antigua costumbre de que todos los mercaderes fueran bienvenidos a las ferias y decretó la exclusión de los flamencos. El resultado de estas medidas fue un rápido y permanente declive de de las ferias de Champaña y de la ruta comercial de los Alpes. Las ciudades-estado italianas intentaron desesperadamente reconstruir las rutas comerciales y navegar a través del Estrecho de Gibraltar hasta Brujas, que empezó a florecer aunque el resto de Flandes estaba en decadencia.

Fue particularmente funesto que Felipe, el Hermoso, inaugurara el sistema de impuestos periódicos en Francia. Antes de él, no había impuestos periódicos. En la era medieval, aunque se suponía que el rey era todopoderoso en su ámbito, éste estaba restringido por la sacralidad de la propiedad privada. Se suponía que el rey era un ejecutor y defensor armado de la ley y sus ganancias se suponía que derivaban de las rentas de las propiedades reales, cuotas feudales y aduanas. No había nada que pudiéramos llamar una contribución regular. En una emergencia, como una invasión o el inicio de una cruzada, el príncipe, además de invocar la obligación feudal de luchar por él, podía pedir a sus vasallos una subvención, pero esa ayuda tenía que solicitarse más que ordenarse y estar limitada en su duración al periodo de emergencia.

Las constantes guerras del siglo XIV y la primera mitad del siglo XV empezaron en los 1290, cuando Felipe, el Hermoso, aprovechándose de la guerra del Rey Eduardo I de Inglaterra con Escocia y Gales, se apropió de la provincia de la Gascuña, hasta entonces inglesa. Esto empezó un continuo estado de guerra entre Inglaterra y Flandes por un lado y Francia por el otro, y llevó a una desesperada necesidad de fondos tanto para la corona inglesa como para la francesa.

Los mercaderes y capitalistas de las ferias de Champaña podían tener dinero, pero la mayor y más tentadora fuente de saqueo real fue la Iglesia Católica. Tanto los reyes ingleses como los franceses procedieron a poner impuestos a la Iglesia, lo que les llevó a enfrentarse al papa. El Papa Bonifacio VIII (1294-1303) resistió resueltamente esta nueva forma de pillaje y prohibió a los monarcas poner impuestos a la Iglesia. El Rey Eduardo reaccionó denegando justicia a la Iglesia en los tribunales reales, mientras que Felipe fue más combativo al prohibir la transferencia de ingresos de la Iglesia de Francia a Roma. Bonifacio se vio obligado a retractarse y permitir el impuesto, pero su bula Unam Sanctum (1302) insistía en que la autoridad temporal debía someterse a la espiritual. Fue demasiado para Felipe que audazmente apresó al papa en Italia y le preparó un juicio por herejía, que se interrumpió por la muerte del anciano Bonifacio. En este momento Felipe, el Hermoso se apropió del mismo Papado y trasladó la sede de la Iglesia Católica Romana de Roma a Aviñón, donde procedió a nombrar él mismo al nuevo papa. Durante prácticamente todo el siglo XIV, el papa, en su “cautividad babilónica”, fue una abyecta herramienta del rey de Francia: el papa no retornó a Italia hasta los inicios del siglo XV.

De esta forma, la una vez poderosa Iglesia Católica, poder dominante y autoridad espiritual durante la Alta Edad Media se rebajó hasta ser prácticamente un vasallo de real opresor francés.

Por tanto, la decadencia de la autoridad eclesiástica se correspondió con el aumento de poder del Estado absoluto. No contento con confiscar, saquear, imponer impuestos, aplastar las ferias de Champaña y poner a la Iglesia Católica bajo su bota, Felipe, el Hermoso, también obtuvo ingresos para sus eternas guerras con la degradación de la moneda y generando así una inflación secular.

Las guerras del siglo XIV no causaron y gran cantidad de devastación directa: los ejércitos eran muy pequeños y las hostilidades, intermitentes. La mayor devastación vino de los altos impuestos y la inflación monetaria y el préstamo para financiar las eternas aventuras reales. El enorme incremento en los impuestos fue el aspecto más ruinoso de las guerras. Los gastos de la guerra: reclutamiento de un ejército de tamaño modesto, pago de sus soldadas, suministros y fortificaciones; todo ello dobló o cuadruplicó los gastos ordinarios de la Corona. Si a eso añadimos los altos costes de los préstamos y de calcular y recaudar los impuestos y la ruinosa carga de los impuestos de la guerra, todo queda muy claro.

Los nuevos impuestos estaban por todas partes. Hemos visto el grave efecto de los impuestos a la Iglesia: en una gran granja de un monasterio, a menudo absorbían más del 40% de los beneficios netos. Un impuesto fijo de un chelín dictado por la Corona Inglesa en 1380, supuso un gran daño a campesinos y artesanos. El impuesto suponía el salario de un mes para los trabajadores agrícolas y el de una semana a los trabajadores urbanos; además, como a muchos trabajadores y campesinos pobres se les pagaba en especie en lugar de en dinero, conseguir la moneda para pagar era especialmente difícil.

Otros nuevos impuestos eran ad valorem en todas las transacciones: impuestos a bebidas al por mayor o al detalle y a la sal y la lana. Para combatir la evasión de impuestos, los gobiernos establecieron mercados en monopolio para la sal en Francia y “puntos básicos” para la lana inglesa. Los impuestos restringieron la oferta y aumentaron los precios, arruinando el comercio esencial de lana inglesa. Se dificultó aún más la producción y comercio con requisas masivas realizadas por los reyes, causando así una caída drástica de ingresos y riqueza, así como bancarrotas entre los productores. En resumen, los consumidores sufrieron precios artificialmente altos y los productores bajos ingresos, con el rey sangrando la economía del diferencial. Los préstamos solicitados por el gobierno no ayudaron mucho más, llevando a repetidas quiebras de los reyes y a las grandes pérdidas y bancarrotas consecuentes entre los banqueros privados tan imprudentes como para prestar al gobierno.

Originados como una respuestas a una “emergencia” de tiempo de guerra, los nuevos impuestos se convirtieron en permanentes: no sólo porque la guerra duró más de un siglo, sino porque el Estado, siempre buscando un aumento en sus ingresos y poderes, aprovechó una oportunidad de oro de convertir los impuestos de guerra en una parte permanente del patrimonio nacional.

Desde la mitad del siglo XIV hasta el final de éste, Europa se vio azotada por la devastadora epidemia de la peste negra (peste bubónica), que el corto periodo de 1348 a 1350 eliminó a un tercio de su población. La peste negra fue en buena parte consecuencia de la rebaja en los niveles de vida del pueblo causada por la gran depresión y la consecuente pérdida de resistencia a la enfermedad. Esta epidemia continuó reapareciendo, pero no en una forma tan virulenta en cada década del siglo.

Los poderes de recuperación de la raza humana son tan grandes que esta enorme tragedia no causó prácticamente ningún efecto catastrófico de orden social o psicológico en la población europea. En cierto sentido, el efecto permanente más pernicioso de la peste negra fue la respuesta  de la Corona Inglesa  al imponer controles permanentes de salarios máximos y racionando el trabajo obligatorio en la sociedad inglesa. La repentina disminución de la población y el que consecuentemente se doblaran los salarios fue afrontado por el gobierno con una imposición severa de controles de salarios máximos en la Ordenanza de 1349 y el Estatuto de los Trabajadores de 1351. Se estableció un control de salarios máximos a instancias de las clases contratantes: grandes, medianos y pequeños terratenientes y maestros artesanos, en particular los primeros alarmados por el aumento de los salarios agrícolas. La ordenanza y el estatuto desafiaban las leyes económicas al intentar imponer un control de salarios máximos a los niveles previos a la epidemia. El resultado inevitable, sin embargo, fue una gran escasez de trabajo, pues al salario máximo establecido la demanda de trabajo fue enormemente mayor que la oferta nuevamente escasa.

Cada intervención del gobierno crea nuevos problemas en el curso de vanos intentos por resolver los antiguos. Entonces el gobierno afronta esta disyuntiva: acumular nuevas intervenciones para resolver los inexplicables nuevos problemas o revocar la intervención original. Por supuesto, el instinto del gobierno es maximizar su riqueza y poder añadiendo nuevas intervenciones. Eso hizo el Estatuto de Los Trabajadores inglés: imponía trabajos forzados a los antiguos niveles salariales a todos los hombres de Inglaterra menores de 60 años, restringía la movilidad del trabajo, declarando que el señor de un territorio concreto tenía derecho prioritario al trabajo de un hombre e hizo un delito que un empresario contrate a un trabajador que haya abandonado a un amo anterior. De esta forma, el gobierno inglés acabó racionando el trabajo al tratar de paralizar a los trabajadores en sus ocupaciones previas a la epidemia y con salarios igualmente previos a la epidemia.

Este racionamiento forzado del trabajo va contra la natural inclinación de los hombres a trasladarse a mejores trabajos y mejor pagados, así que a inevitable aparición de los mercados negros de trabajo hicieron difícil la aplicación de los estatutos. Desesperada, la Corona Inglesa lo intentó de nuevo en el Estatuto de Cambridge de 1388, para hacer el racionamiento más riguroso. Se prohibió cualquier movilidad del trabajo sin autorización escrita de las autoridades locales y se impuso el trabajo infantil obligatorio en la agricultura. Pero había una evasión continua  de este cártel de compradores obligatorios, especialmente por las grandes propiedades, que tenían especiales deseos y capacidad para pagar salarios más altos. La monstruosa maquinaria judicial inglesa era totalmente ineficaz para aplicar la legislación, aunque los gremios urbanos monopolísticos (monopolios obligados por el gobierno) fueron capaces de imponer parcialmente el control de salarios en las ciudades.

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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.



[1] La disminución de la población fue prácticamente uniforme en toda Europa Occidental, con la población italiana bajando de 10 a 7,5 millones, Francia y Holanda de 19 a 12 millones, Alemania y Escandinavia de 11,5 a 7,5 millones y España de 9 a 7 millones. El mayor porcentaje de caída fue en Gran Bretaña, donde el número de habitantes cayó de 5 a 3 millones en este periodo.

Published Tue, Nov 24 2009 2:42 PM by euribe