Los costes del arancel a la madera blanda

Por David Laband y Daowei Zhang. (Publicado el 14 de noviembre de 2001)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/826.

 

Halloween es uno de los acontecimientos informales propios de Estados Unidos. Cada 31 de octubre, niños disfrazados van de puerta en puerta dando a los adultos la alternativa de “truco o trato”. En este contexto, es apropiado que este pasado 31 de octubre fuera el día en el que el Departamento de Comercio de EEUU anunciara la imposición de una tasa adicional “anti-dumping” del 12,58% a las importaciones de madera blanda canadiense, añadida al 19,31% de la tasa “compensadora” impuesta en agosto.

Ambas tasas son retroactivas a la pasada primavera. Superficialmente, constituyen un truco dañino y a destiempo para los consumidores estadounidenses y un trato para los productores madereros y propietarios de bosques estadounidenses. Sin embargo, de hecho, el trato lleva un chorro de cicuta: los productores madereros estadounidenses pueden disfrutar del trato a corto plazo, pero probablemente les dañará a largo plazo.

No cabe duda de que, a corto plazo, el arancel propuesto beneficiará a la industria maderera estadounidense. Solo en términos de ingresos arancelarios, los productores estadounidenses se llevarán unos pocos miles de millones de dólares de nuestros vecinos canadienses.

Además de los ingresos arancelarios, una serie de otros estadounidenses (dueños privados de terrenos madereros, empresas de gestión de terrenos, propietarios de aserraderos, leñadores y otros) se beneficiarán de los precios de la madera que serán significativamente mayores de lo que serían en ausencia de aranceles. A su vez, esto mantendrá los precios de la madera más altos de lo que serían en toro caso. Para un sector que ha sido sacudido por precios muy bajos en los precios de la madera en años recientes, esto resulta un alivio bienvenido, aunque a corto plazo.

Sin embargo, aunque reconociendo que los beneficiarios del doble arancel pueden ser decenas o incluso centenares de miles, también debemos reconocer que el número de personas perjudicadas se cuenta por decenas de millones. Además, uno de los secretos peor guardados tanto en política como en economía es que las pérdidas agregadas soportadas por los consumidores estadounidenses por este arancel (o cualquier otro) son mucho mayores que las ganancias para el sector del suministro maderero de EEUU.

Las pérdidas soportadas por los consumidores estadounidenses se reflejan solo parcialmente en las pérdidas soportadas por el sector de la construcción de viviendas. Los altos precios de la madera blanda significan costes más altos en la construcción de viviendas. El coste medio de una nueva vivienda probablemente aumentará en un mínimo de varios cientos de dólares.

Advirtamos que los costes más altos no significan que las casas sean más valiosas. Por el contrario, los precios más altos son obra del plan de protección aplicado por el Departamento de Comercio de EEUU que empuja al alza los costes de producción. Inevitablemente, esto perjudicará a la demanda de consumo de casas: la iniciación de nuevas viviendas probablemente baje en unas 72.000 unidades estimadas o más anualmente y unos 220.000 primeros compradores de viviendas saldrán del mercado inmobiliario.

Pérdidas adicionales para los consumidores se reflejan en un menor gasto en consumo en el resto de la economía, ya que la porción de renta disponible de los consumidores se gasta en los aumentos de la vivienda. La hipocresía política demasiado dolorosa como para ser ignorada es que los políticos y burócratas de Washington estén pidiendo a los estadounidenses patriotas que gasten dinero para mantener fuerte nuestra economía, acuchillando a los consumidores en sus espaldas colectivas a través de acciones regulatorias como este arancel “anti-dumping”. Esto presenta un acertijo interesante.

Dado que se ven perjudicados más millones de consumidores estadounidenses (muchos de los cuales votan) que productores estadounidenses beneficiados y que las pérdidas agregadas impuestas a los consumidores son mucho mayores que las ganancias agregadas para la industria del suministro maderero de EEUU, ¿por qué Washington adopta esta política comercial tan evidentemente reductora neta del bienestar?

Si estamos a favor del bienestar corporativo de la industria del suministro maderero, indudablemente es más eficiente para el gobierno sencillamente dar a los suministradores de madera una transferencia de efectivo de los contribuyentes que aprobar políticas que crean distorsiones significativas de recursos en la economía además de empobrecer a los consumidores. La respuesta a este rompecabezas es que los políticos y burócratas saben que los votantes no tolerarían un robo tan evidente, por tanto, las transferencias que reducen el bienestar se aprueban bajo el disfraz de la “justicia” se prefieren sobre las transferencias de efectivo neutrales para el bienestar.

Pero este manto de “justicia” no es más que retórica política, pensada para ocultar el hecho de que los consumidores están peor. Tomemos la afirmación de que Canadá vende madera a EEUU “por debajo del coste”. Si los canadienses estuvieran lo suficientemente locos como para hacer esto, ¿por qué deberían los estadounidenses querer detenerlos? La ganancia agregada para los consumidores estadounidenses por los precios más bajos de la madera superará el efecto adverso que sufra la industria maderera estadounidense.

Podríamos compensar completamente las pérdidas de la industria maderera y aún disfrutar de una ganancia neta en bienestar social. Pero aumentar el bienestar social no está en el programa de la industria maderera y sí los está aumentar su propio bienestar. Si es costa del bienestar social estadounidense, que así sea. A este respecto, los intereses madereros de EEUU no son diferentes de cualquier otro de una multitud de otros intereses especiales deseando utilizar el poder fiduciario del estado para enriquecerse imponiendo costes a los consumidores.

Sin embargo, aunque los aranceles proporcionen una transferencia de riqueza a corto plazo a la industria maderera estadounidense, inevitablemente ponen en marcha fuerzas económicas que dañarán a los suministradores de madera a largo plazo. Sería un mal servicio a nuestra profesión no identificar y explicar francamente estas consecuencias.

Al mantener  los precios de la madera blanda artificialmente altos, los aranceles, a los que se ha opuesto amargamente el sector de la construcción, proporcionan significativos incentivos financieros adicionales para que los constructores de viviendas aceleren su actual cambio de uso de vigas de madera a vigas de acero.

En este sentido, los hechos hablan por sí mismos. El uso medio de madera blanda por pie cuadrado de construcción residencial bajó de 7,9 pie-tablas en 1988 a 6,4 pie-tablas en 1994. Si los constructores de viviendas no hubieran adoptado materiales alternativos, el uso de maderas blandas por casa se estima que habría sido de 14.900 pie-tablas en 1994 en lugar de los 13.400 que se usaron en realidad. Dada la inversión requerida en equipos y capital humano para trabajar con vigas de acero, una vez que la industria local de madera pierda este componente principal de su mercado, parece improbable que puedan volverse las tornas.

Salvo que los suministradores de madera esperen continuar con ayudas públicas cando ya no haya demanda para su producto, el arancel pone en marcha el reloj hacia un día del juicio final para los propietarios privados de terrenos madereros, cuando descubran que sin programas públicos de ayuda su terreno resulta mucho menos valioso que lo que les gustaría. Este doloroso momento puede que no lo sufran los propietarios actuales, pero lo sufrirán.

Además, hay ramificaciones políticas con las que incluso los miembros de la industria maderera nacional se encuentran menos a gusto. El sector forestal y otros propietarios privados de terrenos madereros cada vez se ven más cargados con regulaciones públicas medioambientales y de otro tipo que, en muchos casos, constituyen apropiaciones de facto de sus derechos de propiedad. Pero es como mínimo poco elegante abrazar la implicación pública en la industria maderera cuando el resultado es una transferencia favorable de riqueza, al tiempo que se profesa malestar ante las regulaciones del gobierno que constituyen transferencias desfavorables de riqueza.

El problema es que al vender tus principios para una ganancia a corto plazo, sin que importe la recompensa en ese momento, pierdes para siempre la base moral con respecto a otros embrollos del gobierno que pueden resultar ser, en el total, mucho más costosos.

Hablando de los programas de participación en los costes en el número de Julio/Agosto de 2001 de la revista Forest Landowner, Keville Larson, presidente de la Forest Landowners Association, preguntaba: “¿Cuántos de nuestros derechos de propiedad estamos dispuestos a vender por el bienestar público?” Pero la pregunta es igualmente relevante con respecto al arancel a la madera blanda canadiense.

 

 

David Laband y Daowei Zhang son profesores de economía y política forestal en el Forest Policy Center en la Escuela Forestal y de Ciencias de la Vida Salvaje de la Universidad de Auburn.

Published Wed, Feb 15 2012 8:29 PM by euribe