Rodrigo Diaz

Sitio de divulgación de ideas libertarias que orbitan alrededor del Instituto Ludwig von Mises

September 2009 - Posts

El Golpe de las Burlas

por Mario Vargas Llosa


Publicado en edición impresa de La Nación  el Sábado 25 de julio de 2009

Ahora bien, sentado este principio, que la interrupción de la democracia por una acción militar no es justificable en ningún caso, es preciso analizar lo ocurrido más de cerca y con prudencia, porque en este golpe de Estado, como en la famosa "cena de las burlas", nada es lo que parece ser y la frontera entre la verdad y la mentira resulta más escurridiza que una anguila.

Tal vez más que la acción misma del asalto a la residencia del jefe de Estado hondureño haya que reprochar a los militares, y a los jueces que les dieron la orden de hacerlo, que, con semejante atropello, hayan convertido en víctima de la democracia, y poco menos que en héroe de la libertad, a un demagogo irresponsable como Mel Zelaya, quien, en violación flagrante de la Constitución que había jurado respetar, se disponía a llevar a cabo un referéndum para hacerse reelegir, una pretensión que fue condenada por la Corte Suprema y la Fiscalía de la Nación, y por la que el Congreso hondureño había iniciado un proceso para destituirlo como jefe del Estado. Este era un procedimiento legítimo en defensa de la democracia que la acción militar frenó y desnaturalizó, sembrando una confusión de manicomio.

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No es lo mismo: IZQUIERDA, DERECHA Y CENTRO
Fecha: 08/08/2009 - Autor: Alberto Mansueti


¡No tenga miedo a las palabras “capitalismo” ni “Derecha”! Si a la economía libre la llaman “capitalismo liberal”, pues asumamos su defensa, ¿y qué? Y si los propulsores del socialismo se llaman de Izquierda, entonces los del capitalismo somos de “Derecha”, ¿y qué?

En eso los socialistas no son acomplejados, y una de las razones de su amplio predominio es que nos endilgan a nosotros los calificativos de “capitalistas” y “derechistas” como epítetos infamantes, y no los reivindicamos: por eso nos tiran a la lona en el primer round. Pero otro gallo cantara si asumimos nosotros esos términos. Y los clarificamos y matizamos: así como hay muchas clases de izquierdas, democráticas y revolucionarias, así también hay muchos tipos de derechas, mercantilistas y liberales.

Los socialistas ahora no tienen exactamente las mismas ideas que antes -ni sus oponentes- pero no es cierto que los términos Izquierda y Derecha hayan perdido vigencia, o esos conceptos se hayan desactualizado. Aunque para comprender bien sus significados conviene rastrearlos desde su origen, a fines del s. XVIII, en la revolución industrial inglesa, y en la revolución democrática francesa.

#) “Capitalismo” es el sistema de economía libre y Gobierno limitado (“gendarme nocturno”), que en el pasado hizo ricos a países muy pobres hace 300 o 200 años: Suiza, Holanda, Escocia, Inglaterra. Se basa en la libre y abierta competencia, con igualdad de oportunidades jurídicas. Sin ser perfecto -nada humano lo es- es muy superior a cualquier otro en orden a permitir la creación de riqueza para todos.

#) Estatismo es el sistema contrario, el de siempre en Latinoamérica, excepto en parte entre 1880 y 1930.

El estatismo viene en dos variedades: mercantilismo y socialismo; el primero es malo, y el segundo es peor. Mercantilismo es un sistema de privilegios para oligarquías económicas, que permite crear riqueza sólo para unos pocos, y el resto sigue en la pobreza. Y la pobreza se junta con la ignorancia, y engendran el socialismo, sistema de privilegios para oligarquías políticas, que no crean riqueza para nadie sino que destruyen la poca que hay.

#) El socialismo debe ser analizado y juzgado por sus resultados reales, y no por aquellos supuestos logros ideales que sus partidarios dicen perseguir, de palabra y en el papel, en sus discursos, sermones, clases y charlas.

Hay dos subespecies de socialismo: el reformista, democrático o girondino (menchevique), que se impone mediante la propaganda engañosa; y el revolucionario o jacobino (nazi o comunista: bolchevique), que usa la presión y las armas: stalinista, mussolinista, hitlerista o maoísta.

Mediante el proceso político -el toma y dame del estatismo- las izquierdas blandas y las derechas antiliberales combinan socialismo democrático con mercantilismo, creando y repartiendo privilegios para oligarquías políticas y económicas a la vez. Siempre fracasan.

Y tras los inevitables fracasos de estas combinaciones irrumpe siempre el ala más dura, comunista y radical. Así es p. ej. otra vez en Venezuela, Bolivia, Ecuador o Paraguay, con Presidentes que ahora la clase media repudia, pero que como candidatos contaron con buena parte de sus votos.

#) “Izquierda” se llamó durante las sangrientas revoluciones europeas de 1789, 1820, 1830, 1848, 1871 y 1917-18, a la fuerza ideológica y política que en nombre del socialismo atacó violentamente el Gobierno limitado, el capitalismo y la propiedad, la ética socialmente aceptada (“victoriana”) y las instituciones tradicionales: matrimonio, familia y religión. En estas trágicas masacres asesinaron aldeas completas de gentes, y diezmaron pueblos y villas, y barrios o sectores enteros en muchas ciudades.

#) “Derecha” se llamó desde entonces a la muy heterogénea alianza de factores sociales, económicos, religiosos, militares y políticos que reaccionaron (“reaccionarios”) resistiendo con determinación y vigor a las izquierdas: elites urbanas, clase media de las villas o burgos (“burguesía”), Iglesias, ejército, los monárquicos (constitucionales y absolutistas) y los tradicionalistas y conservadores. Y liberales. Pero también mercantilistas.

Sin embargo, ya en el s. XX -desde las revoluciones mexicana (1911) y rusa (1917)- las derechas se perdieron en nostalgias románticas y defensas de privilegios, y fueron incapaces siquiera de poner contención a las izquierdas.

#) Y emergieron dos facciones ultrasocialistas: las del fascismo y socialismo nacional, y las del comunismo o socialismo internacionalista (“proletario”). Las segundas acusaron falsamente de “derecha” (¡extrema!) a las primeras. Pero no hubo grandes diferencias; sólo lucha por el poder. Sean camisas rojas, negras o pardas, sus “logros” fueron hambre, miseria, opresión, guerras sin fin, campos de concentración, torturas, muerte y sufrimientos. Balas y sangre. Pol Pot.

#) Aunque después de 1945 se fue imponiendo el demosocialismo de camisa blanca, en sus ediciones escandinavas, anglosajonas -laborismo o new deal- o a la francesa, y árabe, sionista, iberoamericana, negras, tercermundistas, etc. Tampoco hubo muchas diferencias, y no mucho mejores fueron los frutos observables:
-- estatismo: Estado intervencionista, ineficiente y parásito;
-- gasto público desbordado, con impuestos exorbitados, y en muchos casos astronómicas deudas estatales;
-- degradación de la moneda e inflación de precios, y con alto desempleo;
-- regulaciones paralizantes y anticompetitivas, con improductividad e ineficiencia en las empresas privadas;
-- inseguridad en las calles, injusticia en los tribunales, y corrupción galopante;
-- y por último, pero no menos destacable: medicina y educación políticamente subordinadas a los Gobiernos y de calidad muy pobre, y jubilaciones y pensiones indignas y miserables.

Es cierto que la derecha mercantilista favorece los privilegios, injustos y por ende inmorales. Pero la derecha cristiana y liberal, defiende la propiedad privada contra las expropiaciones, invasiones, robos y secuestros; la ley y el orden contra la criminalidad y la anarquía; el trabajo, el ahorro, la inversión y la producción contra el populismo y el distribucionismo; la creación de riqueza contra la pobreza; y la familia contra su depauperación y desaparición. Nada de malo.

#) ¿El “centro”? Es el intento de esconderse en una fórmula de compromiso, en la práctica siempre estatista, mucho menos que óptima, e intrínsecamente inestable. O es un subterfugio para evitar la definición.

alberman02@hotmail.com

La Noria del Arroró

Un miembro de mi familia, de innegable ideología colectivista, me dijo tiempo atrás: "Tú crees que a mí me puede gustar esta situación de estancamiento y pobreza en que vive tanta gente mundialmente? Te parece que yo puedo estar en contra de elevar su nivel de vida?" A lo cual contesté con otra pregunta: "Cómo conjugas lo que dijiste con ese constante empecinamiento en adherir a ideologías políticas y económicas que justamente provocan y sostienen este estancamiento económico y social que condena a tanta gente a vivir en la miseria?"

Murmuró algo de que creía en lo que los colectivistas prometen y agregó que el hambre y la desesperación son el resultado de capitalistas ávidos que arrebatan toda la riqueza mundial mientras que el socialismo, si solamente se le dejase actuar, podría remediar fácilmente esta situación. A mi comentario de que en los países industriales las personas alcanzan un nivel de vida bastante cómodo y que, además, lo que producen colabora en gran medida a aliviar situaciones que serían sino muchísimo peores, contestó con la ya antiquísima convicción de que los países ricos son ricos porque roban todo lo que los países pobres tienen mientras que los países pobres lo son porque… oh, ya conocemos toda esa palabrería, porque la hemos leído y oído millones de veces por parte de gente que ha hecho y hace todo lo posible por difundir la noria del arroró contra el Capitalismo, que todavía no existe pero que es el único sistema económico por el cual las personas alcanzan el nivel de lo que se llama "una existencia humana civilizada".

Yo pensé en lo que Marx mismo dijo en su "Manifiesto Comunista" de que la burguesía (como se llamaba al Capitalismo en ese entonces) incrementó la riqueza de los pobres en el corto período de 100 años, pero me pareció inútil tratar de cambiar la mentalidad de una persona que quiere quedar adherida a conceptos falsos. De todas formas, yo había meramente tocado el punto neurálgico de todo colectivista, la gran contradicción interna que le prohíbe conectarse con la mecánica del bienestar: el deseo inherente de permanecer atado al arroró que le susurra el veneno de sus mentiras. Hay personas que simplemente no quieren entender que la libertad personal, el empuje personal de querer mejorar la propia existencia, el aprendizaje, la adquisición de conocimientos, el deseo de resolver los problemas existentes, que frecuentemente mueve a un cerebro dado a producir un invento que permite crear más riqueza para todas la personas que se benefician con la invención involucrada, es la mecánica requerida para construir un nivel de vida más elevado.

Pensé en Josiah Wedgwood creando una vajilla de cerámica blanca que la persona común podía adquirir a alrededor de un chelín por pieza en la época en que Wedgwood encontró la forma de cómo fabricarla, pero los colectivistas permanecen incólumes ante cualquier avance a una vida mejor. Sueñan con eliminar a la sociedad industrial para poder regresar a lo que creen que han sido los tiempos pastorales que nunca existieron, una fábula de pobreza y oscuridad como revelaron las primeras fotografías de la vida rural. Todavía estoy esperando a que algún entusiasmado Verde invente un aparato nuevo, asombroso y particularmente económico para extraer una fuente de energía hasta ahora desconocida de la naturaleza, pero aparentemente el ingenio y la inventiva de un John Galt no son una característica común entre estas personas.

La insistente devoción a las premisas del colectivismo revela un empecinado rechazo de la realidad y una adherencia a visiones fantásticas. En consecuencia, comparten con quienes adhieren a la religión el mismo fundamento psicológico: el deseo de evadir la responsabilidad personal, el rechazo a adquirir una visión positiva de ésta sola y única vida que tendremos en toda la eternidad y la esperanza de que algo más grande que nosotros mismos y que se encuentra más allá del universo ha de proveer los medios de supervivencia. Un deseo de regresar al vientre materno, donde Mamá se ocupaba de todo, es la añoranza no expresada. La realidad, que se encuentra permanentemente presente, es rechazada como destructora de los deseos idílicos. Los impostores profesionales, muchos de los cuales han sucumbido a su autoengaño, utilizan estas nostalgias generalizadas para obtener sus propias metas de poder y riqueza sobre sus compatriotas. Forman el conjunto de mandamases religiosos y políticos colectivistas. Adhieren y representan a la misma ideología. Persiguen la misma meta de dirigir al ciudadano crédulo. Cuando no pueden obtener la adhesión voluntaria para sus deseos sociales y/o místicos acuden, por éste y muchos otros motivos, a la violencia.

Pero la realidad no se aparta. Se niega a ser echada de lado, lo cual produce una contradicción en términos que, como tal, origina una oposición y un conflicto que es inevitable, necesario e inamovible.

Las existentes autoridades auto-establecidas asumieron automáticamente la forma de vida típica de los animales irracionales que precedieron a la especie de seres racionales producidos por la evolución. Mientras no existiese un marco social distinto de aquél que es típico de los animales irracionales, las autoridades auto-establecidas no hallaron o, al menos, hallaron poca oposición y, en consecuencia, no tuvieron mucho que temer. La mayoría de la población obedecía y quienquiera que se atreviese a levantar la voz era rápidamente eliminado. Más aún, dado que el entorno social requerido por los seres racionales tardó en desarrollarse, ya que la evolución procede lentamente, la posición imperativa de las autoridades auto-establecidas no fue desafiada. De hecho, continúa siendo así en la mayor parte del planeta, especialmente en aquellas sociedades que apenas, si es que de manera alguna, pueden considerarse civilizadas, por más que deseen serlo. A pesar de ello y por lenta que fuese la evolución, el tamaño del cerebro y su relación con el organismo que lo contiene, continuó creciendo, lo cual produjo una situación en la que ya no se pudo ocultar los hechos. El descubrimiento de cómo hacer fuego y la invención de la rueda, los primeros rudimentos de las matemáticas en Babilonia, Egipto, China, la India y Grecia, los primeros logros de la arquitectura, el comienzo de la cirugía en Egipto, etc., y, más tarde, el cruce de la frontera que habría de producir lo que se llamaría el Renacimiento, todo esto llevó directamente al momento cuando en Virginia, hace aproximadamente 350 años, se concibió y desarrolló no sólo la idea sino el concepto mismo de la individualidad. A partir de ahí el desafío de la nueva forma del medio social frente a la antigua forma de vida se hizo evidente.

Fue éste el momento en que el grupo más avanzado de seres humanos habría de iniciar la revolución contra el misticismo y la existencia en manada. Tal como lo demuestra a diario la historia, estamos cruzando ahora el tiempo de transición hacia la etapa de individualización total. El momento de la confrontación final con quienes quieren detener el avance de la humanidad para enviarla de regreso a lejanas creencias y la vida en manada resulta ineludible.

El actual resurgimiento de las religiones y demás sectas esotéricas, el recrudecimiento de la oposición islámica al mundo moderno y su intención de destruirlo mediante la violencia ilimitada y una también ilimitada producción de niños, son claros indicadores de que la individualización y los derechos humanos inherentes al nuevo tipo de sociedad han sido claramente reconocidos por quienes adhieren a una forma de vida irracional. Correctamente los reconocen como destructores de viejas costumbres que desde hace ya mucho tiempo han dejado de tener toda vigencia para el ser humano racional.

El camino hacia la plena, responsable y productiva libertad personal significa una revolución contra el autoritarismo colectivista, correspondiendo el autoritarismo colectivista a la mentalidad de aquellas sociedades que se encuentran ancladas en el pasado, donde grupos de dirigentes reúnen los beneficios de riqueza y poder extraídos de una población mantenida y tratada como esclavos y siervos que deben sostener a los dirigentes. Esta forma de "existencia tradicional" se encuentra, pues, en oposición total y absoluta con las necesidades de mentes que, en el ínterin, han crecido y desarrollado a lo largo de los siglos lo que únicamente puede calificarse como "forma de existencia racional".

Quienes insisten en mantener la forma de coexistencia antigua o tradicional, echan mano a lo que fuere para retener el poder o para establecerlo y expandirlo, sin importar cuán criminales, destructivos o mortíferos que fueren los medios utilizados. Actos de terrorismo, asesinatos a mansalva y matanzas masivas son, para ellos, medios aceptables. Desprecian las invenciones para un mejoramiento de la existencia humana y la producción de bienes. Este tipo de personas tiene la mentalidad de los criminales, quienes son reacios al trabajo y contrarios a la vida. Lo que se encuentra, pues, en juego es una cuestión de supervivencia para toda la especie ya que, si tuviesen éxito en sus propósitos, llegarían a la destrucción de las naciones desarrolladas en primer lugar y, consecuentemente, a la erradicación de la mayor parte de la humanidad y el retorno al primitivismo para quienes quedasen.

Pero la realidad de la evolución misma no puede aceptar tal situación a causa de sus contradicciones implícitas, pues el colectivismo, el tipo de sociedad heredado de nuestro pasado prehistórico, opera en base a la irracionalidad, la característica propia de las especies pre-humanas. La evolución misma ha condenado y dejado atrás los tiempos pasados. Cuando el cerebro creció hasta alcanzar el nivel de la racionalidad, las preguntas que revelaron las contradicciones existentes fueron demasiado evidentes para poder ser dejadas sin considerar, a saber:

1)          Si una persona es obligada a sostener a su semejante con valores idénticos a los que recibe de éste (quien debe vivir de acuerdo con las mismas premisas), dónde se encuentra el sentido del intercambio? Si cada uno entrega lo mismo que recibe, se llevaría a cabo un acto carente de sentido, empeorado, incluso, por el hecho de la entropía involucrada.

2)          Si se recibe más que lo que se da, enfrentaríamos un acto de caridad, empeorado por el hecho de que sería llevado a cabo obligatoriamente y no por libre voluntad. El acto mismo lleva al receptor a un estado de dependencia y al dador a un estado de pauperismo.

3)          Si se recibe menos de lo que se da, se enfrentaría pronto al espectro del empobrecimiento físico, espiritual, intelectual, cultural o como quiera llamársele.

Más allá de ello se agrega el mero hecho de que el desarrollo evolutivo de la racionalidad, con su resultado de industrialización y bienestar, no puede ni quiere coexistir con la irracionalidad.

El motivo por el cual tantas personas adhieren a la doctrina del altruismo, que es la base misma del colectivismo, reside en la creencia de que se obtendrá, con menor esfuerzo personal, un excedente por parte de quienes producen más. Para asegurarse de que esta situación se mantenga por siempre jamás, quienes adhieren a ella o bien elijen o bien favorecen a los gobiernos que declaran sostener los mismos principios. Ya sea a través de comicios o por el poder arrebatado por un grupo de maleantes dado, se ordeña (explotar es un término mucho más adecuado) a la parte productiva de la población mediante impuestos, leyes expoliativas, etc. El bando dirigente se apodera de todos los beneficios que todavía se encuentran disponibles y, echando algunos mendrugos a la población que creía que el sistema les permitiría vivir de la riqueza de la parte productiva de la población pero se vio engañada en sus esperanzas por los mismos hechos, se aseguran la lealtad y continua adherencia de la población en general. La mayoría de los países del mundo presentan ejemplos de lo que se acaba de mencionar.

Claro que todo esto involucra una gran cantidad de ignorancia y autoenceguecimiento, ya que los productores se dan cuenta de inmediato de que tiene lugar un juego en su perjuicio. En consecuencia, aplican las mismas premisas y reducen sus propios esfuerzos al nivel mínimo. Muchas veces son, incluso, asesinados por no obedecer los dictámenes de los tiranos pero, dejando momentáneamente de lado las tragedias personales involucradas, esto meramente empeora el resultado, ya que la reducción de la producción llega a un paro total. Especialmente donde las premisas altruistas se aplican con todas sus consecuencias, tal como sucede en el comunismo, aumenta el factor de la envidia tan absolutamente que se elimina físicamente a todos los productores, pasando la "producción" a manos estatales, tornándose la misma, a partir de este momento, en un caos indescriptible. Fuese lo que quedare del "mercado", se vuelve éste en un mercado paralelo, participando todo tipo de maleantes en esta parte del "sistema". Los dirigentes, más allá del hecho de que ellos mismos se encuentran involucrados en el mercado negro, echan adicionalmente mano a la extorsión y las amenazas. Aterrorizando a los países más libres y mediante el soborno de los funcionarios estatales, etc. obtienen por un tiempo los medios de sustentación necesarios. La entrega de granos por parte de los Estados Unidos a la Rusia Soviética es un claro ejemplo de lo citado. La humanidad parece no haber aprendido todavía que toda prohibición es un terreno fértil para el gangsterismo. La era de la "Ley Seca" en los Estados Unidos no eliminó al alcohol, pero sí estableció a la "Cosa Nostra", un cáncer que amenaza la continuada existencia de toda la nación.

El resultado de este tipo de "desarrollo" es el estancamiento demostrado en teoría y, consecuentemente, en la práctica por todos aquellos países que han incorporado al colectivismo a su "cultura" política. La creciente espiral de los hechos del engaño, la extorsión y el control dictatorial abarcan a toda la sociedad, reduciéndola finalmente al colapso total. Quienes pueden evadirse emigran, ya sea oficialmente, si es que pueden hacerlo o, en la mayoría de los casos, a ocultas; otros hambrean y aquellos que hasta ese momento habían logrado ahorrar parte de sus ingresos, los consumen hasta el momento de la inanición. Los negocios y las industrias privadas - la última expresión de la pretensión egoísta de vivir en propio beneficio - cierran sus puertas, son "nacionalizadas", o sea confiscadas (robadas es el término correcto) por parte del gobierno o abandonan al país en búsqueda de condiciones más favorables. La región es ocupada por los esclavos y los siervos del estado y la situación se encuentra preparada para grandes alzamientos sociales. A continuación tienen lugar guerras civiles y revoluciones con sus enormes pilas de muertes prematuras. En la mayoría de los casos sigue el agotamiento total en todos los órdenes de la coexistencia social. La población languidece y, a su debido tiempo, las naciones involucradas se despedazan y separan en diversas áreas. El resultado de la Unión Soviética es un claro ejemplo de ello.

Lo que antecede demuestra por qué el colectivismo no puede progresar y, en consecuencia, es incapaz de alcanzar el bienestar general. Es la antítesis misma del bienestar, el regreso a la prehistoria, el retroceso a la existencia de manadas de animales salvajes dirigidas por sus cabecillas, quienes son los únicos beneficiarios del sistema… mientras no comiencen los alzamientos o un sector del grupo dirigente no elimine, mediante purgas políticas, a quienes están en el camino, tal como ha demostrado la historia hasta el hartazgo.

Hasta ahora ha habido una sola excepción en lo que es generalmente entendido como "revolución", si bien los motivos que iniciaron el suceso fueron diametralmente opuestos al entendimiento general del término. Ya mencioné esta excepción en relación con los alzamientos que principalmente se proponen establecer una versión distinta del sistema ya existente. Su origen tuvo lugar durante el siglo 17 e involucró a la población de Virginia, una región de Norteamérica que, en ese entonces, todavía pertenecía a la corona británica. Lo que sucedió allí quebró al existente círculo vicioso.

Los Puritanos habían llegado al continente americano en persecución de sus convicciones religiosas, que constituyen la base del colectivismo y que fueron más tarde tomados por Marx para ser introducidos en sus dogmas: "De cada uno de acuerdo con su capacidad y a cada uno de acuerdo con sus necesidades." Todos trabajan para el bienestar de la comunidad, siendo ésta la regla general originariamente establecida para las colonias. Como resultante y debido a los detalles arriba descritos, se extendieron el hambre y la muerte por inanición como una peste, con las enfermedades y las muertes tempranas que podían esperarse de tal situación a su vera y como único resultado de lo que el colectivismo "produce".

Si bien nuevas inmigraciones desde las Islas Británicas reemplazaban a las muertes tempranas, se repetía todos los años la misma historia. En consecuencia, la población no aumentaba. Los indolentes vivían de lo que producían los productores, pero éstos mismos disminuían sus propios esfuerzos al ver que sólo recibían la misma cantidad de mendrugos que los que no hacían nada.

Después de décadas de repetidos desastres decidió el gobernador Bradford dejar de lado la doctrina dominante e intentar algo completamente distinto, algo que no se había hecho hasta entonces, ya que todos estaban convencidos que no funcionaría de todas formas. Bradford concluyó que, en el peor de los casos, lo que proponía meramente significaría una continuación de la desastrosa situación ya existente. Empero, decidió probar que habría de suceder si se permitía a cada uno trabajar específicamente en su propio beneficio.

El resultado (los defensores del sistema de mercado libre podrán sonreír ahora) fue inesperado para los Virginianos del siglo 17 y, en consecuencia, asombroso para todos los involucrados. Los más capaces, los más productivos, comenzaron a aplicar con sus familias todos sus esfuerzos al mejoramiento de la situación en que se hallaban, mientras que los menos deseosos de trabajar tuvieron que enfrentar el hecho de que ahora estaban obligados a aplicar sus propios esfuerzos si querían sobrevivir, pues ya no tenían acceso a la holganza y a vivir gratuitamente de lo que otros producían. Al cambiar la premisa, que ahora declaraba en la práctica "Cada uno para si mismo", también cambió la sociedad. El altruismo quedó de lado y el egoísmo, el generador del progreso humano, pudo actuar. En consecuencia progresó toda la sociedad, exceptuados los holgazanes. La realidad aprobó lo que no se contradecía a si mismo y produjo su propia cornucopia de bienestar material y, consecuentemente, espiritual. La realidad obligó a los perezosos a volverse industriosos, quizás no a todos ellos, ya que parece ser que la sociedad nunca podrá deshacerse completamente de gente no dispuesta a cuidar de si misma, pero sí tuvo que cambiar la mayoría de mentalidad y proveer su propia porción de esfuerzo. Es más, el proceso no requirió de orden dictatorial alguna y fue origen del vigoroso impulso que habría de originar la única y verdadera revolución registrada hasta ahora en la historia, la cual estableció, en 1776, los Derechos del Individuo e incluyó el hasta entonces insólito derecho a la persecución de la propia felicidad, que hasta ese momento no se había registrado en ningún escrito oficial.

La fórmula correcta es, pues, "Individualismo y Progreso" o, si recordamos las incontables e inútiles muertes causadas por todo tipo de colectivismo y sus Stalitlers, el grito de "Egoísmo o Muerte", ya que no ser egoísta implica un retorno al primitivismo, la anulación de la autoestima y la muerte intelectual y física. Esa filósofa extraordinaria que fuera Ayn Rand, lo expresó con palabras muy precisas en su artículo "Éticas Colectivizadas" en su libro "La Virtud del Egoísmo": "El progreso puede provenir únicamente del superávit de los hombres, es decir, del trabajo de aquellos hombres cuya habilidad produce más de lo que necesitan para su consumo personal, de aquéllos que se hallan intelectual y financieramente capacitados para aventurarse en la búsqueda de lo nuevo. El Capitalismo es el único sistema donde tales hombres pueden funcionar libremente, y donde el progreso es acompañado, no por privaciones obligatorias, sino por un constante ascenso en el nivel general de prosperidad, consumo y goce de la vida." El Capitalismo, añadió la Sra. Rand, es el sistema del futuro… si es que la humanidad desea tener un futuro.

Se extiendo un largo camino hacia esa meta, pero no es un camino difícil, ya que el trayecto se encuentra claramente delineado, pero sí es largo, pues la mente de cada ser humano o, al menos, la de la mayoría de la humanidad, debe alcanzar la misma convicción, a partir de los datos y los razonamientos con que los pensadores de mentes libres llenaron y continúan llenando la cornucopia de ideas en pos de una sociedad plenamente humana. El Capitalismo, basado en el sólido fundamento de la filosofía que lo sustenta - el Objetivismo, la Filosofía de la Razón -, se opone a todo tipo de colectivismo, pero no requiere ni de compulsión ni de violencia para probar lo que ofrece, pues los productores desprecian a la violencia como herramienta de convicción. Proveen la prueba de que el progreso sólo puede ser logrado por el Capitalismo abandonando, como lo hacen los héroes de la novela "La Rebelión de Atlas", de Ayn Rand, sus herramientas de trabajo y cerrando, cuando se les impide avanzar hacia el progreso, las fuentes de producción y bienestar que han creado. La ausencia de estas fuentes de riqueza confirman que la humanidad no puede progresar sin ellos si, como ya se mencionara, se desea progresar. Los productores son hombres de la mente, no hombres de armas y con cada nuevo día oyen con más y más claridad la voz de los arrorós con que los colectivistas intentan atarlos a su yunque de irracionalidad.

Comienza a tener lugar en el mundo un gran despertar y el grito por "Cambio", con el cual los colectivistas intentan ocultar su propósito de esclavización, corresponde en verdad a quienes defienden la independencia personal, la libertad personal y la plena integridad con los valores de la Razón, el Propósito y la Autoestima, tal como lo declarara Ayn Rand, y la racionalidad, la independencia, la integridad, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo como las virtudes requeridas para obtenerlos. Más y más productores e intelectuales comienzan a oír los tambores del Individualismo, los Derechos Personales, el Derecho a Vivir para Si Mismo, el Egoísmo Productivo y la Felicidad Personal. El grito del Capitalismo creativo y productivo destruirá el letargo con el cual los colectivistas quieren adormecer a la humanidad. Es preciso romper la prisión que simboliza la noria del arroró y que mantuvo maniatada a la humanidad durante miles de años. Estamos cruzando un tiempo de gran transición.

La premisa es: CAPITALISMO, AHORA!

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Leyes del salario mínimo

Por Henry Hazlitt

Hemos examinado anteriormente algunos de los perniciosos resultados que producen los arbitrarios esfuerzos realizados por el Estado para elevar el precio de aquellas mercancías que desea favorecer. La misma especie de daños se derivan cuando se trata de incrementar los sueldos mediante las leyes del salario mínimo. Esto no debe sorprendernos, pues un salario es en realidad un precio. En nada favorece la claridad del pensamiento económico que el precio de los servicios laborales haya recibido un nombre enteramente diferente al de los otros precios. Esto ha impedido a mucha gente percatarse de que ambos son gobernados por los mismos principios.

Las opiniones acerca de los salarios se formulan con tal apasionamiento y quedan tan influidas por la política, que en la mayoría de las discusiones sobre el tema se olvidan los más elementales principios. Gentes que serían las primeras en negar que la prosperidad pueda ser producida mediante un alza artificial de los precios y no vacilarían en afirmar que las leyes del precio mínimo, en vez de proteger, perjudican las industrias que tratan de favorecer, abogarán, no obstante, por la promulgación de leyes de salario mínimo e increparán con la máxima acritud a sus oponentes.

No obstante, debería quedar bien sentado que una ley de salario mínimo, en el mejor de los casos, constituye arma poco eficaz para combatir el daño derivado de los bajos salarios y que el posible beneficio a conseguir, mediante tales leyes, sólo superará el posible mal en proporción a la modestia de los objetivos a alcanzar. Cuanto más ambiciosa sea la ley, cuantos más obreros pretenda proteger y en mayor proporción aspire al incremento de los salarios, tanto más probable será que el perjuicio supere los efectos beneficiosos.

Lo primero que ocurre cuando, por ejemplo, se promulga una ley en virtud de la cual no se pagará a nadie menos de treinta dólares por una semana laboral de cuarenta y ocho horas, es que nadie cuyo trabajo no sea valorado en esa cifra por un empresario volverá a encontrar empleo. No se puede sobrevalorar en una cantidad determinada el trabajo de un obrero en el mercado laboral por el mero hecho de haber convertido en ilegal su colocación por cantidad inferior. Lo único que se consigue es privarle del derecho a ganar lo que su capacidad y empleo le permitirían, mientras se impide a la comunidad beneficiarse de los modestos servicios que aquél es capaz de rendir. En una palabra, se sustituye el salario bajo por el desempleo. Se causa un mal general, sin compensación equivalente.

La única excepción se registra cuando un grupo de obreros recibe un salario efectivamente por debajo de su valor en el mercado. Esto puede ocurrir sólo en circunstancias o lugares especiales donde las fuerzas de la competencia no funcionen libre o adecuadamente; pero casi todos estos casos especiales podrían remediarse con igual efectividad, más flexiblemente y con menor daño potencial, a través del actuar de los sindicatos.

Cabe pensar que si la ley obliga a pagar mayores salarios en una industria dada, pueda ésta elevar sus precios de tal suerte que el incremento pase a gravitar sobre los consumidores. Sin embargo, tal desviación no es tan hacedera ni se escapa con tanta sencillez a las consecuencias de una artificiosa elevación de sueldos. Muchas veces no es posible aumentar el precio de sus productos, pues quizá se induzca al consumidor a la búsqueda de un sustitutivo. O bien, si continúan adquiriéndolo, los nuevos precios les obliguen a comprar menos cantidad. En su consecuencia, aunque algunos obreros de la industria en cuestión se han beneficiado del alza de salarios, otros por ello perderán sus empleos. Por otra parte, si no se aumenta el precio del producto, los fabricantes marginales son desplazados del negocio. En realidad se habrá provocado una reducción en la producción y el consiguiente paro, recorriendo camino distinto.

Cuando se mencionan estas consecuencias, siempre hay alguien que replica: «Perfectamente; si para conservar la industria X es ineludible pagar salarios ínfimos, justo es que los salarios mínimos obliguen a su cierre.» Ahora bien, tan audaz afirmación prescinde de ciertas realidades. En primer lugar, no advierte que los consumidores han de soportar la pérdida del producto. Olvida también que los obreros que trabajaban en la industria en cuestión quedan condenados al desempleo. Finalmente, ignora que por bajos que fueran los emolumentos abonados, eran los mejores entre todas las posibilidades que se ofrecían a los obreros de la tantas veces aludida industria X, pues de lo contrario habrían acudido a otra. Por lo tanto, si la industria X es suprimida por una ley de salarios mínimos, quienes en ella trabajaban se verán constreñidos a aceptar empleos que reputaron menos interesantes que los que por fuerza han de abandonar. Su demanda de trabajo hará descender todavía más los salarios de las ocupaciones alternativas que ahora les son ofrecidas. No cabe eludir la consecuencia: siempre que se imponen salarios mínimos se provoca un incremento del desempleo.


Además, los programas de asistencia destinados a aliviar el paro originado por la ley del salario mínimo crean un serio problema. Mediante un salario mínimo de $7,50 por hora, verbigracia, se prohíbe a cualquiera trabajar cuarenta horas semanales por menos de trecientos dólares. Supongamos ahora que se ofrece una asistencia de sólo ciento ochenta dólares semanales. Ello equivale a haber prohibido que una persona emplee su tiempo eficazmente ganando, por ejemplo, doscientos cincuenta dólares semanales, manteniéndole en cambio inactivo percibiendo un subsidio de ciento ochenta dólares a la semana. Hemos privado a la sociedad del valor de sus servicios; al hombre, de la independencia y dignidad que se derivan de la autosuficiencia económica, incluso a bajo nivel, separándole de la tarea más de su agrado, y, al propio tiempo, recibe una remuneración menor a la que podía haber ganado por su propio esfuerzo.

Estas consecuencias se producirán siempre que el socorro sea inferior en un centavo a los trescientos dólares. Sin embargo, cuanto más elevado sea el mismo, tanto peor será la situación en otros aspectos. Si se ofrece un subsidio de trescientos dólares, se facilita a muchos igual cantidad sin trabajar que trabajando. En fin, cualquiera que sea la cantidad a que ascienda el subsidio, provoca una situación en la que cada cual trabaja sólo por la diferencia entre su salario y el importe del socorro. Si éste, por ejemplo, es de trescientos dólares semanales, los obreros a quienes se ofrece un salario de un 10 dólares por hora o cuatrocientosa dólares a la semana, ven que de hecho se les pide que trabajen por cien dólares a la semana tan sólo, puesto que el resto pueden obtenerlo sin hacer nada.

Cabría pensar en la posibilidad de escapar a estas consecuencias ofreciendo ese socorro en forma de trabajo remunerado, en lugar de hacerlo a cambio de nada; pero esto es tan sólo cambiar la naturaleza de las repercusiones. La asistencia en forma de trabajo significa pagar a los beneficiarios más de lo que el mercado hubiera ofrecido libremente. Por tanto, sólo una parte del salario de ayuda proviene de su actividad (ejercida, por lo general, en trabajos de dudosa utilidad), mientras que el resto es una limosna disfrazada.

Probablemente hubiera sido mejor, en todo evento que el Estado, inicialmente, hubiera subvencionado francamente el sueldo percibido en las tareas privadas que ya venían realizando. No queremos alargar más este asunto, pues nos llevaría al examen de cuestiones que de momento no interesan. Ahora bien, conviene tener presentes las dificultades y consecuencias de los subsidios al considerar la promulgación de leyes del salario mínimo o el incremento de los mínimos ya fijados.


De cuanto antecede no se pretende deducir la imposibilidad de elevar los salarios. Lo único que se desea es señalar que el método aparentemente sencillo de incrementarlo mediante disposiciones del poder público es el camino peor y más equivocado.

Parece oportuno advertir ahora que lo que distingue a muchos reformadores de quienes rechazan sus sugerencias no es la mayor filantropía de los primeros, sino su mayor impaciencia. No se trata de si deseamos o no el mayor bienestar económico posible para todos. Entre hombres de buena voluntad tal objetivo ha de darse por descontado. La verdadera cuestión se refiere a los medios adecuados para conseguirlo, y al tratar de dar una respuesta a tal cuestión, no el lícito olvidar unas cuantas verdades elementales; no cabe distribuir más riqueza que la creada; no es posible, a la larga, pagar al conjunto de la mano de obra más de lo que produce.

La mejor manera de elevar, por lo tanto, los salarios es incrementando la productividad del trabajo. Tal finalidad puede alcanzarse acudiendo a distintos métodos: por una mayor acumulación de capital, es decir, mediante un aumento de las máquinas que ayudan al obrero en su tarea; por nuevos inventos y mejoras técnicas; por una dirección más eficaz por parte de los empresarios; por mayor aplicación y eficiencia por parte de los obreros; por una mejor formación y adiestramiento profesional. Cuanto más produce el individuo, tanto más acrecienta la riqueza de toda la comunidad. Cuanto más produce, tanto más valiosos son sus servicios para los consumidores y, por lo tanto, para los empresarios. Y cuanto mayor es su valor para el empresario, mejor le pagarán. Los salarios reales tienen su origen en la producción, no en los decretos y órdenes ministeriales.

Tomado del libro de Henry Hazlitt Economía en una Lección