Por Frederic Bastiat. (Publicado el 19 de noviembre de 2009)
Traducido de la versión en inglés. El artículo original en
inglés se encuentra aquí http://mises.org/daily/3805.
[De “Lo que se ve y lo que no se ve”, 1850]
¿Nunca han oído decir: “No hay mejor inversión que los
impuestos. Vean sólo la cantidad de familias que mantienen y consideren cómo
actúa sobre la industria: es una corriente inagotable, es la propia vida”?
Con el fin de combatir esta doctrina, debo referirme a mi anterior
refutación. La economía política sabe suficientemente bien que sus
argumentos no son tan convincentes que podría decírsele, repítalo, por favor.
Por tanto ha cambiado el proverbio en su beneficio, convencida de que, en su
boca, las repeticiones enseñan.
Las ventajas que defienden los funcionarios son las que
se ven. El beneficio que dan a los proveedores es también lo que se ve.
Esto ciega a todos.
Pero los inconvenientes que los contribuyentes deben
soportar son los que no se ven. Y el daño que generan a los proveedores
es también lo que no se ve, aunque esto tendría que ser evidente.
Cuando un funcionario gasta para su propio beneficio cien
soles extra, implica que un contribuyente gasta en su beneficio cien soles
menos. Pero la ganancia del funcionario se ve, porque el acto se
realiza, mientras que la del contribuyente no se ve, porque, después de
todo, se le ha impedido obtenerla.
Comparamos la noción, quizá con una porción reseca de tierra
y el impuesto como una lluvia fertilizante. Dejémoslo así. Pero tendríamos que
preguntarnos dónde están las fuentes de esta lluvia y si no son precisamente
los mismos impuestos los que eliminan la humedad de la tierra y la resecan.
También tendríamos que preguntarnos si es posible que el
suelo puede recibir tanta agua de la lluvia como la que pierde por evaporación.
Hay una cosa muy cierta: que cuando Jaime B separa cien
soles para el recaudador, no recibe nada a cambio. Más tarde, cuando un
funcionario gaste esos cien soles y los devuelva a Jaime B, será por un valor
equivalente en grano o trabajo. El resultado final es una pérdida de cinco
francos para Jaime B.
Es muy cierto que a menudo, quizá muy a menudo, el
funcionario realiza para Jaime B un servicio equivalente. En ese caso no hay
pérdida en ninguno de los lados: es simplemente un intercambio. Por tanto, mis
argumentos no aplican en absoluto a funcionarios útiles. Lo que yo digo es que
si se desea crear una oficina hay que probar su utilidad. Demostrar que su
valor para Jaime B, en términos de los servicios que le presta, es igual a lo
que le cuesta. Pero, aparte de su utilidad intrínseca, no se ofrezca como
argumento el beneficio que produce al funcionario, su familia y proveedores: no
se afirme que favorece la industria.
Cuando Jaime B dan sus cien soles a un funcionario del
gobierno a cambio de un servicio realmente útil, es exactamente lo mismo que si
diera cien soles a un zapatero a cambio de un par de zapatos.
Pero cuando Jaime B da cien soles a un funcionario del
gobierno y no recibe nada de él, excepto molestias, igual se los podría dar a
un ladrón. No tiene sentido decir que el funcionario del gobierno gastará esos
cien soles para el beneficio de la industria nacional: el ladrón haría lo mismo
y también Jaime B si no le hubiera parado por el camino el parásito extralegal
o la sanguijuela legítima.
Por tanto, acostumbrémonos a evitar juzgar las cosas sólo
por lo que se ve, juzguémoslas por lo que no se ve.
El año pasado yo estaba en el Comité de Finanzas, pues bajo
la constituyente, los miembros de la oposición no estaban excluidos
sistemáticamente de todas las comisiones: en eso la constituyente actuó
inteligentemente. Hemos escuchado al Sr. Thiers decir: “Me he pasado la vida
oponiéndome al partido legitimista y al partido de los sacerdotes. Como el
peligro común nos ha juntado, ahora que soy su socio y les conozco y que
hablamos cara a cara, he descubierto que no son los monstruos que yo solía
imaginar”.
Si, se exageraba la desconfianza, se fomentaba el odio entre
partidos que nunca se mezclaban y si la mayoría permitiera a las minorías estar
presentes en las comisiones, quizá se descubriría que las ideas de los
diferentes lados no son tan perversas como se suponía. En todo caso, el año
pasado yo estaba en el Comité de Finanzas. Cada vez que uno de nuestros colegas
hablaba de mantener en una cifra moderada el mantenimiento del Presidente de la
República, de los ministros y embajadores, se respondía:
“Por el bien del servicio, es necesario dotar a ciertos
departamentos de esplendor y dignidad como medio de atraer a gente de mérito.
Un gran número de personas desafortunadas apelan al Presidente de la República
y le podríamos en una posición muy dolorosa obligándole a rechazarlos
continuamente. Cierto estilo en los salones ministeriales es parte de la
maquinaria de los gobiernos constitucionales”.
Aunque esos argumentos pueden ser controvertidos, sin duda
merecen un examen serio. Se basan en el interés público, sea este correctamente
estimado o no y en lo que a mí respecta tengo mucho más respeto por el público
que muchos de nuestros Catones, quienes se mueven por un estrecho espíritu de
parsimonia o celos.
Pero lo que me revuelve la parte económica de mi conciencia
y me hace ruborizar por los recursos intelectuales de mi país, es cuando se
presenta esta absurda reliquia del feudalismo, lo que sucede constantemente, y además
se recibe favorablemente:
“Además, el lujo de los grandes funcionarios del gobierno favorece
las artes, la industria y el trabajo. La cabeza del estado y sus ministros no
pueden dar banquetes o fiestas sin hacer que la vida circule por las venas del
cuerpo social. Reducir sus medios ahogaría la industria parisina y
consecuentemente la de toda la nación”.
Debo pedirles, señores, que por lo menos presten un poco de
atención a la aritmética y no decirlo ante la Asamblea Nacional de Francia, no
sea que lamentablemente esté de acuerdo en que un suma da un resultado distinto
de acuerdo con si se suma de abajo a arriba o de arriba abajo la columna.
Por ejemplo, quiero contratar a alguien para que me cave una
zanja de drenaje en mi campo por cien soles. Justo cuando acabo de cerrar el
acuerdo aparece el recaudador, se lleva mis cien soles y los envía al Ministro
del Interior, mi acuerdo termina, pero el ministro tendrá otro plato en su
mesa. ¿Bajo qué premisas se atreverán a afirmar que este gasto oficial ayuda a
la industria nacional? ¿No se ve que en esto sólo hay un revés de satisfacciones
y de trabajo? Un ministro tiene su mesa mejor cubierta, es cierto, pero también
es verdad que un agricultor tiene su campo peor drenado. El dueño de una
taberna de París ha ganado cien soles, lo concedo, pero deben concederme que un
cavador no ha podido ganar cinco francos. Se trata de eso: de que la satisfacción
del funcionario y el tabernero es lo que se ve, el campo no drenando y
el cavador sin trabajo es lo que no se ve. ¡Vaya! ¡Qué problema hay para
probar que dos y dos son cuatro y si tenemos éxito en probarlo se dice que “la
cosa es tan sencilla que es bastante tediosa” y votan como si no hubiéramos
probado nada.
---------------------------------
Frédéric Bastiat fue el gran proto-austrolibertario francés
cuyas polémicas y análisis trataron acerca de todos los clichés estatistas. Su
intención principal como escritor fue llegar a la gente de la forma más
práctica con el mensaje de la urgencia moral y material de la libertad.