May 2008 - Posts
Declaración inaugural de la reunión en Bodrum, Turquía, mayo 2006
La Sociedad "Propiedad y Libertad" (Property and Freedom Society) se manifiesta por un radicalismo intelectual sin compromisos: en defensa de la propiedad privada justamente adquirida, la libertad de contratos, la libertad de asociación, que lógicamente implica el derecho de no asociarse con (o discriminar contra) cualquiera, en los asuntos personales, así como un libre comercio sin condiciones. Condena el imperialismo y el militarismo y a quienes los fomentan, y lucha por la paz. Rechaza el positivismo, el relativismo y el igualitarismo en cualquiera de sus formas, ya sea de resultados o de oportunidad, y tiene un manifiesto distanciamiento de los políticos y la política. Como tal, busca evitar cualquier asociación con las políticas y propuestas de los intervencionistas, que Ludwig von Mises identificó en 1946 como el error fatal, en el plan de muchos antecedentes y contemporáneos intentos de los intelectuales, alarmados por la creciente ola de socialismo y totalitarismo, que se encuentra en el movimiento ideológico antisocialista. Mises escribió: "Lo que no comprendieron estos asustados intelectuales era que todas esas medidas de interferencia gubernamental en los asuntos que ellos defienden son abortivas… No hay tercera vía. O los consumidores son soberanos, o lo es el Gobierno".
Como libertarios culturalmente conservadores, estamos convencidos de que el proceso de descivilización ha alcanzado un punto de crisis y que es nuestro deber moral e intelectual llevar a cabo un serio esfuerzo de reconstruir una sociedad libre, próspera y moral. Es nuestra profunda creencia que una aproximación desde el radicalismo políticamente intransigente es, en el largo plazo, el camino más seguro para nuestro querido objetivo de un régimen totalmente libre de trabas a la libertad individual y a la propiedad privada. En esa búsqueda de un nuevo comienzo joven y radical, nos dirigimos a esas viejas y olvidadas palabras de Friedrich A. Hayek: "Debemos tomar la construcción de una sociedad libre de nuevo como una aventura intelectual, un acto de coraje. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa de las cosas como están ni una forma diluida de socialismo, sino un verdadero radicalismo liberal que no excuse las susceptibilidades de los poderosos… que no es practicado demasiado concienzudamente y que no se conforma con lo que aparece hoy como políticamente imposible. Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir las lisonjas del poder y la influencia, y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, por muy escasas que sean las perspectivas de su pronta realización. Han de ser hombres que estén dispuestos a aferrarse a los principios y a luchar por su plena realización, aunque fuere remota… A no ser que seamos capaces de hacer de los fundamentos filosóficos de una sociedad libre de nuevo un asunto intelectual vivo, y su puesta en práctica una tarea que rete la imaginación y el genio de nuestras mentes más despiertas, las perspectivas para la libertad serán muy oscuras. Pero si podemos recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue la característica del mejor liberalismo, la batalla no está perdida".
http://www.propertyandfreedom.org/2.html
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
Por Hans Hermann Hoppe
Convencionalmente el estado se define como una agencia con dos características únicas. La primera, que es un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro último en todos los casos de conflicto, incluyendo aquellos conflictos en los cuales se ve envuelto el mismo estado. La segunda, el estado es un monopolio territorial de impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden.
Previsiblemente, si alguien puede apelar por justicia solamente ante el estado, tal justicia se pervierte a favor del estado. El monopolio, de última instancia en la toma de decisiones, en vez de resolver conflictos los provoca con el fin de decidirlos a su favor. Peor aún, mientras disminuye la calidad de la justicia, su precio irá en aumento. Motivado, como cualquiera, por interés propio, pero armado del poder de gravar con impuestos, la meta de los agentes estatales es siempre la misma: maximizar el ingreso y minimizar el esfuerzo productivo.
Estado, Guerra, e Imperialismo
En vez de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del estado, me enfocaré más bien en sus consecuencias externas, es decir, en su política externa más bien que en su política doméstica.
Por un lado, al ser una agencia que pervierte la justicia y grava con impuestos, todo estado sufre la amenaza de la “emigración”. Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y de la perversión de la ley. Y esto a ningún estado le gusta. En vez de ver encoger su base tributaria y su rango de control, los agentes preferirían que se ampliase. Pero entonces entrarían en conflicto con otros estados. A diferencia de la competencia entre personas e instituciones “naturales”, la competencia entre estados es eliminatoria. Es decir, en un área dada, sólo puede existir un monopolio de toma última de decisiones y de impuestos. En consecuencia entre los diferentes estados se promueve la tendencia hacia la centralización política y finalmente hacia un estado único mundial.
Más aún, como monopolios de toma última de decisiones, financiados por impuestos, los estados son instituciones inherentemente agresivas. Mientras las personas e instituciones “naturales” tienen que soportar por sí mismas el costo de su comportamiento agresivo (lo que les induce a abstenerse de tal conducta), los estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes.
Esta es la razón por la cual los agentes estatales se inclinan a ser provocadores y agresores y se puede esperar que el proceso de centralización proceda mediante choques violentos, es decir, guerras interestatales.
Más aún, dado que los estados tienen que comenzar siendo pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto de una multitud de unidades territoriales independientes, podríamos decir algo más bien específico acerca de lo requerido para el éxito. La victoria o la derrota en la guerra interestatal depende de muchos factores, claro, pero si otros factores tal como el tamaño de la población permanecieran iguales, a largo plazo, el factor decisivo sería la cantidad de recursos a disposición del estado. Con impuestos y regulaciones los estados no contribuyen a la creación de riqueza económica. Más bien, al estilo de parásitos, los estados se lucran de la riqueza existente. Los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la riqueza existente. Pero si suponemos que otras cosas permanecen constantes, mientras más bajas sean las cargas impositivas y las regulaciones impuestas a la economía doméstica, más tenderá a crecer la población y mayor el monto de la riqueza producida domésticamente de la cual el estado puede echar mano en sus conflictos con los competidores vecinos. Es decir, los estados que gravan y regulan sus economías relativamente poco – los estados liberales – tienden a expandir sus territorios o su rango de control hegemónico a expensas de, y a derrotar a, otros estados menos liberales.
Esto explica por ejemplo, porqué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo y no todo lo contrario. Más específicamente, explica porqué primero los holandeses, luego los británicos y finalmente, en el siglo 20, los Estados Unidos, llegaron a ser la potencia imperial dominante, y porqué los Estados Unidos, internamente uno de los estados más liberales, ha tenido la política externa más agresiva, mientras que la Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente iliberales (represivas) ha mantenido una política externa comparativamente mas pacífica y cauta. Los Estados Unidos sabían que podían derrotar militarmente a cualquier otro estado y por tanto han sido agresivos. En contraste, la Unión Soviética sabía que estaba destinada a perder una confrontación con cualquier estado de tamaño sustancial a menos que pudiera vencer en unos pocos días o semanas.
Desde la Monarquía con Guerras de Ejércitos hasta la Democracia con Guerras Totales
Históricamente, la mayoría de los estados han sido monarquías, encabezadas por monarcas o príncipes absolutos o constitucionales. Es interesante preguntar porqué es esto así, pero ahora debemos hacer a un lado la pregunta. Es suficiente decir que los estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por presidentes o primeros ministros, eran escasas hasta la Revolución Francesa y sólo hasta después de la Primera Guerra Mundial llegaron a tener importancia histórica mundial.
Mientras que se deben esperar inclinaciones agresivas de todos los estados, la estructura incentiva encarada por los monarcas tradicionales por un lado y por los presidentes modernos por el otro, es suficientemente diferente para registrar diferentes clases de guerras. Mientras que los reyes se veían como propietarios privados del territorio bajo su control, los presidentes se consideran a sí mismos como custodios temporales. El propietario de un recurso se preocupa por el ingreso corriente derivado del recurso y del valor del capital representado por el mismo (como un reflejo del ingreso futuro esperado). Sus intereses son a largo plazo, con preocupación por la preservación y el acrecentamiento de los valores de capital representados en “su” país. En contraste, el custodio temporal de un recurso (visto como propiedad pública más que como propiedad privada) se preocupa primariamente por el ingreso corriente y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.
La secuela empírica de estas estructuras con estos diferentes incentivos es que las guerras monárquicas tendieron a ser “moderadas” y “conservadoras” al compararlas con las guerras democráticas.
Las guerras monárquicas se iniciaban en disputas por herencias generadas por una complicada red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por tener objetivos territoriales tangibles. No eran peleas motivadas ideológicamente. El público consideraba la guerra como un negocio privado del rey, que se financiaba y ejecutaba con el dinero y las fuerzas militares propias del rey. Más aún, como eran conflictos entre familias gobernantes, los reyes se sentían compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y dirigían sus esfuerzos de guerra exclusivamente contra los territorios de cada uno de ellos y de sus familias. El historiador Michael Howard anotaba acerca de las guerras monárquicas del siglo 18:
En el continente (europeo) el comercio, los viajes, el intercambio científico y cultural continuó casi sin estorbos durante la guerra. Las guerras eran guerras de los reyes. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos y la sana economía política dictaba que debía dejársele solo para que hiciera el dinero del cual se pagarían esos impuestos. No se le exigía que participara ni en la decisión por la cual se inició la guerra, ni tomaba parte en ellas una vez que empezaban, a no ser que lo empujara el espíritu de aventura juvenil. Estos temas eran arcane regni, preocupación del soberano solamente. [La Guerra en la Historia Europea, 73]
Similarmente Ludwig von Mises observaba acerca de las guerras de ejércitos:
En las guerras de ejércitos, el ejército combate y los ciudadanos que no son miembros del ejército, continúan con sus vidas normales. Los ciudadanos pagaban los costos de la guerra, pagaban por el mantenimiento y el equipo del ejército, pero de otra manera permanecían fuera de los eventos de la guerra. Podía pasar que por acciones de guerra demolieran sus casas, devastaran sus tierras, y destruyeran sus demás propiedades; pero esto también era parte de los costos de la guerra que tenían que sufragar. También podía suceder que fueran víctimas del saqueo, o de la muerte, por parte de los guerreros, aún de aquellos de su “propio” ejército. Pero estos eventos no son inherentes como tales a la guerra; estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si quienes tienen el mando, tienen completo control sobre sus tropas. El estado en guerra que ha formado, equipado y mantenido el ejército considera el saqueo por parte de sus soldados como una ofensa; eran empleados para combatir, no para saquear por su propia cuenta. El estado quiere mantener la cotidianidad de la vida civil, porque quiere preservar la capacidad de pagar impuestos de sus ciudadanos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para atender los requerimientos de la guerra. [Nationalökonomie, 725–26]
En contraste con la guerra limitada del antiguo régimen, la era de las guerras democráticas, - que se iniciaron con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuaron durante el siglo 19 con la Guerra de Independencia del Sur Americano, y que alcanzaron su cúspide durante el siglo 20 con la Primera y Segunda Guerras Mundiales – ha sido la era de la guerra total.
Al desdibujarse la distinción entre gobernados y gobernantes (“nosotros mismos nos gobernamos”), la democracia reforzó la identificación del público con el estado en particular. Más bien que disputas dinásticas por propiedades que podían resolverse mediante conquista y ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: choques de civilizaciones, que solamente se resolvían mediante dominación, subyugación y si fuera necesario, exterminio cultural, lingüístico y religioso. Fue cada vez más difícil para los miembros del público sustraerse ellos mismos de inmiscuirse personalmente en la guerra. La resistencia contra mayores impuestos para financiar la guerra fue considerada como traición. Porque el estado democrático, a diferencia con la monarquía, era propiedad de todos, la conscripción pasó de ser la excepción a ser la regla general. Con ejércitos masivos de conscriptos baratos y fácilmente disponibles, el pelear por metas e ideales nacionales, con el respaldo de los recursos económicos de la nación entera, cayó por la borda la distinción entre combatientes y no-combatientes. El daño colateral ya dejo de ser un efecto secundario indeliberado y se convirtió en parte integral de la guerra. “Una vez el estado cesó de ser considerado como propiedad de los príncipes dinásticos”, anota Michael Howard,
y en vez de eso se convirtió en el instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, que permitió a un número mayor de la población ver en ese estado la encarnación de un bien absoluto, por el que ningún precio a pagar es demasiado alto, ningún sacrificio es demasiado grande, y por lo tanto las ‘contiendas temperadas e indecisivas’ de la edad rococó parecen mas bien anacronismos absurdos. [ibid. 75-76]
El historiador militar y Mayor General J. F. C. Fuller hace similares observaciones:
La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de democracia, sobre la guerra fue profunda, le impartió calidad emocional a la guerra y en consecuencia la brutalizó, ejércitos nacionales peleaban contra naciones, ejércitos reales peleaban contra sus similares, los primeros obedecían a una turba – siempre enloquecida, los últimos a un rey generalmente cuerdo. Todo esto se desprendió de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción – guerra de rebaños, y el rebaño acoplado a la financiación y al comercio, han engendrado nuevos ámbitos a la guerra. Porque una vez que la nación entera pelea, el crédito nacional entero está disponible para propósitos de la guerra. [La Guerra y la Civilización Occidental, 26-27]
Y William A. Orton resume el tema así:
Las guerras del siglo 19 se mantuvieron dentro de límites por la tradición bien reconocida en la ley internacional, que la propiedad y los negocios civiles estaban por fuera del ámbito del combate.
Los bienes civiles no estaban expuestos a secuestro o a expropiación arbitrarios, y aparte de ciertas estipulaciones territoriales y financieras como las que un estado podría imponer a otro, generalmente era permitida la continuación de la vida económica y cultural de los beligerantes casi como venía siendo.
La práctica del siglo 20 ha cambiado todo esto. Durante ambas Guerras Mundiales un número ilimitado de listas de contrabando apareadas a declaraciones unilaterales de leyes marítimas pusieron toda suerte de comercios en peligro, y convirtieron en papel usado toda clase de precedentes.
El final de la Primera Guerra fue marcado por un esfuerzo resuelto, y exitoso, para impedir la recuperación económica de los principales perdedores, y para retener ciertas propiedades civiles. La Segunda Guerra vio la extensión de esa política llegar a tal punto que la ley internacional en guerra, en efecto, dejó de existir.
Por años el Gobierno de Alemania, hasta donde sus armas podían alcanzar, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía postura en la ley civil, ni en la ley internacional, ni en la ética cristiana; y cuando la guerra empezó, esa violación de la cortesía entre naciones demostró ser contagiosa.
La dirigencia Anglo-americana, de palabra y obra, lanzó una cruzada que no admitía límites legales ni territoriales al ejercicio de la coacción. El concepto de neutralidad fue condenado tanto en la teoría como en la práctica.
No sólo los activos e intereses del enemigo, sino también los activos e intereses de cualesquiera otras partes, aún en países neutrales, estuvieron expuestos a toda clase de coacción que los países beligerantes pudieran hacer efectiva; y los activos e intereses de estados neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control beligerante, fueron sujetos prácticamente a la misma clase de coacción a que estaban sujetos los enemigos nacionales. Así que la “guerra total” vino a ser el tipo de guerra de la que no había esperanza de escapar para ningún tipo de comunidad; y los países amantes de la paz debían sacar la conclusión obvia. [La Tradición Liberal: un Estudio de las Condiciones Sociales y Espirituales de la Libertad, 251–52]
Excursus: La Doctrina Democrática de la Paz
He explicado cómo la institución de un estado conduce a la guerra, porqué, aunque aparentemente paradójico, estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la de-civilización en la conducción de la guerra.
Más específicamente, he explicado el ascenso de los Estados Unidos al rango del más alto poder imperial, y, como consecuencia de su sucesiva transformación, desde sus más tempranos principios como una república aristocrática, a una irrestricta democracia masiva que empezó con la Guerra Sureña de Independencia, el papel de los Estados Unidos es, cada vez más, el de un agitador arrogante, autosuficiente y fanático.
Los que parecen ser los mayores obstáculos en el camino a la paz y a la civilización, son entonces, el estado y la democracia, y específicamente el modelo mundial de democracia: los Estados Unidos de América. Irónicamente, si no es sorprendente, son precisamente los Estados Unidos los que reclaman que la democracia es la solución en la búsqueda de la paz.
La razón de esta manifestación es la doctrina de la paz democrática, que viene de tiempos antiguos, desde los días de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial y que ha sido revivida por George W. Bush y sus consejeros neo-conservadores, y que ahora se ha convertido en folklore intelectual aún para los círculos liberal-libertarios. La teoría sostiene:
· Las democracias no van a la guerra entre ellas.
· Por tanto, para lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.
Y como corolario, en gran parte no declarado:
· Hoy, muchos estados que no son democráticos y se resisten a una reforma (democrática) interna.
· Por tanto debemos emprender la guerra contra esos estados para convertirlos a la democracia y lograr una paz duradera.
No tengo paciencia para hacer una crítica formal de esta teoría. Haré meramente una crítica breve a la premisa inicial y a su conclusión final.
Primero: ¿No van las democracias a la guerra entre si? Ya que casi no existían democracias antes del siglo 20 se supone que la respuesta debe encontrarse en los últimos cien años o algo así. De hecho el mayor volumen de evidencia ofrecida a favor de la tesis es la observación de que los países de Europa Occidental no han emprendido la guerra entre ellos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.
Igualmente, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no ha estallado la guerra entre ellos durante el mismo período. ¿Es esta evidencia prueba del caso? Los teóricos de la paz democrática así lo creen. Como científicos están interesados en pruebas estadísticas, y tal como ellos lo ven hay abundantes “casos” sobre los cuales construir la prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido a la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Más aún, y estas son sólo permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania. Así que aparentemente tenemos docenas de confirmaciones – y esto durante casi 60 años – y ni un solo contra-ejemplo. ¿Pero es cierto que tenemos tantos casos de confirmación?
La respuesta es no: tenemos más de un caso singular a la mano. Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, esencialmente toda (la que hoy es democrática) Europa Occidental, (y en la región del Pacífico las democracias de Japón y Corea del Sur) han venido a ser parte del Imperio de los Estados Unidos, tal como lo indica la presencia de tropas en prácticamente todos estos países. Lo que prueba el período posterior a la Segunda Guerra Mundial no es que las democracias no vayan a la guerra entre ellas sino que la potencia imperial y hegemónica que son los Estados Unidos no deja que sus colonias vayan a la guerra entre ellas (y claro, la hegemonía no ve necesario ir a la guerra contra sus satélites - porque han obedecido – y no ven la necesidad de, o no se atreven a, desobedecer al amo).
Es más, si el asunto se percibe así – basados en un entendimiento de la historia mas que en la ingenua creencia de que porque una entidad tiene un nombre diferente de otra, el comportamiento de una y otra debe ser independiente – se ve claro que la evidencia presentada nada tiene que ver con democracia y si mucho con hegemonía. Por ejemplo, no ha estallado la guerra después de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de los años 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de Rusia, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc.
¿Que son dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra entre si? ¡Esta tendría que ser la conclusión de científicos del calibre de los teóricos de la paz democrática! Pero con seguridad la conclusión está errada. No estalló guerra alguna porque la Unión Soviética no permitió que así sucediera; en igual forma no hubo guerra entre las democracias occidentales porque los Estados Unidos no permitieron que esto sucediera en sus dominios. Para más claridad, la Unión Soviética intervino Hungría y Checoslovaquia, pero también los Estados Unidos intervinieron varias ocasiones en América Central, como Guatemala, por ejemplo. (Incidentalmente: ¿que tal las guerras entre Israel, Palestina y Líbano? ¿No son todas ellas democracias? ¿O por definición se excluyen los países árabes como no-democráticos?
Segundo: La democracia no es solución de cosa alguna, mucho menos de la paz. Ahí el caso de los teóricos de la paz democrática parece ser aún peor. Sin duda la falta de entendimiento histórico que demuestran es aterradora. Estas son sólo algunas de sus fallas fundamentales:
Primero, la teoría implica la (cual sólo podemos calificar como escandalosa) fusión conceptual de los términos democracia y libertad, especialmente viniendo de personajes autoproclamados libertarios. La base fundamental de la libertad es la propiedad privada y la propiedad privada (exclusiva) es lógicamente incompatible con la democracia – el gobierno de la mayoría. Democracia no tiene nada que ver con libertad. Democracia es una variante suave del comunismo, y sólo en raras ocasiones se le ha tomado por otra cosa en la historia de las ideas. Incidentalmente, antes de la irrupción de la era de la democracia, es decir, a principios del siglo 20, los gastos del gobierno (del estado) financiados con impuestos (combinando toda clase de gobiernos) en los países de Europa Occidental constituían entre el 7 y 15% del producto nacional y en los jóvenes Estados Unidos eran aún más bajos. A menos de cien años del pleno gobierno de las mayorías este porcentaje ha aumentado al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.
Segundo, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, esta última llamada dictadura para abreviar. En esta forma no solamente desaparecen de vista los regimenes aristocrático-republicanos, sino también todas las monarquías tradicionales, que son muy importantes para nuestros propósitos. Se les equipara con dictaduras tipo Lenin, Mussolini, Hitler, Stalin y Mao. Es indudable que las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras, mientras que la democracia y las dictaduras están íntimamente relacionadas.
Las monarquías son una rama semi-orgánica de un orden social natural jerárquicamente estructurado (no estatal). Los reyes son las cabezas de familias extendidas, clanes, tribus, y naciones. Ejercen una gran autoridad, reconocida voluntariamente, heredada y acumulada durante muchas generaciones. Es dentro de la estructura de tal orden natural (y de las repúblicas aristocráticas) que se desarrolló y floreció el liberalismo. Por contraste, las democracias desde este punto de vista son igualitarias y redistribucionistas en perspectiva; como consecuencia, el antes mencionado crecimiento del poder estatal en el siglo 20. Característicamente, la transición de la era monárquica a la democrática, la cual principió en la segunda mitad del siglo 19, ha visto el continuo decaimiento en la fuerza de los partidos liberales y el correspondiente reforzamiento de partidos socialistas de todo calibre.
Tercero, de ahí que debe ser considerada como grotesca la visión, de los teóricos de la paz democrática, de conflagraciones como la Primera Guerra Mundial, por lo menos desde la panorámica de alguien que alega valorar la libertad. Para ellos esta guerra fue esencialmente una guerra entre democracia y dictadura, una guerra en última instancia justificada porque al aumentar progresivamente el número de democracias, en igual forma se expandía la paz.
En realidad las cosas fueron muy diferentes. Con certeza, ni Alemania antes de la guerra, ni Austria, se pueden calificar de ser tan democráticas como Inglaterra, Francia o Estados Unidos en ese mismo período. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras. Ellas eran monarquías (cada vez más debilitadas) y como tales teóricamente tan liberales, sino más, que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos los pacifistas fueron encarcelados, la lengua alemana esencialmente proscrita, los ciudadanos de origen alemán fueron amenazados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Y sin embargo, nada comparable ocurrió en esa época en Austria y Alemania.
De todas maneras el resultado de la cruzada para lograr un mundo mas apropiado para la democracia fue menos liberal del que existía anteriormente (y el Tratado de Paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo el poder del estado creció más después de la guerra que antes, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En la recién fundada Checoslovaquia los ciudadanos de origen alemán fueron maltratados sistemáticamente por la mayoría checa, (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y asesinados por decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial). Nada de esto, ni siquiera remotamente parecido, sucedió a los checos durante el previo reinado de los Ausburgos. Antes de la guerra, la situación de las relaciones entre alemanes y eslavos sureños en Austria fue similar en ese aspecto a la situación en Yugoslavia después de la guerra.
No fue coincidencia. En Austria, bajo la monarquía, las minorías habían sido relativamente tan bien tratadas, tanto como bajo los Otomanos. Sin embargo después del multicultural Imperio Otomano, que se desintegró durante el siglo 19 y fue reemplazado por naciones-estados semi-democráticos tales como Grecia, Bulgaria, etc., los musulmanes otomanos fueron expulsados y exterminados; en forma similar, después del triunfo de la democracia en los Estados Unidos, con la conquista militar de la Confederación Sureña, el gobierno de la Unión procedió a exterminar a los Indios de las praderas. Como Mises lo ha reconocido, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No sólo no propicia la paz sino que promueve conflictos y tendencias potencialmente genocidas.
Cuarto, e íntimamente relacionado con el tema que tratamos, los teóricos de la paz democrática manifiestan que la democracia representa un “equilibrio” estable. Así ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama quien ha llamado el nuevo orden democrático mundial como el “fin de la historia”. Sin embargo existe evidencia abrumadora de que esta expresión es rotundamente errónea.
En terrenos teóricos: ¿como puede la democracia estar en equilibrio estable si es posible que ella misma se transforme democráticamente en una dictadura, es decir, en un sistema que es considerado como no estable? Respuesta: No tiene sentido.
Más aún, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como antes lo hemos indicado, en las sociedades multiculturales la democracia regularmente conduce a discriminación, opresión, y aún a expulsión y a exterminio de minorías – difícilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia conduce regularmente a la guerra de clases, la cual las lleva a crisis económicas, que conducen a la dictadura. Piénsese por ejemplo en la Rusia post-zarista, en Italia, Alemania Weimar, España, Portugal, después de la Primera Guerra Mundial y en tiempos más recientes Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán. Y hoy Venezuela.
Esta relación estrecha entre democracia y dictadura no sólo es problemática para los teóricos de la paz democrática, peor aún, tienen que enfrentar la realidad de las dictaduras que surgen de las crisis democráticas, las cuales son cada vez peores, desde el punto de vista liberal clásico o libertario, de lo que hubieran sido de otra manera. Se pueden citar casos en los cuales las dictaduras eran preferibles y aún más, un mejoramiento sustancial. Piénsese en la Italia de Mussolini o en la España de Franco. Adicionalmente, ¿como puede uno aceptar la visión ingenua de abogar por la democracia ante el hecho de que los dictadores, bien diferente a lo que ocurre con los reyes quienes deben su rango a un accidente de nacimiento, sean con frecuencia favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Piense no más en Lenin o en Stalin, quienes realmente fueron bastante más democráticos que el Zar Nicolás II, o piense en Hitler quien definitivamente era más democrático y “hombre del pueblo” que el Káiser Guillermo II y que el Káiser Francisco José.
De acuerdo a los teóricos de la paz democrática se supone que debemos combatir contra las dictaduras extranjeras, bien sean reyes o demagogos, para poder instalar democracias que a su vez se conviertan en dictaduras (modernas), hasta que finalmente, supone uno, los Estados Unidos se hayan transformado en una dictadura, debido al crecimiento del poder estatal interno resultante de las innumerables “emergencias” engendradas por guerras foráneas.
Mejor, diría yo, pongamos atención al consejo de Erik von Kuehnelt-Leddihn y en vez de buscar proteger a la democracia, debemos apuntar a protegernos de la democracia, en todas partes, pero sobretodo en los Estados Unidos.
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
Por Hans Hermann Hoppe
Sólo, en su isla, Robinsón Crusoe puede hacer cualquier cosa que le plazca. Para él no existen preguntas con respecto a reglas organizadas de conducta humana, cooperación social. Simplemente no salen a flote. Esta pregunta sólo puede surgir una vez llegue una segunda persona a la isla, Friday. Mas aún, la pregunta en gran parte no es pertinente mientras no haya escasez.
Supongamos que la isla es el Jardín del Edén; todos los bienes externos están disponibles en superabundancia. Son "bienes gratuitos," tal como el aire que respiramos el cual es normalmente "gratis". Cualquier cosa que Crusoe haga con estos bienes, no tendrá repercusiones – ni con respecto a su futuro suministro, ni al suministro presente ni futuro de bienes para Friday (y viceversa). De ahí que, es imposible que haya conflictos entre Crusoe y Friday con respecto al uso de tales bienes. El conflicto es posible solamente si los bienes son escasos. Sólo entonces surgirá la necesidad de formular reglas que hagan posible una cooperación social ordenada y libre de conflictos.
En el Jardín del Edén existen sólo dos bienes escasos: el cuerpo físico de la persona y el espacio en que se para. Crusoe y Friday tienen sólo un cuerpo y pueden pararse sólo en un lugar en determinado momento. De ahí que, aún en el Jardín del Edén puedan surgir conflictos: Crusoe y Friday no pueden ocupar el mismo espacio simultáneamente sin entrar en conflicto físico el uno con el otro. Por consiguiente, aún en el Jardín del Edén deben existir reglas de conducta social ordenada – reglas con respecto a la ubicación y al movimiento apropiado de los cuerpos humanos. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, debe haber reglas no sólo para el uso de los cuerpos personales sino también para todo bien escaso, y así poder excluir toda posibilidad de conflictos. Este es el problema del orden social.
La Concepción Liberal Clásica del Orden Social
En la historia del pensamiento social y político, se han hecho innumerables propuestas para solucionar el problema del orden social, y esta variedad de propuestas, mutuamente incompatibles, con frecuencia ha contribuido a que la búsqueda de una solución única y "correcta" se haya considerado ilusoria. Pero si existe una solución correcta. No hay razón para sucumbir al relativismo moral. La solución ha sido conocida durante centenares de años. En tiempos modernos esta solución sencilla ha sido íntimamente asociada con el "liberalismo clásico".
Permítanme formular la solución, primero para el caso especial representado por el Jardín del Edén y subsiguientemente para el caso general representado por el mundo "real" donde todo es escasez y luego indicaré brevemente porqué esta solución debe ser considerada justa y además, económica.
En el Jardín del Edén, la solución es proporcionada por una sencilla regla que establece que todos puedan colocar o mover su propio cuerpo dondequiera les plazca, con la condición que nadie esté ocupando ese mismo espacio al mismo momento. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, la solución es aportada por cuatro reglas correlacionadas.
Primero, cada persona es la dueña adecuada de su propio cuerpo físico. ¿Quién más, si no Crusoe, debería ser el dueño del cuerpo de Crusoe? De otro modo, se constituiría en un caso de esclavitud, y ¿no es acaso la esclavitud injusta sino, además, antieconómica?
En segundo lugar, cada persona es dueña adecuada de todos los bienes recibidos de la naturaleza, que él mismo haya percibido como escasos y haya puesto en uso antes que cualquiera otra persona, por medio de su cuerpo. ¿En verdad, quien más, sino el primer usuario, debería ser su dueño? ¿El segundo o el tercero?
Si fuera esto así, la primera persona no realizaría su acto de apropiación original, y así la segunda persona llegaría a ser la primera, y así sucesivamente. A nadie, nunca, le sería permitido realizar un acto de apropiación y la humanidad original desaparecería al instante. Alternativamente, el primer usuario, junto con todos los rezagados, llega a ser copropietario de los bienes en cuestión. Entonces no podría evitarse el conflicto, porque, ¿qué hace uno si varios copropietarios tienen ideas incompatibles acerca de lo que quieren hacer con los bienes en cuestión? Esta solución sería también antieconómica porque reduciría el estímulo para utilizar por primera vez aquellos bienes percibidos como escasos.
En tercer lugar, toda persona que con la ayuda de su cuerpo y sus bienes originalmente apropiados, genere nuevos productos, llegará a ser en consecuencia el dueño adecuado de éstos, provisto sólo que en el proceso de producción no dañe físicamente los bienes de otras personas.
Finalmente, una vez que los bien han sido apropiados por primera vez, ó han sido producidos, su propiedad puede ser adquirida sólo por medio de transferencias voluntarias y contractuales del título de propiedad de un dueño previo a otro posterior.
La institución de la propiedad privada y en particular el establecimiento de la propiedad privada por medio de la apropiación original se han catalogado con frecuencia como "convenciones". Sin embargo, debe aclararse que esta premisa es falsa. La convención sirve un propósito siempre que exista una alternativa. Por ejemplo el alfabeto latino sirve el propósito de comunicación escrita. Existe una alternativa, el alfabeto cirílico. Por esta razón el alfabeto es una convención. ¿Cual, es entonces, el propósito de las normas de acción? ¡Evitar todo conflicto posible! Las normas que generan conflicto son contrarias al verdadero propósito de las normas. Sin embargo, con respecto al propósito de evitar conflictos, las dos instituciones mencionadas no son convencionales; ninguna alternativa a ellas existe. Sólo la propiedad privada hace posible evitar conflictos que de otra manera son inevitables; y sólo el principio de adquisición de la propiedad por acción de la apropiación original, realizada por individuos específicos, en tiempos y ubicaciones específicos, han hecho posible evitar conflictos desde el principio de la humanidad.
La Aplicación del Orden Social: El Papel del Estado en el Liberalismo Clásico
Tan importante como es este descubrimiento, sin embargo, nos deja con otro problema aún más difícil. Incluso si todos sabemos cómo evitar todo conflicto posible, e incluso si todos sabemos que al hacerlo así, a largo plazo, la prosperidad de todos en derredor llegará al máximo, no es cierto que siempre todos estemos interesados en evitar los conflictos ni las consecuencias de nuestras acciones. De hecho, siendo la humanidad como es, siempre existirán asesinos, ladrones, asaltantes, maleantes, y estafadores, o personas que no actúan de acuerdo con las reglas establecidas, y la vida sería imposible en la sociedad si los criminales no son disuadidos de sus actuaciones. Para mantener la ley y el orden, es necesario que los miembros de la sociedad estén preparados y equipados para presionar a cualquiera que no respete la vida y la propiedad de los demás, para que respete las reglas de la sociedad. ¿Cómo y a través de quién se llega a la aplicación de la ley y del orden?
La respuesta dada por los liberales clásicos y por casi todos los demás es bien conocida. La tarea imprescindible de mantener la ley y el orden es la única función del estado. ¿Cómo se define el estado, entonces? Un estado no es simplemente una firma especializada. Convencionalmente, el estado está definido como una agencia que posee dos características únicas. Primero, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial con toma de decisiones de última instancia. Eso es, es el último árbitro en todo caso de conflicto, incluyendo los conflictos que el mismo estado implica, y no permite apelación superior a si mismo. Además, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial de impuestos. Eso es, es una agencia que fija unilateralmente a los particulares el precio que se debe pagar por el servicio de mantener la ley y el orden.
Errores del Liberalismo Clásico
Es muy difundida la visión liberal clásica con respecto a la necesidad de la institución del estado como proveedor de la ley y del orden, sin embargo, argumentos bastante elementales, económicos y morales, muestran como esta visión puede estar enteramente sesgada.
Entre economistas y filósofos políticos, una de las tesis más extensamente aceptadas es la de que todo "monopolio" es "malo" desde el punto de vista de los consumidores. Aquí, el monopolio es entendido como un privilegio exclusivo otorgado a un sólo productor de bienes o servicios, o como la ausencia de "libre entrada" en una línea particular de producción. Por ejemplo, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado o servicio, X. Tal monopolio es "malo" para los consumidores porque, protegido contra la entrada de nuevos participantes potenciales en un área dada de producción, el precio del producto será más alto y de calidad más baja que en condiciones competitivas. Por consiguiente, es de esperarse que la ley y el orden proporcionados por el estado sean excesivamente costosos y de calidad particularmente baja.
Sin embargo, este es sólo el más leve de los errores. El monopolio del gobierno no es como cualquier otro monopolio, tal como el de la leche, ni como el monopolio de coches que saca productos de baja calidad con precios altos. La agencia del gobierno es extraordinaria entre todas las otras agencias porque produce no sólo cosas buenas sino también malas. En realidad debe producir cosas malas para poder producir algo que pudiéramos considerar un bien.
Como hemos anotado, el gobierno es el juez último en todo caso de conflicto, inclusive en conflictos en que él mismo está implicado. Consecuentemente, en vez de prevenir y resolver conflictos, un monopolio de última instancia provocará conflictos adicionales para resolver el caso a su favor. Eso es, si uno sólo puede apelar al gobierno por justicia, la justicia estará pervertida en favor del gobierno, a pesar de la constitución y los tribunales supremos. De todas maneras, se trata de constituciones y tribunales del gobierno, y cualquier limitación en la acción del gobierno que ellos puedan encontrar será decidida invariablemente por agentes de la mismísima institución. Previsiblemente, las definiciones de propiedad y protección serán alteradas continuamente y la escala de la jurisdicción ampliada en favor del gobierno. El concepto de una ley eterna e inmutable que debería primar, desaparecerá y será reemplazada por la idea de la ley como legislación – una ley tan flexible como toda ley emanada del estado.
Todavía peor, el estado es un monopolio de impuestos, y mientras los que reciben los impuestos – los empleados del gobierno – la consideran como algo bueno, los que deben pagar los impuestos consideran el pago como algo malo, como un acto de expropiación. Como agencia en términos de protección de vida y propiedades, sostenida con impuestos, la mera institución del gobierno no es nada menos que una contradicción. Es un expropiador protector de propiedades, que "produce" cada vez más impuestos y siempre menos protección. Incluso si el gobierno limitara sus actividades exclusivamente a la protección de la propiedad de sus ciudadanos, como los liberales clásicos han propuesto, surgiría la pregunta adicional de cuánta seguridad debe producir. Motivados, como están todos, por intereses personales y la inutilidad del trabajo, pero equipados con el poder extraordinario de imponer tasas e impuestos, la meta de un agente de gobierno será invariablemente llevar al máximo los gastos en protección, y es concebible que gran parte de la riqueza de una nación pueda ser consumida por el costo de dicha protección, reduciéndose al mismo tiempo su alcance. Mientras más dinero pueda uno gastar y menos deba uno trabajar para producir, mejor se estará.
En suma, la estructura de los estímulos inherentes a la institución del gobierno no es una receta para la protección de vida y propiedad, sino una receta para maltratos, opresión, y explotación. Esto es lo que nos muestra la historia de los estados. Es primordialmente la historia de incontables millones de vidas humanas arruinadas.
Errores multiplicados: Liberalismo democrático
Una vez que el liberalismo clásico asumió erróneamente que la institución del gobierno era necesaria para la conservación de la ley y del orden, surgió la siguiente pregunta: ¿Cuál forma convencional de gobierno es mejor para la tarea entre manos? Mientras la respuesta liberal clásica a esta pregunta no fue de manera alguna unánime, fue aún perfectamente fuerte y clara. La forma tradicional de gobierno señorial o real era aparentemente incompatible con la idea añorada de derechos humanos universales, porque se trataba de un gobierno basado en el privilegio. Por consiguiente, fue excluida. ¿Cómo, entonces, podría encuadrarse la idea de universalidad de los derechos humanos con el gobierno? La respuesta liberal fue la de abrir la participación y la entrada en el gobierno de igual a igual, para todos, por la vía de la democracia. A cualquiera – ni siquiera se limitó a alguna clase hereditaria de nobles – le fue permitido llegar a ser funcionario del estado y ejercitar todas las funciones del gobierno.
Sin embargo, esta igualdad democrática ante la ley es algo enteramente diferente e incompatible con la idea de una ley universal, igualmente aplicable a todos, en todas partes, y en todos los tiempos. De hecho, el cisma y la desigualdad objetables anteriormente de la más alta ley de los reyes versus la ley subordinada de sujetos ordinarios se preservan completamente bajo la democracia en la separación del derecho público versus el derecho privado y la supremacía del anterior sobre el último. Bajo la democracia, todos son iguales en lo que se refiere a que la entrada está abierta para todos en términos igualitarios. En una democracia no existen privilegios personales ni personas privilegiadas. Sin embargo, existen los privilegios funcionales y las funciones privilegiadas. Siempre y cuando actúen en calidad oficial, los funcionarios públicos son gobernados y protegidos por la ley pública, con lo cual ocupan una posición privilegiada en relación con personas que actúan bajo la mera autoridad del derecho privado, fundamentalmente en que les es permitido sostener sus propias actividades por medio de impuestos cargados a sujetos de derecho privado. El privilegio y la discriminación legal no desaparecerán. Al contrario. Antes que estar restringidos a príncipes y nobles, el privilegio, el proteccionismo, y la discriminación legal estarán disponibles para todos y pueden ser ejercitados por todos.
Previsiblemente, entonces, bajo condiciones democráticas la tendencia de todo monopolio de aumentar los precios y disminuir la calidad es más pronunciada. Como monopolio hereditario, el rey o el príncipe consideraban el territorio y las personas bajo su jurisdicción como sus bienes muebles y se dedicaban a explotar monopolísticamente su "propiedad". Bajo la democracia, el monopolio, y la explotación monopolística no desaparecen. Incluso si a todos se les permite entrar el gobierno, no por eso se elimina la distinción entre gobernantes y gobernados. El gobierno y el gobernado no son uno y la misma persona. En vez de un príncipe que considera el país como su propiedad privada, un guardián temporal e intercambiable es puesto monopolísticamente a cargo del país. El guardián no es dueño del país, pero mientras esté en su oficio le es permitido utilizarlo para ventaja de si mismo y de sus protegidos. Tiene el uso actual – el usufructo – pero no su capital social. Esto no elimina la explotación. Al contrario, hace la explotación menos calculada, llevada a cabo con poca o ninguna consideración del capital social. La explotación es miope y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.
La Idea de una Sociedad del derecho privado
A la luz de los múltiples errores del liberalismo clásico, entonces, ¿cómo mantener la ley y el orden en relación con los efectivos y potenciales transgresores de la ley? ¡La solución está en una sociedad de derecho privado – una sociedad donde cada individuo e institución esté sujeta a un mismo conjunto de leyes! Ninguna ley pública que otorgue privilegios a personas de funciones específicas (y ningún dominio público) existe en esta sociedad. Sólo existe el derecho privado (y la propiedad privada), igualmente aplicable a todos y cada uno. A nadie le es permitido adquirir propiedades por medios que no sean la apropiación original, la producción, o el intercambio voluntario; y nadie posee los privilegios de imponer tasas e impuestos ni de expropiar. Además, a nadie, en una sociedad de derecho privado, le es permitido prohibir a cualquiera el utilizar su propiedad para entrar en cualquier línea de producción y competir contra quienquiera que a él le plazca.
Más específicamente, para ser justo y eficiente, la producción y la conservación de la ley tendrán que ser emprendidas por individuos y agencias libremente financiadas y competentes. ¿Cómo puede hacerse esto? Mientras es imposible predecir el perfil y la forma precisas que tomaría la "industria de la seguridad" dentro de la armazón de una sociedad de derecho privado – así como es imposible predecir la estructura específica de casi cualquier industria bajo las, hasta ahora, inexistentes circunstancias – se puede predecir un número significativo de cambios estructurales fundamentales en comparación con el estatu quo de la protección a la seguridad proporcionada por el estado.
Primero, en sociedades complejas un aspecto de la solución naciente sólo será de importancia secundaria, pero bajo ningún concepto debe de dejarse de considerar. Mientras que la provisión estadista de la ley y del orden ha llevado al desarme sucesivo de la población, rindiéndola cada vez más indefensa contra los transgresores de la ley, en una sociedad del derecho privado esencialmente no existirían restricciones en la propiedad privada de fusiles y otros armamentos. Es derecho elemental y sacrosanto de todos el ejercer la defensa propia para proteger su vida y su propiedad contra los invasores, y cuando uno conoce la experiencia del no tan salvaje oeste americano, así como de numerosas investigaciones empíricas en relación con la propiedad de armas e índices de criminalidad, más armas implican menos crimen. La intuición nos lo dicta, pero la propaganda del gobierno trata de negarlo sin descanso.
Sin embargo, en el moderno complejo de sociedades la defensa propia constituye sólo una pequeña parte de la producción general de seguridad. En el mundo actual no producimos nuestros propios zapatos, ni trajes, ni teléfonos; aprovechamos las ventajas de la división del trabajo. Esto también es verdad en la producción de seguridad. En gran parte, dependemos de agentes y agencias especializados en proteger nuestra vida y propiedad. En particular, la mayoría de las personas dependen de compañías de seguros libremente financiadas y competentes para su protección, y esta dependencia de las aseguradoras tenderá a aumentarse e intensificarse mientras más grande y más valiosa sea la cantidad de propiedades. Las compañías de seguros se asociarán en cambio y cooperarán con la policía y las agencias de detectives, o directamente como una subdivisión de la compañía de seguros o indirectamente como entidades separadas del negocio. Al mismo tiempo, las agencias de seguro cooperarán constantemente con agencias independientes internas y externas de árbitros y arbitraje.
¿Cómo trabajaría este sistema competitivo, interconectado, de compañías de seguro, policía, y agencias de arbitraje?
La competencia entre los aseguradores, la policía, y los árbitros por los clientes produciría una tendencia hacia la caída continua en el precio de la protección (por el valor asegurado), rindiendo así la protección más económica. Por contraste, un protector monopolístico que puede imponer tasas e impuestos al protegido puede cargar por sus servicios precios cada vez más altos.
Además, como ya ha sido indicado, la protección y la seguridad son bienes y servicios que compiten con otros. Si más recursos son asignados a la protección, menos puede gastarse en coches, en vacaciones, en alimentos, o en bebidas, por ejemplo. También, los recursos asignados a la protección de A o del grupo A (personas que viven por el Pacífico) por ejemplo, compite con recursos gastados en la protección de B o el grupo B (personas que viven por el Atlántico). Para un monopolio de la protección financiado con impuestos, la asignación de recursos por el estado será necesariamente arbitraria. Habrá sobreproducción (o producción insuficiente) de seguridad en comparación con otros bienes y servicios en competencia, y habrá sobreprotección para algunos individuos, grupos, o regiones y protección baja para otros.
En claro contraste, en un sistema de agencias de protección en libre competencia desaparecerían todas las arbitrariedades de asignación (en todas partes- y de producción insuficiente). La protección tendría la importancia relativa que tiene a los ojos de consumidores que pagan voluntariamente, y ninguna persona, grupo, ni región recibiría protección a costa de cualquier otro, sino que cada uno recibirían protección de acuerdo con sus pagos.
Además, los aseguradores tendrían que indemnizar a sus clientes en el caso del daño verdadero; de ahí, ellos deben operar eficientemente. Con respecto a desastres sociales, crimen en particular, esto significa que el asegurador estaría preocupado sobre todo por una prevención efectiva, porque sino puede prevenir un crimen, tendría que pagar. Aún más, si un acto criminal no puede prevenirse, un asegurador querría todavía recuperar el botín, aprehender el ofensor, y traerlo ante la justicia, porque haciéndolo el asegurador podría reducir sus costos y forzar al criminal – antes que a la víctima y a su asegurador – a pagar por los daños y por el costo de la indemnización.
En claro contraste, los estados, como monopolios compulsivos no indemnizan a las víctimas, y como pueden recurrir a los impuestos como fuente de fondos, tienen poco o ningún estímulo para prevenir el crimen o para recuperar de botín y capturar a los criminales. En realidad, si logran aprehender al criminal, típicamente obligan a la víctima y a otros contribuyentes a pagar por la encarcelación del criminal, añadiendo así insulto sobre injuria.
Ya ha sido indicado que las sociedades del derecho privado se caracterizan por el derecho a la defensa propia sin restricción y como consecuencia, por una extensa propiedad privada de armas y armamentos. Esta tendencia es reforzada aún más por el papel importante de las compañías de seguros en tales sociedades. Todos los estados procuran desarmar su población, por la razón obvia de que es menos peligroso cobrar impuestos a un hombre desarmado que a un hombre armado. Si una compañía de seguros libremente financiada fuese a demandar como requisito previo para la protección que los clientes potenciales entregasen todos los medios de defensa propia, despertarían inmediatamente una gran sospecha en cuanto a sus verdaderos motivos, y quebrarían rápidamente. En su propio interés, las compañías de seguros recompensarían a los clientes armados, en particular aquellos capaces de certificar algún nivel de instrucción en el manejo de armamentos, cargándoles primas bajas que reflejan el más bajo riesgo que representan. Así como los aseguradores cargan menos si los propietarios tienen un sistema de alarma o una caja de seguridad instalada, así un dueño entrenado en el uso de las armas representa un riesgo más bajo para el seguro.
Los estados, como monopolios de última instancia en la toma de decisiones, financiados por impuestos, pueden externalizar los costos asociados con la conducta agresiva en contribuyentes desventurados. De ahí que, los estados están, por naturaleza, más inclinados a llegar a ser agresores y belicosos más que agentes o agencias que deben correr por si mismos con los costos inherentes a la agresión y a la guerra. Las compañías de seguros son, por su misma naturaleza, agencias defensivas antes que agresivas. Por una parte esto es así, porque cada acto de agresión es costoso, y una compañía de seguros que utiliza una conducta agresiva requeriría primas relativamente más altas, lo que ocasiona la pérdida de clientes ante competidores no agresivos.
Por otro lado, no es posible asegurarse uno contra todo "riesgo" concebible. Desde otro punto de vista, sólo es posible asegurarse contra "accidentes," es decir, riesgos sobre cuyo resultado el asegurado no tiene control y a los que él no contribuye en nada. Por ejemplo, es posible asegurarse contra el riesgo de muerte y de fuego, pero es imposible asegurarse contra el riesgo de suicidarse o de prender fuego a su propia casa. Semejantemente, es imposible asegurarse contra el riesgo de fracaso en el negocio, contra el desempleo, o de tener aversión a un colindante, porque en cada caso uno tiene algún control sobre el acontecimiento.
Es bien notable que la inasegurabilidad de acciones y sentimientos individuales (en contraposición con accidentes) implica que también es imposible asegurarse contra el riesgo de daños que resulten de una previa agresión propia o provocación. En vez de eso, cada asegurador debe restringir las acciones de sus clientes para excluir toda agresión y provocación de su parte. Eso es, cualquier seguro contra desastres sociales, tales como el crimen, debe estar condicionados al sometimiento de los asegurados a normas especificas de conducta no agresiva. Casualmente, debido a las mismas razones y preocupaciones financieras, los aseguradores tenderán a requerir que todos sus clientes se abstengan de toda forma de tomarse la justicia por propias manos (menos quizás bajo circunstancias bastante extraordinarias), porque la justicia por propias manos, inclusive si es justificada, causa invariablemente incertidumbre y provoca la posible intervención de terceros. Más bien, obligando a sus clientes, siempre que piensen que han sido víctimizados, a someterse a procedimientos regulares, publicados previamente, se pueden evitar en gran parte estos alborotos y los costos asociados.
Finalmente, vale indicar que mientras los estados como agencias financiadas con impuestos pueden – y lo hacen – entrar en persecución a gran escala de crímenes sin victimas tal como el uso "ilegal de drogas", la prostitución, o las apuestas, estos "crímenes" tenderían a ser de poca o ninguna importancia dentro de un sistema de agencias de protección financiadas libremente. La "protección" contra tales "crímenes" requeriría primas de seguros más altas, pero desde que éstos "crímenes," a diferencia de crímenes genuinos contra las personas y la propiedad, no crean víctimas, muy pocas personas estarían dispuestas a gastar dinero en tal "protección".
Por último y muy importante, un sistema de competencia entre las agencias de protección tendría un impacto doble en el desarrollo de la ley. Por una parte, tendría en cuenta una mayor variabilidad de la ley. Antes que imponer un conjunto uniforme de estándares a todos (como bajo las condiciones del estatismo), las agencias de la protección podrían competir la una contra la otra no sólo vía el precio sino también por diferenciación del producto. Allí podría existir por ejemplo unas al lado de las otras, las agencias católicas de la protección o aseguradores que aplican la ley Canónica, las agencias judías que aplican la ley de Mosaica, las agencias musulmanas que aplican la ley Islámica, y las agencias que aplican la ley secular de una variedad u otra, todos ellas sostenidas por una clientela que paga voluntariamente. Los consumidores podrían escoger la ley aplicada a ellos y a su propiedad. Nadie tendría que vivir bajo una ley "extranjera".
Por otro lado, el mismísimo sistema de producción privada de ley y orden promovería una tendencia hacia la unificación de la ley. La ley "doméstica" – católica, judía, romana, etc. – aplicaría sólo a la persona y a la propiedad de los que la habían escogido, el asegurador, y todos los otros asegurados por el mismo asegurador bajo la misma ley. La ley Canónica, por ejemplo aplicaría sólo a católicos profesos y trataría únicamente con el conflicto entre católicos y la resolución del conflicto. Mas es también posible, por supuesto, que un católico quizás entre en conflicto con el suscriptor de algún otro código de la ley, por ejemplo, un musulmán. Si ambos códigos de la ley alcanzaron la misma o similar conclusión, no existiría ninguna dificultad.
Sin embargo, surgiría un problema si por códigos de leyes en competencia llegaran a conclusiones claramente diferentes (como sucede por lo menos a veces). La ley "doméstica" (inter-grupo) sería inútil, pero cada persona asegurada querría la protección contra la contingencia de conflictos de inter-grupo también. En esta situación no se puede esperar que un asegurador y los suscriptores de su código de la ley, subordinen simplemente su juicio al de otro asegurador y su ley. Sino, que para todas las partes implicadas hay sólo una salida creíble y aceptable de este predicamento.
Desde el principio, cada asegurador y sus clientes estarían obligados a someterse al arbitraje de un tercero realmente independiente. Sin embargo este tercero no sólo sería una entidad independiente, sino al mismo tiempo de elección unánime para ambos interesados. El tercero sería escogido por acuerdo entre las partes debido a la habilidad comúnmente percibida de que éste encuentra soluciones mutuamente aceptables (justas) en casos de desacuerdo inter-grupo. Además, si un árbitro falla en esta tarea y llega a conclusiones que se pueden percibir como "injustas" o "influenciadas" por uno de los aseguradores o sus clientes, esta persona o agencia es improbable que sea escogida como árbitro en el futuro.
En resumen, tendrían existencia los contratos de protección y seguridad. Los aseguradores (a diferencia de los estados) ofrecerían contratos a clientes con descripciones de propiedad bien especificadas y con deberes y obligaciones claramente definidos. Igualmente, la relación entre aseguradores y árbitros estaría gobernada por un contrato. Cada parte de un contrato, mientras dure su plazo o hasta el cumplimiento del mismo, estaría atado por estos términos y condiciones; y cada cambio (en los términos o condiciones) de un contrato requeriría el consentimiento unánime de las partes interesadas. Eso es, en una sociedad de derecho privado, a diferencia de las que se presentan bajo condiciones de estatismo, ninguna "legislación" existiría. Ningún asegurador podría salirse con prometer protección a sus clientes sin permitirles saber cómo ni a que precio, ni insistir en que podría cambiar unilateralmente los términos y las condiciones de la relación protector-cliente. Los clientes de seguros demandarían algo apreciablemente mejor, y los aseguradores suministrarían contratos y ley constante, en vez de promesas y una legislación cambiante.
Además, a consecuencia de la cooperación continua de varios aseguradores y árbitros, se pondría en marcha una tendencia hacia la unificación de la propiedad y el derecho de contratos y de la armonización de las reglas del procedimiento, la evidencia, y la resolución del conflicto. Por comprar el seguro de protección, todos compartirían la meta común de esforzarse por reducir el conflicto y aumentar la seguridad. Además, todos y cada uno de los conflictos y los reclamos por daño, sin importar donde, por o contra quien, caerían en la jurisdicción de una o más agencias específicas de seguro y sería manejado o por una ley "doméstica" individual del asegurador o por provisiones del derecho internacional y procedimientos acordados con antelación por un grupo de aseguradores.
Tal sistema aseguraría la más completa y perfecta estabilidad y certeza legal en cualquier sistema de seguridad al que podemos acudir actualmente.
Agosto 1 de 2006
Han-Hermann Hoppe [envíe correo electrónico a: [email protected]], a quien Lew Rockwell llama "un tesoro internacional," es miembro principal del Instituto Ludwig von Mises, catedrático de economía en la Universidad de Nevada, en Las Vegas, y redactor de The Journal of Libertarian Studies.
“Democracia: El Dios Que Falló”, es su octavo libro.
Visite su sitio web: http://hanshoppe.com/
Y algunos de sus artículos recientes en la página de Lew Rockwell:
http://www.lewrockwell.com/hoppe/hoppe-arch.html
Copyright © 2006 by Hans-Hermann Hoppe
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
Hans-Hermann Hoppe
Teoría e historia
Quisiera mostrarles, en un plano de abstracción superior, de qué modo la teoría resulta imprescindible para interpretar correctamente la historia. La Historia -la secuencia de acontecimientos que se desenvuelven en el tiempo- es «ciega». Nada nos dice sobre las causas y los efectos. Podríamos estar de acuerdo, por ejemplo, en que la Europa feudal era pobre, la Europa monárquica era más rica y la democrática lo es aún más. Ahora bien, ¿quiere ello decir que Europa era pobre a causa del feudalismo y que se enriqueció a causa de la monarquía y la democracia o, más bien, que Europa se enriqueció a pesar de estas formas de gobierno?
Los historiadores qua historiadores no pueden responder a este tipo de interrogantes y no hay datos estadísticos, por muchos que estos sean, capaces de alterar este hecho. Toda secuencia de acontecimientos resulta compatible con un número indeterminado de interpretaciones rivales y mutuamente incompatibles.
Para decidirnos por una de esas interpretaciones incompatibles necesitamos, en rigor, una teoría. Por teoría entiendo yo una proposición cuya validez no depende de la experiencia ulterior, sino que puede ser establecida a priori. Ello no quiere decir que cualquiera sin una experiencia general pueda establecer una proposición teorética. Ahora bien, incluso si la experiencia es necesaria, la visión teórica se extiende, trascendiéndola, más allá de la experiencia histórica particular. Las proposiciones teóricas tienen que ver con hechos y relaciones necesarios y, por consecuencia, con ciertas imposibilidades. La experiencia puede ilustrar la teoría, pero nunca la experiencia histórica podrá establecer o refutar un teorema.
La Escuela Austriaca
La teoría económica y política, sobre todo la desarrollada por la escuela austriaca, es un verdadero tesoro de proposiciones de este tipo. Por ejemplo, que una mayor cantidad de un bien resulta preferible a una cantidad menor de ese mismo bien; que la producción necesariamente precede al consumo; que sin propiedad privada de los factores de la producción no se puede conocer el precio de los factores y que sin el precio de los factores es imposible la contabilidad de costes; que un incremente en la oferta de papel moneda no puede hacer que aumente la riqueza social total, sino únicamente redistribuir la riqueza existente; que ninguna cosa o parte de ella puede ser poseída exclusivamente por más de una persona al mismo tiempo; que la democracia, en el sentido del gobierno de la mayoría, y la propiedad privada son incompatibles.
La teoría, evidentemente, no es un sustituto de la historia, pero sin un firme asidero teórico no se podrán evitar graves errores en la interpretación de los datos históricos.
Revisionismo histórico
Pertrechado con una teoría económica y política fundamental, presentaré a continuación una reconstrucción revisionista de la moderna historia occidental: del auge de los Estados absolutistas a partir de los órdenes feudales aestatales; de la transformación de los Estados monárquicos en Estados democráticos, proceso inaugurado en el mundo occidental por la Revolución francesa y concluido al final de la Gran guerra; del ascenso de los Estados Unidos al rango de «imperio universal». Los escritores neoconservadores como Francis Fukuyama suelen interpretar este desarrollo como un progreso de la civilización, proclamando que, con el triunfo de la democracia occidental (al modo norteamericano) y su globalización (para hacer el mundo más seguro para la democracia), ha llegado el «fin de la Historia».
Primer mito
Mi interpretación teórica es radicalmente distinta. Ello implica la demolición de tres mitos históricos. El primero y más importante es el mito de que el desenvolvimiento de los Estados a partir de un orden anterior no estatal ha determinado el progreso económico y de la civilización. En realidad, la teoría dictamina que el progreso tiene lugar a pesar -no a causa- de la fundación del Estado.
Un Estado se define convencionalmente como una agencia que ejerce el monopolio territorial compulsivo de la decisión soberana (jurisdicción) y la imposición fiscal. Por definición, todo Estado, con independencia de su constitución, resulta ser económica y éticamente deficiente. Todo monopolista es «perverso» desde el punto de vista de los consumidores. Por monopolio se entiende la ausencia de entrada libre en un sector concreto de la producción: sólo una agencia, A, puede producir X.
Todo monopolio es «malo» para los consumidores, pues al estar blindado contra la incorporación de potenciales rivales en un sector, el precio de sus productos será más elevado y la calidad más baja que si el derecho de entrada fuese libre. Así pues, un monopolista del poder soberano será todavía más perverso. Mientras que otros monopolistas producen bienes de inferior categoría, un poder jurisdiccional monopolista, además, producirá males, pues quien decide en última instancia en caso de conflicto tiene también la última palabra en todo conflicto que le afecta. Consecuentemente, a pesar de la prevención y resolución de conflicto, un monopolista de la última instancia de la decisión causará y provocará conflictos precisamente para establecer el monopolio en su propio beneficio.
No se trata sólo de que nadie querría aceptar semejante monopolio jurisdiccional, sino que nadie, en ningún caso, estaría de acuerdo con una provisión de decisiones jurisdiccionales que permitiera al juez determinar unilateralmente el precio que debe pagarse por ese «servicio». Previsiblemente, semejante monopolista destinaría cada vez más recursos (procedentes de la imposición sobre las rentas) para producir cada vez menos bienes y cometer cada vez más infamias. Esta asignación de recursos no atendería a la protección de los ciudadanos, sino a su opresión y explotación. La resultante del Estado no es, pues, la cooperación pacífica y el orden social, sino el conflicto, la provocación, la agresión, la opresión, la depauperación, en suma, la descivilización. Sobre lo cual, después de todo, nos ilustra la historia de los Estados, que no es otra cosa que la historia de los millones de víctimas inocentes del Estado.
Segundo mito
El segundo mito se refiere a la transición histórica de las monarquías absolutas a los Estados democráticos. No son únicamente los neoconservadores los que interpretan esta mutación como un progreso, pues existe un acuerdo cuasi universal en reconocer que la democracia representa, frente a la monarquía, un avance y que es la causa del progreso económico y moral.
La teoría contradice esta interpretación, pues si bien todo Estado, sea monárquico o democrático, es deficiente, la democracia es mucho peor que la monarquía.
En términos teóricos, la transición de la monarquía a la democracia implica nada más y nada menos que el «propietario» de un monopolio hereditario -príncipe o rey- es sustituido por el monopolio de los «custodios» o representantes democráticos (caretakers) -presidentes, jefes de gobierno y parlamentarios, todos ellos temporales e intercambiables-. Tanto los reyes como los presidentes producen males, pero como quiera que un rey es el «propietario» de un monopolio que puede vender o legar, se ocupará de las repercusiones de sus acciones sobre el valor de su capital. Como propietario del capital de «su» territorio, el rey, comparado con los curadores democráticos, estará orientado al futuro (baja preferencia temporal). Para preservar o aumentar el valor de su propiedad, el rey explotará moderada y calculadamente su patrimonio. Por el contrario, un representante democrático provisional e intercambiable no es el propietario del país, pero mientras se desempeñe en su cargo podrá usarlo en su propio beneficio. De este modo se dedicará a una explotación a corto plazo del mismo (elevada preferencia temporal), realizada sin tener en cuenta el valor del capital.
Tampoco parece que sea una ventaja de la democracia el hecho de que en estos regímenes exista el derecho de entrada libre al gobierno (mientras que bajo la monarquía la entrada queda sometida a la discrecionalidad del rey). Al contrario, únicamente la competencia en la producción de bienes es una cosa buena. La competencia en la producción de males no es buena; de hecho se trata de una perversión completa. Los reyes, que alcanzaron su posición en razón de su nacimiento, puede que fuesen unos diletantes inofensivos o unos hombres decentes (pues si fueran unos «locos» lo normal es que la gente cercana y concernida por el patrimonio dinástico le contuvieran en seguida o, llegado el caso, le asesinaran). En agudo contraste, la selección de los gobernantes mediante elecciones populares hace imposible que una persona inofensiva o decente pueda llegar a lo más alto del gobierno alguna vez. Los presidentes y los jefes de gobierno se alzan con sus magistraturas como consecuencia de su gran eficacia como demagogos moralmente desinhibidos. Por eso, la democracia es el régimen que asegura que únicamente los tipos peligrosos llegan arriba.
Concretamente, la democracia es vista como la causante de la elevación de la preferencia temporal social (orientación al presente) o de la «infantilización» de la sociedad. Ello se refleja en el continuo aumento de los impuestos, del dinero fiduciario y el papel moneda inflacionario, en la expansión del azote de la legislación motorizada y en la cada vez mayor «deuda» pública. Del mismo modo, la democracia determina la disminución del ahorro, el aumento de incertidumbre legal y la confiscación de los ingresos personales y su redistribución. Implica además la «ocupación» legislativa de la propiedad de unos cuantos -los poseedores (The haves)- y su «transferencia» a los demás -los desposeídos (The have-nots)-. En la medida en que las gentes puedan aspirar a la redistribución de cualquier cosa valiosa -aquello que los poseedores tienen en gran cantidad, pero no los desposeídos-, semejante posibilidad redistributiva se convertirá en un poderoso incentivo para que el valor o la producción de las cosas se reduzcan drásticamente. En otras palabras, la proporción de gente poco recomendable aumentará, así como la de los tratos, hábitos y conductas dudosas, de modo que la vida social se embrutecerá progresivamente.
Finalmente, la democracia puede describirse también como la causante de una profunda mutación en la conducción de la guerra. Dado que las democracias pueden externalizar los costes de su agresión contra terceros (vía impuestos), ello determina que tanto los reyes como los presidentes sean más agresivos y belicosos de «lo normal». Sin embargo, la motivación que hace que un rey vaya a la guerra es típicamente una disputa por la propiedad de una herencia. El objetivo de esa guerra es algo tangible, de naturaleza territorial, a saber: el dominio eminente sobre una región y sus habitantes. Para alcanzar esa meta le interesa distinguir entre combatientes (sus enemigos y objetivos del ataque) y no combatientes y sus propiedades (que quedarán al margen de la guerra los daños que esta inflige). Fue la democracia el régimen que transformó las guerras limitadas de los reyes en guerras totales. En esta nueva etapa, las guerras se hicieron ideológicas, librándose en nombre la democracia, la libertad, la civilización o la humanidad. Los objetivos eran ya, pues, intangibles y difíciles de aprehender: la «conversión» ideológica de los perdedores precedida de la rendición «incondicional» (la cual, dado que nunca se puede estar seguro de la sinceridad de la conversión, puede llegar a exigir medios como el asesinato masivo de civiles). Al mismo tiempo, con la democracia se desdibujó, hasta desaparecer, la distinción entre combatientes y no combatientes; finalmente, la implicación de las masas en la guerra -impulsada por la conscripción militar obligatoria- y los «daños colaterales» se convirtieron en parte importante de la estrategia bélica.
Tercer mito
Por último, el tercero de los mitos que deben ser erradicados es la presunción de que no existe una alternativa a las democracias sociales occidentales según el modelo de los Estados Unidos. De nuevo, la teoría indica algo muy distinto. De entrada, esta creencia es falsa, pues el moderno Estado de bienestar no es un sistema económico «estable». Esta abocado al colapso bajo el peso de su gravosa estructura parasitaria, lo mismo que socialismo de estilo ruso se desplomó hace una década. Mas existe una alternativa estable a la democracia. El término que yo propongo para esa alternativa es el de «orden natural».
En un orden natural todo recurso escaso, incluida toda la tierra, es poseído privadamente; toda empresa depende de los consumidores que voluntariamente adquieren sus productos o de los donantes privados y el derecho de entrada en un sector de la economía, incluido el de la protección de la propiedad, el arbitraje de conflictos y la pacificación, es libre.
Mientras que los Estados desarman a sus ciudadanos para poder robarles mejor (con lo que les hacen más vulnerables también al ataque criminal o terrorista), un orden natural se caracteriza por una ciudadanía armada. Este es precisamente el rasgo distintivo de las compañías de seguros, que desempeñarían un prominente papel como proveedoras de seguridad y protección en un orden natural. Los aseguradores animarían a la gente a poseer armas de fuego, bajando las primas a sus clientes armados y entrenados en el uso de estos instrumentos. Por su naturaleza, los aseguradores son agencias defensivas. Únicamente los daños «accidentales» son «asegurables», no los autoinfligidos o los causados o provocados por el individuo. En un orden natural, los agresores y provocadores serían excluidos de la cobertura, lo que les debilitaría. Puesto que los aseguradores estarían obligados a indemnizar a sus clientes en caso de ser victimados, tendrían que ocuparse permanentemente de la prevención de las agresiones criminales, del rescate de los bienes expropiados y de la captura de los responsables de los daños en cuestión.
Por otro lado, la relación entre el asegurador y su cliente sería contractual. Las reglas del juego serían mutuamente aceptadas y fijadas. Un asegurador no podría «legislar» o alterar unilateralmente los términos del contrato. Así, un asegurador deseoso de atraerse una clientela, tendría que ofrecer en sus contratos una cobertura para la previsible contingencia del conflicto, pero no sólo en el caso de que este se produzca entre sus propios clientes, sino sobre todo con los clientes de otros aseguradores. La única provisión que cubriría satisfactoriamente esta última contingencia sería que cada asegurador se ligara contractualmente al arbitraje de un tercero independiente. Sin embargo, no valdría cualquier tipo de arbitraje. Los aseguradores en conflicto tendrían que estar de acuerdo en el árbitro y agencia de arbitraje y precisamente para que los aseguradores reconozcan al árbitro, este tendría que producir un producto (un procedimiento legal y un juicio sustantivo) capaz de suscitas el consenso moral más amplio posible tanto entre los aseguradores como entre los clientes. Así pues, en contra de las condiciones impuestas por el estatismo, un orden natural se caracterizaría por un derecho predecible y estable y por una creciente armonía jurídica.
Estrategia
Proceden ahora, como conclusión, unos cuantos comentarios sobre los problemas estratégicos. ¿Cómo puede transformarse un Estado centralista y democrático en un orden natural? Ciertamente, el Estado centralista y democrático no se autoabolirá democráticamente. He aquí la respuesta: mediante la secesión como etapa intermedia y decisiva hacia la meta última de la privatización total.
Un gobierno central que gobierna vastos territorios -y con más razón una superpotencia y, en última instancia, un único gobierno mundial- no puede aparecer ab ovo. Al contrario, todas las instituciones con poder fiscal y reglamentario sobre los propietarios particulares comenzaron a desarrollarse a pequeña escala. Ello supuso cientos de años y guerras interestatales sin cuento antes de que se alcanzara el actual grado de centralización política.
Para sustituir al Estado democrático por un orden natural, el proceso de expansión y centralización territorial, inherente a la naturaleza del Estado, debe ser revertido. El Estado central tiene que descomponerse en sus partes constituyentes. Así, en vez de un «Orden Mundial» (inevitablemente controlado por los Estados Unidos), tendríamos un mundo basado en decenas de miles de diversos países, regiones o cantones y cientos de miles de ciudades libres independientes como las hoy pintorescas Mónaco, Andorra, San Marino, Liechtenstein, Hong-Kong, Singapur, Bermuda, etc.
Los apologetas de un Estado central y de la centralización política (como los Estados Unidos) argumentan que este mundo que yo defiendo conduce a la desintegración y al empobrecimiento. Sin embargo, la reflexión teórica demuestra que esa aspiración no es más que otro mito estatista. Estimo que el resultado sería exactamente el contrario.
Los pequeños gobiernos tienen muchos competidores próximos. Si se nota demasiado que gravan a sus propios súbditos y les complican la vida con reglamentaciones más que sus competidores, quedarán expuestos a sufrir la emigración del trabajo y el capital. Además, cuanto más pequeño es un país, mayor será la presión para optar por el librecambio en vez del proteccionismo. Toda interferencia gubernativa en el comercio internacional causa un empobrecimiento relativo, tanto dentro del país como fuera. Pero cuanto más pequeño sean un territorio y su mercado interior, más dramático será ese efecto. Si los Estados Unidos adoptaran el proteccionismo, el nivel de vida norteamericano se desplomaría, pero nadie perecería. Sin embargo, si una simple ciudad, digamos Mónaco, hiciera lo mismo, desaparecería casi inmediatamente. Supongamos que una hacienda sencilla es la unidad secesionista más pequeña concebible. Si adoptara el librecambio sin restricciones, incluso el más pequeño territorio sería capaz de integrarse plenamente en el mercado mundial, participando de todas las ventajas de la división del trabajo. Sus propietarios serían así la gente más rica de la tierra. Por otro lado, si los propietarios de esta misma hacienda decidieran prescindir del comercio interterritorial, la más abyecta pobreza y la muerte se abatirían sobre ellos. Según esto, cuanto más pequeño es un territorio y su mercado interior, más probable es que opte por el librecambio.
Además, y esto es algo que ahora no puedo explicar con detalle, sino tan sólo indicar, la secesión promueve la integración monetaria, conduciendo a la sustitución del actual sistema monetario de moneda papel nacional fluctuante por un patrón de dinero-mercancía totalmente ajeno al control del gobierno. En suma, el mundo estaría constituido por pequeños gobiernos liberales, económicamente integrados gracias al librecambio y a un dinero-mercancía internacional como pueda serlo el oro. Ese sería un mundo de una prosperidad, un crecimiento económico y un avance cultural inauditos.
Traducción de sepremu.es
By Hans-Hermann Hoppe
Una de las tesis más extensamente aceptadas entre los economistas políticos es la siguiente: Todos los monopolios son malos desde el punto de vista de los consumidores. Por monopolio se entiende, en su sentido clásico, como un privilegio exclusivo otorgado a un productor unico de un bien o servicio, o sea, como la ausencia de entradas libres en una línea particular de producción. Es decir, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado, X. Cualquier monopolio es malo para los consumidores porque, protegido de nuevos participantes potenciales en su área de producción, el precio del producto X será más alto y la calidad más baja que si fuera de otro modo.
Esta verdad elemental ha sido invocada con frecuencia como un argumento a favor del gobierno democrático como opuesto al gobierno clásico, monárquico o señorial. Porque bajo la democracia la entrada al aparato gubernamental es libre – cualquiera puede llegar a ser primer ministro o presidente – mientras que bajo la monarquía está restringido al rey y su heredero.
Sin embargo, este argumento en favor de la democracia adolece de fallas fatales. La entrada libre no siempre es buena. Libertad de entrada y competencia en la producción de bienes son buenas, pero en la producción de algo malo no lo son. Libertad de entrada en el negocio de torturar y matar inocentes, o la libre competencia de falsificar o estafar, por ejemplo no son buenas; es peor que malo. ¿Así que qué tipo de "negocio" es gobernar? La respuesta: no es un productor usual de bienes en venta a consumidores voluntarios. Por lo tanto es un "negocio" dedicado a robar y a expropiar – por medio de impuestos y falsificación – y a guardar para sí los bienes robados. De ahí que, la libertad de entrar en el gobierno no mejora algo bueno. En realidad, hace las cosas peores, es decir, agrava lo malo.
Desde que el hombre es como es, en toda sociedad existen personas que codician la propiedad de los demás. Algunas personas están más inclinadas a este sentimiento que otras, los individuos aprenden generalmente a no actuar bajo tales pasiones y aún más, se sienten avergonzados de tenerlas. Ordinariamente pocos individuos son incapaces de suprimir exitosamente sus apetitos por la propiedad de otros, y son tratados como criminales por sus congéneres y reprimidos bajo la amenaza del castigo físico. Bajo el gobierno señorial, sólo una sola persona – el príncipe – puede actuar legalmente bajo el deseo por la propiedad de otra persona, y esto es lo que lo convierte en un peligro potencial y en un "malo".
Sin embargo, un príncipe es restringido en sus deseos de redistribución porque todos los miembros de la sociedad han aprendido a considerar el tomar y redistribuir la propiedad de otras personas, como vergonzoso e inmoral. Por consiguiente miran cada acción del príncipe con sospecha suprema. En claro contraste, al abrir la entrada en el gobierno, a cualquiera le es permitido expresar libremente su deseo por la propiedad de otros. Lo qué era considerado anteriormente como inmoral y por consiguiente suprimido, es ahora considerado como un sentimiento legítimo. Todos pueden codiciar abiertamente la propiedad de otros en nombre de la democracia; y todos pueden actuar bajo este deseo por la propiedad de otros, siempre y cuando logren entrar en el gobierno. De ahí que bajo la democracia cualquiera puede llegar a ser una amenaza.
En consecuencia, bajo condiciones democráticas, el popular deseo por la propiedad de otra persona, aunque inmoral y antisocial, es sistemáticamente reforzado. Toda demanda es legítima si es proclamada públicamente bajo la protección especial de la "libertad de expresión". Todo puede ser dicho y reclamado, y todo está a disposición de cualquiera. Ni siquiera el aparentemente seguro derecho de propiedad privada está exento de alguna solicitud de redistribución. Peor aún, mediante elecciones populares, aquellos miembros de la sociedad con poca o ninguna inhibición para hacerse a la propiedad de otras personas, eso es amorales habituales, con gran talento para obtener las mayorías populares para una multitud de demandas moralmente irreprimidas y mutuamente incompatibles (demagogos eficientes) tenderán a ganar entrada y ascenso a la cima del gobierno. De ahí que, una situación mala llega a ser todavía peor.
Históricamente, la selección de un príncipe fue por el accidente de su nacimiento noble, y típicamente el único requisito personal fue su educación como futuro príncipe y custodio de la dinastía, su posición, y sus posesiones. Esto no aseguraba que un príncipe no fuera malo y peligroso, por supuesto. Sin embargo, vale recordar que todo príncipe que fallaba en su deber primario de preservar la dinastía – que arruinaba el país, que causaba inestabilidad, confusión y disensión civil, o que de cualquiera forma pusiera en peligro la posición de la dinastía – encaraba el riesgo inmediato o bien de ser neutralizado o de ser asesinado por otro miembro de su propia familia. En todo caso, sin embargo, incluso si el accidente del nacimiento y educación no impidiera que un príncipe quizás fuera malo y peligroso, el accidente de un nacimiento noble y una educación magnífica tampoco impedía que fuera un diletante inocuo o aún una persona buena y moral.
Por lo contrario, la selección de gobernantes por medio de elecciones populares hace casi imposible que una persona buena o inocua pueda jamás subir a la cúspide. Primeros ministros y presidentes son escogidos por su eficiencia probada como demagogos moralmente laxos. Por lo tanto la democracia asegura virtualmente que sólo personas malas y peligrosas suban al más alto gobierno. Efectivamente, a consecuencia de la libre competencia y selección políticas, los que suben llegan a ser individuos cada vez más malos y peligrosos, pero como vigilantes transitorios e intercambiables sólo en pocas ocasiones son asesinados.
No puede haber mejor cita que la de H.L. Mencken en este contexto. "Los políticos," dice con su agudeza típica, "nunca o rara vez logran [el cargo público] por mérito solamente, por lo menos en estados democráticos. A veces, claro está, sucede, pero sólo por un milagro especial. Normalmente son escogidos por razones bastante diferentes, la principal de las cuales es simplemente su poder de impresionar y hechizar a los marginados intelectuales…. ¿Acaso alguno de ellos se aventura a decir la verdad simple, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la situación del país, sea éste extranjero o doméstico? ¿Se abstendrá de hacer promesas que sabe que no puede cumplir – que ningún humano podría cumplir? ¿Pronunciará una palabra, por obvia que sea, que alarme o enajene a cualquiera de la inmensa mayoría de imbéciles que se arraciman en la coyuntura pública, revolcándose en la papilla cada vez más y más delgada, esperando que llegue lo que no ha de llegar? Respuesta: puede ser cierto, pero sólo por unas pocas semanas al comienzo…. Pero nunca después que el asunto se ha debatido suficientemente, y la lucha está en su punto álgido…. Prometerán a cada hombre, mujer y niño en el país, cualquier cosa que quieran oir. Recorreran los campos en busca de oportunidades de hacer rico al pobre, de remediar lo irremediable, de asistir al que ya ni siquiera necesita socorro, de descifrar lo indescifrable, de desinflamar lo ininflamable. Todos estarán curando verrugas con palabras mágicas y saldando la deuda pública con dinero que nadie tendrá que ganar. Cuándo uno de ellos demuestra que dos veces dos son cinco, otro demostrará que son seis, seis y una mitad, diez, veinte, N. Para abreviar, se despojarán de su carácter de hombres sensatos, sinceros y veraces, y se convertirán simplemente en candidatos para el oficio, centrados sólamente en arrinconar votos. Todos sabrán en ese entonces, suponiendo que algunos aún no lo saben, que los votos se obtienen en la democracia, no con palabras coherentes y juiciosas sino hablando tonterías, y se aplicarán al trabajo con entusiasmo, cantando y bailando. La mayoría, antes que el alboroto termine, ya estarán realmente convencidos. El ganador será quien haga la mayor cantidad de promesas con la menor posibilidad de cumplir".
November 8, 2004
Han-Hermann Hoppe [envíe correo electrónico a: [email protected]], a quien Lew Rockwell llama "un tesoro internacional," es miembro principal del Instituto Ludwig von Mises, Catedrático de Economía en la Universidad de Nevada, en Las Vegas, y Redactor de The Journal of Libertarian Studies.
Democracia: El Dios Que Falló, es su octavo libro.
Visite su sitio web: http://hanshoppe.com/
y algunos de sus artículos recientes en la página de Lew Rockwell: http://www.lewrockwell.com/hoppe/hoppe-arch.html
Copyright © 2004 by LewRockwell.com
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
La economía no es una ciencia complicada. Tampoco lo es el poder.
Darryl Robert Schoon
Las depresiones son fenómenos monetarios causados por la emisión excesiva de crédito en el Banco Central. En 1913, el recién creado Banco Central de los EE.UU., la Reserva Federal, inició la emisión de dinero con base a crédito. Dentro de los siguientes diez años, el flujo de crédito del Banco Central, en la década de 1920, encendió una prodigiosa bonanza bursátil, y poco después, tras el colapso de la burbuja en 1929, el mundo entró en su primera Gran Depresión en 1933.
Los bancos de inversión son la perdición de la banca central. Si bien todos los bancos centrales, comerciales y de inversión, ven al crédito como una oportunidad para explotar el crecimiento y la productividad de la sociedad, esa explotación del crecimiento y la productividad expone a la sociedad a riesgos extremos ya que los bancos utilizan sus ahorros, los de la sociedad, para hacer apuestas volátiles y especulativas.
Los riesgos asumidos por los bancos de inversión en especulación se logran mediante el apalancamiento de los ahorros de la sociedad, y, cuando estas apuestas son lo suficientemente altas y salen mal - ya que sin duda la suerte de los banqueros de inversión se debe más a su proximidad al crédito que a su capacidad para prever el futuro - es la sociedad la que soporta el embate doloroso de la pérdida de sus ahorros.
Los banqueros de inversión no pueden resistir la tentación del exceso de crédito y, al igual que los compradores de casas con hipotecas a tasas de interés “coquetas” (Nota del Traductor, tasas muy bajas al principio, aún al 0% por un período considerable, pero que se disparan a cifras de 2 dígitos posteriormente), porque siempre quieren abarcar más de lo que pueden - con consecuencias desastrosas.
El apalancamiento desmedido de los bancos de inversión en el decenio de 1920 causó la Gran Depresión de la década de 1930 y su más reciente intento de querer abarcar más de lo que pueden, en la década iniciada en el año 2000, está a punto de causar otra Gran Depresión en el próximo decenio, 2010-2020.
Es la proximidad de los bancos de inversión a los grupos de ahorro lo que les permite obtener beneficios. Por su acceso a los ahorros de la sociedad, los bancos de inversión usan la riqueza de la sociedad como fundamento de sus altamente apalancadas apuestas en los mercados financieros, y al hacerlas, nos ponen a todos en peligro.
GOBIERNO: DISPOSITIVO MEDIANTE EL CUAL UNOS POCOS CONTROLAN A LOS DEMÁS
El colapso de los mercados financieros en la primera Gran Depresión llevó al Congreso de los EE.UU. a promulgar leyes con las cuales se esperaba asegurar que ese colapso no volviera a suceder. Con ese fin, en 1933 fue aprobada por el Congreso el Acta Glass-Steagall y firmada como ley.
Reconociendo el papel que los bancos de inversión habían desempeñado en la Gran Depresión, la aprobación del Acta Glass-Steagall en 1933 separó la banca de inversión de la banca comercial, para asegurarse que la especulación de los primeros no volvería a desestabilizar a los segundos, como lo hizo durante la Gran Depresión y que condujo a la pérdida de los ahorros de los americanos.
LO QUÉ LOS BANQUEROS HAN UNIDO QUE NADIE LO SEPARE
Sin embargo, en 1999, el Congreso de los EE.UU. derogó el Acta Glass-Steagall y los Estados Unidos de América volvieron a ser vulnerables una vez más a las, altamente apalancadas, aventuras de Wall Street. This time, however, it was not only the US but the entire world whose futures were to be bet and lost by Wall Street gamblers. Esta vez, sin embargo, no fue sólo el futuro de los EE.UU. sino el de todo el mundo el que sería apostado y perdido por los jugadores de Wall Street.
La globalización de los mercados financieros ha extendido los peligros de la banca de inversión americana a bancos, compañías de seguros y fondos de pensiones de todo el mundo. Ahora, las economías de Europa y Asia, así como la de los EE.UU. vinieron a ser impactadas por los apostadores de Wall Street quienes en el año 2000, literalmente, apostaron la casa contra la posibilidad de que las CDOs (obligaciones respaldadas con hipoteca) con crédito deficiente, actualmente valieran de acuerdo a su calificación AAA.
La ley Glass-Steagall, promulgada en 1933 para prevenir otra Gran Depresión fue derogada a instancias de los banqueros. Si bien es cierto que en determinados momentos el gobierno de los EE.UU. actúa buscando el mejor interés de la sociedad (y por lo general simulando que lo hace), usualmente es el peón de intereses especiales que se alimentan en el canalón de la generosidad y de los reglamentos del gobierno. La derogación de la Ley Glass-Steagall en 1999 fue pues, un regreso a la mediocridad.
Hoy estamos en las etapas iniciales de otro colapso que dará lugar a otra Gran Depresión. Las salvaguardias de seguridad puestas en marcha para prevenir este tipo de sucesos no sólo fueron desmontadas en 1999, sino que, ahora en 2008, el gobierno de los EE.UU. se ha acercado aún más a exponer a sus ciudadanos y, de hecho al mundo entero, a los excesos de la carnicería especulativa y de la locura de la banca de inversión.
EL IMPERIO DE LA LEY ES UNA COSA MARAVILLOSA, ESPECIALMENTE SI ES USTED QUIEN LA ESCRIBE.-
www.bloomberg.com 8 de abril de 2008
Mientras los mercados (financieros) se paralizaban la FED decidió conceder acceso a su ventanuilla de préstamos con descuento a veinte de los principales distribuidores de bonos del gobierno estadounidense, beneficio hasta entonces reservado a los bancos solamente. El banco central ahora subasta hasta 100 mil millones de dólares a los prestamistas cada mes, y ha reducido el costo de los préstamos directos a sólo un cuarto de punto por encima de la tasa nocturna para préstamos entre bancos.
La Reserva Federal de los EE.UU. está ahora asegurando, es decir, subsidiando, actividades de bancos privados comerciales de inversión en el mundo. Los 20 principales distribuidores de bonos del gobierno de los EE.UU. incluyen los más grandes bancos de inversión del mundo, el BNP Paribas Securities Corp (francés), Barclays Capital Inc (británico), Banc of America Securities LLC (EE.UU.), UBS Securities LLC (Suiza), Dresdner Kleinwort Wasserstein Securities LLC (alemán), Daiwa Securities USA Inc (Japón), etc
En verdad, estos bancos de inversión son entidades mundiales y no tienen nacionalidad real, sin importar cuál sea la jurisdicción donde se encuentren legalmente domiciliadas. Como tal, tampoco tienen ninguna lealtad, claro está, con excepción de sus propios intereses.
Pregunta: ¿Por qué el gobierno de los EE.UU. está asignando recursos públicos en beneficio de bancos de inversión internacionales privados?
Respuesta: Recursos de los EE.UU. están subvencionando inversiones internacionales a través del Banco de la Reserva Federal, una entidad cuasi-privada a la cual se le dieron poderes gubernamentales en 1913 (algunos alegan una violación a la Constitución de los EE.UU.). El hecho de que un banco cuasi-privado esté rescatando bancos privados con dinero público no tiene sentido. Pero lo que tampoco tiene sentido es por qué el público lo permite.
Hay bastante discusión acerca de la justificación y los motivos por los cuales las Bancos Centrales de EE.UU., el Reino Unido, Europa, Japón están rescatando bancos privados con dinero público. Temas tales como el “riesgo moral” plantean incógnitas sobre el derecho a, y las consecuencias de, tales rescates.
En verdad, esas incógnitas son irrelevantes. No es que por si mismas carezcan de importancia, sino cuestiones como el “riesgo moral” no tendrán efecto alguno en lo que va a pasar.
La intención es el motivo subyacente que explica lo que está a punto de ocurrir. La intención de los banqueros privados no es la estabilidad pública, ni el crecimiento, ni la productividad, es la búsqueda privada de beneficios a través de la utilización del crédito y la deuda públicos.
Hoy en día, la mayoría de los gobiernos, especialmente los de EE.UU. y el Reino Unido, están controlados por los banqueros privados, razón por la cual la política del gobierno sigue y seguirá siendo favorecer el interés que los banqueros privados tienen sobre los bienes públicos.
EL DIOS MAMMÓN SE DESHACE
Estoy seguro de que en algunos sectores de la Iglesia Católica se plantearon objeciones (tal vez incluso con motivos teológicos) sobre la tortura utilizada por la Iglesia durante la Inquisición española, al igual que hoy en día, ha habido objeciones, planteadas por algunas personas en los EE.UU., en cuanto al uso de la tortura en su "guerra contra el terror".
Las objeciones son toleradas continuamente por quienes están en el poder, siempre que las mismas no se lleven al nivel de la acción. La objeción al banco central y la influencia del crédito en nuestros asuntos monetarios, es por lo tanto, retórica. La influencia de los banqueros privados y de los bancos centrales en los asuntos monetarios no cambiará hasta que dicha influencia haya tenido su recorrido completo, lo cual está ahora a punto de suceder.
La presente época de la banca central es probable que algún día se conozca como el período en que los banqueros merodeaban la tierra. Igual que durante el Período Jurásico, cuando los dinosaurios libremente vagaban por el mundo con independencia para comer lo que quisieran o comerse a quien tuvieran en frente, los banqueros han hecho más o menos lo mismo en la época actual, y que está a punto de finalizar: beneficiarse de la productividad de la sociedad y de las deudas en que incurren los sectores público y privado, como resultado de las políticas bancarias que inducen a consumir a crédito.
Los banqueros lograron un inmenso poder durante esta época mediante la explotación de fallas en la naturaleza humana y fallas en el sistema económico que construyeron para su propio beneficio. Pero como ocurre con todos los defectos, humanos o económicos, las consecuencias, con el tiempo, salen a la luz. Ese tiempo ya ha llegado.
El dinero no es crédito, ni lo es el dinero creado de jure ,mediante la distribución de cupones de papel con un sello del gobierno impreso, indicando que los cupones son moneda legal y que debe utilizarse para finiquitar las deudas.
Es bastante sorprendente la idea de que los cupones, o el papel moneda del banco central, es decir deuda, puedan ser usados para finiquitar otra deuda. Que nos hayan llevado a aceptarlo es aún más sorprendente. A lo largo de la historia, todo experimento con "papel moneda" para finiquitar las deudas ha fracasado. No será diferente nuestro actual experimento de usar papel moneda con ese mismo fin.
La reciente corrección en el precio del oro y la plata es sólo eso, una corrección que de todos modos es un repudio directo al actual intento por parte de los gobiernos y los banqueros de sustituir cupones de papel por dinero real.
Un documento en yenes, un documento en euros, un documento en dólares, cuando no es convertible a, y no está respaldado por, oro o plata, es sólo una caricatura de dinero, un cupón con fecha de caducidad en tinta invisible.
En realidad, la verdadera apuesta los banqueros no es que su papel moneda pase por dinero en sustitución del oro y la plata, ni que puedan hacer pasar como valores AAA, las hipotecas respaldadas con créditos deficientes. Su jugada maestra ha sido lograr que la emisión de deuda como dinero, hecha por los bancos centrales, y su control sobre el gobierno, nunca fueran descubiertos por el público.
ARROGANCIA LOCA Y DESASTRE
El mundo del crédito y la deuda, y todo lo que ha sido creado con ellos, se hizo posible para los banqueros gracias a su sistema de dinero basado en deuda y a la existencia de una banca central. Su costo, sin embargo, será sobrellevado por las generaciones futuras quienes no estaban presentes cuando surgió la deuda.
Los que con simplicidad maravillosa, dicen piadosamente, "nuestros niños son nuestro futuro", no tienen idea de lo que han hecho a esos mismos niños y a su futuro, al consumir hoy lo que tendrán que pagar con sus ganancias las próximas generaciones.
Aquí, en los EE.UU., una generación entera ha crecido bajo las equívocas promesas del crédito fácil y el papel moneda. Esta generación está empezando a sospechar que algo anda mal, que los precios de la gasolina, los alimentos y la asistencia a la salud están aumentando rápidamente y que su sueño de ser propietarios de una vivienda es una trampa en la que la quiebra es, cada vez más, su único escape.
Sin embargo, esta generación no tiene ni idea de cuán terriblemente diabólica es en realidad, ni por qué ha sucedido, y su desconocimiento de tales verdades le servirá de poco alivio durante la Gran Depresión que se cierne ya sobre nosotros.
Los pollos están llegando a dormir al gallinero, y mientras más se acercan, más se parecen a los buitres.
Nota: voy a hablar en la IV Sesión de la Universidad Viva del Patrón Oro (GSUL por su nombre en Inglés) del Profesor E. Antal Fekete entre Julio 3 y 6 de 2008, en Szombathely, Hungría. Si usted está interesado en cuestiones monetarias y en el oro, no debe desaprovechar la oportunidad de escuchar al profesor Fekete. Una lectura de los temas del profesor Fekete puede convencerlo de asistir. El Profesor Fekete es, en mi opinión, un gigante en tiempo de enanos, (ver http://www.professorfekete.com/gsul.asp).
Darryl Robert Schoon - 5 de Mayo de 2008
www.survivethecrisis.com - www.drschoon.com
http://www.drschoon.com/media/PRWebinterview.mp3
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
El crepúsculo de la deuda Irredimible
por Antal E. Fekete - Universidad Viva del Patrón Oro
28 de abril de 2008
La ópera Gotterdämmerung de Wagner, es acerca del crepúsculo de los dioses paganos. El más potente de los dioses paganos de los últimos días, el que ha guiado los destinos de la humanidad durante los últimos cuarenta años, es el de la Deuda Irredimible. Antes de agosto 14 de 1971 las deudas eran obligaciones, y la palabra "bond" (que se puede traducir como cadena, del Inglés al Español), tenía el sentido de lo que literalmente significa: lo contrario de la libertad. El privilegio de emitir deuda tiene su correspondiente responsabilidad: la de reembolsar.
En ese fatídico día todo lo que había sido cambió con un golpe de la pluma. El Presidente Nixon abrazó la espinosa teoría de Milton Friedman y declaró el irredimible dólar una Mónada, es decir, una cosa que existe en sí y por sí misma. De acuerdo con esta teoría el gobierno tiene el poder de crear deuda inconvertible- la deuda que nunca necesita ser reembolsada y aún así no pierde su valor - con sujeción únicamente a una "regla de cantidad", por ejemplo, no debe ser aumentada en más de un 3 por ciento por año. Esta idea es tan ridículamente tonta que “sólo hombres muy versados la pudieron haber pensado”. Si el ladrón roba modestamente, entonces no será detectado. Nunca ocurrió a los profesores de economía y a los periodistas financieros que modesto y ladrón son términos contradictorios. ¿Cómo llegaron a creer en una deuda inconvertible? La explicación muy probablemente se encuentre en el dicho de Schiller: "Toda persona , como individuo, es tolerablemente sensata y razonable. Pero como miembro de una multitud - se convierte inmediatamente en un cabeciduro". Los profesores de economía y los periodistas financieros no son la excepción.
Durante un tiempo pareció que Milton Friedman tenía razón. El mundo ha llegado a dedicarse a la tesis de que es posible, e inclusive deseable, hacer crecer la deuda inconvertible con el fin de hacer prosperar la economía. Olvídese de la falta de pago del gobierno de los EE.UU., en una deuda irrevocable presentada al cobro por extranjeros. No importan las víctimas del robo. Gracias a la regla de la cantidad, nunca notarán la diferencia.
A pesar de todos sus seductores atractivos la economía Friedmanita está haciendo caso omiso del efecto de la deuda inconvertible sobre la productividad. Vigila la relación deuda/PIB y está feliz siempre y cuando esta relación se mantenga bien por debajo del 100%. Sin embargo, lo que debe observarse es la relación de deuda adicional a PIB adicional. Según ese indicador la condición del paciente podría diagnosticarse como anemia perniciosa. Empezó inmediatamente después que la deuda en dólares en el mundo se convirtió en una deuda irredimible. El aumento en el PIB provocada por la adición de $1 de deuda nueva a la economía se llama productividad marginal de la deuda. Esta relación es la única que importa para juzgar la calidad de la misma. Después de todo, el propósito de contraer deudas es aumentar la productividad. Si el volumen de la deuda se eleva más rápidamente que el ingreso nacional, se están cocinando problemas grandes, los cuales sólo la productividad marginal de la deuda es capaz de revelar.
Antes de 1971 la introducción de $1 en deuda nueva podía aumentar el PIB en hasta $3 o más. Desde 1971 esta proporción inició su abrupta caída la cual ha continuado hasta el día de hoy sin interrupción. Fue negativo en 2006, previendo la crisis financiera que estalló un año después. La razón de la disminución es que la deuda inconvertible causa la destrucción del capital. Nada añade a la cuota per cápita de capital invertido en apoyo a la producción. De hecho, hasta puede retirarse de ella. Al desplazar el capital real que representa el empleo de más y mejores herramientas, la productividad disminuye. A diferencia de los seres humanos, no se puede estafar a las leyes de la física. La deuda inconvertible sólo puede crear la apariencia de capital.
Al confundir capital y crédito, la economía Friedmanita destruye la verdad. Hace que desaparezcan los costos de funcionamiento del tiovivo que genera la deuda. Hace invisible la destrucción del capital. El stock de capital acumulado que apoya la producción mundial, por grande que sea, no es inagotable. Cuando se haya agotado, la música se detiene y el tiovivo se detiene con un sonoro chirrido de frenos. No sucede en todas partes todo al mismo tiempo, pero sucederá en todas partes, tarde o temprano. Cuando lo haga, la Swissair cae del cielo, la Enron cae de bruces-, y a Bear Sterns lo traga la tierra.
La productividad marginal de la deuda es un capataz poco imaginativo. Insiste que la nueva deuda se justifique con un aumento mínimo en el PIB. Si no es así sigue la destrucción del capital – un proceso bastante perverso. En un primer momento, no hay señal de problemas. Hasta puede verse el cuadro más alegre que nunca. Pero las semillas de la destrucción inevitablemente, aún siendo invisibles, han surgido y en un momento dado paralizarán el crecimiento y la producción ulteriores. Negar esto equivale a negar la ley más fundamental del universo: la Ley de la Conservación de la energía y de la materia.
Los dirigentes del sistema bancario en efecto niegan y desafían esta ley básica. Están guiando a una multitud ciega de gentes mermerizadas hasta un borde donde el impulso, o la inercia, puede empujar a la mayoría de ellas al abismo, a su destrucción financiera. Sin embargo, ninguna universidad en el mundo ha expresado advertencia alguna, ni ningún tribunal de justicia ha admitido oír acusaciones de aquellas personas o instituciones que dicen que la emisión de deuda inconvertible es una vulgar forma de fraude, y que piden castigo para los estafadores que la emitan, bien sea que estén en la Tesorería o en el Banco Central. El comportamiento de las universidades y de los tribunales a este respecto no podría ser más censurable. En lugar de actuar para proteger a los débiles actúan para encubrir el saqueo de los poderosos.
El discreto comienzo de la deuda inconvertible ha florecido en un colosal edificio, una fantástica torre de deuda que está condenada a caer sobre la complacencia y la apatía prevalentes. En realidad “torre” es un nombre bastante inapropiado, lo que tenemos, mas bien, es una pirámide invertida, una superestructura amplia, y en expansión, en equilibrio precario sobre una pequeña, y cada vez menor, fundación de oro - el único activo en existencia con poder para reducir la deuda bruta. La construcción no tiene precedentes en la historia, ni lugar en la teoría, bien sea Ricardiana, Walrasiana, Marxista, Keynesiana o Austríaca. Como cuestión de hecho, nadie está analizando el proceso. La investigación ha sido declarada tabú por quienes detentan el poder, por miedo a que el diagnóstico revele la presencia del cáncer causado por la inconvertibilidad. No se conoce ningún patrón o modelo aplicable a su mecanismo en términos de análisis del equilibrio. Surgen dos conclusiones negativas. Una de ellas es que el edificio de la deuda inconvertible debe crecer a un ritmo acelerado a medida que proliferan los mercados de derivativas que ofrecen 'seguros' a los titulares de la deuda. El asegurador de la deuda también debe estar asegurado, al igual que el asegurador de los aseguradores, y así sucesivamente, ad infinitum. Esto se debe a que el riesgo de colapso del valor de los bonos ha sido creado por el hombre. En cambio, el riesgo de cambio en los precios de los productos agrícolas básicos es creado por la naturaleza, y el mercado de futuros ofrece seguros, sin necesidad de re-aseguramiento. La otra conclusión es que el voluminoso tamaño de la estructura de la deuda excluye la posibilidad de una corrección normal: una gran liquidación haría que parecieran diminutas las calamidades de la Gran Depresión.
Es delirio pensar que el gobierno puede inundar de deuda todo el panorama económico para cubrir sus fallas, y como consecuencia de ello cosechar una prosperidad eterna. La estimulación y el apalancamiento de la deuda siempre han dado impulso a los mercados de valores accionarios, y es por eso que el impacto de la deuda fue apoyado y magnificado por la aparición de una nueva riqueza de papel la cual, a su vez, aumentó la propensión a gastar, y a pedir prestado aún más. Los empresarios, se supone, que deben ser más realistas en la adquisición de deudas. Sin embargo, el patrón de aumento de la deuda de las empresas también ha cambiado tremendamente. Mientras que tradicionalmente las empresas acostumbran financiar sus necesidades de capital en una proporción de 3 dólares de deuda por cada $1 en inventario, en los años inmediatamente anteriores a 1971 se llegó hasta una proporción de 20 dólares de deuda por cada $1 en inventario, desde ese entonces la relación se ha disparado.
Hemos escuchado argumentos que los economistas por el momento han aprendido a controlar la economía con los llamados estabilizadores incorporados. Se nos dice que, como consecuencia, la deuda ha perdido su aguijón en gran medida. Por ejemplo. los depósitos bancarios pueden estar asegurados ahora. No podían estarlo en la década de 1930. Pero cuando el propio gobierno está sobrecargado de deudas, y presenta déficits como de tiempos de prosperidad, los estabilizadores incorporados podría ser contraproducentes y desestabilizar aún más la economía. El gobierno tiene compromisos tan grandes que su esfuerzo por atajar una depresión en nuestra vasta economía sólo puede resultar en una pérdida de confianza. La retención ansiosa de poder adquisitivo en el sector privado podría sobrepasar con mucho lo que el gobierno pueda añadir. Para empeorar las cosas, los ingresos del gobierno dependen en gran medida de una economía próspera. La magnitud del problema de atajar una depresión es manifiestamente desproporcionada en comparación con los recursos disponibles.
Una de las señales de un gran delirio es que casi todo el mundo tiende a compartirlo. Es una historia triste – todo delirio, a su debido tiempo, da lugar a un brusco despertar. La actitud pública hacia las deudas ha cambiado de manera tan radical desde 1971 que el endeudamiento es hoy, prácticamente, un símbolo de status, en vez de la vergonzosa condición que solía ser en épocas pasadas. Lo más llamativo del retroceso en las actitudes tradicionales de los americanos hacia la deuda es la aceptación generalizada del endeudamiento nacional perpetuo, copia del endeudamiento personal perpetuo - un gravamen sin fin a los ingresos futuros.
Tal vez el peor aspecto del régimen de deuda inconvertible es el bajo nivel moral al que han llegado los gobiernos en la historia moderna. Está caracterizado por una elaborada conspiración de intercambio de cheques sin fondos entre el Tesoro y la Reserva Federal de los EE.UU. Los Bonos del Tesoro, contrariamente a las apariencias, no son más redimibles que los billetes de la Reserva Federal. Todo está en orden y limpio: los billetes están respaldados por bonos y los bonos son canjeables por billetes. Por lo tanto, cada uno se valora en términos de sí mismo, en lugar de valorarse contra un activo externo independiente. Cada una de ellas es una responsabilidad irredimible del gobierno de los EE.UU. Todo el sistema termina convirtiéndose en una farsa. Es el intercambio de cheques sin fondos al más alto nivel. En su madurez los bonos se sustituyen por otro bono con una fecha de vencimiento un poco más lejana, o bien son pagados ostentosamente en moneda inconvertible. El emisor de cualquier tipo de deuda está usurpando un privilegio sin aceptar una obligación compensatoria. Se emiten obligaciones sin tener ninguna responsabilidad sobre su destinación o sobre el efecto que tengan sobre la economía. Además, se involucra un doble código de justicia. Girar cheques sin fondos es un delito en virtud del Código Penal. Claro está, siempre y cuando sea perpetrado por particulares. Ejercido al más alto nivel, el intercambio de cheques sin fondos es la piedra angular del sistema monetario.
Pero nuestro mundo sigue siendo uno de crimen y castigo, que no tolera el doble código. El crepúsculo de la deuda inconvertible está sobre nosotros. La señal es que los bancos se muestran reacios a aceptar pagarés entre ellos. Es significativo que se incluyan también los retiros nocturnos. Los bancos saben que hay deudas peligrosas en gran cantidad, y no quieren llegar a ser víctimas aceptando alguna inadvertidamente. Lo que los bancos no saben todavía, pero muy pronto aprenderán, es que toda deuda inconvertible es mala deuda, y no es posible curar el envenenamiento del sistema mediante la administración de mas veneno.
La convertibilidad de la deuda no es un adorno superfluo. Tiene una función de importancia fundamental: la asignación adecuada de los recursos a través de los distintos canales de utilización. La obligación de canjear la deuda cuelga como una espada de Damocles sobre el gobierno, al igual que sobre la cabeza de cada participante de la economía. Obliga a economizar y a ser previsivos. Compele al equilibrio entre ingresos y gastos. Ajusta reclamos y compromisos. Limita la expansión al poner los recursos fuera del alcance de los incompetentes, y aleja proyectos poco saludables. El régimen de la deuda inconvertible crea una vía de escape en el cumplimiento de los compromisos con la promesa de eliminar la presión por la solvencia. No importa si promete prosperidad eterna, o subvención permanente. El resultado es el mismo. Consiste en engañar a las gentes, atrayéndolas a patinar sobre hielo delgado, y atrayéndolas a aventuras financieras, públicas o privadas, que no se justifican por su capacidad para obtener retornos. La consecuencia lógica es la quiebra de las gentes al por mayor, así como también del entorno político. Las pérdidas engendran más pérdidas, hasta que se conviertan en una avalancha. La crisis actual es sólo la primera señal de tal desenlace. Hay más en camino.
Todavía es posible escapar a la catástrofe que este proceso supondría. La salida es abrir al oro y a la plata la Casa de Moneda de los EE.UU., tal como lo promueve el candidato presidencial doctor Ron Paul. La lógica de este recurso es que podría movilizar recursos potencialmente ilimitados, atados actualmente, en forma inoficiosa, al oro, y re-introducir los medios indispensables a la economía para retirar la deuda.
Adonde iremos si fallamos en regresar al oro? La respuesta corta es: marcharemos hacia el valle de la muerte del colectivismo. La alternativa a la re-introducción de la moneda redimible es que la polilla de la deuda obligará a la recaudación de un tipo de capital-impuesto – como en la época de Solón en el año 594 A.C.
UNIVERSIDAD VIVA DEL PATRÓN ORO
La Cuarta Sesión se llevará a cabo en Szombathely, Hungría (en la Academia Martineum en donde tuvieron lugar las dos primeras sesiones). El tema del Curso de 13 conferencias es El Mercado de los Bonos y el Proceso de Mercado para Determinar la Tasa de Interés (Economía Monetaria 201).
La fecha es: Julio 3 a 6 de 2008. Para más información puede consultar www.professorfekete.com/gsul.asp o póngase en contacto por e-mail con [email protected] La inscripción puede hacerse por e-mail, mediante el pago de la pre-inscripción. El resto de la cuota de inscripción debe ser abonado al menos 3 semanas antes de que se inicie el período de sesiones.
© 2008 Antal E. Fekete
Universidad Viva del Patrón Oro
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ