Por Frank Chodorov. (Publicado el 26 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3882.
[Capítulo
XVIII, Out
of Step]
El dogma de que el estado o el
Gobierno es la encarnación de todo lo que es bueno y beneficioso y que los
individuos son desdichados súbditos, que únicamente intentan dañarse unos a
otros y por desgracia necesitan un guardián, es algo casi indiscutido. Es tabú
cuestionarlo en lo más mínimo. Quien proclama la bondad del Estado y la
infalibilidad de sus sacerdotes, los burócratas, se considera un estudiante
imparcial de las ciencias sociales. Todos los que ponen objeciones son
calificados de partidistas y estrechos de miras. Los defensores de la nueva
religión de la estadolatría no son menos fanáticos e intolerantes que los conquistadores
mahometanos de África y España. (Ludwig von Mises, Planned
Chaos).
Éste es un comentario sobre el comunismo en general, los
comunistas en el tablero político y Saulo de Tarso. Empecemos con este último.
Está escrito que Saulo, un fariseo, estaba afectado de la
arrogancia de la Verdad. No podía soportar ningún error. Y el error que turbaba
su alma era la doctrina de la llegada del Mesías. Esa doctrina no sólo iba
ganando adeptos entre el bajo proletariado, al que la promesa de la salvación
le compensaba la desesperanza de sus condiciones materiales, sino incluso entre
su propia clase, los eruditos, done unos cuantos la aceptaron. Para Saulo era
una negación de la Ley de Moisés (que era toda la Verdad) y por tanto algo
impensable. No pudo menos que luchar contra la “no verdad”. Para este fin puso
en juego todo lo aprendido y las habilidades que poseía, citó la Ley para
probar que era una herejía, empleó parábolas y lógica para denunciar su
iniquidad y sobre todo empleó sus mejores poderes de persuasión para evitar su
aceptación.
Pero así se escribe la historia: sus esfuerzos valieron de
poco; incluso su maestro, un rabino querido se persuadió de que el Mesías
prometido por los Profetas había realmente venido a Israel y muchos hombres
educados declararon permitida esta creencia. Los mesiánicos se multiplicaron y
el peso en el corazón de Saulo creció. Cuando alguien poseído por la verdad
sufre de pesadumbre en el corazón puede sufrir una aflicción más peligrosa: el
ansia de poder para erradicar el error, para hacer que la Verdad triunfe por la
fuerza. Saulo de Tarso se vio atacado por ella.
Así que ofreció sus servicios al Sumo Sacerdote, que tenía
razones suficientes para temer la extensión de la doctrina no autorizada y fue
de inmediato nombrado agente de la Ley. Por tanto, no necesitaba recurrir a la
razón, sino que podía denunciar, arrestar y castigar, lo que procedió a hacer
con el celo de la rectitud y con ayuda de guardias del Templo cuidadosamente
seleccionados por su capacidad de ser brutales. Era el comisario y su
departamento era la Verdad.
Antes de que su mesías, Lenin, fuera transportado en un
vagón sellado del Káiser Guillermo a la Tierra Prometida, los socialistas no
eran como Saulo en su etapa previa al comisariado. Estaban limitados a la
inocuidad del predicador extasiado. Podíamos pasar por alto su aire de
exaltación y transfiguración, pues sus corazones eran buenos e inocuos: su
intenso interés por los desamparados de la sociedad les generó que les
escucharan a pesar de la irracionalidad de sus aforismos y lemas. Aunque sus
ojos habían sido besados por Kart Marx, eran lo suficientemente humildes como
para someter su brebaje llamado
“socialismo científico” al arbitrio de la razón: eran tolerables. A veces,
igual que el caso de quienes hacen sus votos, nos considerarían pecadores
porque rechazábamos la cuerda de la salvación e incluso nos trataban con
ciertas invectivas. Y siempre la discusión terminaba con la amenaza de azufre
(“viene la revolución”) de la que nos podíamos reír con un “amén”, porque nunca
esperamos la revolución.
La revolución llegó, pero no en 1918, sino en 1933. Para ser
exactos, a la crisálida del socialismo le llevó quince años para convertirse en
el pleno comunismo. El mesías Lenin había predicado la superioridad del látigo
sobre la lógica, como hizo el Todopoderoso Marx, pero los “socialistas
evolucionistas” se aferraban a sus tesis: estaban convencidos de que la
gloriosa dictadura del proletariado vendría de la sugestión de las “inevitables
fuerzas históricas” en el momento en que el capitalismo estuviera tan
debilitado que un simple empujón lo derribara. Algún tiempo después de que un puñado
de intelectuales de salón (no un proletariado amorfo) se apropiara de la
maquinaria represiva de los zares, los ungidos de este país mostraban una
inclinación discutir los méritos de su credo. Durante esos quince años, el
realismo del látigo se hizo innegable. En 1933 se acabó con cualquier
pretensión de raciocinio. Karl Marx fue desde entonces mencionado pero nunca
discutido.
El comunismo es la
religión del poder. Sin duda, tiene un razonamiento e incluso una ética, pero
también tiene faraonismo, cesarismo, Inquisición y todas las máquinas de
coerción que haya nunca inventado el hombre. Es necesario para quienes obligan
a la servidumbre aclarar el camino con un código moral de algún tipo. En esa
religión no caben las autorrestricciones de la “moralidad burguesa”, mientras
que es realmente herética la doctrina de ideales no materialistas y por encima
de lo personal. Al ser la única religión verdadera no puede permitir la
competencia de ningún otro “opio”. El poder es suficiente dios.
El comunismo no llegó, como predijo Marx, como reemplazo
inevitable de un capitalismo colapsado. Vino a causa de las mejoras en las
técnicas de apropiarse del poder: la ametralladora, la radio, el avión y, sobre
todo, el arte del robo fiscal. Lenin predicaba la gloria de la dureza, Stalin
hacía purgas. Mussolini mejoró la fanfarria de Stalin con aceite de ricino.
Hitler añadió el aparato de la represión racial. Los tres invocaban el “bien
público”.
Quedó para el Gran Hombre de Estados Unidos mejorar sus
técnicas destruyendo el significado de las palabras mediante un leguaje tan
confuso que el lugar de ser un medio de comunicar ideas se convirtió en un
instrumento para obligar a la servidumbre.
Mientras tanto, éste rescató el viejo lema romano de “pan y
circo”. Aquí tenemos un apóstol del poder que el socialista menos hambriento de
sangre podría aceptar. No hay porras en su equipo, sino el uso de frases
seductoras, tan queridas por el “intelectual”, obteniendo el mismísimos medio
de obligar a la uniformidad que muestran sus burdos modelos europeos: controlar
la economía. Y con ese control construyó una jerarquía, una iglesia. Ungió a
los predicadores frustrados y juntaletras colegiados con el santo óleo de la
burocracia. Les dio trabajos. Les otorgó poder. Eso empezó en 1933.
Y ahora llegamos a la caza de espías, que es, en realidad,
un juicio por herejía. ¿Qué es lo que molesta a los inquisidores? No preguntan
a los sospechosos: ¿Creéis en el poder? ¿Aceptáis la idea de que el individuo
sólo existe para la gloria del estado? ¿No tendría que extenderse la Autoridad
del Valle del Mississippi para cubrir todo el país, de forma que sólo pulsando
un botón pueda el estado controlar toda la producción? ¿Estáis contra los impuestos o los subiríais
hasta que absorbieran todos los ingresos del país? ¿Os oponéis al principio del
servicio militar? ¿Favorecéis más “ganancias sociales” bajo la protección de la
burocracia? ¿O defendéis la desmantelación de lo público a través de la que
comen estos burócratas? En resumen, ¿negáis el poder?
Esas preguntas podrían resultar embarazosas para los
investigadores. Las respuestas podrían ofrecer similitudes entre sus ideas y
propósitos y los de los supuestos herejes. Ambos adoran el poder. Bajo estas
circunstancias, se limitan a una pregunta: ¿Sois o habéis sido miembros del
Partido Comunista? Y esto significa preguntar si se alinean con la rama de
Moscú de la iglesia.
La adoración del poder actualmente tiene sectas de carácter
nacionalista. La esperanza de sus devotos
es un ritual común para todos los pueblos, una iglesia centralizada, una
jerarquía universal: sólo así pueden erradicarse los vestigios de la herejía de
la libertad. Entre tanto, cada nación protege su ortodoxia. Como el pueblo ruso
está habituado desde hace mucho a la subyugación, su “iglesia” ha hecho más
progresos que en cualquier otro lugar y
sólo puede ser natural que lo más imaginativo de la burocracia estadounidense
considerara a Moscú como el ideal. Lo que implica que algunos tramen la importación
del ritual más minucioso de este país.
La intensidad de su fe en el poder invita a la aventura, al
tiempo que el cabalismo de un movimiento oculto estimula su imaginación y no se
quiere a los misioneros de Moscú. Por tanto, si puede probarse la apostasía de
los acusados y deben ser puestos en el potro, les sucederán otros adoradores
que le parezcan bien a la Meca del este. Siempre que haya trabajos políticos
habrá comunistas para ocuparlos: si no son comunistas cuando asumen el cargo se
convertirán en comunistas tan pronto como se habitúen al ejercicio del poder.
Si, como parece probable, los cultos estadounidense y ruso
llegan a un conflicto violento, la apostasía desaparecería. Los más violentos
calumniadores del sovietismo serían los devotos estadounidenses del poder,
tanto los comunistas declarados como sus incautos, los compañeros de viaje. Los
más vigorosos defensores del Arca de la Alianza (en versión estadounidense)
serían quienes ahora cuestionan su adecuación. Pues el poder es el poder, no
importa bajo qué nombre esconda su identidad, y uno tiene que mantener el que
tiene al tiempo que busca más. La guerra traería el comunismo al los mismos
Estados Unidos, pues la guerra ofrece la oportunidad de hacer proselitismo, de
afianzar el ministerio, de agrandar la iglesia. La guerra es la apoteosis del
poder, la expresión definitiva de la fe y la solidificación de su logro. Los
adeptos de la rama de Moscú del culto estarán a favor de la guerra para sus
propios fines, mientras que quienes adoran el altar estadounidense la
perseguirán por fines opuestos, pero ambos favorecerán la adquisición de poder.
Si hubiera en este país una disposición a destruir el
comunismo, esto podría lograrse con celeridad simplemente aboliendo la mesa
revuelta en la que engorda. Los “nervios de la lucha de clases” (como sabe todo
comunista) son los fondos aportados por esa bestia de carga que es el
contribuyente. Porque cuando nos fijamos en el asunto, descubrimos que esos
“nervios” no sin sino los diezmos con los que prosperan el clero y sus
acólitos. En este país, como han demostrado muy ampliamente las
investigaciones, el comunismo prospera en proporción al número de empleos
ofrecido por el Congreso a costa de los contribuyentes. Mientras haya empleos
disponibles habrá comunistas, ya sea por infiltración o por incubación; los
emolumentos la pompa que conlleva un trabajo político convertirá al burócrata
más sumiso a la religión del poder. Por tanto, si el Congreso destruyera este
credo, desharía todas las “ganancias sociales” que nos han sido impuestas desde
1933. Debe abolir las oficinas. Si se hiciera, los devotos del poder serían
reducidos a predicadores subidos en cajas de fruta.
Puede que sea pedir un milagro. Sin duda sería casi
milagroso que Cesar se derrocara deliberadamente a sí mismo. Pero aunque esto
puede no ocurrir, otros acontecimientos, igualmente contrarios a la experiencia
y la razón pueden producir el mismo resultado. La gloria que fue Roma, así
funciona la historia, desapareció… por un milagro.
Pues se dice que mientras Saulo de Tarso realizaba sus labores
como Comisario de la Verdad, el Mesías que él venía negando se le apareció y le
convenció de su error. Así que, después de mirar en su alma, dejó su trabajo y
desde entonces se dedicó a la tarea de predicar la misma doctrina que había
venido denunciando. Y como ahora era el perseguido en lugar del perseguidor,
era eficaz: a donde quiera que fuera encontraba gente dispuesta a oírle,
incluso en la misma Roma. Más importante que sus cifras era la convicción de
sus convertidos de que a los ojos de Dios el más pequeño en la sociedad era
igual que César. El salmo de la libertad (de la dignidad del individuo)
reavivaba sus almas. Ni el látigo ni la mazmorra vil ni las bestias salvajes en
la arena podrían quitarles su propia estima. Por su mismo sufrimiento y muerte
trasmitían su fe a otros, la secta creció y por fin César tuvo que capitular.
Podemos obtener una lección de la historia de Saulo, que fue
conocido como Pablo: que cuando la gente quiere libertad la obtendrá. Cuando el
deseo de “libre empresa” del hombre de negocios es tan fuerte que se arriesga a
la bancarrota por él, no puede denegársele. Cuando la juventud prefiera la
prisión a los barracones, cuando un trabajo de funcionario se considere como la
lepra, cuando el recaudador de impuestos sea considerado un ladrón legalizado,
cuando las limosnas del político se rechacen despectivamente, cuando trabajar
en un proyecto gubernamental se considere degradante, cuando, en resumen, se
reconozca que el estado es el enemigo de la sociedad, entonces llegará la libertad
y la ciudadela del poder se derrumbará.
Considerando el genio de los tiempos, la aparición de un
estado de opinión como ese sería realmente un milagro. Pero ha ocurrido hasta
cierto punto antes y por tanto podemos esperarlo. Cuando la religión organizada
del poder conocida como comunismo (más adecuadamente llamada estatismo), haya
destruido todos los valores y reducido al individuo a la insignificancia, se
conseguirá su derrocamiento por fuerza moral. Al degradar al individuo se
destruye a sí misma porque el individuo degradado pierde interés en producir y
deja de proporcionar medios al estado. A medida que el estado se pudre por
malnutrición, el individuo empieza a reafirmarse con algo llamado desobediencia
civil, resistencia pasiva o algún otro tipo de revolución y la disputa está
totalmente a su favor. La libertad aparece cuando César ya no es capaz de
mantener sus legiones.
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Chodorov fue un defensor del libre mercado, el
individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista georgista
The Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el influyente Human
Events. Después fundó otra versión de The Freeman para la Foundation
for Economic Education y dio clases en la Freedom School en Colorado.
Este artículo se ha extraído del capítulo XVIII de Out
of Step, de Frank Chodorov