La imposible defensa de la representación política

Por Gerard N. Casey. (Publicado el 30 de marzo de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3383.

[Este discurso se realizó en la Conferencia de Investigadores Austriacos el 13 de marzo de 2009]

 

Los principios del mando legítimo

Tom Hanks y Passepartout son los dos únicos habitantes en una isla del Pacífico. Ninguno es consciente de la existencia del otro hasta que, un día afortunado, se encuentran. Lo que ocurre a continuación depende del momento. ¿Se saludarán educadamente y continuarán con sus respectivos asuntos? ¿Acordarán cooperar en beneficio mutuo? ¿Se pelearán? ¿Quién lo sabe? Sin embargo, podemos estar razonablemente seguros en suponer que si Hanks diera órdenes a Passepartout de “¡Carga con esa baca! ¡Levanta ese bulto!” o le reclamara a Passepartout que dejara su vil costumbre de beber jugo de coco mientras come pescado o insistiera en que Passepartout cooperara con él en sus aventuras de pesca y caza, o se abstuviera de hacer trabajo servil los domingos… en resumen, si Hanks intentara obligar a Passepartout a obedecer sus órdenes, éste, creo, correctamente se ofendería y probablemente se resista a esas órdenes. Por supuesto, lo mismo aplica si los papeles se invirtieran y Passepartout asumiera la posición del supuesto mando.

El escenario Haks-Passepartout puede replicarse con varias variaciones literarias, limitadas solo por la fertilidad de la imaginación de uno. Por ejemplo, podría añadirse más gente a la población de la isla y, aunque esto ocasionara la existencia de más relaciones posibles, no cambiaría la naturaleza de éstas. Los principios esenciales respecto a la legitimidad del mando pueden establecerse como reflejo de nuestro drama insular:

  1. Adam puede legítimamente ordenar a Benjamin que no realice la operación C si y solo si C es un inicio demostrable de agresión contra la persona o propiedad de Adam o contra la persona o propiedad de otro ser humano inocente.[1]
  2. Adam puede legítimamente ordenar a Benjamin que realice la operación C si y solo si C es un elemento de un acuerdo al que se llegó libremente (sin coacción) tras negociación entre Adam y Benjamin y C no viola la condición 1.
  3. En ningún otro caso puede Adam dar órdenes legítimamente a Benjamin.
  4. Si, en el caso 1, Benjamin rechaza no realizar la acción C, entonces Adam puede usar fuerza proporcionada para impedírselo o castigarle.
  5. Si, en el caso 2, Benjamin rechaza realizar la acción C, entonces Adam puede usar fuerza proporcionada para obtener una reparación.
  6. Si, en el caso 3, Adam ordena a Benjamin, Benjamin puede rechazar obedecer esa orden y, cuando sea apropiado, puede resistirse a dicha orden con fuerza proporcionada.

Lo que es verdad para uno es verdad para muchos, así que si ninguna persona tiene un derecho a darme órdenes, ningún par de personas actuando por separado o concertadamente tiene ese derecho. Por supuesto, pueden unirse para usar su fuerza superior para obligarme a hacer lo que pidan, pero eso es un asunto de poder, no de derecho. Sea el número de los que pretenden darme órdenes de uno, dos, siete, 1123 o 10 millones, no puede, salvo en las condiciones antes indicadas, ser un asunto de derechos.

Gobernantes y gobernados

Así que consideremos la situación que enfrentamos todos nosotros en nuestra vida diaria. En todo estado moderno, algún grupo de gente (normalmente un grupo de gente bastante pequeño) pretende tener autoridad para dar órdenes a las masas de la población para hacer esto o aquello o dejar de hacer esto o aquello. No poseen ese derecho por virtud de alguna especial concesión divina, y mucho menos por virtud de su inteligencia o virtud moral manifiestamente superior, ya que la triste experiencia nos demuestra que nuestros antiguos líderes, por lo general, no son mejores que el resto de nosotros y, tristemente, a menudo son mucho peores. Pero entonces, ¿qué derecho reclama la autoridad para darnos órdenes, para hacer leyes para nosotros, que gobiernan muchos, si no la mayoría, de los aspectos significativos de nuestras vidas?

El gobierno (como se suele llamar comúnmente al ejercicio sistemático de ese mando) requiere una justificación. Esto no es plantear la más fundamental cuestión anarquista de si cualquier gobernanza está justificada en absoluto (en el contexto de este trabajo, prescindimos de esta cuestión), es sencillamente preguntar por qué ellos tienen derecho a reclamarnos a nosotros que paguemos impuestos y sirvamos en las fuerzas armadas o no tomemos drogas no aprobadas por el gobierno o conduzcamos sin cinturón de seguridad. Es preguntarse por qué unos son gobernantes y otros son gobernados.

En un pasado no tan distante, los que reclamaban el derecho a gobernar a otros lo hacían porque tenían, según afirmaban, un mandato de Dios (algo así como los Blues Brothers, pero con mayores ambiciones) o eran mejores que el hombre común por virtud de sus excepcionales intelectos, excelentes personalidades, voluntad nietzsechiana o distinguido árbol familiar o eran sencillamente más poderosos que la mayoría del resto de la gente. Por muy convincentes que hayan sido esas justificaciones en el pasado, hoy no lo son. Las teorías del gobierno divino no son respetables, las teorías oligárquicas aún menos y las teorías del “pode es el derecho” están ahora, como siempre han estado, absolutamente quebradas. En el campo de la justificación del gobierno, la democracia es el único juego posible, pues si hay un artículo de fe esencial en el mundo contemporáneo, no es que Dios esté muerto o que el fútbol sea un bonito deporte: es, más bien, que la democracia es buena. Tan arraigada, tan extendida, tan aceptada está esta creencia que ponerla en cuestión es invitar al desconcierto, la perplejidad, la confusión y, cuando se hace evidente que uno no está bromeando, la consternación, la incredulidad y la burla.

Democracia y representación

La clave para la justificación y la aceptación popular de la democracia es la idea de representación: se piensa que quienes están gobernados lo están por quienes les representan y por tanto, se afirma, al estar gobernados por quienes les representan, en la práctica se están gobernando a sí mismos. Esto explica el problema de por qué, en la estructura política, algunos gobiernan o otros son gobernados. Si gobernantes y gobernados son en la práctica uno y lo mismo, entonces desaparece el problema de una persona o grupo de gente dando órdenes arbitrariamente a otro. Por tanto, la justificación del gobierno político se basa en la democracia y la justificación de la democracia a su vez se basa en la representación. Si se rompiera la rama de la representación, con ella caería la bañera de la democracia, el bebé y todo lo demás.

De una forma menos metafórica, si no puede explicarse satisfactoriamente la representación, entonces, la democracia representativa o indirecta, el último contendiente que queda para la justificación del gobierno político (en el sentido de la división de la humanidad entre gobernantes y gobernados) no se encuentra en una posición más sostenible que cualquiera de sus desacreditados competidores.

A pesar de la importancia central del concepto de representación, no parece haberse trabajado enormemente sobre él. La obra clásica en esta área es El concepto de representación, de Hanna Pitkin,[2] ahora con más de 40 años de edad. Apoya mi afirmación respecto de la relación entre democracia y representación, apuntando: “la popularidad contemporánea del concepto [de representación] depende mucho de haberse ligado a la idea de la democracia” (p. 2), aunque, como apunta correctamente, “inicialmente, ni el concepto ni las instituciones a las que se aplicaba estuvieran ligadas a las elecciones o la democracia” (p. 3). La conexión circunstancial de democracia con representación es ahora solo de interés histórica. Para la mente contemporánea, democracia y representación están tan entremezcladas que son conceptualmente indistinguibles.

Dada la firme relación contemporánea entre democracia y representación, un problema en la filosofía política es cómo es mejor concebir la representación política. ¿Es un representante político un agente de aquéllos a quienes representa, limitado a seguir sus instrucciones? ¿O es un fideicomisario, libre de actuar en interés de aquellos a quienes representa de acuerdo con su mejor juicio de cuál es ese interés? ¿O no es un agente ni un delegado, siendo sencillamente capaz de hacer más o menos lo que quiera una vez elegido? ¿O hay otras opciones aparte de éstas? El libro de Pitkin es un extenso análisis de las distintas opciones.

Creo que la idea de la representación política genera tal fuerza retórica como tiene por una serie de vagas analogías con ejemplos ordinarios y no problemáticos de representación, algunos de los cuales detallaré luego; que ninguno de los ejemplos ordinarios de representación se trasladan sin desdoro al ámbito político y que en definitiva no hay una idea coherente de representación política que pueda sobrevivir a un análisis racional.

Pitkin alega que, en el siglo XX hubo una tendencia a

menospreciar la representatividad de las llamadas democracias indirectas como algo mítico o ilusorio. Los escritores (…) argumentan que ningún gobierno representa realmente, que no existe un verdadero gobierno representativo. (p. 4)

No he sido capaz de encontrar muchas evidencias de ese menosprecio aparte de la rama anarquista del libertarismo, pero, tal y como está, estoy encantado de añadir a ella mi pequeña aportación.

¿Qué es representar?

¿Hay alguna limitación en la representación? Uno puede imaginar un hombre levantándose en una reunión de accionistas y diciendo “Represento al pequeño inversor y creo que debería despedirse a todo el consejo de dirección” o, en una universidad, diciendo “Represento al personal administrativo de la universidad y queremos paridad en el tratamiento con el personal académico”. Uno puede preguntarse si esos supuestos representantes son o no son de hecho representativos, pero su afirmación de ser representantes de sus electores parece en principio comprensible incluso si resulta ser falsa. Sin embargo, ¿qué pensaríamos de un hombre que se levantara y dijera “Me represento a mí mismo y creo que debería despedirse a todo el consejo de dirección” o “Me represento a mí mismo y reclamo paridad en el tratamiento con el personal académico de la universidad”? Creo que parecería un poco raro.

Por supuesto, uno puede imaginar que en circunstancias en que sea normal o convencional que uno sea representado por otro (por ejemplo, como acusado en un juicio), uno podría responder a la pregunta de “¿Quién le representa?”diciendo: “Me represento a mí mismo, señoría”; sin embargo está claro que esto se entendería como equivalente a la perfectamente sensata negación de que nadie más me representa en lugar de la dudosamente sensata afirmación de que de verdad me estoy representando a mí mismo. Parecería, por tanto, que una mínima limitación en la representación es lo que debería constituir una distinción real entre el que lleva la representación y el que es representado.

Dejando aparte la relevancia de la autorepresentación, probemos nuestras intuiciones examinando algunos ejemplos normales de representación:

  • No puedo ir a una reunión del comité de la asociación local de vecinos. Es una reunión importante en la que hay que tomar decisiones de cierta importancia, así que pido a mi esposa que vaya, si lo autoriza la reunión. Le doy mis puntos de vista sobre los asuntos a discutir y cuando se produce la reunión expone estas opiniones como mías. En estas circunstancias, me representa.
  • Se tiene que tomar una decisión en los niveles superiores de la universidad. Tiene lugar un debate en una reunión del departamento de filosofía y se produce un consenso general. Al jefe de departamento se le ordena que dé a conocer la opinión colectiva de dicho departamento a los apoderados. En estas circunstancias, el jefe de departamento, representa al departamento.
  • Quiero comprar algo en una subasta pero no quiero aparecer en persona por miedo a que aumente el precio. Contrato a un universitario sin dinero y necesitado para que compre en mi nombre una pintura. Le doy instrucciones concretas sobre el precio. Hace exactamente lo que le he encargado hacer. Me representa en esta transacción concreta.
  • Doy poderes de defensa a mis abogados con instrucciones generales pero no completamente elásticas. Mientras se mantengan dentro de los límites de esas instrucciones, me representan.
  • Johnson es mi miembro local del parlamento. No le voté. No estoy de acuerdo con ninguna de sus opiniones. ¿Me representa?
  • Robinson es mi miembro local del parlamento. Voté por él, no porque deseara activamente que le eligieran, sino porque quería impedir la elección de un candidato que me desagradaba aún más. Resulta que estoy de acuerdo con algunas, pero no con todas sus opiniones. ¿Me representa siempre o solo cuando sus acciones están de acuerdo con mis opiniones?

¿En qué manera se supone que los representantes políticos son representativos?

¿En qué manera son representativos nuestros representantes políticos? ¿Qué significa para un hombre representar a otro? Bajo circunstancias normales, como muestran nuestros ejemplos, los que nos representan lo hacen a nuestra solicitud y dejan de hacerlo a nuestra solicitud. Actúan según nuestras instrucciones dentro de los límites de ciertas instrucciones y somos responsables de lo que hagan como nuestros agentes. Además, la característica central de la representación por agente es que éste es responsable ante su representado y está obligado a actuar en interés de éste. ¿Es ésta la situación con mis llamados representantes políticos? Los representantes políticos no son (normalmente) responsables legalmente ante aquéllos a quienes supuestamente representan. De hecho, en los modernos estados democráticos, la mayoría de unos supuestos representados por un representante son de hecho desconocidos por éste. ¿Puede un representante político ser agente de una multitud? Parece improbable. ¿Qué pasa si los representados tienen intereses que chocan entre sí? Un representante político debe así necesariamente dejar de representar a uno o más de sus representados. Lo máximo que puede hacerse en estas circunstancias es que el político sierva a los muchos y traicione a los pocos.[3]

Pitkin apunta:

Un representante político (al menos el miembro típico de un parlamento electivo) tiene electores en lugar de un representado único y eso plantea problemas acerca de si un grupo organizado como ése puede incluso tener un interés a perseguir, no digamos una voluntad ante la que pudiera responder o una opinión ante la cual pueda intentar justificar lo que ha hecho. (…) el representante político tiene electores, no representados. Ha sido elegido por un gran número de gente y aunque puede ser difícil determinar los intereses o deseos de un único individuo, en infinitamente más difícil hacerlo para un electorado de miles. En muchos asuntos, un electorado puede no tener ningún interés o sus miembros pueden tener varios intereses en conflicto. (pp. 215; 219-220)

En opinión de Pinkin, estos pasajes establecen la dificultad de representar a un electorado. Sin embargo, infravalora el problema. No es que sea difícil representar a un electorado: es más bien imposible y ella misma ha dado la pista de por qué es así. No hay un interés común en el electorado como tal o, si lo hay, es tan singular que es prácticamente inexistente. Si es así, no hay nada que representar.

Algunos pueden discrepar de la idea de representación aquí presentada y argumentar que nos ocupamos de un fenómeno considerablemente más complejo, que la representación política es solo un caso de una variedad de tipos de representación, que la representación puede ser simbólica,[4] formal, religiosa o icónica. En primer lugar, aunque mis comentarios se aplican principalmente a la representación como agencia, pueden realizarse consideraciones similares para ocuparse, mutatos mutandis de representaciones como fideicomisario, diputado o comisionado, etc. De nuevo, como pasaba con nuestro drama de la isla desierta, el punto conceptual básico puede apreciarse en el mismo ejemplo de representación como agencia: hay poco a ganar, ecepto un relajante tedio, del ensayo de la inaplicabilidad de los demás tipos paradigmáticos de representación política. En segundo lugar, uno podría estar de acuerdo en que hay actualmente una variedad de nociones de representación. He mencionado la simbólica, formal, religiosa e icónica como tipos de representación. Un tratamiento completo requeriría una explicación de todas ellas, pero me gustaría hacer unos pocos comentarios acerca de solo uno de estos tipos que disfrutan actualmente de una oleada de popularidad, que es la representación icónica.

En la representación icónica se dice que A representa a B, si A es como B en algún aspecto particular; así que una mujer, por el mismo hecho de ser una mujer, representa a otras mujeres; una persona de un color concreto de piel, simplemente por ese hecho, representa a otra gente como el mismo color de piel. Pero aquí hay un problema lógico. Todo es como todo en algún aspecto u otro y así resulta que, en esta idea de representación, cualquier cosa o persona representa a cualquier otra cosa o persona. Esa idea de representación se queda sin ningún significado real. ¿Qué sentido pueden tener las afirmación que se hacen a veces de que algún grupo, digamos las mujeres, está “infrarrepresentado” en profesiones concretas? En la mayoría de los contextos, simplemente no hay representación en absoluto. Supongamos que yo, un hombre, soy contratado por una capacidad concreta en una empresa concreta: solo por ser un hombre, no represento a los hombres. Por la misma razón, no represento a padres, filósofos, gente de mediana edad, raros o cualquier otro grupo.

No son campos apropiados para la representación y por tanto no puede haber ninguna infrarrepresentación sencillamente porque no hay representación. (Resulta extraño que raramente se oigan quejas de los grupos infrarrepresentados en ocupaciones menos atractivas como la recogida de basuras o los trabajos de alcantarillado).

Otros tipos de representación (religiosa, simbólica, etc.) bien pueden desempeñar un papel en el discurso y acción humanos pero éstas no dan ninguna luz concreta sobre el problema central que nos preocupa actualmente, que es el de la representación política. No puedo imaginar a nadie que se quede satisfecho con una explicación de la representación política que acabe reduciéndola a lo simbólico, lo religioso o lo icónico.

Por supuesto, es perfectamente posible que el concepto de representación sea sistemáticamente ambiguo y que tenga en el mejor de los casos una especie de parecido familiar entre sus distintos tipos. Si fuera así, consideraría la idea de representación política como un primo más o menos lejano de otros tipos de representación, igual que, en el caso de las relaciones humanas, aunque John se parezca a Howard y Howard se parezca a Tim y Tim se parezca a Michael, de esto no se deduce que John se parezca a Michael en modo alguno. Sin embargo, Pitkin adopta como hipótesis de trabajo la postura de que

la representación sí tiene un significado identificable, aplicado en formas distintas y discernibles en distintos contextos. No es vaga y cambiante, sino un único concepto altamente complejo que no ha cambiado mucho en su significado básico desde el siglo XVII. (p. 8)

Su intento de definición es el siguiente: “la representación, en su sentido general, significa, hacer presente en algún sentido algo que sin embargo no está presente literalmente o de hecho” (pp. 8-9). Esto viene seguido inmediatamente por otro intento de definición que puede ser o no el mismo: “en la representación algo no literalmente presente se considera como presente en un sentido no literal” (p. 9). Pitkin admite que esta(s) sencilla(s) definición(es) pueden no ser especialmente útiles. Es difícil estar en desacuerdo con esa valoración negativa.

Habiendo examinado los distintos ejemplos de representación no problemática (agente, fideicomisario, diputado, comisionado, etc.), Pitkin concluye:

Ninguna de las analogías de actuar para otros a nivel individual parece satisfactoria para explicar la relación entre un representante político y su electorado. No es un agente, ni un fideicomisario, ni un diputado, ni un comisionado: actúa para un grupo de gente son un interés único, la mayoría de los cuales parecen incapaces de formar una voluntad explícita en cuestiones políticas. (p. 221)

Es difícil ver cómo podría hacerse esto más claro. Uno pensaría que ese estado de confusión conceptual llevaría a uno a renunciar a la idea de descubrir una explicación coherente de la representación política. Pero Pitkin persevera:

¿Debemos por tanto abandonar la idea de la representación política en su sentido más común de “actuar para”? A veces se ha sugerido esta posibilidad: tal vez la representación en la política sea solo una ficción, un mito que forma parte de las tradiciones de nuestra sociedad. O tal vez la representación deba redefinirse para ajustarse a nuestra política: tal vez sencillamente debamos aceptar el hecho de que lo que hemos estado llamando gobierno representativo es en realidad solo una competencia de partidos por los cargos. (p. 221)

Uno esta tentado de decir: ¡Sí! ¡Sí! Sin embargo, Pitkin dice: ¡No! ¡No! Piensa que tal vez sea “un error aproximarse demasiado directamente a la representación política desde las diferentes analogías de la representación individual (agente y fideicomisario y diputado)” (p. 221).

Luego procede a sugerir una especie de explicación institucional o sistémica:

La representación política es principalmente una disposición pública institucionalizada que incluye a mucha gente y grupos y opera en ls formas complejas de las disposiciones sociales a gran escala. Lo que la hace una representación no es ninguna acción única de ningún participante, sino la estructura superpuesta y el funcionamiento del sistema, los patrones que aparecen de las múltiples actividades de mucha gente. Es representación si el pueblo (o unos electores) están presentes en la acción gubernamental, aunque no actúen literalmente por sí mismos. (pp. 221-222)

Toma de nuevo la idea cuando dice:

Cuando hablamos de representación política, casi siempre hablamos de individuos actuando en un sistema representativo institucionalizado y es sobre el trasfondo de ese sistema en su globalidad sobre el que sus acciones constituyen una representación, si las llevan a cabo. (p. 225)

Francamente, esto no tiene sentido y, en último término, es un reconocimiento de desesperación. Se reduce a esto. Ninguno de los usos paradigmáticos de la palabra “representación”, mostrados en los varios ejemplos que considera Pitkin (diputado, agente, etc.) basta para dar sentido a la idea de representación política. Así que Pitkin inventa toda una nueva clase sistémica sin explicaciones. En lugar de representar a individuos, tenemos un sistema que representa. Tenemos que olvidar que hemos sido incapaces de dar ningún sentido a la representación política individual: podemos patear hacia adelante el problema ignorando al individuo y haciendo que el propio sistema sea representativo. Arriesguémonos a cometer la falacia de la composición y afirmar que si la idea de explicar la representación política por medio del análisis de los actos individuales de agencia, fideicomiso, etc., resulta irrealizable, el problema difícilmente se resolverá poniendo simplemente al “sistema” como superagente de la representación.

Yo iría más allá: la explicación sistémica no solo no es útil: es ofuscadora, pareciendo explicar cuando en realidad sencillamente barre el problema bajo una alfombra psedoexplicativa, de una forma que recuerda al postulado del “poder dormitivo” del doctor en El enfermo imaginario de Molière como explicación de las cualidades soporíferas del opio.[5] Por supuesto, esto es explicar los oscuro con lo más oscuro; es asimismo un sorprendente ejemplo de lo que Alfred North Whitehead llamaba “la falacia de la concreción desplazada”.

Si ha de sostenerse, al democracia representativa o indirecta requiere una concepción clara, robusta y defendible de la representación. No se ha dado esa concepción y es dudoso que nunca se dé. Solía decirse que solo había tres cosas realmente verdaderas en el Sacro Imperio Romano: no era sacro, no era imperio y no era romano. Igualmente, hay dos cosas realmente verdaderas en la democracia representativa: no es democracia y no es representativa.

Al final, la representación es una hoja de parra que resulta insuficiente para cubrir el hecho desnudo y brutal de que incluso en nuestros complejos estados modernos, por muy elegante que sea la retórica y muy persuasiva que sea la propaganda, unos gobiernan y otros son gobernados. La única cuestión, como apuntaba Humpty-Dumpty en A través de espejo, es “quién es el amo, eso es todo”.

 

 

Gerard Casey es miembro de la Facultad de Filosofía en el University College de Dublín. Vea su página web.

Este discurso se realizó en la Conferencia de Investigadores Austriacos el 13 de marzo de 2009.



[1] Ésta es una versión del axioma básico del libertarismo. Casi cualquier tratado sobre el tema contiene una exposición y defensa de este axioma. Ver, por ejemplo, Boaz, D. (1997). Libertarianism: A Primer. Nueva York: The Free Press [publicado en España como Liberalismo: una aproximación (Madrid: Gota a Gota, 2007)]; Rothbard, M. N. (1982). The Ethics of Liberty. Atlantic Highlands, N.J.: Humanities Press. [Reimpreso (1998). Nueva York: New York University Press.] [publicado en España como La ética de la libertad (Madrid: Unión Editorial, 2009)]; Rothbard, M. N. (2004). Man, Economy and State. [2ª edición (Scholar's Edition)] Auburn Alabama: Ludwig von Mises Institute [publicado en España como l hombre, la economía y el estado (Madrid: Unión Editorial, 2011)].

[2] Pitkin, H.D. (1967). The Concept of Representation. Berkeley y Los Ángeles: University of California Press. [Publicado en español como El concepto de representación (Madrid: CEPC, 1985)]

[3] Los informados, por supuesto, reconocerán aquí mi deuda con los escritos de Lysander Spooner.

[4] Un ejemplo de representación simbólica se produce cuando Elrond elige la Compañía del Anillos el El señor de los anillos: La Comunidad del Anillo. Dice: “Para el resto, representarán a los otros Pueblos Libres del Mundo: elfos, enanos y hombres. Legolas lo será por los elfos y Gimli, hijo de Gloin, por los enanos (…) Por los hombres, tendréis a Aragorn” (Londres: Harper & Collins, p. 362).

[5] Molière (1673) Le Malade imaginaire – “quiat est in eo virtus dormitiva cujus est natura sensus assoupire”. (“Porque hay una virtud dormitiva en él cuya naturaleza es causar a los sentidos sentirse somnolientos”).

Published Mon, Jan 16 2012 7:02 PM by euribe