January 2010 - Posts
por Eduardo Galeano
http://cultural.argenpress.info/2010/01/haiti-la-maldicion-blanca.html
El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Préval.
Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor.
Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.
Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones.
Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.
Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.
Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del África.
El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos. De la maldición blanca, no se habló.
La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: –¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? El anterior. Pues, que se restablezca–. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte.
A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.
A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar. En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.
En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York.
El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho.
No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia.
Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.
Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe. Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras.
País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios. Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.
En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes. En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares. Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.
Por Ernestina Mogollones en los foros de NoticieroDigital.com
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=613286
¿Como estás Hugo? ¿Arrecho? ¿Ladillado de que nada te salga bien? ¿Harto de la incompetencia que te rodea? Te entiendo, debe ser frustrante la vaina, pero yo, de pana y todo, te tengo la solución.
Has dividido el país en dos toletes, los que te aman y los que te despreciamos. Dividiste mal, ese es tu problema, no supiste hacer la raya de división.
El país ya estaba dividido antes de que tú llegaras, pero no como tú crees, en ricos y pobres, sino en competentes e incompetentes.
Los competentes crean. Crean riqueza, crean progreso, crean dinero, crean empleo, crean belleza, y aunque suene loco y redundante, crean creación.
Los otros no crean nada, son mendigos. Ojo, que eso no quiere decir que no tengan dinero, pueden tenerlo, pero no saben crear.
Sabes, es como... imagina dos tribus que llegan a un isla, una isla hermosa y llena de animales comestibles, y frutas y vegetales y todo eso.
Una tribu se dedica a recolectar y cazar lo que consigue, la otra decide crear formas de sembrar, de criar animales, de luchar contra la naturaleza para depender lo menos posible de ella. Al cabo de un tiempo, las plantas y animales salvajes empiezan a escasear, así que la tribu cazadora/recolectora empieza a pasar hambre, la otra no, porque esa otra no recolecta los alimentos, los crea, los produce.
Y ahí está el problema, Hugo: tu dividiste el país entre recolectores/cazadores y sembradores/criadores, y te quedaste con los primeros, desechando a los segundos, atacándoles, eliminándoles.
Verás, Hugo, hace años llegó a Venezuela un señor, a un país donde no había televisión, y ese señor tuvo una idea, fundar un canal de televisión. ¡Imagínate! Una apuesta peligrosa, un canal de televisión en un país donde nadie tenía un televisor ¿le gustaría a la gente? ¿estaría dispuestos a pagar por un aparato para ver su idea cristalizada? No era una apuesta simple, pero él apostó.
Y esa mente brillante se rodeó de montones de gente, de los más capaces, los más creativos, los más sabios, los más trabajadores, desde ingenieros innovadores a obreros capaces, y él, en el centro, coordinando toda esa maravilla.
Y ese canal fue representación de lo que podemos hacer los venezolanos, de hasta que punto el ingenio y la constancia pueden construir. Hasta que llegaste tú, y te quisiste apoderar de la obra creada. Entonces le prohibiste transmitir en señal abierta, para tener la excusa de robarle su obra. Pero no te funcionó, por alguna razón extraña, lo que en sus manos era un canal rentable y muy visto, en tus manos se convirtió en un adefesio espantoso e inútil que dá pérdidas.
Hoy terminas definitivamente con ese canal (o al menos eso crees), porque no puedes soportarlo, su existencia te recuerda que robar no te sirvió de nada.
Y así te pasa siempre, Hugo, es una constante: haciendas productivas, que en tu manos son eriales, canales de rating, que hasta exportan programas se convierten en bodrios que no ven ni los que te apoyan, industrias productivas que trocan en otras quebradas, hoteles que terminan siendo pensiones de mala muerte, mercados que acaban en bodega, bancos que acaban en lupanares de usureros...
Y así todo, así siempre...
¿Que pasa, Hugo? ¿por que nada te funciona? ¿como es que robas cadenas de oro y acabas con collares de plástico? ¿Que falla, Hugo? ¿que falla?
Tienes el dinero, tienes la fuerza, tienes el poder ¡y no te funciona! ¡nada te funciona! Has gastado millones en armas, para amedrentar, para intimidar, tienes ejércitos regulares e irregulares bajo tu mando para oprimir, has comprado voluntades.. ¡y nada funciona! ¡coñ0 de la madr3! ¡no te funciona!
Y no entiendes, eres presa de la ira porque no entiendes que es lo que no funciona, porque usando tantos recursos no logras ya no crear, sino siquiera mantener lo que esos hombres hicieron.
Yo sí lo sé, Hugo, yo sé cual es el problema, yo sé donde está tu fallo. El error es que no has expropiado la piedra angular de todo esto, no has expropiado lo que hace que un supermercado sea supermercado y no bodega, lo que hace que un canal sea visto y no un bodrio intragable que no ve ni la mamá del director, eso que hace que un hotel esté siempre a reventar y no parezca pensión de mala muerte... ¡el alma, Hugo! ¡el alma! ¡eso es lo que tienes que expropiar!
El alma, eso que hace que un hombre cree, produzca, haga, invente. Esa cosa que permite salvar obstáculos, esa cosa maravillosa que hace que un hombre, una mota de polvo en el universo, se convierta en un gigante capaz de transformar su entorno, de someterlo a sus deseos.
No es dinero, Hugo, tú problema es de comprensión, no es dinero, es amor, es orgullo, es tenacidad, no es ganar cada vez más dinero, es tener una idea, enamorarte de ella, llevar la idea a la realidad, verla crecer, verla formarse, ver que cobra vida y maravillarte diciéndote “eso lo hice yo”, pensar que de no existir tú, esa maravilla no existiría, que está allí porque la pensante, la imaginaste, la hiciste. Es sentir que aunque esa obra no pase a lo mejor a la historia de la humanidad, ni del país siquiera, será parte de la historia de mucha gente, gente que de una u otra forma trabajo en o para ella.
El problema, Hugo, es que cuando expropias, robas, pero solo robas lo físico, robas edificios, muebles, máquinas, pero eso son solo cosas materiales, lo que realmente mueve todo es la suma de voluntades, lo que mueve todo es el cerebro y el alma de millones de hombres y mujeres que hacen que las cosas tengan vida, porque las cosas, cuando no tienen el alma del hombre que las hace útiles, no son nada. Los zapatos, Hugo, no son nada, si no tienen al hombre que les de vida, no son capaces por sí mismos de hacer huellas y marcar camino, son solo una mezcla de cuero, suela, hilos y pega, pero sin la mente del hombre, no son nada.
Y tú, Hugo, eres un pobre ser, un primitivo que piensa que si le robas a un hombre sus zapatos, podrás caminar como él. Lo que tienes que expropiar, Hugo, es el alma, y eso no lo puedes robar, no importa cuantos cañones tengas, ni cuantos macacos vestidos de verde amedrentador envíes, no importa cuanto miedo siembres, ni cuanto dinero regales, no puedes robar el alma ¡y esa es tu arrechera! Que lo que nos quieres quitar, no nos lo puedes quitar, ni siquiera nosotros, aún queriendo dártelo, podemos hacerlo, porque el alma es intransferible.
Lamentablemente, Hugo, tú me puedes quitar mi casa, mi negocio, mi dinero, y hasta mi vida, pero más de eso, no me puedes quitar, puedes incluso romperme el alma, eso no te lo niego, pero no la podrás usar ¡nunca!.
Así que, eso es, Hugo. Eso es lo que debes expropiar para que las cosas te funcionen, y como no puedes...
¡JÓDETE!
por Carolina Barros de Ámbito Financiero
Ideólogo del Socialismo del Siglo XXI, ve posibilidad real de Guerra Colombia-Venezuela
Varias voces en Venezuela empiezan a advertir sobre las grietas de la revolución chavista. Que, de tan profundas, se están haciendo sistémicas: inoperancia de los planes sociales y de los servicios públicos, inflación y escasez de alimentos, crisis de inseguridad y corrupción. Entre las voces más preocupadas y frente a un año electoral que puede ser decisivo para el futuro del chavismo, llama la atención la de Heinz Dieterich, el ideólogo del «socialismo del siglo XXI» y consultor permanente de Hugo Chávez, quien, responde, por escrito, a las preguntas de Ámbito Financiero.
Periodista: Hugo Chávez alertó sobre la posibilidad de que Colombia esté armando un «falso positivo» en el que «plantaría» un campamento de las FARC en Venezuela, como excusa para iniciar un ataque como el de marzo de 2008 contra Raúl Reyes en Ecuador. ¿Cree posible una guerra entre Colombia y Venezuela?
Heinz Dieterich: La posibilidad de una guerra entre Colombia y Venezuela es muy real debido a que Washington decidió que Hugo Chávez tiene que irse, al costo que sea. El ex primer ministro inglés Tony Blair acaba de decir en la BBC que se tuvo que remover a Sadam Husein, aunque no tuviera armas de destrucción masiva, porque era «una amenaza para la región». Es decir, para los intereses estratégicos de Occidente. Es la misma situación de Hugo Chávez. El bolivarianismo es incompatible con la Doctrina Monroe y por eso es una «amenaza regional». Para remover a Chávez, preparan la guerra de agresión, utilizando los «falsos positivos», la supuesta tolerancia al narcotráfico y la presunta cooperación con Hizbulá. Las mayorías en ambos países están en contra de la guerra, lo que hace difícil prever las dinámicas internas que desencadenará una guerra. Sin embargo, Colombia está bajo control militar y Washington y la oligarquía están dispuestos al derramamiento de sangre. De este contexto emana el peligro de guerra.
P.: En mayo y septiembre de este año, Colombia tiene elecciones presidenciales; y Venezuela, legislativas. ¿Cómo vislumbra el panorama?
H.D.: Si el partido de Hugo Chávez (PSUV) pierde las elecciones legislativas de 2010, el proceso bolivariano llega a su fin. Para ganar, el presidente tiene que resolver los problemas de seguridad, ineficiencia, crisis económica -caída del PBI del 4,5% en el tercer trimestre, inflación del 35%, un mercado negro y dólar incontrolable- y la pérdida de credibilidad del discurso oficial, entre otros. Resolver estos problemas presupone la refundación del actual modelo de gobierno. Sólo el estrato conductor del PSUV puede imponer tal refundación.
Álvaro Uribe probablemente ganará su segunda reelección, porque ni el Polo Democrático ni el Partido Liberal han logrado desarrollar una alternativa que convenza a Washington y a amplios sectores colombianos de que se puede prescindir del uribismo, como se prescindió del pinochetismo en Chile a fines de los 80. Uribe es quien mejor garantiza todavía los intereses neoliberales y monroeístas del Gobierno Obama y de la oligarquía: por eso seguirá en el poder.
P.: ¿Hay purgas políticas en el Gobierno de Chávez? Las denuncias de corrupción en varios bancos privados llevaron a la renuncia del ministro de Comunicaciones, Jesse Chacón. Además, Chávez criticó en público a Diosdado Cabello, ministro de Infraestructura y uno de sus hombres de mayor confianza.
H.D.: Son dos dinámicas diferentes. Con la renuncia de Jesse Chacón, un hombre muy apreciado por el presidente, el Gobierno se protegió políticamente del escándalo banquero. La crítica pública a Diosdado Cabello, algo absolutamente insólito, muestra la creciente preocupación del presidente sobre la ineficiencia del sistema gerencial del Estado que, en su pensamiento, es el principal peligro para una eventual derrota electoral en 2010.
P.: En uno de sus últimos artículos usted describió al Gobierno de Chávez como un Titanic a punto de chocar y señaló la urgencia por cambiar el rumbo. También el embajador de Venezuela ante la OEA, Roy Chaderton, dio una señal de alarma ante los medios.
H.D.: La preocupación por la supervivencia de la revolución bolivariana, expresada por el embajador Roy Chaderton, existe en amplios sectores de la Nueva Clase Política (NCP) bolivariana, desde alcaldes, diputados, diplomáticos, militares, comunicadores, gobernadores y hasta ministros. Esa preocupación nació hace alrededor de tres años, pero se manifiesta hoy con mayor fuerza, porque el iceberg está más cerca. Como es natural, hay fracciones de derecha, centro e izquierda en la NCP, definidas por ideología, política y economía. Lo que tienen en común es su miedo a perder el poder. Por eso no actúan ante el presidente con la verdad y firmeza que requiere la grave crisis del sistema y de la nación.
P.: ¿Cómo son los tiempos para poder corregir el rumbo?
H.D.: Creo que el punto de viraje, el punto de no retorno, será enero. Porque hay que rediseñar un nuevo modelo de gobierno, eficientizar su ejecución y convencer a la población de su viabilidad, y eso requiere tiempo.
P.: ¿Está desencantado de Chávez?
H.D.: No; estoy desencantado con los altos líderes del proceso, a muchos de los cuales conozco personalmente, que se hacen cómplices históricos de la catástrofe que se avecina. No entiendo su falta de decisión para cambiar las cosas.
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Enero 11 de 2010
Editorial del Diario El Pais de Cali
En lo que parecería un contrasentido, Venezuela, un país que nada en riqueza petrolera y que se benefició de los altísimos precios del combustible durante varios años, ha alcanzado la proeza de convertirse en la nación con la segunda inflación más alta del mundo, después de la República del Congo.
Con un 28%, los precios cambian de un día para otro y afectan gravemente al ciudadano común, cuyos recursos no alcanzan para adquirir los bienes indispensables. De acuerdo con la Central de Trabajadores el costo de la canasta familiar básica se encuentra en los 3.913 bolívares, mientras el ingreso familiar promedio es apenas de 1.918 bolívares. El hambre amenaza, por lo tanto, a millones de venezolanos.
En un intento por hacer frente al problema el Gobierno devaluó su moneda y creó dos tipos de cambio frente al dólar: uno de 2,6 bolívares por dólar y otro de 4,3 bolívares, que se corresponde con el llamado ‘dólar petrolero’. A juzgar por las consecuencias que puede llegar a producir, el remedio puede ser peor que la enfermedad.
Para Miguel Ángel Santos, profesor del Instituto de Estudios Superiores de Administración en Venezuela, el problema parte del excesivo gasto público y la ausencia de inversión en la economía. En un país donde el Gobierno se ha dedicado a perseguir a los empresarios privados, bien sea estatizando sus empresas o regulando los precios hasta hacer imposible su subsistencia, la producción se ha paralizado y no llega un solo dólar del extranjero interesado en inversión productiva.
La situación, luego de nacionalizaciones como la de los molinos del arroz, es tan dramática que hoy el 90% de los alimentos que consumen los venezolanos son importados. Y, aunque al devaluar la moneda se incrementa el valor de los artículos importados abriendo posibilidades para los de producción nacional, lo cierto es que ningún productor nacional se verá incentivado a trabajar en el campo mientras existan precios controlados. Peor aún cuando los que exportan a Venezuela se enfrentan con las medidas gubernamentales que retienen los pagos en dólares, como le ha sucedido a un buen número de exportadores colombianos.
Para Santos no hay medida monetaria que sirva en un país que no produce nada, que vio caer sus exportaciones en un 42% y al cual no llega la inversión productiva en virtud de la inseguridad jurídica reinante. Y mientras venda más petróleo a mayores precios, más verá inundada su economía de bolívares sin que haya una oferta adecuada de bienes y servicios, con lo que la inflación puede alcanzar cifras estrafalarias.
Es la economía del socialismo del Siglo XXI, capaz de producir el absurdo de empobrecer a un país riquísimo para satisfacer la vanidad y la ambición de poder de un déspota, desconociendo la economía de mercado. Que ahora está comprometida en no perder las próximas elecciones para la Asamblea Nacional, por lo cual decreta una devaluación con la cual generará los bolívares para pagar su campaña.
Así, con los recursos de los más pobres Venezuela, está pagando el costo de la aventura chavista, lo mismo que la permanencia continuada de Hugo Chávez en el poder.