Por Gerard N. Casey. (Publicado el 30
de marzo de 2009)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3383.
[Este
discurso se realizó en la Conferencia de Investigadores Austriacos el 13 de
marzo de 2009]
Los principios del mando legítimo
Tom Hanks y Passepartout
son los dos únicos habitantes en una isla del Pacífico. Ninguno es consciente
de la existencia del otro hasta que, un día afortunado, se encuentran. Lo que
ocurre a continuación depende del momento. ¿Se saludarán educadamente y
continuarán con sus respectivos asuntos? ¿Acordarán cooperar en beneficio
mutuo? ¿Se pelearán? ¿Quién lo sabe? Sin embargo, podemos estar razonablemente
seguros en suponer que si Hanks diera órdenes a Passepartout de “¡Carga con esa
baca! ¡Levanta ese bulto!” o le reclamara a Passepartout que dejara su vil
costumbre de beber jugo de coco mientras come pescado o insistiera en que Passepartout
cooperara con él en sus aventuras de pesca y caza, o se abstuviera de hacer
trabajo servil los domingos… en resumen, si Hanks intentara obligar a Passepartout
a obedecer sus órdenes, éste, creo, correctamente se ofendería y probablemente
se resista a esas órdenes. Por supuesto, lo mismo aplica si los papeles se
invirtieran y Passepartout asumiera la posición del supuesto mando.
El escenario Haks-Passepartout
puede replicarse con varias variaciones literarias, limitadas solo por la
fertilidad de la imaginación de uno. Por ejemplo, podría añadirse más gente a
la población de la isla y, aunque esto ocasionara la existencia de más
relaciones posibles, no cambiaría la naturaleza de éstas. Los principios
esenciales respecto a la legitimidad del mando pueden establecerse como reflejo
de nuestro drama insular:
- Adam puede legítimamente ordenar a Benjamin que no realice la operación C si y solo
si C es un inicio demostrable de agresión contra la persona o propiedad de
Adam o contra la persona o propiedad de otro ser humano inocente.
- Adam puede legítimamente ordenar a Benjamin que realice la operación C si y solo si
C es un elemento de un acuerdo al que se llegó libremente (sin coacción)
tras negociación entre Adam y Benjamin y C no viola la condición 1.
- En ningún otro caso puede Adam dar órdenes
legítimamente a Benjamin.
- Si, en el caso 1, Benjamin rechaza no realizar la acción C, entonces
Adam puede usar fuerza proporcionada para impedírselo o castigarle.
- Si, en el caso 2, Benjamin rechaza realizar la acción C, entonces Adam
puede usar fuerza proporcionada para obtener una reparación.
- Si, en el caso 3, Adam ordena a Benjamin, Benjamin
puede rechazar obedecer esa orden y, cuando sea apropiado, puede
resistirse a dicha orden con fuerza proporcionada.
Lo que es verdad para uno es verdad
para muchos, así que si ninguna persona tiene un derecho a darme órdenes,
ningún par de personas actuando por separado o concertadamente tiene ese
derecho. Por supuesto, pueden unirse para usar su fuerza superior para
obligarme a hacer lo que pidan, pero eso es un asunto de poder, no de derecho.
Sea el número de los que pretenden darme órdenes de uno, dos, siete, 1123 o 10
millones, no puede, salvo en las condiciones antes indicadas, ser un asunto de
derechos.
Gobernantes y gobernados
Así que consideremos la situación
que enfrentamos todos nosotros en nuestra vida diaria. En todo estado moderno,
algún grupo de gente (normalmente un grupo de gente bastante pequeño) pretende
tener autoridad para dar órdenes a las masas de la población para hacer esto o
aquello o dejar de hacer esto o aquello. No poseen ese derecho por virtud de
alguna especial concesión divina, y mucho menos por virtud de su inteligencia o
virtud moral manifiestamente superior, ya que la triste experiencia nos
demuestra que nuestros antiguos líderes, por lo general, no son mejores que el
resto de nosotros y, tristemente, a menudo son mucho peores. Pero entonces,
¿qué derecho reclama la autoridad para darnos órdenes, para hacer leyes para
nosotros, que gobiernan muchos, si no la mayoría, de los aspectos
significativos de nuestras vidas?
El gobierno (como se suele llamar
comúnmente al ejercicio sistemático de ese mando) requiere una justificación.
Esto no es plantear la más fundamental cuestión anarquista de si cualquier
gobernanza está justificada en absoluto (en el contexto de este trabajo,
prescindimos de esta cuestión), es sencillamente preguntar por qué ellos tienen derecho a reclamarnos a nosotros que paguemos impuestos y
sirvamos en las fuerzas armadas o no tomemos drogas no aprobadas por el
gobierno o conduzcamos sin cinturón de seguridad. Es preguntarse por qué unos
son gobernantes y otros son gobernados.
En un pasado no tan distante, los
que reclamaban el derecho a gobernar a otros lo hacían porque tenían, según
afirmaban, un mandato de Dios (algo así como los Blues
Brothers, pero con mayores ambiciones) o eran mejores que el hombre común
por virtud de sus excepcionales intelectos, excelentes personalidades, voluntad
nietzsechiana o distinguido árbol familiar o eran sencillamente más poderosos
que la mayoría del resto de la gente. Por muy convincentes que hayan sido esas
justificaciones en el pasado, hoy no lo son. Las teorías del gobierno divino no
son respetables, las teorías oligárquicas aún menos y las teorías del “pode es
el derecho” están ahora, como siempre han estado, absolutamente quebradas. En
el campo de la justificación del gobierno, la democracia es el único juego
posible, pues si hay un artículo de fe esencial en el mundo contemporáneo, no
es que Dios esté muerto o que el fútbol sea un bonito deporte: es, más bien,
que la democracia es buena. Tan
arraigada, tan extendida, tan aceptada está esta creencia que ponerla en
cuestión es invitar al desconcierto, la perplejidad, la confusión y, cuando se
hace evidente que uno no está bromeando, la consternación, la incredulidad y la
burla.
Democracia y representación
La clave para la justificación y la
aceptación popular de la democracia es la idea de representación: se piensa que
quienes están gobernados lo están por quienes les representan y por tanto, se
afirma, al estar gobernados por quienes les representan, en la práctica se
están gobernando a sí mismos. Esto explica el problema de por qué, en la
estructura política, algunos gobiernan o otros son gobernados. Si gobernantes y
gobernados son en la práctica uno y lo mismo, entonces desaparece el problema
de una persona o grupo de gente dando órdenes arbitrariamente a otro. Por
tanto, la justificación del gobierno político se basa en la democracia y la
justificación de la democracia a su vez se basa en la representación. Si se
rompiera la rama de la representación, con ella caería la bañera de la
democracia, el bebé y todo lo demás.
De una forma menos metafórica, si
no puede explicarse satisfactoriamente la representación, entonces, la democracia
representativa o indirecta, el último contendiente que queda para la
justificación del gobierno político (en el sentido de la división de la
humanidad entre gobernantes y gobernados) no se encuentra en una posición más
sostenible que cualquiera de sus desacreditados competidores.
A pesar de la importancia central
del concepto de representación, no parece haberse trabajado enormemente sobre
él. La obra clásica en esta área es El
concepto de representación, de Hanna Pitkin,
ahora con más de 40 años de edad. Apoya mi afirmación respecto de la relación
entre democracia y representación, apuntando: “la popularidad contemporánea del
concepto [de representación] depende mucho de haberse ligado a la idea de la
democracia” (p. 2), aunque, como apunta correctamente, “inicialmente, ni el
concepto ni las instituciones a las que se aplicaba estuvieran ligadas a las
elecciones o la democracia” (p. 3). La conexión circunstancial de democracia
con representación es ahora solo de interés histórica. Para la mente contemporánea,
democracia y representación están tan entremezcladas que son conceptualmente
indistinguibles.
Dada la firme relación
contemporánea entre democracia y representación, un problema en la filosofía
política es cómo es mejor concebir la representación política. ¿Es un
representante político un agente de aquéllos a quienes representa, limitado a
seguir sus instrucciones? ¿O es un fideicomisario, libre de actuar en interés
de aquellos a quienes representa de acuerdo con su mejor juicio de cuál es ese
interés? ¿O no es un agente ni un delegado, siendo sencillamente capaz de hacer
más o menos lo que quiera una vez elegido? ¿O hay otras opciones aparte de
éstas? El libro de Pitkin es un extenso análisis de las distintas opciones.
Creo que la idea de la representación
política genera tal fuerza retórica como tiene por una serie de vagas analogías
con ejemplos ordinarios y no problemáticos de representación, algunos de los
cuales detallaré luego; que ninguno de los ejemplos ordinarios de
representación se trasladan sin desdoro al ámbito político y que en definitiva
no hay una idea coherente de representación política que pueda sobrevivir a un
análisis racional.
Pitkin alega que, en el siglo XX
hubo una tendencia a
menospreciar la representatividad de
las llamadas democracias indirectas como algo mítico o ilusorio. Los escritores
(…) argumentan que ningún gobierno representa realmente, que no existe un
verdadero gobierno representativo. (p. 4)
No he sido capaz de encontrar
muchas evidencias de ese menosprecio aparte de la rama anarquista del
libertarismo, pero, tal y como está, estoy encantado de añadir a ella mi
pequeña aportación.
¿Qué es representar?
¿Hay alguna limitación en la
representación? Uno puede imaginar un hombre levantándose en una reunión de
accionistas y diciendo “Represento al pequeño inversor y creo que debería
despedirse a todo el consejo de dirección” o, en una universidad, diciendo
“Represento al personal administrativo de la universidad y queremos paridad en
el tratamiento con el personal académico”. Uno puede preguntarse si esos
supuestos representantes son o no son de hecho representativos, pero su
afirmación de ser representantes de sus electores parece en principio
comprensible incluso si resulta ser falsa. Sin embargo, ¿qué pensaríamos de un hombre
que se levantara y dijera “Me represento a mí mismo y creo que debería
despedirse a todo el consejo de dirección” o “Me represento a mí mismo y
reclamo paridad en el tratamiento con el personal académico de la universidad”?
Creo que parecería un poco raro.
Por supuesto, uno puede imaginar
que en circunstancias en que sea normal o convencional que uno sea representado
por otro (por ejemplo, como acusado en un juicio), uno podría responder a la
pregunta de “¿Quién le representa?”diciendo: “Me represento a mí mismo,
señoría”; sin embargo está claro que esto se entendería como equivalente a la
perfectamente sensata negación de que nadie más me representa en lugar de la
dudosamente sensata afirmación de que de verdad me estoy representando a mí
mismo. Parecería, por tanto, que una mínima limitación en la representación es
lo que debería constituir una distinción real entre el que lleva la
representación y el que es representado.
Dejando aparte la relevancia de la
autorepresentación, probemos nuestras intuiciones examinando algunos ejemplos
normales de representación:
- No puedo ir a una reunión del comité de la
asociación local de vecinos. Es una reunión importante en la que hay que
tomar decisiones de cierta importancia, así que pido a mi esposa que vaya,
si lo autoriza la reunión. Le doy mis puntos de vista sobre los asuntos a
discutir y cuando se produce la reunión expone estas opiniones como mías.
En estas circunstancias, me representa.
- Se tiene que tomar una decisión en los niveles
superiores de la universidad. Tiene lugar un debate en una reunión del
departamento de filosofía y se produce un consenso general. Al jefe de
departamento se le ordena que dé a conocer la opinión colectiva de dicho
departamento a los apoderados. En estas circunstancias, el jefe de
departamento, representa al departamento.
- Quiero comprar algo en una subasta pero no quiero
aparecer en persona por miedo a que aumente el precio. Contrato a un
universitario sin dinero y necesitado para que compre en mi nombre una
pintura. Le doy instrucciones concretas sobre el precio. Hace exactamente
lo que le he encargado hacer. Me representa en esta transacción concreta.
- Doy poderes de defensa a mis abogados con
instrucciones generales pero no completamente elásticas. Mientras se
mantengan dentro de los límites de esas instrucciones, me representan.
- Johnson es mi miembro local del parlamento. No le
voté. No estoy de acuerdo con ninguna de sus opiniones. ¿Me representa?
- Robinson es mi miembro local del parlamento. Voté
por él, no porque deseara activamente que le eligieran, sino porque quería
impedir la elección de un candidato que me desagradaba aún más. Resulta
que estoy de acuerdo con algunas, pero no con todas sus opiniones. ¿Me
representa siempre o solo cuando sus acciones están de acuerdo con mis
opiniones?
¿En qué manera se supone que los representantes políticos son
representativos?
¿En qué manera son representativos nuestros representantes
políticos? ¿Qué significa para un hombre representar a otro? Bajo
circunstancias normales, como muestran nuestros ejemplos, los que nos
representan lo hacen a nuestra solicitud y dejan de hacerlo a nuestra
solicitud. Actúan según nuestras instrucciones dentro de los límites de ciertas
instrucciones y somos responsables de lo que hagan como nuestros agentes. Además,
la característica central de la representación por agente es que éste es
responsable ante su representado y está obligado a actuar en interés de éste.
¿Es ésta la situación con mis llamados representantes políticos? Los
representantes políticos no son (normalmente) responsables legalmente ante
aquéllos a quienes supuestamente representan. De hecho, en los modernos estados
democráticos, la mayoría de unos supuestos representados por un representante
son de hecho desconocidos por éste. ¿Puede un representante político ser agente
de una multitud? Parece improbable. ¿Qué pasa si los representados tienen
intereses que chocan entre sí? Un representante político debe así
necesariamente dejar de representar a uno o más de sus representados. Lo máximo
que puede hacerse en estas circunstancias es que el político sierva a los
muchos y traicione a los pocos.
Pitkin apunta:
Un representante político (al menos
el miembro típico de un parlamento electivo) tiene electores en lugar de un
representado único y eso plantea problemas acerca de si un grupo organizado
como ése puede incluso tener un interés a perseguir, no digamos una voluntad
ante la que pudiera responder o una opinión ante la cual pueda intentar
justificar lo que ha hecho. (…) el representante político tiene electores, no
representados. Ha sido elegido por un gran número de gente y aunque puede ser
difícil determinar los intereses o deseos de un único individuo, en
infinitamente más difícil hacerlo para un electorado de miles. En muchos
asuntos, un electorado puede no tener ningún interés o sus miembros pueden
tener varios intereses en conflicto. (pp. 215; 219-220)
En opinión de Pinkin, estos pasajes
establecen la dificultad de representar a un electorado. Sin embargo,
infravalora el problema. No es que sea difícil representar a un electorado: es
más bien imposible y ella misma ha dado la pista de por qué es así. No hay un
interés común en el electorado como tal o, si lo hay, es tan singular que es
prácticamente inexistente. Si es así, no hay nada que representar.
Algunos pueden discrepar de la idea
de representación aquí presentada y argumentar que nos ocupamos de un fenómeno
considerablemente más complejo, que la representación política es solo un caso
de una variedad de tipos de representación, que la representación puede ser
simbólica,
formal, religiosa o icónica. En primer lugar, aunque mis comentarios se aplican
principalmente a la representación como agencia, pueden realizarse
consideraciones similares para ocuparse, mutatos
mutandis de representaciones como fideicomisario, diputado o comisionado,
etc. De nuevo, como pasaba con nuestro drama de la isla desierta, el punto
conceptual básico puede apreciarse en el mismo ejemplo de representación como
agencia: hay poco a ganar, ecepto un relajante tedio, del ensayo de la
inaplicabilidad de los demás tipos paradigmáticos de representación política.
En segundo lugar, uno podría estar de acuerdo en que hay actualmente una
variedad de nociones de representación. He mencionado la simbólica, formal,
religiosa e icónica como tipos de representación. Un tratamiento completo
requeriría una explicación de todas ellas, pero me gustaría hacer unos pocos
comentarios acerca de solo uno de estos tipos que disfrutan actualmente de una
oleada de popularidad, que es la representación icónica.
En la representación icónica se
dice que A representa a B, si A es como B en algún aspecto particular; así que
una mujer, por el mismo hecho de ser una mujer, representa a otras mujeres; una
persona de un color concreto de piel, simplemente por ese hecho, representa a
otra gente como el mismo color de piel. Pero aquí hay un problema lógico. Todo
es como todo en algún aspecto u otro y así resulta que, en esta idea de
representación, cualquier cosa o persona representa a cualquier otra cosa o persona.
Esa idea de representación se queda sin ningún significado real. ¿Qué sentido
pueden tener las afirmación que se hacen a veces de que algún grupo, digamos
las mujeres, está “infrarrepresentado” en profesiones concretas? En la mayoría
de los contextos, simplemente no hay representación en absoluto. Supongamos que
yo, un hombre, soy contratado por una capacidad concreta en una empresa
concreta: solo por ser un hombre, no represento a los hombres. Por la misma
razón, no represento a padres, filósofos, gente de mediana edad, raros o
cualquier otro grupo.
No son campos apropiados para la
representación y por tanto no puede haber ninguna infrarrepresentación
sencillamente porque no hay representación. (Resulta extraño que raramente se
oigan quejas de los grupos infrarrepresentados en ocupaciones menos atractivas
como la recogida de basuras o los trabajos de alcantarillado).
Otros tipos de representación
(religiosa, simbólica, etc.) bien pueden desempeñar un papel en el discurso y
acción humanos pero éstas no dan ninguna luz concreta sobre el problema central
que nos preocupa actualmente, que es el de la representación política. No puedo
imaginar a nadie que se quede satisfecho con una explicación de la
representación política que acabe reduciéndola a lo simbólico, lo religioso o
lo icónico.
Por supuesto, es perfectamente
posible que el concepto de representación sea sistemáticamente ambiguo y que
tenga en el mejor de los casos una especie de parecido familiar entre sus
distintos tipos. Si fuera así, consideraría la idea de representación política
como un primo más o menos lejano de otros tipos de representación, igual que,
en el caso de las relaciones humanas, aunque John se parezca a Howard y Howard
se parezca a Tim y Tim se parezca a Michael, de esto no se deduce que John se
parezca a Michael en modo alguno. Sin embargo, Pitkin adopta como hipótesis de
trabajo la postura de que
la representación sí tiene un
significado identificable, aplicado en formas distintas y discernibles en
distintos contextos. No es vaga y cambiante, sino un único concepto altamente
complejo que no ha cambiado mucho en su significado básico desde el siglo XVII.
(p. 8)
Su intento de definición es el
siguiente: “la representación, en su sentido general, significa, hacer presente
en algún sentido algo que sin embargo
no está presente literalmente o de
hecho” (pp. 8-9). Esto viene seguido inmediatamente por otro intento de
definición que puede ser o no el mismo: “en la representación algo no
literalmente presente se considera como presente en un sentido no literal” (p.
9). Pitkin admite que esta(s) sencilla(s) definición(es) pueden no ser
especialmente útiles. Es difícil estar en desacuerdo con esa valoración
negativa.
Habiendo examinado los distintos
ejemplos de representación no problemática (agente, fideicomisario, diputado,
comisionado, etc.), Pitkin concluye:
Ninguna de las analogías de actuar
para otros a nivel individual parece satisfactoria para explicar la relación
entre un representante político y su electorado. No es un agente, ni un
fideicomisario, ni un diputado, ni un comisionado: actúa para un grupo de gente
son un interés único, la mayoría de los cuales parecen incapaces de formar una
voluntad explícita en cuestiones políticas. (p. 221)
Es difícil ver cómo podría hacerse
esto más claro. Uno pensaría que ese estado de confusión conceptual llevaría a
uno a renunciar a la idea de descubrir una explicación coherente de la
representación política. Pero Pitkin persevera:
¿Debemos por tanto abandonar la idea
de la representación política en su sentido más común de “actuar para”? A veces
se ha sugerido esta posibilidad: tal vez la representación en la política sea
solo una ficción, un mito que forma parte de las tradiciones de nuestra
sociedad. O tal vez la representación deba redefinirse para ajustarse a nuestra
política: tal vez sencillamente debamos aceptar el hecho de que lo que hemos
estado llamando gobierno representativo es en realidad solo una competencia de
partidos por los cargos. (p. 221)
Uno esta tentado de decir: ¡Sí!
¡Sí! Sin embargo, Pitkin dice: ¡No! ¡No! Piensa que tal vez sea “un error
aproximarse demasiado directamente a la representación política desde las
diferentes analogías de la representación individual (agente y fideicomisario y
diputado)” (p. 221).
Luego procede a sugerir una especie
de explicación institucional o sistémica:
La representación política es
principalmente una disposición pública institucionalizada que incluye a mucha
gente y grupos y opera en ls formas complejas de las disposiciones sociales a
gran escala. Lo que la hace una representación no es ninguna acción única de
ningún participante, sino la estructura superpuesta y el funcionamiento del
sistema, los patrones que aparecen de las múltiples actividades de mucha gente.
Es representación si el pueblo (o unos electores) están presentes en la acción
gubernamental, aunque no actúen literalmente por sí mismos. (pp. 221-222)
Toma de nuevo la idea cuando dice:
Cuando hablamos de representación
política, casi siempre hablamos de individuos actuando en un sistema
representativo institucionalizado y es sobre el trasfondo de ese sistema en su
globalidad sobre el que sus acciones constituyen una representación, si las
llevan a cabo. (p. 225)
Francamente, esto no tiene sentido
y, en último término, es un reconocimiento de desesperación. Se reduce a esto.
Ninguno de los usos paradigmáticos de la palabra “representación”, mostrados en
los varios ejemplos que considera Pitkin (diputado, agente, etc.) basta para
dar sentido a la idea de representación política. Así que Pitkin inventa toda
una nueva clase sistémica sin explicaciones. En lugar de representar a
individuos, tenemos un sistema que
representa. Tenemos que olvidar que hemos sido incapaces de dar ningún sentido
a la representación política individual: podemos patear hacia adelante el
problema ignorando al individuo y haciendo que el propio sistema sea
representativo. Arriesguémonos a cometer la falacia de la composición y afirmar
que si la idea de explicar la representación política por medio del análisis de
los actos individuales de agencia, fideicomiso, etc., resulta irrealizable, el
problema difícilmente se resolverá poniendo simplemente al “sistema” como
superagente de la representación.
Yo iría más allá: la explicación
sistémica no solo no es útil: es ofuscadora, pareciendo explicar cuando en
realidad sencillamente barre el problema bajo una alfombra psedoexplicativa, de
una forma que recuerda al postulado del “poder dormitivo” del doctor en El enfermo imaginario de Molière como
explicación de las cualidades soporíferas del opio.
Por supuesto, esto es explicar los oscuro con lo más oscuro; es asimismo un
sorprendente ejemplo de lo que Alfred North Whitehead llamaba “la falacia de la
concreción desplazada”.
Si ha de sostenerse, al democracia
representativa o indirecta requiere una concepción clara, robusta y defendible
de la representación. No se ha dado esa concepción y es dudoso que nunca se dé.
Solía decirse que solo había tres cosas realmente verdaderas en el Sacro
Imperio Romano: no era sacro, no era imperio y no era romano. Igualmente, hay
dos cosas realmente verdaderas en la democracia representativa: no es
democracia y no es representativa.
Al final, la representación es una
hoja de parra que resulta insuficiente para cubrir el hecho desnudo y brutal de
que incluso en nuestros complejos estados modernos, por muy elegante que sea la
retórica y muy persuasiva que sea la propaganda, unos gobiernan y otros son
gobernados. La única cuestión, como apuntaba Humpty-Dumpty en A través de espejo, es “quién es el amo,
eso es todo”.
Gerard Casey es miembro de la
Facultad de Filosofía en el University College de Dublín. Vea su página web.
Este discurso se realizó en la
Conferencia de Investigadores Austriacos el 13 de marzo de 2009.