May 20, 2008 - Posts
Por Hans Hermann Hoppe
Convencionalmente el estado se define como una agencia con dos características únicas. La primera, que es un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro último en todos los casos de conflicto, incluyendo aquellos conflictos en los cuales se ve envuelto el mismo estado. La segunda, el estado es un monopolio territorial de impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden.
Previsiblemente, si alguien puede apelar por justicia solamente ante el estado, tal justicia se pervierte a favor del estado. El monopolio, de última instancia en la toma de decisiones, en vez de resolver conflictos los provoca con el fin de decidirlos a su favor. Peor aún, mientras disminuye la calidad de la justicia, su precio irá en aumento. Motivado, como cualquiera, por interés propio, pero armado del poder de gravar con impuestos, la meta de los agentes estatales es siempre la misma: maximizar el ingreso y minimizar el esfuerzo productivo.
Estado, Guerra, e Imperialismo
En vez de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del estado, me enfocaré más bien en sus consecuencias externas, es decir, en su política externa más bien que en su política doméstica.
Por un lado, al ser una agencia que pervierte la justicia y grava con impuestos, todo estado sufre la amenaza de la “emigración”. Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y de la perversión de la ley. Y esto a ningún estado le gusta. En vez de ver encoger su base tributaria y su rango de control, los agentes preferirían que se ampliase. Pero entonces entrarían en conflicto con otros estados. A diferencia de la competencia entre personas e instituciones “naturales”, la competencia entre estados es eliminatoria. Es decir, en un área dada, sólo puede existir un monopolio de toma última de decisiones y de impuestos. En consecuencia entre los diferentes estados se promueve la tendencia hacia la centralización política y finalmente hacia un estado único mundial.
Más aún, como monopolios de toma última de decisiones, financiados por impuestos, los estados son instituciones inherentemente agresivas. Mientras las personas e instituciones “naturales” tienen que soportar por sí mismas el costo de su comportamiento agresivo (lo que les induce a abstenerse de tal conducta), los estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes.
Esta es la razón por la cual los agentes estatales se inclinan a ser provocadores y agresores y se puede esperar que el proceso de centralización proceda mediante choques violentos, es decir, guerras interestatales.
Más aún, dado que los estados tienen que comenzar siendo pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto de una multitud de unidades territoriales independientes, podríamos decir algo más bien específico acerca de lo requerido para el éxito. La victoria o la derrota en la guerra interestatal depende de muchos factores, claro, pero si otros factores tal como el tamaño de la población permanecieran iguales, a largo plazo, el factor decisivo sería la cantidad de recursos a disposición del estado. Con impuestos y regulaciones los estados no contribuyen a la creación de riqueza económica. Más bien, al estilo de parásitos, los estados se lucran de la riqueza existente. Los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la riqueza existente. Pero si suponemos que otras cosas permanecen constantes, mientras más bajas sean las cargas impositivas y las regulaciones impuestas a la economía doméstica, más tenderá a crecer la población y mayor el monto de la riqueza producida domésticamente de la cual el estado puede echar mano en sus conflictos con los competidores vecinos. Es decir, los estados que gravan y regulan sus economías relativamente poco – los estados liberales – tienden a expandir sus territorios o su rango de control hegemónico a expensas de, y a derrotar a, otros estados menos liberales.
Esto explica por ejemplo, porqué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo y no todo lo contrario. Más específicamente, explica porqué primero los holandeses, luego los británicos y finalmente, en el siglo 20, los Estados Unidos, llegaron a ser la potencia imperial dominante, y porqué los Estados Unidos, internamente uno de los estados más liberales, ha tenido la política externa más agresiva, mientras que la Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente iliberales (represivas) ha mantenido una política externa comparativamente mas pacífica y cauta. Los Estados Unidos sabían que podían derrotar militarmente a cualquier otro estado y por tanto han sido agresivos. En contraste, la Unión Soviética sabía que estaba destinada a perder una confrontación con cualquier estado de tamaño sustancial a menos que pudiera vencer en unos pocos días o semanas.
Desde la Monarquía con Guerras de Ejércitos hasta la Democracia con Guerras Totales
Históricamente, la mayoría de los estados han sido monarquías, encabezadas por monarcas o príncipes absolutos o constitucionales. Es interesante preguntar porqué es esto así, pero ahora debemos hacer a un lado la pregunta. Es suficiente decir que los estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por presidentes o primeros ministros, eran escasas hasta la Revolución Francesa y sólo hasta después de la Primera Guerra Mundial llegaron a tener importancia histórica mundial.
Mientras que se deben esperar inclinaciones agresivas de todos los estados, la estructura incentiva encarada por los monarcas tradicionales por un lado y por los presidentes modernos por el otro, es suficientemente diferente para registrar diferentes clases de guerras. Mientras que los reyes se veían como propietarios privados del territorio bajo su control, los presidentes se consideran a sí mismos como custodios temporales. El propietario de un recurso se preocupa por el ingreso corriente derivado del recurso y del valor del capital representado por el mismo (como un reflejo del ingreso futuro esperado). Sus intereses son a largo plazo, con preocupación por la preservación y el acrecentamiento de los valores de capital representados en “su” país. En contraste, el custodio temporal de un recurso (visto como propiedad pública más que como propiedad privada) se preocupa primariamente por el ingreso corriente y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.
La secuela empírica de estas estructuras con estos diferentes incentivos es que las guerras monárquicas tendieron a ser “moderadas” y “conservadoras” al compararlas con las guerras democráticas.
Las guerras monárquicas se iniciaban en disputas por herencias generadas por una complicada red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por tener objetivos territoriales tangibles. No eran peleas motivadas ideológicamente. El público consideraba la guerra como un negocio privado del rey, que se financiaba y ejecutaba con el dinero y las fuerzas militares propias del rey. Más aún, como eran conflictos entre familias gobernantes, los reyes se sentían compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y dirigían sus esfuerzos de guerra exclusivamente contra los territorios de cada uno de ellos y de sus familias. El historiador Michael Howard anotaba acerca de las guerras monárquicas del siglo 18:
En el continente (europeo) el comercio, los viajes, el intercambio científico y cultural continuó casi sin estorbos durante la guerra. Las guerras eran guerras de los reyes. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos y la sana economía política dictaba que debía dejársele solo para que hiciera el dinero del cual se pagarían esos impuestos. No se le exigía que participara ni en la decisión por la cual se inició la guerra, ni tomaba parte en ellas una vez que empezaban, a no ser que lo empujara el espíritu de aventura juvenil. Estos temas eran arcane regni, preocupación del soberano solamente. [La Guerra en la Historia Europea, 73]
Similarmente Ludwig von Mises observaba acerca de las guerras de ejércitos:
En las guerras de ejércitos, el ejército combate y los ciudadanos que no son miembros del ejército, continúan con sus vidas normales. Los ciudadanos pagaban los costos de la guerra, pagaban por el mantenimiento y el equipo del ejército, pero de otra manera permanecían fuera de los eventos de la guerra. Podía pasar que por acciones de guerra demolieran sus casas, devastaran sus tierras, y destruyeran sus demás propiedades; pero esto también era parte de los costos de la guerra que tenían que sufragar. También podía suceder que fueran víctimas del saqueo, o de la muerte, por parte de los guerreros, aún de aquellos de su “propio” ejército. Pero estos eventos no son inherentes como tales a la guerra; estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si quienes tienen el mando, tienen completo control sobre sus tropas. El estado en guerra que ha formado, equipado y mantenido el ejército considera el saqueo por parte de sus soldados como una ofensa; eran empleados para combatir, no para saquear por su propia cuenta. El estado quiere mantener la cotidianidad de la vida civil, porque quiere preservar la capacidad de pagar impuestos de sus ciudadanos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para atender los requerimientos de la guerra. [Nationalökonomie, 725–26]
En contraste con la guerra limitada del antiguo régimen, la era de las guerras democráticas, - que se iniciaron con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuaron durante el siglo 19 con la Guerra de Independencia del Sur Americano, y que alcanzaron su cúspide durante el siglo 20 con la Primera y Segunda Guerras Mundiales – ha sido la era de la guerra total.
Al desdibujarse la distinción entre gobernados y gobernantes (“nosotros mismos nos gobernamos”), la democracia reforzó la identificación del público con el estado en particular. Más bien que disputas dinásticas por propiedades que podían resolverse mediante conquista y ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: choques de civilizaciones, que solamente se resolvían mediante dominación, subyugación y si fuera necesario, exterminio cultural, lingüístico y religioso. Fue cada vez más difícil para los miembros del público sustraerse ellos mismos de inmiscuirse personalmente en la guerra. La resistencia contra mayores impuestos para financiar la guerra fue considerada como traición. Porque el estado democrático, a diferencia con la monarquía, era propiedad de todos, la conscripción pasó de ser la excepción a ser la regla general. Con ejércitos masivos de conscriptos baratos y fácilmente disponibles, el pelear por metas e ideales nacionales, con el respaldo de los recursos económicos de la nación entera, cayó por la borda la distinción entre combatientes y no-combatientes. El daño colateral ya dejo de ser un efecto secundario indeliberado y se convirtió en parte integral de la guerra. “Una vez el estado cesó de ser considerado como propiedad de los príncipes dinásticos”, anota Michael Howard,
y en vez de eso se convirtió en el instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, que permitió a un número mayor de la población ver en ese estado la encarnación de un bien absoluto, por el que ningún precio a pagar es demasiado alto, ningún sacrificio es demasiado grande, y por lo tanto las ‘contiendas temperadas e indecisivas’ de la edad rococó parecen mas bien anacronismos absurdos. [ibid. 75-76]
El historiador militar y Mayor General J. F. C. Fuller hace similares observaciones:
La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de democracia, sobre la guerra fue profunda, le impartió calidad emocional a la guerra y en consecuencia la brutalizó, ejércitos nacionales peleaban contra naciones, ejércitos reales peleaban contra sus similares, los primeros obedecían a una turba – siempre enloquecida, los últimos a un rey generalmente cuerdo. Todo esto se desprendió de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción – guerra de rebaños, y el rebaño acoplado a la financiación y al comercio, han engendrado nuevos ámbitos a la guerra. Porque una vez que la nación entera pelea, el crédito nacional entero está disponible para propósitos de la guerra. [La Guerra y la Civilización Occidental, 26-27]
Y William A. Orton resume el tema así:
Las guerras del siglo 19 se mantuvieron dentro de límites por la tradición bien reconocida en la ley internacional, que la propiedad y los negocios civiles estaban por fuera del ámbito del combate.
Los bienes civiles no estaban expuestos a secuestro o a expropiación arbitrarios, y aparte de ciertas estipulaciones territoriales y financieras como las que un estado podría imponer a otro, generalmente era permitida la continuación de la vida económica y cultural de los beligerantes casi como venía siendo.
La práctica del siglo 20 ha cambiado todo esto. Durante ambas Guerras Mundiales un número ilimitado de listas de contrabando apareadas a declaraciones unilaterales de leyes marítimas pusieron toda suerte de comercios en peligro, y convirtieron en papel usado toda clase de precedentes.
El final de la Primera Guerra fue marcado por un esfuerzo resuelto, y exitoso, para impedir la recuperación económica de los principales perdedores, y para retener ciertas propiedades civiles. La Segunda Guerra vio la extensión de esa política llegar a tal punto que la ley internacional en guerra, en efecto, dejó de existir.
Por años el Gobierno de Alemania, hasta donde sus armas podían alcanzar, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía postura en la ley civil, ni en la ley internacional, ni en la ética cristiana; y cuando la guerra empezó, esa violación de la cortesía entre naciones demostró ser contagiosa.
La dirigencia Anglo-americana, de palabra y obra, lanzó una cruzada que no admitía límites legales ni territoriales al ejercicio de la coacción. El concepto de neutralidad fue condenado tanto en la teoría como en la práctica.
No sólo los activos e intereses del enemigo, sino también los activos e intereses de cualesquiera otras partes, aún en países neutrales, estuvieron expuestos a toda clase de coacción que los países beligerantes pudieran hacer efectiva; y los activos e intereses de estados neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control beligerante, fueron sujetos prácticamente a la misma clase de coacción a que estaban sujetos los enemigos nacionales. Así que la “guerra total” vino a ser el tipo de guerra de la que no había esperanza de escapar para ningún tipo de comunidad; y los países amantes de la paz debían sacar la conclusión obvia. [La Tradición Liberal: un Estudio de las Condiciones Sociales y Espirituales de la Libertad, 251–52]
Excursus: La Doctrina Democrática de la Paz
He explicado cómo la institución de un estado conduce a la guerra, porqué, aunque aparentemente paradójico, estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la de-civilización en la conducción de la guerra.
Más específicamente, he explicado el ascenso de los Estados Unidos al rango del más alto poder imperial, y, como consecuencia de su sucesiva transformación, desde sus más tempranos principios como una república aristocrática, a una irrestricta democracia masiva que empezó con la Guerra Sureña de Independencia, el papel de los Estados Unidos es, cada vez más, el de un agitador arrogante, autosuficiente y fanático.
Los que parecen ser los mayores obstáculos en el camino a la paz y a la civilización, son entonces, el estado y la democracia, y específicamente el modelo mundial de democracia: los Estados Unidos de América. Irónicamente, si no es sorprendente, son precisamente los Estados Unidos los que reclaman que la democracia es la solución en la búsqueda de la paz.
La razón de esta manifestación es la doctrina de la paz democrática, que viene de tiempos antiguos, desde los días de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial y que ha sido revivida por George W. Bush y sus consejeros neo-conservadores, y que ahora se ha convertido en folklore intelectual aún para los círculos liberal-libertarios. La teoría sostiene:
· Las democracias no van a la guerra entre ellas.
· Por tanto, para lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.
Y como corolario, en gran parte no declarado:
· Hoy, muchos estados que no son democráticos y se resisten a una reforma (democrática) interna.
· Por tanto debemos emprender la guerra contra esos estados para convertirlos a la democracia y lograr una paz duradera.
No tengo paciencia para hacer una crítica formal de esta teoría. Haré meramente una crítica breve a la premisa inicial y a su conclusión final.
Primero: ¿No van las democracias a la guerra entre si? Ya que casi no existían democracias antes del siglo 20 se supone que la respuesta debe encontrarse en los últimos cien años o algo así. De hecho el mayor volumen de evidencia ofrecida a favor de la tesis es la observación de que los países de Europa Occidental no han emprendido la guerra entre ellos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.
Igualmente, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no ha estallado la guerra entre ellos durante el mismo período. ¿Es esta evidencia prueba del caso? Los teóricos de la paz democrática así lo creen. Como científicos están interesados en pruebas estadísticas, y tal como ellos lo ven hay abundantes “casos” sobre los cuales construir la prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido a la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Más aún, y estas son sólo permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania. Así que aparentemente tenemos docenas de confirmaciones – y esto durante casi 60 años – y ni un solo contra-ejemplo. ¿Pero es cierto que tenemos tantos casos de confirmación?
La respuesta es no: tenemos más de un caso singular a la mano. Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, esencialmente toda (la que hoy es democrática) Europa Occidental, (y en la región del Pacífico las democracias de Japón y Corea del Sur) han venido a ser parte del Imperio de los Estados Unidos, tal como lo indica la presencia de tropas en prácticamente todos estos países. Lo que prueba el período posterior a la Segunda Guerra Mundial no es que las democracias no vayan a la guerra entre ellas sino que la potencia imperial y hegemónica que son los Estados Unidos no deja que sus colonias vayan a la guerra entre ellas (y claro, la hegemonía no ve necesario ir a la guerra contra sus satélites - porque han obedecido – y no ven la necesidad de, o no se atreven a, desobedecer al amo).
Es más, si el asunto se percibe así – basados en un entendimiento de la historia mas que en la ingenua creencia de que porque una entidad tiene un nombre diferente de otra, el comportamiento de una y otra debe ser independiente – se ve claro que la evidencia presentada nada tiene que ver con democracia y si mucho con hegemonía. Por ejemplo, no ha estallado la guerra después de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de los años 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de Rusia, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc.
¿Que son dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra entre si? ¡Esta tendría que ser la conclusión de científicos del calibre de los teóricos de la paz democrática! Pero con seguridad la conclusión está errada. No estalló guerra alguna porque la Unión Soviética no permitió que así sucediera; en igual forma no hubo guerra entre las democracias occidentales porque los Estados Unidos no permitieron que esto sucediera en sus dominios. Para más claridad, la Unión Soviética intervino Hungría y Checoslovaquia, pero también los Estados Unidos intervinieron varias ocasiones en América Central, como Guatemala, por ejemplo. (Incidentalmente: ¿que tal las guerras entre Israel, Palestina y Líbano? ¿No son todas ellas democracias? ¿O por definición se excluyen los países árabes como no-democráticos?
Segundo: La democracia no es solución de cosa alguna, mucho menos de la paz. Ahí el caso de los teóricos de la paz democrática parece ser aún peor. Sin duda la falta de entendimiento histórico que demuestran es aterradora. Estas son sólo algunas de sus fallas fundamentales:
Primero, la teoría implica la (cual sólo podemos calificar como escandalosa) fusión conceptual de los términos democracia y libertad, especialmente viniendo de personajes autoproclamados libertarios. La base fundamental de la libertad es la propiedad privada y la propiedad privada (exclusiva) es lógicamente incompatible con la democracia – el gobierno de la mayoría. Democracia no tiene nada que ver con libertad. Democracia es una variante suave del comunismo, y sólo en raras ocasiones se le ha tomado por otra cosa en la historia de las ideas. Incidentalmente, antes de la irrupción de la era de la democracia, es decir, a principios del siglo 20, los gastos del gobierno (del estado) financiados con impuestos (combinando toda clase de gobiernos) en los países de Europa Occidental constituían entre el 7 y 15% del producto nacional y en los jóvenes Estados Unidos eran aún más bajos. A menos de cien años del pleno gobierno de las mayorías este porcentaje ha aumentado al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.
Segundo, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, esta última llamada dictadura para abreviar. En esta forma no solamente desaparecen de vista los regimenes aristocrático-republicanos, sino también todas las monarquías tradicionales, que son muy importantes para nuestros propósitos. Se les equipara con dictaduras tipo Lenin, Mussolini, Hitler, Stalin y Mao. Es indudable que las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras, mientras que la democracia y las dictaduras están íntimamente relacionadas.
Las monarquías son una rama semi-orgánica de un orden social natural jerárquicamente estructurado (no estatal). Los reyes son las cabezas de familias extendidas, clanes, tribus, y naciones. Ejercen una gran autoridad, reconocida voluntariamente, heredada y acumulada durante muchas generaciones. Es dentro de la estructura de tal orden natural (y de las repúblicas aristocráticas) que se desarrolló y floreció el liberalismo. Por contraste, las democracias desde este punto de vista son igualitarias y redistribucionistas en perspectiva; como consecuencia, el antes mencionado crecimiento del poder estatal en el siglo 20. Característicamente, la transición de la era monárquica a la democrática, la cual principió en la segunda mitad del siglo 19, ha visto el continuo decaimiento en la fuerza de los partidos liberales y el correspondiente reforzamiento de partidos socialistas de todo calibre.
Tercero, de ahí que debe ser considerada como grotesca la visión, de los teóricos de la paz democrática, de conflagraciones como la Primera Guerra Mundial, por lo menos desde la panorámica de alguien que alega valorar la libertad. Para ellos esta guerra fue esencialmente una guerra entre democracia y dictadura, una guerra en última instancia justificada porque al aumentar progresivamente el número de democracias, en igual forma se expandía la paz.
En realidad las cosas fueron muy diferentes. Con certeza, ni Alemania antes de la guerra, ni Austria, se pueden calificar de ser tan democráticas como Inglaterra, Francia o Estados Unidos en ese mismo período. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras. Ellas eran monarquías (cada vez más debilitadas) y como tales teóricamente tan liberales, sino más, que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos los pacifistas fueron encarcelados, la lengua alemana esencialmente proscrita, los ciudadanos de origen alemán fueron amenazados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Y sin embargo, nada comparable ocurrió en esa época en Austria y Alemania.
De todas maneras el resultado de la cruzada para lograr un mundo mas apropiado para la democracia fue menos liberal del que existía anteriormente (y el Tratado de Paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo el poder del estado creció más después de la guerra que antes, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En la recién fundada Checoslovaquia los ciudadanos de origen alemán fueron maltratados sistemáticamente por la mayoría checa, (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y asesinados por decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial). Nada de esto, ni siquiera remotamente parecido, sucedió a los checos durante el previo reinado de los Ausburgos. Antes de la guerra, la situación de las relaciones entre alemanes y eslavos sureños en Austria fue similar en ese aspecto a la situación en Yugoslavia después de la guerra.
No fue coincidencia. En Austria, bajo la monarquía, las minorías habían sido relativamente tan bien tratadas, tanto como bajo los Otomanos. Sin embargo después del multicultural Imperio Otomano, que se desintegró durante el siglo 19 y fue reemplazado por naciones-estados semi-democráticos tales como Grecia, Bulgaria, etc., los musulmanes otomanos fueron expulsados y exterminados; en forma similar, después del triunfo de la democracia en los Estados Unidos, con la conquista militar de la Confederación Sureña, el gobierno de la Unión procedió a exterminar a los Indios de las praderas. Como Mises lo ha reconocido, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No sólo no propicia la paz sino que promueve conflictos y tendencias potencialmente genocidas.
Cuarto, e íntimamente relacionado con el tema que tratamos, los teóricos de la paz democrática manifiestan que la democracia representa un “equilibrio” estable. Así ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama quien ha llamado el nuevo orden democrático mundial como el “fin de la historia”. Sin embargo existe evidencia abrumadora de que esta expresión es rotundamente errónea.
En terrenos teóricos: ¿como puede la democracia estar en equilibrio estable si es posible que ella misma se transforme democráticamente en una dictadura, es decir, en un sistema que es considerado como no estable? Respuesta: No tiene sentido.
Más aún, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como antes lo hemos indicado, en las sociedades multiculturales la democracia regularmente conduce a discriminación, opresión, y aún a expulsión y a exterminio de minorías – difícilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia conduce regularmente a la guerra de clases, la cual las lleva a crisis económicas, que conducen a la dictadura. Piénsese por ejemplo en la Rusia post-zarista, en Italia, Alemania Weimar, España, Portugal, después de la Primera Guerra Mundial y en tiempos más recientes Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán. Y hoy Venezuela.
Esta relación estrecha entre democracia y dictadura no sólo es problemática para los teóricos de la paz democrática, peor aún, tienen que enfrentar la realidad de las dictaduras que surgen de las crisis democráticas, las cuales son cada vez peores, desde el punto de vista liberal clásico o libertario, de lo que hubieran sido de otra manera. Se pueden citar casos en los cuales las dictaduras eran preferibles y aún más, un mejoramiento sustancial. Piénsese en la Italia de Mussolini o en la España de Franco. Adicionalmente, ¿como puede uno aceptar la visión ingenua de abogar por la democracia ante el hecho de que los dictadores, bien diferente a lo que ocurre con los reyes quienes deben su rango a un accidente de nacimiento, sean con frecuencia favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Piense no más en Lenin o en Stalin, quienes realmente fueron bastante más democráticos que el Zar Nicolás II, o piense en Hitler quien definitivamente era más democrático y “hombre del pueblo” que el Káiser Guillermo II y que el Káiser Francisco José.
De acuerdo a los teóricos de la paz democrática se supone que debemos combatir contra las dictaduras extranjeras, bien sean reyes o demagogos, para poder instalar democracias que a su vez se conviertan en dictaduras (modernas), hasta que finalmente, supone uno, los Estados Unidos se hayan transformado en una dictadura, debido al crecimiento del poder estatal interno resultante de las innumerables “emergencias” engendradas por guerras foráneas.
Mejor, diría yo, pongamos atención al consejo de Erik von Kuehnelt-Leddihn y en vez de buscar proteger a la democracia, debemos apuntar a protegernos de la democracia, en todas partes, pero sobretodo en los Estados Unidos.
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
Por Darryl Robert Schoon.
May 12, 2008
Los mercados financieros mundiales se encuentran en “cuidados intensivos” tras la contracción del crédito de agosto de 2007. Se cree que los banqueros centrales están tratando de restablecer los mercados para ayudar a la economía. En verdad, son como las compañías de seguros luchando por mantener con vida a un cliente rico para que continúe pagando las primas y aplazando así el fuerte desembolso por su muerte.
Han pasado sólo nueve meses desde que los mercados de crédito se congelaron inesperadamente en agosto de 2007. Los banqueros centrales que se vieron sorprendidos por la contracción de crédito del verano de 2007 ahora esperan que el peligro haya pasado. Pero están a punto de ser sorprendidos de nuevo.
Hemos sido testigos del destape de niveles históricos de deuda causada por el banco central al emisitir dinero basado en deuda. No es inesperado que esta emisión, llevada a cabo durante más de trescientos años, haya dado lugar a una deuda de billones de dólares que aumenta exponencialmente. Tampoco es inesperado que algún día esta deuda pudiese llegar a ser imposible de pagar.
Este hecho ocurrió en agosto de 2007. De un momento a otro, compradores de deuda, necesitados de ingresos garantizados corriente abajo se dieron cuenta que $ 1,5 billones en documentos valorados como AAA y respaldados en hipotecas de crédito dudoso no serían reembolsados como se esperaba. Las consecuencias de este hecho están en marcha actualmente.
Cuando esto ocurrió, los mercados de crédito se congelaron. El día del Juicio temido por los kreditmeisters (amos del crédito) había llegado. Desde entonces, los banqueros centrales han estado dedicados, con furia, a proporcionar liquidez a los bancos y a los intermediarios de crédito, con la esperanza de restablecer la confianza en los mercados, pero más liquidez no restablecerá la confianza en la deuda más de lo que más dinero satisfaría el alma.
Una vez que los compradores de deuda se dieron cuenta de que ya no podían confiar en la deuda denominada AAA, el riesgo sistémico para el capitalismo se disparó. La fundación del capitalismo, el sistema creado por los banqueros de papel moneda basado en deuda, significa confianza y cuando jugamos a la confianza, no hay nada más absolutamente importante que la misma confianza.
Todos los aspectos del comercio se vieron afectados cuando la banca moderna sustituyó el oro y la plata por un sistema de papel moneda impulsado por crédito basado en deuda. El papel moneda sin valor intrínseco, su método de apalancamiento y el capitalismo, son totalmente dependientes de la fe y la confianza, y esa confianza fue sacudida en agosto de 2007. Que el daño, sea o no, irreparable, queda por verse.
Si bien el crédito impulsado por papel moneda produce crecimiento, lo hace a costa de la estabilidad. La economía mundial de hoy, de varios billones (trillones en América) de dólares se basa en la “amalgama de los banqueros”, una amarga colección de crédito, deuda y codicia especulativa, una explosiva combinación que es cada vez más inestable, y que crece y ha venido creciendo durante más de trescientos años.
El momento del capitalismo de Minsky.
El del difunto economista, Hyman Minksy, es un nombre que se escucha cada vez más en estos tiempos cada vez más problemáticos. La hipótesis de Minsky's fue bastante directa y clara: que así mismo como los mercados de capital maduran, se vuelven más inestables, y con el tiempo las inversiones se tornan cada vez más especulativas, que conducen a una creciente inestabilidad la cual culmina en correcciones del mercado cuya severidad es función de los excesos anteriores.
Dos excelentes referencias de Minsky son:
Thomas Tan, Introducción a la Teoría de Minsky, ver http://news.goldseek.com/GoldSeek/1210140240.php y Doug Noland, Nueva visita al capitalismo del arbitraje financiero, en http://www.prudentbear.com/index.php/archive_menu?art_id=5061 Ambos artículos arrojan luz sobre las explicaciones de Minsky acerca del porqué los mercados se están desmoronando y continuarán haciéndolo.
El tiempo es un ingrediente clave en las observaciones de Minsky sobre la inestabilidad de los mercados de capital. Los mercados de capital llegaron a su existencia en 1694 cuando se estableció como banco central el Banco de Inglaterra. Los siguientes trescientos y tantos años han dado tiempo más que suficiente a los mercados de capital para madurar - y colapsar. El momento de Minsky, la maligna maduración de los mercados, está ahora al alcance de la mano.
La deuda - maldito sea el nudo que nos ata.
El mundo está ahora más encadenado que nunca por los eslabones de la deuda que cruzan las fronteras nacionales. La globalización no es sino el nombre de la propagación del sistema bancario central de Inglaterra que ha dado a los banqueros control sobre el aumento de la productividad mundial, mientras virtualmente endeudan a toda la humanidad.
Los mercados de capital basados en crédito y deuda necesitan ampliarse continuamente para atender los niveles crecientes de deuda previamente creados. Cuando Inglaterra estuvo bajo un sistema basado en crédito, su creciente deuda podría ser absorbida, siempre y cuando se expandiera el Imperio, pero cuando se frenó la expansión en Inglaterra, también se frenó su economía.
El dilema de necesitar una continua expansión económica se vive ahora a escala mundial. Hoy por hoy, el mundo entero tiene establecido un sistema de banca central como el de Inglaterra, basado en deuda, y por consiguiente, a menos que la economía mundial siga creciendo, la igualmente creciente estructura de la deuda global se derrumbará.
Cuando los mercados globales de crédito hicieron implosión en agosto de 2007, comenzó la contracción de la economía mundial. Desde entonces, a pesar de los esfuerzos de los bancos centrales, el crecimiento mundial ha seguido siendo lento, y, una vez que la contracción actual haya terminado de recorrer su curso, el mundo será un lugar muy diferente de lo que es hoy en día.
Han pasado sólo nueve meses desde que se congelaron los mercados de crédito y la incertidumbre sustituyó la arrogancia de los, hasta ese momento optimistas, banqueros del mundo. Hace sólo un año, el FMI hacía la predicción de que tendríamos otro año de fuerte crecimiento, ahora lo ven de otra manera.
Cuando todo el mundo está ciego, los ciegos creen que pueden ver.
Hoy en día, los banqueros no entienden el problema que afrontan porque lo que está ocurriendo nunca había ocurrido antes - al menos a ellos. La Gran Depresión fue la última vez que ocurrió que una crisis financiera a esta escala, pero las lecciones de la Gran Depresión fueron para otra generación y la experiencia la deben aprender aquellos que nunca la vivieron.
Por desgracia, todos vamos a aprender la lección, ya que tenemos que pagar por lo que colectivamente olvidamos y conscientemente negamos. Todos, inclusive los últimos en llegar al mercado de capitales del Asia, somos vulnerables al hundimiento del barco de crédito y deuda construido por los banqueros occidentales durante los últimos trescientos años.
Que tanto flotó.
Que tan rápido se hundió.
En mayo de 2008 nos encontramos en la cúspide de la crisis. Aquellos que todavía se niegan a aceptarlo tienen la esperanza de que estemos más cerca del final que del principio, pero, si estamos cerca, significa que el descenso será rápido y brutal, en lugar de prolongado y dolorosamente lento. De cualquier manera, el final será el mismo.
La cadena de la deuda construida por los banqueros ya nos ha conectado a todos, a solventes e insolventes por igual. La solvencia personal servirá de escasa protección cuando países, familiares, vecinos, bancos, empleadores y empleados queden insolventes. El oro y la plata serán unos de los pocos salvavidas y la fe tendrá un valor inestimable.
Nota: voy a hablar en la IV Sesión de la Universidad Viva del Patrón Oro (GSUL por su nombre en Inglés) del Profesor E. Antal Fekete entre Julio 3 y 6 de 2008, en Szombathely, Hungría. Si usted está interesado en cuestiones monetarias y en el oro, no debe desaprovechar la oportunidad de escuchar al profesor Fekete. Una lectura de los temas del profesor Fekete puede convencerlo de asistir. El Profesor Fekete es, en mi opinión, un gigante en tiempo de enanos. (Ver http://www.professorfekete.com/gsul.asp ).
Darryl Robert Schoon.
www.survivethecrisis.com
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Por Hans Hermann Hoppe
Sólo, en su isla, Robinsón Crusoe puede hacer cualquier cosa que le plazca. Para él no existen preguntas con respecto a reglas organizadas de conducta humana, cooperación social. Simplemente no salen a flote. Esta pregunta sólo puede surgir una vez llegue una segunda persona a la isla, Friday. Mas aún, la pregunta en gran parte no es pertinente mientras no haya escasez.
Supongamos que la isla es el Jardín del Edén; todos los bienes externos están disponibles en superabundancia. Son "bienes gratuitos," tal como el aire que respiramos el cual es normalmente "gratis". Cualquier cosa que Crusoe haga con estos bienes, no tendrá repercusiones – ni con respecto a su futuro suministro, ni al suministro presente ni futuro de bienes para Friday (y viceversa). De ahí que, es imposible que haya conflictos entre Crusoe y Friday con respecto al uso de tales bienes. El conflicto es posible solamente si los bienes son escasos. Sólo entonces surgirá la necesidad de formular reglas que hagan posible una cooperación social ordenada y libre de conflictos.
En el Jardín del Edén existen sólo dos bienes escasos: el cuerpo físico de la persona y el espacio en que se para. Crusoe y Friday tienen sólo un cuerpo y pueden pararse sólo en un lugar en determinado momento. De ahí que, aún en el Jardín del Edén puedan surgir conflictos: Crusoe y Friday no pueden ocupar el mismo espacio simultáneamente sin entrar en conflicto físico el uno con el otro. Por consiguiente, aún en el Jardín del Edén deben existir reglas de conducta social ordenada – reglas con respecto a la ubicación y al movimiento apropiado de los cuerpos humanos. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, debe haber reglas no sólo para el uso de los cuerpos personales sino también para todo bien escaso, y así poder excluir toda posibilidad de conflictos. Este es el problema del orden social.
La Concepción Liberal Clásica del Orden Social
En la historia del pensamiento social y político, se han hecho innumerables propuestas para solucionar el problema del orden social, y esta variedad de propuestas, mutuamente incompatibles, con frecuencia ha contribuido a que la búsqueda de una solución única y "correcta" se haya considerado ilusoria. Pero si existe una solución correcta. No hay razón para sucumbir al relativismo moral. La solución ha sido conocida durante centenares de años. En tiempos modernos esta solución sencilla ha sido íntimamente asociada con el "liberalismo clásico".
Permítanme formular la solución, primero para el caso especial representado por el Jardín del Edén y subsiguientemente para el caso general representado por el mundo "real" donde todo es escasez y luego indicaré brevemente porqué esta solución debe ser considerada justa y además, económica.
En el Jardín del Edén, la solución es proporcionada por una sencilla regla que establece que todos puedan colocar o mover su propio cuerpo dondequiera les plazca, con la condición que nadie esté ocupando ese mismo espacio al mismo momento. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, la solución es aportada por cuatro reglas correlacionadas.
Primero, cada persona es la dueña adecuada de su propio cuerpo físico. ¿Quién más, si no Crusoe, debería ser el dueño del cuerpo de Crusoe? De otro modo, se constituiría en un caso de esclavitud, y ¿no es acaso la esclavitud injusta sino, además, antieconómica?
En segundo lugar, cada persona es dueña adecuada de todos los bienes recibidos de la naturaleza, que él mismo haya percibido como escasos y haya puesto en uso antes que cualquiera otra persona, por medio de su cuerpo. ¿En verdad, quien más, sino el primer usuario, debería ser su dueño? ¿El segundo o el tercero?
Si fuera esto así, la primera persona no realizaría su acto de apropiación original, y así la segunda persona llegaría a ser la primera, y así sucesivamente. A nadie, nunca, le sería permitido realizar un acto de apropiación y la humanidad original desaparecería al instante. Alternativamente, el primer usuario, junto con todos los rezagados, llega a ser copropietario de los bienes en cuestión. Entonces no podría evitarse el conflicto, porque, ¿qué hace uno si varios copropietarios tienen ideas incompatibles acerca de lo que quieren hacer con los bienes en cuestión? Esta solución sería también antieconómica porque reduciría el estímulo para utilizar por primera vez aquellos bienes percibidos como escasos.
En tercer lugar, toda persona que con la ayuda de su cuerpo y sus bienes originalmente apropiados, genere nuevos productos, llegará a ser en consecuencia el dueño adecuado de éstos, provisto sólo que en el proceso de producción no dañe físicamente los bienes de otras personas.
Finalmente, una vez que los bien han sido apropiados por primera vez, ó han sido producidos, su propiedad puede ser adquirida sólo por medio de transferencias voluntarias y contractuales del título de propiedad de un dueño previo a otro posterior.
La institución de la propiedad privada y en particular el establecimiento de la propiedad privada por medio de la apropiación original se han catalogado con frecuencia como "convenciones". Sin embargo, debe aclararse que esta premisa es falsa. La convención sirve un propósito siempre que exista una alternativa. Por ejemplo el alfabeto latino sirve el propósito de comunicación escrita. Existe una alternativa, el alfabeto cirílico. Por esta razón el alfabeto es una convención. ¿Cual, es entonces, el propósito de las normas de acción? ¡Evitar todo conflicto posible! Las normas que generan conflicto son contrarias al verdadero propósito de las normas. Sin embargo, con respecto al propósito de evitar conflictos, las dos instituciones mencionadas no son convencionales; ninguna alternativa a ellas existe. Sólo la propiedad privada hace posible evitar conflictos que de otra manera son inevitables; y sólo el principio de adquisición de la propiedad por acción de la apropiación original, realizada por individuos específicos, en tiempos y ubicaciones específicos, han hecho posible evitar conflictos desde el principio de la humanidad.
La Aplicación del Orden Social: El Papel del Estado en el Liberalismo Clásico
Tan importante como es este descubrimiento, sin embargo, nos deja con otro problema aún más difícil. Incluso si todos sabemos cómo evitar todo conflicto posible, e incluso si todos sabemos que al hacerlo así, a largo plazo, la prosperidad de todos en derredor llegará al máximo, no es cierto que siempre todos estemos interesados en evitar los conflictos ni las consecuencias de nuestras acciones. De hecho, siendo la humanidad como es, siempre existirán asesinos, ladrones, asaltantes, maleantes, y estafadores, o personas que no actúan de acuerdo con las reglas establecidas, y la vida sería imposible en la sociedad si los criminales no son disuadidos de sus actuaciones. Para mantener la ley y el orden, es necesario que los miembros de la sociedad estén preparados y equipados para presionar a cualquiera que no respete la vida y la propiedad de los demás, para que respete las reglas de la sociedad. ¿Cómo y a través de quién se llega a la aplicación de la ley y del orden?
La respuesta dada por los liberales clásicos y por casi todos los demás es bien conocida. La tarea imprescindible de mantener la ley y el orden es la única función del estado. ¿Cómo se define el estado, entonces? Un estado no es simplemente una firma especializada. Convencionalmente, el estado está definido como una agencia que posee dos características únicas. Primero, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial con toma de decisiones de última instancia. Eso es, es el último árbitro en todo caso de conflicto, incluyendo los conflictos que el mismo estado implica, y no permite apelación superior a si mismo. Además, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial de impuestos. Eso es, es una agencia que fija unilateralmente a los particulares el precio que se debe pagar por el servicio de mantener la ley y el orden.
Errores del Liberalismo Clásico
Es muy difundida la visión liberal clásica con respecto a la necesidad de la institución del estado como proveedor de la ley y del orden, sin embargo, argumentos bastante elementales, económicos y morales, muestran como esta visión puede estar enteramente sesgada.
Entre economistas y filósofos políticos, una de las tesis más extensamente aceptadas es la de que todo "monopolio" es "malo" desde el punto de vista de los consumidores. Aquí, el monopolio es entendido como un privilegio exclusivo otorgado a un sólo productor de bienes o servicios, o como la ausencia de "libre entrada" en una línea particular de producción. Por ejemplo, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado o servicio, X. Tal monopolio es "malo" para los consumidores porque, protegido contra la entrada de nuevos participantes potenciales en un área dada de producción, el precio del producto será más alto y de calidad más baja que en condiciones competitivas. Por consiguiente, es de esperarse que la ley y el orden proporcionados por el estado sean excesivamente costosos y de calidad particularmente baja.
Sin embargo, este es sólo el más leve de los errores. El monopolio del gobierno no es como cualquier otro monopolio, tal como el de la leche, ni como el monopolio de coches que saca productos de baja calidad con precios altos. La agencia del gobierno es extraordinaria entre todas las otras agencias porque produce no sólo cosas buenas sino también malas. En realidad debe producir cosas malas para poder producir algo que pudiéramos considerar un bien.
Como hemos anotado, el gobierno es el juez último en todo caso de conflicto, inclusive en conflictos en que él mismo está implicado. Consecuentemente, en vez de prevenir y resolver conflictos, un monopolio de última instancia provocará conflictos adicionales para resolver el caso a su favor. Eso es, si uno sólo puede apelar al gobierno por justicia, la justicia estará pervertida en favor del gobierno, a pesar de la constitución y los tribunales supremos. De todas maneras, se trata de constituciones y tribunales del gobierno, y cualquier limitación en la acción del gobierno que ellos puedan encontrar será decidida invariablemente por agentes de la mismísima institución. Previsiblemente, las definiciones de propiedad y protección serán alteradas continuamente y la escala de la jurisdicción ampliada en favor del gobierno. El concepto de una ley eterna e inmutable que debería primar, desaparecerá y será reemplazada por la idea de la ley como legislación – una ley tan flexible como toda ley emanada del estado.
Todavía peor, el estado es un monopolio de impuestos, y mientras los que reciben los impuestos – los empleados del gobierno – la consideran como algo bueno, los que deben pagar los impuestos consideran el pago como algo malo, como un acto de expropiación. Como agencia en términos de protección de vida y propiedades, sostenida con impuestos, la mera institución del gobierno no es nada menos que una contradicción. Es un expropiador protector de propiedades, que "produce" cada vez más impuestos y siempre menos protección. Incluso si el gobierno limitara sus actividades exclusivamente a la protección de la propiedad de sus ciudadanos, como los liberales clásicos han propuesto, surgiría la pregunta adicional de cuánta seguridad debe producir. Motivados, como están todos, por intereses personales y la inutilidad del trabajo, pero equipados con el poder extraordinario de imponer tasas e impuestos, la meta de un agente de gobierno será invariablemente llevar al máximo los gastos en protección, y es concebible que gran parte de la riqueza de una nación pueda ser consumida por el costo de dicha protección, reduciéndose al mismo tiempo su alcance. Mientras más dinero pueda uno gastar y menos deba uno trabajar para producir, mejor se estará.
En suma, la estructura de los estímulos inherentes a la institución del gobierno no es una receta para la protección de vida y propiedad, sino una receta para maltratos, opresión, y explotación. Esto es lo que nos muestra la historia de los estados. Es primordialmente la historia de incontables millones de vidas humanas arruinadas.
Errores multiplicados: Liberalismo democrático
Una vez que el liberalismo clásico asumió erróneamente que la institución del gobierno era necesaria para la conservación de la ley y del orden, surgió la siguiente pregunta: ¿Cuál forma convencional de gobierno es mejor para la tarea entre manos? Mientras la respuesta liberal clásica a esta pregunta no fue de manera alguna unánime, fue aún perfectamente fuerte y clara. La forma tradicional de gobierno señorial o real era aparentemente incompatible con la idea añorada de derechos humanos universales, porque se trataba de un gobierno basado en el privilegio. Por consiguiente, fue excluida. ¿Cómo, entonces, podría encuadrarse la idea de universalidad de los derechos humanos con el gobierno? La respuesta liberal fue la de abrir la participación y la entrada en el gobierno de igual a igual, para todos, por la vía de la democracia. A cualquiera – ni siquiera se limitó a alguna clase hereditaria de nobles – le fue permitido llegar a ser funcionario del estado y ejercitar todas las funciones del gobierno.
Sin embargo, esta igualdad democrática ante la ley es algo enteramente diferente e incompatible con la idea de una ley universal, igualmente aplicable a todos, en todas partes, y en todos los tiempos. De hecho, el cisma y la desigualdad objetables anteriormente de la más alta ley de los reyes versus la ley subordinada de sujetos ordinarios se preservan completamente bajo la democracia en la separación del derecho público versus el derecho privado y la supremacía del anterior sobre el último. Bajo la democracia, todos son iguales en lo que se refiere a que la entrada está abierta para todos en términos igualitarios. En una democracia no existen privilegios personales ni personas privilegiadas. Sin embargo, existen los privilegios funcionales y las funciones privilegiadas. Siempre y cuando actúen en calidad oficial, los funcionarios públicos son gobernados y protegidos por la ley pública, con lo cual ocupan una posición privilegiada en relación con personas que actúan bajo la mera autoridad del derecho privado, fundamentalmente en que les es permitido sostener sus propias actividades por medio de impuestos cargados a sujetos de derecho privado. El privilegio y la discriminación legal no desaparecerán. Al contrario. Antes que estar restringidos a príncipes y nobles, el privilegio, el proteccionismo, y la discriminación legal estarán disponibles para todos y pueden ser ejercitados por todos.
Previsiblemente, entonces, bajo condiciones democráticas la tendencia de todo monopolio de aumentar los precios y disminuir la calidad es más pronunciada. Como monopolio hereditario, el rey o el príncipe consideraban el territorio y las personas bajo su jurisdicción como sus bienes muebles y se dedicaban a explotar monopolísticamente su "propiedad". Bajo la democracia, el monopolio, y la explotación monopolística no desaparecen. Incluso si a todos se les permite entrar el gobierno, no por eso se elimina la distinción entre gobernantes y gobernados. El gobierno y el gobernado no son uno y la misma persona. En vez de un príncipe que considera el país como su propiedad privada, un guardián temporal e intercambiable es puesto monopolísticamente a cargo del país. El guardián no es dueño del país, pero mientras esté en su oficio le es permitido utilizarlo para ventaja de si mismo y de sus protegidos. Tiene el uso actual – el usufructo – pero no su capital social. Esto no elimina la explotación. Al contrario, hace la explotación menos calculada, llevada a cabo con poca o ninguna consideración del capital social. La explotación es miope y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.
La Idea de una Sociedad del derecho privado
A la luz de los múltiples errores del liberalismo clásico, entonces, ¿cómo mantener la ley y el orden en relación con los efectivos y potenciales transgresores de la ley? ¡La solución está en una sociedad de derecho privado – una sociedad donde cada individuo e institución esté sujeta a un mismo conjunto de leyes! Ninguna ley pública que otorgue privilegios a personas de funciones específicas (y ningún dominio público) existe en esta sociedad. Sólo existe el derecho privado (y la propiedad privada), igualmente aplicable a todos y cada uno. A nadie le es permitido adquirir propiedades por medios que no sean la apropiación original, la producción, o el intercambio voluntario; y nadie posee los privilegios de imponer tasas e impuestos ni de expropiar. Además, a nadie, en una sociedad de derecho privado, le es permitido prohibir a cualquiera el utilizar su propiedad para entrar en cualquier línea de producción y competir contra quienquiera que a él le plazca.
Más específicamente, para ser justo y eficiente, la producción y la conservación de la ley tendrán que ser emprendidas por individuos y agencias libremente financiadas y competentes. ¿Cómo puede hacerse esto? Mientras es imposible predecir el perfil y la forma precisas que tomaría la "industria de la seguridad" dentro de la armazón de una sociedad de derecho privado – así como es imposible predecir la estructura específica de casi cualquier industria bajo las, hasta ahora, inexistentes circunstancias – se puede predecir un número significativo de cambios estructurales fundamentales en comparación con el estatu quo de la protección a la seguridad proporcionada por el estado.
Primero, en sociedades complejas un aspecto de la solución naciente sólo será de importancia secundaria, pero bajo ningún concepto debe de dejarse de considerar. Mientras que la provisión estadista de la ley y del orden ha llevado al desarme sucesivo de la población, rindiéndola cada vez más indefensa contra los transgresores de la ley, en una sociedad del derecho privado esencialmente no existirían restricciones en la propiedad privada de fusiles y otros armamentos. Es derecho elemental y sacrosanto de todos el ejercer la defensa propia para proteger su vida y su propiedad contra los invasores, y cuando uno conoce la experiencia del no tan salvaje oeste americano, así como de numerosas investigaciones empíricas en relación con la propiedad de armas e índices de criminalidad, más armas implican menos crimen. La intuición nos lo dicta, pero la propaganda del gobierno trata de negarlo sin descanso.
Sin embargo, en el moderno complejo de sociedades la defensa propia constituye sólo una pequeña parte de la producción general de seguridad. En el mundo actual no producimos nuestros propios zapatos, ni trajes, ni teléfonos; aprovechamos las ventajas de la división del trabajo. Esto también es verdad en la producción de seguridad. En gran parte, dependemos de agentes y agencias especializados en proteger nuestra vida y propiedad. En particular, la mayoría de las personas dependen de compañías de seguros libremente financiadas y competentes para su protección, y esta dependencia de las aseguradoras tenderá a aumentarse e intensificarse mientras más grande y más valiosa sea la cantidad de propiedades. Las compañías de seguros se asociarán en cambio y cooperarán con la policía y las agencias de detectives, o directamente como una subdivisión de la compañía de seguros o indirectamente como entidades separadas del negocio. Al mismo tiempo, las agencias de seguro cooperarán constantemente con agencias independientes internas y externas de árbitros y arbitraje.
¿Cómo trabajaría este sistema competitivo, interconectado, de compañías de seguro, policía, y agencias de arbitraje?
La competencia entre los aseguradores, la policía, y los árbitros por los clientes produciría una tendencia hacia la caída continua en el precio de la protección (por el valor asegurado), rindiendo así la protección más económica. Por contraste, un protector monopolístico que puede imponer tasas e impuestos al protegido puede cargar por sus servicios precios cada vez más altos.
Además, como ya ha sido indicado, la protección y la seguridad son bienes y servicios que compiten con otros. Si más recursos son asignados a la protección, menos puede gastarse en coches, en vacaciones, en alimentos, o en bebidas, por ejemplo. También, los recursos asignados a la protección de A o del grupo A (personas que viven por el Pacífico) por ejemplo, compite con recursos gastados en la protección de B o el grupo B (personas que viven por el Atlántico). Para un monopolio de la protección financiado con impuestos, la asignación de recursos por el estado será necesariamente arbitraria. Habrá sobreproducción (o producción insuficiente) de seguridad en comparación con otros bienes y servicios en competencia, y habrá sobreprotección para algunos individuos, grupos, o regiones y protección baja para otros.
En claro contraste, en un sistema de agencias de protección en libre competencia desaparecerían todas las arbitrariedades de asignación (en todas partes- y de producción insuficiente). La protección tendría la importancia relativa que tiene a los ojos de consumidores que pagan voluntariamente, y ninguna persona, grupo, ni región recibiría protección a costa de cualquier otro, sino que cada uno recibirían protección de acuerdo con sus pagos.
Además, los aseguradores tendrían que indemnizar a sus clientes en el caso del daño verdadero; de ahí, ellos deben operar eficientemente. Con respecto a desastres sociales, crimen en particular, esto significa que el asegurador estaría preocupado sobre todo por una prevención efectiva, porque sino puede prevenir un crimen, tendría que pagar. Aún más, si un acto criminal no puede prevenirse, un asegurador querría todavía recuperar el botín, aprehender el ofensor, y traerlo ante la justicia, porque haciéndolo el asegurador podría reducir sus costos y forzar al criminal – antes que a la víctima y a su asegurador – a pagar por los daños y por el costo de la indemnización.
En claro contraste, los estados, como monopolios compulsivos no indemnizan a las víctimas, y como pueden recurrir a los impuestos como fuente de fondos, tienen poco o ningún estímulo para prevenir el crimen o para recuperar de botín y capturar a los criminales. En realidad, si logran aprehender al criminal, típicamente obligan a la víctima y a otros contribuyentes a pagar por la encarcelación del criminal, añadiendo así insulto sobre injuria.
Ya ha sido indicado que las sociedades del derecho privado se caracterizan por el derecho a la defensa propia sin restricción y como consecuencia, por una extensa propiedad privada de armas y armamentos. Esta tendencia es reforzada aún más por el papel importante de las compañías de seguros en tales sociedades. Todos los estados procuran desarmar su población, por la razón obvia de que es menos peligroso cobrar impuestos a un hombre desarmado que a un hombre armado. Si una compañía de seguros libremente financiada fuese a demandar como requisito previo para la protección que los clientes potenciales entregasen todos los medios de defensa propia, despertarían inmediatamente una gran sospecha en cuanto a sus verdaderos motivos, y quebrarían rápidamente. En su propio interés, las compañías de seguros recompensarían a los clientes armados, en particular aquellos capaces de certificar algún nivel de instrucción en el manejo de armamentos, cargándoles primas bajas que reflejan el más bajo riesgo que representan. Así como los aseguradores cargan menos si los propietarios tienen un sistema de alarma o una caja de seguridad instalada, así un dueño entrenado en el uso de las armas representa un riesgo más bajo para el seguro.
Los estados, como monopolios de última instancia en la toma de decisiones, financiados por impuestos, pueden externalizar los costos asociados con la conducta agresiva en contribuyentes desventurados. De ahí que, los estados están, por naturaleza, más inclinados a llegar a ser agresores y belicosos más que agentes o agencias que deben correr por si mismos con los costos inherentes a la agresión y a la guerra. Las compañías de seguros son, por su misma naturaleza, agencias defensivas antes que agresivas. Por una parte esto es así, porque cada acto de agresión es costoso, y una compañía de seguros que utiliza una conducta agresiva requeriría primas relativamente más altas, lo que ocasiona la pérdida de clientes ante competidores no agresivos.
Por otro lado, no es posible asegurarse uno contra todo "riesgo" concebible. Desde otro punto de vista, sólo es posible asegurarse contra "accidentes," es decir, riesgos sobre cuyo resultado el asegurado no tiene control y a los que él no contribuye en nada. Por ejemplo, es posible asegurarse contra el riesgo de muerte y de fuego, pero es imposible asegurarse contra el riesgo de suicidarse o de prender fuego a su propia casa. Semejantemente, es imposible asegurarse contra el riesgo de fracaso en el negocio, contra el desempleo, o de tener aversión a un colindante, porque en cada caso uno tiene algún control sobre el acontecimiento.
Es bien notable que la inasegurabilidad de acciones y sentimientos individuales (en contraposición con accidentes) implica que también es imposible asegurarse contra el riesgo de daños que resulten de una previa agresión propia o provocación. En vez de eso, cada asegurador debe restringir las acciones de sus clientes para excluir toda agresión y provocación de su parte. Eso es, cualquier seguro contra desastres sociales, tales como el crimen, debe estar condicionados al sometimiento de los asegurados a normas especificas de conducta no agresiva. Casualmente, debido a las mismas razones y preocupaciones financieras, los aseguradores tenderán a requerir que todos sus clientes se abstengan de toda forma de tomarse la justicia por propias manos (menos quizás bajo circunstancias bastante extraordinarias), porque la justicia por propias manos, inclusive si es justificada, causa invariablemente incertidumbre y provoca la posible intervención de terceros. Más bien, obligando a sus clientes, siempre que piensen que han sido víctimizados, a someterse a procedimientos regulares, publicados previamente, se pueden evitar en gran parte estos alborotos y los costos asociados.
Finalmente, vale indicar que mientras los estados como agencias financiadas co