Por Hans F. Sennholz. (Publicado el
24 de junio de 2009)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3515.
[Este
artículo apareció originalmente en The Freeman, Octubre de 1969. El Instituto Mises está publicando todos
los números anteriores]
Aunque la Gran Depresión afectó a
toda la economía mundial hace muchos años, permanece como una pesadilla para
las personas suficientemente mayores como para recordarla y como una fantasma
aterrador en los libros de texto de nuestra juventud.
Unos 13 millones de estadounidenses
se vieron desempleados, “no buscados” en el proceso de producción. Un
trabajador de cada cuatro vagaba por las calles necesitado y desesperado. Miles
de bancos, cientos de miles de negocios y millones de granjeros cayeron en la
bancarrota o dejaron de operar completamente.
Casi todos sufrieron dolorosas
pérdidas de riqueza y renta.
Muchos estadounidenses están
convencidos de que la Gran Depresión reflejó la quiebra de un antiguo orden
económico construido sobre mercados no intervenidos, competencia desbocada,
especulación, derechos de propiedad y búsqueda de beneficios. Según ellos, la
Gran Depresión probó la inevitabilidad de un nuevo orden construido sobre la
intervención pública, el control político y burocrático, los derechos humanos y
el bienestar público. Esas personas, bajo la influencia de Keynes, echan la
culpa a los empresarios por crear depresiones por su rechazo egoísta a gastar
suficiente dinero como para mantener o mejorar el poder adquisitivo de la
gente. Por eso defienden un enorme gasto público y un déficit que nos llevan a
una época de inflación monetaria y expansión del crédito.
Los economistas clásicos
aprendieron una lección diferente. En su opinión, la Gran Depresión consistió
en cuatro depresiones consecutivas agrupadas en una. Las causas de cada fase
diferían, pero las consecuencias eran las mismas: estancamiento empresarial y
desempleo.
El ciclo económico
La primera fase fue un periodo de
auge y declive, como los ciclos económicos que habían asolado la economía
estadounidense en 1819-1820, 1839-1843, 1857-1860, 1873-1878, 1893-1897 y 1920-1921.
En cada caso, el gobierno había generado un auge con dinero y crédito fáciles,
que se vio pronto seguido por el inevitable declive.
Al espectacular crash de 1929
siguió a cinco años de imprudente expansión del crédito por parte del Sistema
de la Reserva Federal bajo la administración Coolidge. En 1924, después de una
súbita caída en los negocios, los bancos de la Reserva crearon unos 500
millones de dólares en nuevos créditos, que llevaron a una expansión del
crédito bancario de más de 4.000 millones de dólares en menos de un año. Aunque
los efectos inmediatos de este nueva expansión poderosa del dinero y el crédito
de la nación fueron aparentemente beneficiosos, iniciando un nuevo auge
económico y borrando el declive de 1924, el resultado final fue muy desastroso.
Fue el principio de una política monetaria que llevó al crash bursátil en 1929
y a la consiguiente depresión. De hecho, la expansión del crédito de la Reserva
Federal en 1924, constituía lo que Benjamin Anderson llamaba en su gran tratado
sobre la historia económica reciente (Economics
and the Public Welfare, D. Van Nostrand, 1949), “el principio del New
Deal”.
La expansión del crédito de la
Reserva Federal en 1924 también se pensó para ayudar al Banco de Inglaterra en
su deseo declarado de mantener los tipos de cambio anteriores a la guerra.
Había que reajustar el fuerte dólar de EEUU y la débil libra británica a las
condiciones anteriores a la guerra mediante una política de inflación en
Estados Unidos y de deflación en Gran Bretaña.
El Sistema de Reserva Federal lanzó
otra andanada de inflación en 1927, siendo su resultado que la moneda total
fuera de los bancos más los depósitos a la vista y a plazo en Estados Unidos
aumentaran de 44.510 millones de dólares a finales de junio de 1924 a 55.170
millones en 1929. El volumen de las hipotecas rurales y urbanas aumentó de
16.800 millones en 1921 a 27.100 millones en 1929. Se produjeron aumentos
similares en la deuda industrial, financiera y pública estatal y local. Esta
expansión del dinero y del crédito vino acompañada de un rápido aumento de los
precios inmobiliarios y bursátiles. Los precios de los títulos industriales,
según el índice común de Standard & Poor's aumentaron de 59,4 en junio de
1922 a 195,2 en septiembre de 1929. Las acciones ferroviarias subieron de 189,2
a 446,0, mientras que los servicios públicos subieron de 82,0 a 375,1.
Una serie de señales falsas
La enorme expansión del dinero y
del crédito por la administración Coolidge hizo inevitable 1929. La inflación y
la expansión del crédito siempre propician desajustes empresariales y malas
inversiones que deben liquidarse posteriormente. La expansión reduce
artificialmente y por tanto falsifica los tipos de interés, por lo que guía
incorrectamente a los empresarios en sus decisiones inversoras. En la creencia
de que las tasas a la baja indican una creciente existencia de ahorros de
capital, se dedican a nuevos proyectos de producción. La creación de dinero da
lugar a un auge económico. Hace que suban los precios, especialmente los precios
de los bienes de capital utilizados para la expansión de los negocios. Pero
estos precios constituyen costes empresariales. Aumentan hasta que el negocio
deja de ser rentable, momento en que empieza el declive. Para prolongar el
auge, las autoridades monetarias pueden continuar inyectando nuevo dinero hasta
que finalmente se asustan ante la perspectiva de una inflación desbocada. El
auge que se creó sobre las arenas movedizas de la inflación llega así a un
súbito final.
La consiguiente recesión es un periodo
de reparación y reajuste. Los precios y los costes se reajustan de nuevo a las
elecciones y preferencias del consumidor.
Y sobre todo, los tipos de interés
se reajustan para reflejar de nuevo la oferta y demanda real de auténtico
ahorro. Las malas inversiones empresariales se abandonan o liquidan. Los costes
empresariales, especialmente el coste de mano de obra, se reducen mediante una
mayor productividad laboral y eficiencia gestora, hasta que los negocios puedan
llevarse de nuevo de forma rentable, las inversiones de capital produzcan
intereses y la economía de mercado funcione correctamente de nuevo.
Después de un intento fallido de
estabilización en la primera mitad de 1928, el Sistema de Reserva Federal acabó
abandonando su política de dinero fácil a principios de 1929. Vendió títulos
públicos y detuvo así la expansión del crédito bancario. Aumento su tipo de
descuento al 6% en agosto de 1929. Los tipos para el dinero a corto aumentaron
al 8%, los del papel comercial al 6% y los tipos “call” a las terribles cifras
del 15% y 20%. La economía estadounidense estaba empezando a reajustarse. En
junio de 1929, la actividad empresarial empezaba a disminuir. Los precios de
las materias primas empezaron su retirada en julio.
El mercado de valores llegó a su máximo
el 19 de septiembre y luego, bajo la presión de las ventas tempranas, empezó
lentamente a caer. Durante cinco semanas más, la gente compro sin embargo con
fuerza en la caída. Se intercambiaron más de 100 millones de acciones en la
Bolsa de Nueva York en septiembre. Finalmente, cada vez más accionistas se
dieron cuenta de que la tendencia había cambiado. A partir del 24 de octubre de
1929, miles acudieron en estampida a vender sus valores inmediatamente y a
cualquier precio. Las avalanchas de público vendedor inundaron la cinta de
cotización. Los precios se desplomaron espectacularmente.
Liquidación y ajuste
La quiebra de la bolsa señaló el
inicio de un reajuste demasiado tardío. Deberían haber sido una liquidación y
ajuste metódicos, seguidos por una recuperación normal. Después de todo, la
estructura financiera de las empresas era muy fuerte. Los costes fijos eran
bajos ya que las empresas habían refinanciado muchas emisiones de bonos y
habían reducido las deudas con os bancos con los beneficios de las ventas de
acciones. En los meses siguientes, la mayoría de las ganancias empresariales
fueron razonables. El desempleo medio en 1930 estaba por debajo de los 4
millones, el 7,8% de la mano de obra.
En terminología moderna, la
economía estadounidense de 1930 había caído en una recesión suave. En ausencia
de cualquier nueva causa de depresión, el año siguiente debería haber traído la
recuperación, como en las depresiones anteriores. En 1921-1922, la economía
estadounidense se recuperó totalmente en menos de un año. ¿Qué produjo por
tanto el abismal colapso tras 1929? ¿Qué impidió los ajustes de precios y
costes y llevó así a la segunda fase de la Gran Depresión?
Desintegración de la economía mundial
La administración Hoover se opuso a
cualquier reajuste. Bajo la influencia de la “nueva economía” de planificación
pública, el presidente requirió a los empresarios que no rebajaran precios ni redujeran salarios, sino que aumentaran los
desembolsos de capital, los salarios y otros gastos para mantener el poder adquisitivo.
Se dedicó al gasto en déficit y reclamó a los municipios que pidieran más
prestado para hacer más obras públicas. A través de Consejo Agrícola, que
Hoover había organizado en el otoño de 1929, el gobierno federal trató
enérgicamente de sostener los precios del trigo, el algodón y otros productos
agrícolas. Además, se invocó la tradición del GOP para dificultar las
importaciones del extranjero.
La Ley Arancelaria Smoot-Hawley de
junio de 1930 aumentó los aranceles estadounidenses hasta niveles sin precedentes,
lo que prácticamente cerraba nuestras fronteras a los bienes extranjeros. Según
la mayoría de los historiadores económicos, fue la coronación de la locura de
todo el periodo de 1920 a 1933 y el principio de la depresión real. “Una vez
que aumentamos nuestros aranceles”, escribió Benjamin Anderson,
empezó un movimiento irresistible por
todo el mundo para aumentar los aranceles y erigir otras barreras comerciales,
incluyendo las cuotas. El proteccionismo se extendió por el mundo.
Desparecieron los mercados. Las líneas comerciales se estrecharon. El desempleo
en las industrias exportadoras de todo el mundo creció con gran rapidez. Los
precios agrícolas en Estados Unidos cayeron de golpe durante todo 1930, pero el
ritmo más rápido de caída se produjo tras la aprobación de la ley arancelaria.
Cuando el presidente Hoover anunció
que aprobaría la propuesta de ley, las acciones industriales cayeron 20 puntos
en un día. El mercado bursátil anticipó correctamente la depresión.
Los proteccionistas nunca han
aprendido que la obstaculización de las importaciones inevitablemente afecta a
las exportaciones. Incluso si los demás países no responden de inmediato a las
restricciones comerciales que les dañan, sus compras en el extranjero se
limitan de acuerdo con su capacidad de vender en el exterior. Por eso la Ley
Arancelaria Smoot-Hawley, que cerró nuestras fronteras a productos extranjeros,
también cerró los mercados extranjeros a nuestros productos. Las exportaciones
estadounidenses cayeron de 5.500 millones de dólares en 1929 a 1.700 millones
en 1932. La agricultura estadounidense ha exportado habitualmente más del 20%
de su trigo, el 55% de su algodón, el 40% de su tabaco y manteca y muchos otros
productos. Cuando se interrumpió el comercio internacional, la agricultura
estadounidense se derrumbó. De hecho, las rápidamente crecientes restricciones
al comercio, incluyendo aranceles, cuotas, controles de cambio de moneda y
otras disposiciones estaban generando una depresión mundial.
Los precios agrícolas, que habían
estado muy por encima de la base de 1926 antes de la crisis, cayeron a un
mínimo de 47 en el verano de 1932. Precios como 2,50$ el quintal para el
porcino, 3,28$ para el vacuno y 32¢ el celemín de trigo llevaron a miles de
granjeros a la bancarrota. Las hipotecas rurales se ejecutaron hasta que varios
estados aprobaron leyes de moratoria, trasladando así la bancarrota a
innumerables acreedores.
Problemas para los bancos rurales
Los principales acreedores de los
granjeros estadounidenses eran, por supuesto, los bancos rurales. Cuando se
desplomó la agricultura, los bancos cerraron sus puertas. Unos 2.000 bancos,
con un pasivo de más de 1.500 millones de dólares en depósitos, suspendieron
sus actividades entre agosto de 1931 y febrero de 1932. Aquellos bancos que
permanecieron abiertos se vieron obligados a recortar drásticamente sus
operaciones. Liquidaron los préstamos personales sobre títulos, redujeron los
préstamos inmobiliarios, presionaron para el pago de antiguos préstamos y
rechazaron hacer nuevos. Finalmente, arrojaron sus valores más fáciles de
vender en un mercado ya deprimido. El pánico que se había apoderado de la
agricultura estadounidense también
ahogaba el sistema bancario y sus millones de clientes.
La crisis bancaria norteamericana
se vio agravada por una serie de acontecimiento en Europa. Cuando la economía
mundial empezó a desintegrarse y el nacionalismo económico se exacerbó, los
países deudores europeos se encontraron en situaciones precarias de pago.
Austria y Alemania dejar de pagar su deuda exterior y congelaron gran cantidad
de créditos ingleses y estadounidenses; cuando Inglaterra finalmente suspendió
los pagos en oro en septiembre de 1931, la crisis se extendió a Estados Unidos.
La caída en los valores de los bonos extranjeros desató un colapso del mercado
general de bonos, que golpeó a los bancos estadounidenses en su punto más
débil: sus carteras de inversión.
Depresión compuesta
1931 fue un año trágico. Toda la
nación, de hecho todo el mundo, cayó en el cataclismo de la desesperación y la
depresión. El desempleo estadounidense subió a más de 8 millones y continuó
ascendiendo. La administración Hoover, rechazando de plano la idea de que
hubiera causado el desastre, trabajó diligentemente para echar la culpa a los
empresarios y especuladores estadounidenses. El presidente llamó a los líderes
industriales de la nación y les rogó que adoptaran su programa de mantener los niveles salariales y expandir
la construcción. Envió un telegrama a todos los gobernadores, pidiendo una
expansión cooperativa de todos los programas de obras públicas. Expandió las
obras públicas federales y concedió subvenciones a la construcción naval. Y
para beneficiar a los apesadumbrados granjeros, una serie de agencias federales
se dedicaron a políticas de estabilización de precios que generaron cosechas y
sobreproducción siempre crecientes, que a su vez deprimían aún más los precios
de los productos. Las condiciones económicas iban de mal en peor y el desempleo
en 1932 fue de media de 12,4 millones.
En este momento triste de deseo y
sufrimiento humano, el gobierno federal dio el golpe definitivo. La Ley de
Ingresos de 1932 dobló el impuesto de la renta, el mayor aumento en la carga
fiscal federal en la historia de Estados Unidos. Las desgravaciones e rebajaron,
el “crédito a la renta ganada” se eliminó. Los tipos impositivos normales
subieron de un rango del 1,5% al 5% a un rango del 4% al 8%, los tipos de los
impuestos complementarios de un 20% a un máximo del 55%. Los tipos del impuesto
de sociedades subieron de un 12% a un 13, 25% y un 14,5%. Aumentaron los
impuestos a los inmuebles. Se creó el impuesto de donaciones, con tipo del
0,75% al 33,5%. Se fijó un impuesto a la gasolina del 10%, un impuesto al
automóvil del 3% un impuesto al telégrafo y el teléfono, un impuesto a los
cheques de 2¢ y muchos otros impuestos especiales. Y por fin, se aumentaron
sustancialmente las tasas postales.
Cuando los gobiernos estatales y
locales afrontaron ingresos menguantes, se unieron también al gobierno federal
imponiendo nuevos gravámenes. Aumentaron las tablas de tipo a impuestos
existentes sobre rentas y sociedades y se fijaron nuevos impuestos a las rentas
empresariales, inmuebles, ventas, tabaco, alcohol y otros productos.
Murray Rothbard en su magistral
obra sobre la
Gran Depresión de Estados Unidos (Van Nostrand 1963), estima que la carga
fiscal de los gobiernos federales, estatales y locales casi se dobló durante el
periodo, aumentando del 16% del producto privado neto al 29%. Solo este golpe
pondría de rodillas a cualquier economía y destroza la estúpida idea de que la
Gran Depresión fuera consecuencia de la libertad económica.
El nuevo reparto de la NRA y la AAA
Uno de los grandes atributos del sistema
de mercado de propiedad privada es su capacidad inherente de superar casi
cualquier obstáculo. A través reajuste del precio y el coste, la eficiencia
directiva y la productividad laboral, los nuevos ahorros e inversiones, la
economía de mercado tiende a recuperar su equilibrio y recuperar su servicio a
los consumidores. Indudablemente se habría recuperado de las intervenciones de
Hoover si no hubiera habido más.
Sin embargo, cuando asumió la
presidencia Franklin Delano Roosevelt, también se implicó completamente con la
economía. En sus primeros 100 días, alteró el orden de los beneficios. En lugar
de eliminar las barreras a la prosperidad erigidas por su predecesor, construyó
las suyas propias. Atacó de todas las formas conocidas la integridad del dólar
mediante aumentos cuantitativos y deterioro cualitativo. Se incautó de todo el
oro de la gente y posteriormente devaluó el dólar un 40%.
Con alrededor de un tercio de los
trabajadores industriales en el paro, el presidente Roosevelt empezó una
reorganización industrial arrasadora. Convenció al Congreso para que aprobara
la National Industrial Recovery Act (NIRA), que creó la National Recovery
Administration (NRA). Su propósito era hacer que los negocios se
autorregularan, ignorando las leyes antitrust y desarrollando códigos de
precios, salarios, horarios y condiciones de trabajo justos. El Acuerdo por el
Reempleo fijaba un salario mínimo de 40¢ la hora (12$ a 15$ a la semana en
comunidades más pequeñas), una semana laboral de 25 horas para los trabajadores
industriales y de 40 horas para los del sector servicios y una prohibición de
todo el trabajo infantil.
Era un ingenuo intento de “aumentar
el poder adquisitivo” aumentando las nóminas. Pero el inmenso aumento en los
costes empresariales funcionaba naturalmente como una medida contra la reactivación. Después de la
aprobación de la ley, el desempleo aumentó hasta casi 13 millones.
Especialmente el sur sufrió severamente por las provisiones de salario mínimo.
La ley obligó mandó al paro a 500.000 negros.
Los códigos de la NRA y las tasas
de tramitación de la AAA llegaron en julio y agosto de 1933. De nuevo, la
producción económica que florecido brevemente antes de estas fechas, volvió a
caer abruptamente. El índice de la reserva Federal cayó de 100 en julio a 72 en
noviembre de 1933.
Medidas de inyecciones de dinero
Cuando los planificadores
económicos vieron que sus planes no funcionaban, simplemente prescribieron
dosis adicionales de inyección de dinero: En su mensaje sobre el presupuesto de
enero de 1934, Roosevelt prometió gastos de 10.000 millones de dólares mientras
que los ingresos eran de 3.000 millones. Aún asá la economía no consiguió
reactivarse: el índice de negocios subió a 86 en mayo de 1934 y luego cayó de
nuevo a 71 en septiembre. Además, el programa de gasto causó un pánico en el
mercado de bonos que produjo nuevas dudas sobre el dinero y la banca
estadounidenses.
La legislación de rentas en 1933
aumento fuertemente los tipos del impuesto de la renta en los tramos superiores
e impuso una retención del 5% en los dividendos corporativos. Los tipos
fiscales aumentaron de nuevo en 1934. Los impuestos inmobiliarios federales
llegaron a ser los más altos del mundo. En 1935, los impuestos federales
inmobiliario y de la renta aumentaron una vez más, aunque los ingresos
adicionales fueron insignificantes. Los tipos parecían claramente dirigidos a
la redistribución de riqueza.
Según Benjamin Anderson:
el impacto de estas medidas
multitudinarias (industriales, agrícolas, financieras, monetarias y otras) sobre
la apabullada comunidad industrial y financiera fuer extraordinariamente duro.
Debemos añadir el efecto de las continuas aseveraciones inquietantes del
presidente. Había castigado a los banqueros en su discurso de toma de posesión.
Había hecho una injuriosa comparación entre banqueros británicos y
estadounidenses en un discurso en el verano de 1934 (…) El que la empresa
privada pudiera sobrevivir y crecer y en medio de tan gran desorden es una
asombrosa demostración de la vitalidad de la empresa privada.
Luego vino un alivio desde un
terreno inesperado. Los “nueve ancianos” del Tribunal Supremo, en decisión
unánime, prohibió la NRA en 1935 y la AAA en 1936. El Tribunal afirmaba que el
poder legislativo federal había sido inconstitucionalmente delegado y violados
los derechos de los estados.
Estas dos decisiones eliminaron
algunos terribles problemas bajo los que estaba trabajando la economía. En
particular, la NRA era una pesadilla con reglas y regulaciones en continuo
cambio procedentes de diversas oficinas públicas. Sobre todo, la nulidad de la
ley redujo inmediatamente los costes laborales y aumentó la productividad al
permitir que se ajustaran los mercados laborales. La muerte de la AAA redujo la
carga fiscal de la agricultura y detuvo la chocante destrucción de cosechas. El
desempleo empezó a disminuir. En 1935 cayó a 9,5 millones, el 18,4% de la mano
de obra y en 1936 a solo 7,6 millones o un 14,5%.
Un nuevo reparto de trabajo
La tercera fase de la Gran
Depresión estaba así llegando a su final. Pero hubo poco tiempo para
regocijarse, pues el escenario estaba listo para otro desplome en 1937 y una
depresión persistente que duró hasta el día de Pearl Harbor. Más de 10 millones
de estadounidenses estaban en el paro en 1938 y más de 9 millones en 1939.
El alivio concedido por el Tribunal
Supremo fue meramente temporal. Los planificadores de Washington no podían
dejar tranquila la economía: tenían que obtener el apoyo de los sindicatos, que
era vital para la reelección.
La Ley Wagner del 5 julio de 1935,
consiguió el agradecimiento eterno de los sindicatos. Está ley revolucionó las
relaciones laborales estadounidenses. Sacó las disputas laborales de los
tribunales y las llevó bajo una agencia federal recién creada, el Consejo
Nacional de Relaciones Laborales, que se convertía en fiscal, juez y jurado,
todo en uno. Los simpatizantes con los sindicatos en el consejo pervirtieron
aún más la ley que ya otorgaba inmunidades y privilegios legales a los
sindicatos. Así Estados Unidos abandonaba un gran logro de la civilización
occidental: la igualdad ante la ley.
La Ley Wagner, o Ley Nacional de
Relaciones Laborales, se aprobó en reacción a la anulación de la NRA y sus
códigos laborales por parte del Tribunal Supremo. Buscaba aplastar toda
resistencia de los empresarios ante los sindicatos. Cualquier cosa que un
empresario pudiera hacer para defenderse se convertía en “práctica laboral
injusta”, sancionable por el consejo. La ley no solo obligaba a los empleados a
atender y negociar con los sindicatos nombrados como representantes de los
empleados: posteriores decisiones del consejo hicieron asimismo ilegal resistir
las demandas de los líderes sindicales.
Tras las elecciones de 1936, los
sindicatos empezaron a hacer un amplio uso de sus nuevos poderes. Mediante
amenazas, boicots, huelgas, ocupaciones de fábricas y directamente por la
violencia cometida bajo amparo legal, obligaron a sindicarse a millones de
trabajadores. Por consiguiente, la productividad laboral disminuyó y los salarios
se vieron forzados al alza. Los conflictos y disturbios laborales se
exacerbaron. Terribles paros laborales paralizaron cientos de fábricas. En los meses
siguientes, la actividad económica empezó a declinar y el desempleo aumentó de
nuevo por encima del nivel de los diez millones.
Pero la Ley Wagner no fue el único
origen de la crisis en 1937. El sorprendente intento del presidente Roosevelt
de controlar el Trobunal Supremo, si hubiese tenido éxito, habría subordinado
el poder judicial al ejecutivo. En el Congreso de EEUU no se discutía el poder
del presidente. Las grandes mayorías demócratas en ambas cámaras, perplejas y
asustadas por la Gran depresión, seguían ciegamente a su líder. Pero cuando el
presidente pretendió asumir el control sobre el poder judicial, la nación
estadounidense se lanzó contra él y perdió su primera pelea política en las
salas del Congreso.
También se produjo su intento de
controlar la bolsa mediante un creciente número de regulaciones e
investigaciones por parte de la Comisión de Valores y Comercio. Se prohibió el “insider
trading”, se impusieron requisitos de márgenes altos e inflexibles y se restringieron
las ventas a corto, principalmente para impedir la repetición de crash de la
bolsa de 1929. Sin embargo, el mercado cayó casi un 50% de agosto de 1937 a
marzo de 1938. La economía estadounidense sufría de nuevo un terrible castigo.
Otros impuestos y controles
Aún así, otros factores
contribuyeron a esta nueva recesión, la más rápida de la historia de EEUU. La
Ley de Beneficios no Distribuidos de 1936 dio un fuerte golpe a los beneficios
retenidos para su uso en los negocios. No contenta con destruir la riqueza de
los ricos mediante impuestos confiscatorios en la renta y los inmuebles, la
administración quiso obligar a la distribución de los ahorros corporativos como
dividendos sujetos a los tipos fiscales más elevados. Aunque el tipo máximo
finalmente impuesto a los beneficios no distribuidos fue “solo” del 27%, el
nuevo impuesto consiguió desviar los ahorros corporativos del desempleo y la
producción a las rentas por dividendos.
En medio del nuevo estancamiento y
desempleo, el presidente y el Congreso adoptaron otra pieza peligrosa de la
legislación del New Deal: la Ley de Salarios y Horarios o Ley de Estándares
Laborales Justos de 1938. La ley aumentaba los salarios mínimos y reducía por
etapas la jornada laboral a 44, 42 y 40 horas. Preveía una paga y media para
todo trabajo por encimo de las 40 horas semanales y regulaba otras condiciones
laborales. Así que el gobierno federal reducía de nuevo la productividad
laboral y aumentaba los costes de la mano de obra (buenas bases para más
depresión y desempleo).
A lo largo de este periodo, el
gobierno federal, a través de su rama monetaria, el Sistema de Reserva Federal,
trataba de reinflar la economía. La expansión monetaria de 1934 a 1941 llegó a
proporciones asombrosas. El oro monetario de Europa buscó refugió de los
nubarrones de los problemas políticos, aumentando las reservas de los bancos estadounidenses
hasta niveles desacostumbrados. Las reservas en los balances aumentaron de
2.900 millones de dólares en enero de 1934 a 14.400 millones en enero de 1941.
Y con este crecimiento de las reservas de los bancos miembros, los tipos de
interés disminuyeron hasta niveles fantásticos. El papel comercial a menudo
rendía menos de un 1%, las aceptación bancarias iban de un 0,125% a un 0,25%.
Los tipos de los títulos de tesoro cayeron a un 0,1% y los bonos del Tesoro al 2%. Las solicitudes
de préstamo estaban al 1% y las de los clientes preferentes al 1,5%. El mercado
monetario estaba inundado y los tipos de interés difícilmente podían bajar.
Causas profundas
La economía estadounidense
sencillamente no pudo recuperarse de estas arremetidas sucesivas, primero por
la administración republicana y luego por la demócrata. La empresa individual,
la fuente de rentas y riquezas sin precedentes, no tuvo ninguna oportunidad.
La calamidad de la Gran Depresión
acabó dando paso al holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Cuando más de 10
millones de hombres capaces fueron reclutados para el servicio militar, el
desempleo dejó de ser un problema económico. Y cuando el poder adquisitivo del
dólar fue recortado a la mitad mediante enormes déficits presupuestarios e
inflación monetaria, los negocios estadounidenses consiguieron ajustarse a los
costes opresivos de los “repartos” de Hoover y Roosevelt. La inflación radical
redujo de hecho los costes laborales reales y así generó nuevos empleos en el
periodo de posguerra.
Nada sería más tonto que singularizar
a las personas que nos lideraron en esos torvos años y condenarlos por todo el
mal que nos infligieron. Las raíces últimas de la Gran Depresión estaban creciendo en los corazones y las
mentes del pueblo estadounidense. Es verdad que aborrecían los dolorosos
síntomas del gran dilema. Pero la gran mayoría favorecía y votaba las mismas
políticas que hicieron inevitable el problema: inflación y expansión del
crédito, aranceles proteccionistas, leyes laborales que aumentaban los salarios
y leyes agrícolas que aumentaban los precios, impuestos cada vez más altos a
los ricos y distribución de su riqueza. Las semillas de la Gran Depresión las
sembraron los intelectuales y maestros durante la década de 1920 y antes cuando
las ideologías sociales y económicas que eran hostiles a nuestro orden
tradicional de propiedad privada y empresa individual conquistaron nuestras
universidades. Los profesores de años anteriores fueron tan culpables como los
líderes políticos de la década de 1930.
El declive social y económico se
vio facilitado por la decadencia moral. Indudablemente la Gran Depresión sería
inconcebible sin el crecimiento de la codicia y la envidia de la gran riqueza y
rentas personales, el creciente deseo de ayuda y favores públicos. Sería inconcebible
sin un ominoso declive de la independencia y confianza individual y, sobre
todo, del ardiente deseo de librarse de la esclavitud humana y ser responsable
solo ante Dios.
¿Puede ocurrir de nuevo? La
inexorable ley económica asegura que debe ocurrir de nuevo siempre que
repitamos los terribles errores que generaron la Gran Depresión.
Hans F. Sennholz (1922-2007) fue el
primer estudiante de doctorado de Ludwig von Mises en los Estados Unidos.
Enseñó economía en el Grove City College, 1956-1992, contratado como jefe de
departamento desde su llegada. Después de jubilarse se convirtió en presidente
de la Fundación para la Educación Económica, 1992-1997. Fue investigador
adjunto del Instituto Mises y en octubre de 2004 ganó el Premio Gary G.
Schlarbaum, por una vida en defensa de la libertad.