Rodrigo Diaz

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Los siete déficits mortales - Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

Cuando el presidente George W. Bush asumió el cargo, el grueso de los descontentos con unas elecciones robadas se consolaron con esta idea: dado nuestro sistema de controles y equilibrios políticos, ¿cuánto dañó puede hacer? Ahora lo sabemos: mucho más de lo que podían imaginar los peores pesimistas. Desde la guerra de Irak hasta el colapso de los mercados crediticios, las pérdidas financieras apenas resultan concebibles. Y detrás esas pérdidas aún hay que contar las oportunidades perdidas, todavía mayores.
Tomados de consuno los dineros despilfarrados en la guerra, los dineros despilfarrados en un esquema inmobiliario piramidal que empobreció a los más y enriqueció a unos pocos y los dineros que se esfumaron con la recesión, el hiato entre lo que podríamos haber producido y lo que realmente produjimos fácilmente rebasará el billón y medio de dólares. Piensen lo que habría podido hacerse con esa suma para proporcionar asistencia sanitaria a quienes carecen de seguro médico, para mejorar nuestro sistema educativo, para desarrollar tecnologías verdes… La lista es infinita.
Y el verdadero coste de las oportunidades perdidas es todavía mayor. Piensen en la guerra. Están, para empezar, los fondos directamente asignados a ella por el gobierno (unos 12 mil millones de dólares mensuales, y eso aceptando las estimaciones confundentes de la administración Bush). Pero es que son mucho mayores todavía, como ha documentado en su libro La guerra de los tres billones de dólares Linda Bilmes, de la Kennedy School, los costes indirectos: las remuneraciones que han dejado de ganar los heridos o los muertos o la actividad económica desplazada (de, pongamos por caso, gastar en hospitales norteamericanos a gastar en empresas nepalesas de seguridad). Esos factores sociales y macroeconómicos podrían llegar a montar más de 2 billones de dólares en el cómputo total de los costes de la guerra.
Pero hay un haz de luz en esos negros nubarrones. Si logramos zafarnos de la pesadumbre, si conseguimos pensar más cuidadosa y menos ideológicamente sobre la manera de robustecer nuestra economía y hacer de la nuestra una sociedad mejor, tal vez podamos adelantar algo en el planteamiento y solución de los enconados problemas que venimos arrastrando.


El déficit de valores.- Uno de los puntos fuertes de Norteamérica es su diversidad, y siempre ha habido una diversidad de puntos de vista incluso respecto de nuestros principios fundamentales (la presunción de inocencia, el mandato de habeas corpus, el imperio de la ley). Pero –o eso creíamos, al menos— quienes discrepaban de esos principios constituían una pequeña franja marginal, fácilmente ignorable. Ahora hemos aprendido que esa franja no es tan minúscula y que, entre sus miembros, se cuentan el actual presidente y los dirigentes de su partido. Y esa división en los valores no podía haber llegado en peor momento. Percatarse de que podríamos tener menos en común de lo que pensábamos puede dificultar la resolución de problemas que tenemos que encarar juntos.


El déficit climático.- Con ayuda de cómplices como ExxonMobil, Bush trató de persuadir a los norteamericanos de que el calentamiento global era una ficción. No lo es, y hasta la administración ha terminado por admitirlo. Pero no hicimos nada durante ocho años, y los EEUU contaminan más que nunca; un retraso que pagaremos carísimo.


El déficit de igualdad.- En el pasado, aun si los que estaban abajo recibían pocos, si alguno, de los beneficios de la expansión económica, la vida se percibía como un sorteo equitativo. Las historias de quienes se hacían a sí mismos eran parte de las señas de identidad norteamericanas. Pero la vieja promesa de Horatio Alger suena hoy falsa. La movilidad ascendente se ha hecho cada vez más difícil. Las crecientes divisiones de ingreso y de riqueza han sido reforzadas por una legislación fiscal que premia a los afortunados en la azarienta lotería de la globalización. Destruida aquella percepción, será todavía más difícil encontrar una causa común.


El déficit de responsabilidad.- Los reyezuelos del mundo financiero estadounidense justificaban sus astronómicas remuneraciones apelando a su pretendido ingenio para generar grandes beneficios, supuestamente derramados sobre el país entero. Ahora, los reyes andan desnudos. No supieron gestionar el riesgo; antes bien, sus acciones exacerbaron el riesgo. El capital no fue correctamente asignado; se malgastaron centenares de miles de millones, un nivel de ineficiencia mucho mayor que el que la gente se ha acostumbrado a atribuir al Estado. Sin embargo, los reyezuelos se largaron con centenares de millones de dólares de los contribuyentes, de los trabajadores, y el conjunto de la economía tuvo que pagar la cuenta.


El déficit comercial.- En el curso de la pasada década, el país ha venido tomando préstamos a gran escala en el extranjero: sólo en 2007, unos 739 mil millones de dólares. No es difícil descubrir por qué: con un gobierno incurriendo en enormes deudas y unos hogares norteamericanos sin apenas capacidad de ahorro, no había otro sitio donde pedir. Los EE.UU. han estado viviendo de dinero y de tiempo prestados, y ha llegado la hora del vencimiento. Acostumbrábamos a dar lecciones de buena política económica a los demás. Ahora los demás se parten de risa a nuestras espaldas, y de cuando en cuando, hasta nos dan lecciones.
Hemos tenido que ir a mendigar a los fondos soberanos de riqueza (la riqueza excedente que otros gobiernos han acumulado y que pueden invertir fuera de sus fronteras). Retrocedemos ante la idea de que nuestro gobierno se haga con un banco, pero parecemos aceptar de grado la idea de que los gobiernos extranjeros puedan convertirse en accionistas de referencia de algunos de nuestros bancos más emblemáticos, instituciones cruciales para nuestra economía. (Tan cruciales, en efecto, que hemos dado un cheque en blanco a nuestro Tesoro para rescatarlas.)


El déficit fiscal.- Gracias, en parte, a un gasto militar desapoderado, en sólo ocho años nuestra deuda nacional se ha incrementado en dos tercios, pasando de 5,7 billones a más de 9,5 billones de dólares. Pero, por espectaculares que resulten, esos números subestiman por mucho las verdaderas dimensiones del problema. Aún tienen que presentarse a cobro muchas facturas de la Guerra de Irak, incluidas las que incorporan los costes de asistencia a los veteranos heridos, y esas facturas podrían representar unos 600 mil millones de dólares. El déficit federal de este año probablemente añadirá otro medio billón a la deuda nacional. Y todo eso, sin contar con los dineros desembolsados por la Seguridad Social y por Medicare para asistir a los baby boomers.


El déficit de inversión.- Las cuentas del Estado son distintas de las cuentas del sector privado. Una empresa que tome dinero prestado para realizar una buena inversión verá su balance contable mejorado, y sus ejecutivos serán aplaudidos. Pero en el sector público no hay balance contable, y por lo mismo, demasiada gente se centra miopemente en el déficit. En realidad, las inversiones públicas sabias proporcionan retornos mucho más elevados que la tasa de interés que el Estado paga por su deuda; a largo plazo, las inversiones ayudan a reducir los déficits. Recortar esas inversiones es proceder al modo del ahorrador de salvado y desperdiciador de harina, como pudo verse con los diques de Nueva Orleáns y con los puentes de Mineápolis.
Más allá de la simple incompetencia, hay dos posible hipótesis para explicar por qué los republicanos prestaron tan poca atención a la creciente debacle presupuestaria. La primera es, sencillamente, que confiaron en la teoría económica del lado de la oferta, en la creencia de que, de uno u otro modo, la economía crecería tanto con unos impuestos bajos, que los déficits serían efímeros. Esa idea se ha revelado como lo que es, una ilusión fantasiosa.
La segunda hipótesis es que, permitiendo un déficit cada vez más hinchado, Bush y sus aliados esperaban forzar una reducción del tamaño del Estado. Lo cierto es que la situación fiscal ha llegado a cobrar unas proporciones tan alarmantes, que muchos demócratas responsables están comenzando ahora a hacerles el juego a los republicanos empecinados en “asfixiar a la bestia pública”, y llaman a un drástico recorte del gasto público. Pero, preocupados como están los demócratas por parecer demasiado tibios en materia de seguridad –y por lo mismo, resueltos a considerar sacrosanto el presupuesto militar—, resulta harto difícil recortar gastos sin cercenar las inversiones más importantes para resolver la crisis.

La tarea más perentoria del nuevo presidente será restaurar el vigor de la economía. Dado el volumen de nuestra deuda nacional, es particularmente importante cumplir esa tarea de manera que se maximicen los resultados de cada dólar gastado, al tiempo que se ataca al menos uno de los déficits capitales. Los recortes fiscales funcionan –si funcionan— incrementando el consumo, pero el problema de Norteamérica es que padece un atracón de consumo; prolongar el atracón no hará sino posponer la solución de los problemas más profundos. A medida que los ingresos se desploman, los estados y los municipios tendrán que hacer frente a restricciones presupuestarias, y a menos que se haga algo, se verán obligados a recortar el gasto, lo que no hará sino ahondar en el declive. A nivel federal, necesitamos gastar más, no menos. Hay que reconfigurar la economía para adaptarse a las nuevas realidades (incluido el calentamiento global). Necesitaremos más trenes de alta velocidad y plantas energéticas más eficientes. Esos gastos estimulan la economía, al tiempo que sientan las bases para un crecimiento sostenible a largo plazo.

Sólo hay dos formas de financiar esas inversiones: aumentar los impuestos o recortar otros gastos. Los norteamericanos de ingresos altos pueden perfectamente permitirse pagar más impuestos, y muchos países europeos han triunfado, no a pesar de tener una fiscalidad elevada, sino precisamente por tenerla: es lo que les ha permitido invertir y competir en un mundo globalizado.
Huelga decir que habrá resistencia al aumento de impuestos, de manera que el foco de atención se moverá hacia los recortes. Pero nuestros gastos sociales son ya tan esqueléticos, que hay poco que ahorrar. En realidad, descollamos entre las naciones industrializadas avanzadas por lo inadecuado de nuestras protecciones sociales. Los problemas, por ejemplo, del sistema de asistencia sanitaria en los EE.UU. saltan a la vista: resolverlos no es sólo cuestión de mayor justicia social, sino también de mayor eficiencia económica. (Unos trabajadores más sanos son unos trabajadores más productivos.) Y eso deja sólo un área económica importante disponible para recortar gastos: la defensa. Nuestros gastos representan la mitad de los gastos militares mundiales, con un 42% de los dólares del contribuyente que se destinan, directa o indirectamente, a defensa. Incluso los gastos militares no bélicos se han disparado. Con tanto dinero gastado en armamento inútil contra enemigos que no existen hay mucho margen para incrementar la seguridad, al tiempo que se recortan los gastos en defensa.

La buena nueva en todo este horizonte de malas noticias económicas es que nos estamos viendo obligados a morigerar nuestro consumo material. Si lo hacemos de forma adecuada, eso ayudará a mitigar el calentamiento global, y acaso contribuirá también a despertar la consciencia de que un mayor nivel de vida también es más ocio, no sólo más bienes materiales.

Las leyes de la naturaleza y las leyes económicas son implacables, y no perdonan. Podemos abusar de nuestro medio ambiente, pero sólo por un tiempo. Podemos gastar por encima de nuestros medios, pero sólo por un tiempo.

Podemos gorronear a cuenta de nuestras inversiones pasadas, pero sólo por un tiempo. Ni siquiera el país más rico del mundo puede ignorar las leyes de la naturaleza y las leyes económicas, si no es en daño propio.

Comments

R. Betrian said:

Dear Mr. Diaz,

Please read the following article. There are many articles on global warming on mises.org. There is no evidence of El déficit climático.

RoI Was On the Global Warming Gravy Train

Daily Article by David Evans | Posted on 5/28/2007

[A version of tihs article was previously blogged on Mises.org here, and inspired a spirited debate. The author reworked the piece for the Mises.org front page. The blog item remains the same.]

I devoted six years to carbon accounting, building models for the Australian government to estimate carbon emissions from land use change and forestry. When I started that job in 1999 the evidence that carbon emissions caused global warming seemed pretty conclusive, but since then new evidence has weakened that case. I am now skeptical.

In the late 1990s, this was the evidence suggesting that carbon emissions caused global warming:

Carbon dioxide is a greenhouse gas, proved in a laboratory a century ago.

Global warming has been occurring for a century and concentrations of atmospheric carbon have been rising for a century. Correlation is not causation, but in a rough sense it looked like a fit.

Ice core data, starting with the first cores from Vostok in 1985, allowed us to measure temperature and atmospheric carbon going back hundreds of thousands of years, through several dramatic global warming and cooling events. To the temporal resolution then available (data points more than a thousand years apart), atmospheric carbon and temperature moved in lockstep: they rose and fell together. Talk about a smoking gun!

There were no other credible causes of global warming.

This evidence was not conclusive, but why wait until we are absolutely certain when we apparently need to act now? So the idea that carbon emissions were causing global warming passed from the scientific community into the political realm. Research increased, bureaucracies were formed, international committees met, and eventually the Kyoto protocol was signed in 1997 to curb carbon emissions.

"Correlation is not causation, but in a rough sense it looked like a fit."

The political realm in turn fed money back into the scientific community. By the late 1990s, lots of jobs depended on the idea that carbon emissions caused global warming. Many of them were bureaucratic, but there were a lot of science jobs created too.

I was on that gravy train, making a high wage in a science job that would not have existed if we didn't believe carbon emissions caused global warming. And so were lots of people around me; there were international conferences full of such people. We had political support, the ear of government, big budgets. We felt fairly important and useful (I did anyway). It was great. We were working to save the planet!

But starting in about 2000, the last three of the four pieces of evidence above fell away. Using the same point numbers as above:

Better data shows that from 1940 to 1975 the earth cooled while atmospheric carbon increased. That 35 year non-correlation might eventually be explained by global dimming, only discovered in about 2003.

The temporal resolution of the ice core data improved. By 2004 we knew that in past warming events, the temperature increases generally started about 800 years before the rises in atmospheric carbon. Causality does not run in the direction I had assumed in 1999 — it runs the opposite way!

It took several hundred years of warming for the oceans to give off more of their carbon. This proves that there is a cause of global warming other than atmospheric carbon. And while it is possible that rising atmospheric carbon in these past warmings then went on to cause more warming ("amplification" of the initial warming), the ice core data neither proves nor disproves this hypothesis.

There is now a credible alternative suspect. In October 2006 Henrik Svensmark showed experimentally that cosmic rays cause cloud formation. Clouds have a net cooling effect, but for the last three decades there have been fewer clouds than normal because the sun's magnetic field, which shields us from cosmic rays, has been stronger than usual. So the earth heated up. It's too early to judge what fraction of global warming is caused by cosmic rays.

There is now no observational evidence that global warming is caused by carbon emissions. You would think that in over 20 years of intense investigation we would have found something. For example, greenhouse warming due to carbon emissions should warm the upper atmosphere faster than the lower atmosphere — but until 2006 the data showed the opposite, and thus that the greenhouse effect was not occurring! In 2006 better data allowed that the effect might be occurring, except in the tropics.

The only current "evidence" for blaming carbon emissions are scientific models (and the fact that there are few contradictory observations). Historically, science has not progressed by calculations and models, but by repeatable observations. Some theories held by science authorities have turned out to be spectacularly wrong: heavier-than-air flight is impossible, the sun orbits the earth, etc. For excellent reasons, we have much more confidence in observations by several independent parties than in models produced by a small set of related parties!

Let's return to the interaction between science and politics. By 2000 the political system had responded to the strong scientific case that carbon emissions caused global warming by creating thousands of bureaucratic and science jobs aimed at more research and at curbing carbon emissions.

"Science has not progressed by calculations and models, but by repeatable observations."

But after 2000 the case against carbon emissions gradually got weaker. Future evidence might strengthen or further weaken it. At what stage of the weakening should the science community alert the political system that carbon emissions might not be the main cause of global warming?

None of the new evidence actually says that carbon emissions are definitely not the cause of global warming, there are lots of good science jobs potentially at stake, and if the scientific message wavers then it might be difficult to later recapture the attention of the political system. What has happened is that most research efforts since 1990 have assumed that carbon emissions were the cause, and the alternatives get much less research or political attention.

Unfortunately politics and science have become even more entangled. Climate change has become a partisan political issue, so positions become more entrenched. Politicians and the public prefer simple and less-nuanced messages. At the moment the political climate strongly blames carbon emissions, to the point of silencing critics.

The integrity of the scientific community will win out in the end, following the evidence wherever it leads. But in the meantime, the effect of the political climate is that most people are overestimating the evidence that carbon emissions are the main cause of global warming.

I recently bet $6,000 that the rate of global warming would slow in the next two decades. Carbon emissions might be the dominant cause of global warming, but I reckon that probability to be 20% rather than the 90% the IPCC estimates.

I worry that politics could seriously distort the science. Suppose that carbon taxes are widely enacted, but that the rate of global warming increase starts to decline by 2015. The political system might pressure scientists to provide justifications for the taxes.

$15

Imagine the following scenario. Carbon emissions cause some warming, maybe 0.05C/decade. But the current warming rate of 0.20C/decade is mainly due to some natural cause, which in 15 years has run its course and reverses. So by 2025 global temperatures start dropping. In the meantime, on the basis of models from a small group of climate scientists but with no observational evidence (because the small warming due to carbon emissions is masked by the larger natural warming), the world has dutifully paid an enormous cost to curb carbon emissions.

Politicians, expressing the anger and apparent futility of all the unnecessary poverty and effort, lead the lynching of the high priests with their opaque models. Ironically, because carbon emissions are raising the temperature baseline around which natural variability occurs, carbon emissions might need curbing after all. Maybe. The current situation is characterized by a lack of observational evidence, so no one knows yet.

Some people take strong rhetorical positions on global warming. But the cause of global warming is not just another political issue, subject to endless debate and distortions. The cause of global warming is an issue that falls into the realm of science, because it is falsifiable. No amount of human posturing will affect what the cause is. It just physically is there, and after sufficient research and time we will know what it is.

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David Evans, a mathematician, and a computer and electrical engineer, is head of Science Speak. Send him mail. Comment on the blog.

# December 3, 2008 6:56 AM