Por George Reisman. (Publicado el 14 de enero de
2009)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3296.
[Éste es el primero de una serie de artículos que pretenden
dar al hombre inteligente medio suficiente conocimiento de teoría económica
sólida como para permitirle entender qué debe hacerse para superar la actual
crisis financiera y volver al camino del progreso económico y la prosperidad]
Una
confusión económica desastrosa, que es compartida casi universalmente, tanto
por hombres corrientes como por los economistas profesionales, es la creencia
en que la caída de precios constituye deflación y por tanto debe temerse y, si
es posible, impedirse.
El
artículo principal de portada del New
York Times del pasado 1 de noviembre ofrece un ejemplo típico de esta
confusión. Declara:
Mientras en
docenas de países se agudizan sus problemas económicos, puede estar cobrando
fuerza una nueva amenaza en la economía estadounidense: la perspectiva de que
se acumulen los bienes a la espera de compradores y caigan los precios,
ahogando la nueva inversión y empeorando el paro durante meses o incluso años.
La palabra
para esto es deflación, o bajada de precios, un término que hace que se
estremezcan los economistas.
La
deflación acompañó a la Depresión de la década de 1930. La caída persistente de
los precios también estivo en el centro de la llamada década perdida de Japón
después del catastrófico desplome de su burbuja inmobiliaria a finales de la
década de 1980, un periodo con el que algunos expertos encuentran hoy
paralelismos con los aprietos estadounidenses.
Frente a
lo que dice el Times y muchos otros,
la deflación no es la bajada de precios, sino una disminución en la cantidad de dinero o en el volumen de gasto en el
sistema económico. Por decir lo mismo con distintas palabras, la deflación
es una caída general de la demanda. La caída de precios es una consecuencia de
la deflación, no el mismo fenómeno.
Completamente
aparte de la deflación, la bajada de precios es asimismo una consecuencia de
los aumentos en la producción y la oferta de bienes, que es una característica
esencial del progreso económico y el creciente nivel de vida. En esas
circunstancias, la bajada de precios no viene acompañada de ninguna caída en
los ingresos o beneficios de las ventas, de ningún aumento en la dificultad de
saldar deudas o de ningún aumento de las quiebras. Todos estos fenómenos son el
resultado pura y simplemente de la deflación, no la bajada de precios.
De hecho,
bajo un completo patrón oro con reserva al 100%, las bajadas de precios,
causadas por un aumento en la producción , probablemente se vean acompañadas
con un modesto aumento en la tasa de beneficio y cierta mayor facilidad para
saldar deudas, ambas cosas debidas al aumento de la producción y la oferta de
oro y por tanto del gasto de oro. Bajo esa patrón oro, los precios caen en la
medida en que el aumento en la producción y la oferta de bienes y servicios
ordinarios aventaje al aumento en la producción y oferta de oro y el
consiguiente aumento en el gasto en términos de oro.
Aunque
esto debe indudablemente sorprender al Times
y a todo el que no entienda la naturaleza de la deflación, la bajada de precios
está tan lejos de ser deflación que es el antídoto
de la deflación. Es lo que permite recuperarse y posteriormente disfrutar de
los frutos del progreso económico a un sistema económico que ha experimentado
deflación.
Esta
conclusión puede demostrarse socráticamente, por medio de una sencilla pregunta
que podría utilizarse en un examen de economía a estudiantes que acaben sus
estudios primarios.
Así que
imaginemos que ante de la presente crisis financiera, Bill solía ir de compras
una vez por semana a sus supermercado local. Cuando iba allí, podía permitirse
comprar 10$ de agua embotellada. A un precio normal de 1$ por botella, podía
comprar 10 botellas. Ahora, en medio de la crisis, cuando Bill va al
supermercado, solo puede gastar 5$ en agua embotellada.
He aquí la pregunta:
¿A qué precio por botella de agua podrá Bill comprar por 5$ las 10 botellas de
agua que solía comprar por 10$? Respuesta:
50¢.
Como
dejan claro esta pregunta y su respuesta, una
bajada de precios permite que los fondos reducidos disponibles para gastar
compren tanto como podían comprar antes los mayores fondos.
Esto se
aplica incluso cuando precios más bajos no generen mayores compras del producto
concreto cuyo precio ha caído. Así, supongamos que el precio de un galón de leche
es de 8$ y ahora baja a 4$. Aún así, Bill y su familia no necesitan más de un
galón en una semana cualquiera y por tanto no comprarán ninguna mayor cantidad
de leche a su precio ahora inferior. La caída en su precio sigue ayudando a la
recuperación económica. Lo hace liberando 4$ de los fondos de Bill para hacer
posible la compra de otras cosas que quiere pero de otra forma no podía
permitirse a causa de la falta de fondos disponibles.
Otro
ejemplo similar es el de la bajada en el precio de la gasolina o el el gasóleo
de calefacción, que ayuda a aumentar la capacidad de la gente de gastar en la
compra de productos en todo el sistema económico.
Como
hemos indicado, el fuerte contraste con la bajada de precios, la deflación es
un proceso de contracción financiera. En nuestra crisis actual, es una
contracción del crédito y del gasto que depende del crédito. Una bajada de
precios, y por supuesto también una bajada de salarios, es el medio esencial
para adaptarse a esta deflación y superarla.
Sin
embargo, la predominante extraña confusión de la bajada de precios con la
deflación, se interpone en el camino a la recuperación económica. Respecto de
las bajadas de precios, que son el efecto de la deflación, se lleva a la gente
a confundir la solución del problema con el problema que tiene que resolverse.
Basándose
en esta confusión, defienden la intervención del gobierno para impedir que
bajen los precios. Los precios que quieren impedir que caigan son variopintos:
viviendas, materias primas y agropecuarias y, sobre todo, salario. En la medida
en que estos esfuerzos tengan éxito y se impida que caigan los precios, el
efecto será impedir la recuperación económica. Impide la recuperación económica
impidiendo el nivel reducido de gasto que representa la deflación, el comprar
la mayor cantidad de bienes y servicios que se habría podido comprar a precios
y con salarios más bajos.
Igual que
las bajadas de precios están tan lejos de ser deflación que resultan ser el
remedio para ésta, también impedir que bajen los precios está tan lejos de
impedir la deflación que en realidad la empeoran. Porque llevan a la gente
retrasar la compra incluso en casos en que tienen la capacidad de comprar.
Dejan de comprar ante la expectativa de ser capaces de comprar en mejores
términos más adelante, cuando hayan caído precios y salarios en el grado
necesario como para permitir la recuperación económica.
Por la
misma razón, cuando finalmente los precios y salarios caigan lo suficiente como
para permitir la recuperación económica, casi con seguridad habrá un aumento en
el gasto en el sistema económico. Esto es porque los fondos que la gente ha
estado dejando de gastar a la espera de la bajada de precios y salarios, se
gastarán ahora, en vista de la necesaria bajada. Así que la necesaria bajada en
precios y salarios consigue la recuperación económica al crear un mayor poder
de compra por cantidad reducida de gasto. También produce una restauración
parcial del gasto y por tanto acaba definitivamente con la deflación.
La medida
en que tienen que bajar los precios y salarios para conseguir una recuperación
económica depende del cambio que haya tenido lugar en lo que Mises llamaba “la
relación monetaria”. Ésta es la relación entre la oferta de dinero y al demanda
de dinero en efectivo.
Durante
el auge, la inflación y la expansión del crédito aumentan la oferta de dinero y
al mismo tiempo reducen la demanda de dinero en efectivo. Luego, en la
posterior fase de declive del ciclo económico, la demanda de dinero en efectivo
aumenta y la oferta de dinero puede caer en la realidad. Ambos factores suponen
un declive en el gasto total en el sistema económico y por tanto la necesidad
de un nivel de salarios y precios igualmente inferior para conseguir una
recuperación económica.
El hasta
dónde podrían llegar estos procesos en nuestras circunstancias actuales y lo
que podría hacerse, de acuerdo con el principio de la libertad económica, para
mitigarlos, es un tema demasiado largo como para explicarlo en este artículo.
Debo decir aquí que puede impedirse completamente una disminución en la
cantidad de dinero y que esto limitaría drásticamente el grado de disminución
del gasto general en el sistema económico.
Sean
cuales sean los niveles reducidos de gasto que la nueva relación monetaria
pueda apoyar, la libertad de bajada salarios y precios puede conseguir no solo
una recuperación económica, sino más que eso. Puede conseguir la contratación
de todo el que sea capaz y esté dispuesto a trabajar, es decir, el pleno
empleo. Y podría hacerlo de hecho sin disminuir los salarios reales del
trabajador medio en el sistema económico, con un aumento significativo en sus
salarios reales. Por desgracia, también éste es un tema demasiado largo como
para explicarlo más en el presente artículo.
Rescates
Antes de
acabar, debo decir unas pocas palabras acerca de los esfuerzos actuales del
gobierno de superar la crisis mediante “rescates” y su financiación asociada
por déficits presupuestarios. En último término, estos esfuerzos son un intento
de superar los efectos de un aumento en la demanda de dinero en efectivo por
medio de un aumento suficientemente grande en la oferta de dinero. En esta
campaña, al gobierno no parece preocuparle nada salvo superar la crisis del
momento, sin considerar el combustible que está proporcionando para la siguiente
crisis.
El
gobierno tiene hoy poderes ilimitados de creación de dinero. Así que es muy
probable, dada su evidente voluntad de utilizar sus poderes y el abrumador
apoyo público que existe para que los use, que el aumento en la oferta de
dinero que produzca acabe superando el actual aumento en la demanda pública de
dinero en efectivo. En la medida en que ocurra eso y cuando ocurra eso y los
ingresos por ventas y beneficios empresariales empiecen a aumentar y hagan lo
mismo las tasas de empleo y los salarios, la demanda de dinero en efectivo de
nuevo empezará a caer.
En este
momento, el aumento masivo en la cantidad de dinero que el gobierno está
creando actualmente alimentará fuertemente la subida de precios y dará lugar a
una nueva crisis. Esta vez, un crisis de inflación. Entonces el gobierno tendrá
que contentarse con una economía de EEUU que se asemeje al sistema económico de
un país latinoamericano o tendrá que controlar su inflación. Si elige
rápidamente esto último, volveremos a la situación que prevalecía a principios
de la década de 1980 y tendremos que sufrir una nueva contracción económica,
aunque probablemente de mucho mayor tamaño que entonces, a acusa de los
negocios inacabados sobrantes de la presente crisis.
Si el
gobierno retrasa demasiado el control de la inflación, entonces, cuando acabe
haciéndolo, puede encontrarse no solo con precios subiendo tan rápidamente como
lo hicieron en Latinoamérica hace décadas, pero también con el desempleo masivo
que acompañaba a los esfuerzos de controlar esa gran inflación. En ese momento,
como precios aumentando a un ritmo del 20%, 30% o 50% o más se verían
acompañados por tasa de paro igualmente altas. (Para entender cómo puede pasar
eso, imaginemos que tanto el gasto total como los precios crezcan al ritmo de,
digamos, un 50% anual. Ahora el gobierno, en un intento por controlar la
inflación, consigue reducir el aumento en el gasto en un 15%. Si el aumento en
lo salarios y precios tiene algún tipo de inercia significativa, como continuar
en el 40%, el efecto sería una caída en la producción y el empleo a un nivel
equivalente a 1,15/1,4, lo que representa una caída de alrededor del 18%. En el
futuro a muy corto plazo, el desempleo se verá potenciado por cualquier poder
adicional que pueda dar el gobierno a los sindicatos, que lo usarían para
aumentar los salarios incluso en medio de un desempleo masivo, como hicieron a
partir de 1932 en la Gran Depresión).
Por
supuesto, dada la extendida disposición masiva a expandir los poderes del
gobierno para ocuparse de crisis a corto plazo, también es posible que el
gobierno aplique controles de salarios y precios en sus esfuerzos por luchar
contra las consecuencias de su inflación. Cuando se eliminen los controles,
habrá de nuevo una crisis de precios al alza que, si no se ve acompañada de aún
más inflación, se verá seguida por una gran contracción financiera. Si no se
eliminan los controles de precios, el sistema económico se paralizará y acabará
destruyéndose.
El
resultado es que no hay una forma buena de salir de la presente crisis de otra
forma que no sea afrontándola con los medios del libre mercado de una bajada en
salarios y precios, mitigada en la mayor medida posible de formas coherentes
con el principio de libertad económica. Lo que hace falta es una salida que
acabe de una vez y para siempre con el ciclo de auge y declive de la inflación
y la expansión del crédito seguida por la deflación y la contracción. El libre
mercado, un mercado más libre del que ahora tenemos, es la única solución.
Tanto la libertad como la recuperación económica requieren
que los precios y salarios sean libres para bajar y que todos los obstáculos
legales en el camino de la bajada se eliminen inmediatamente. Para que ocurra
eso, tanta gente como sea posible debe entender que la bajada de precios no es
deflación, sino el antídoto de la deflación.
PS: Tengo que ocuparme
brevemente de dos puntos de los que no pude tratar en el cuerpo de mi artículo.
Uno se refiere al efecto de la perspectiva de bajadas de precios en la
postergación de los gastos. La postergación solo se aplica al caso en que la
caída de los precios sea en respuesta a una caída en la demanda, no a un
aumento en la producción y la oferta. En este caso, si los precios no bajan, la
demanda cae aún más, como he explicado.
Sin embargo,
la perspectiva de una bajada de precios resultante de un aumento en la
producción y la oferta no implica una postergación de las compras. Porque en
este caso la perspectiva de una bajada de precios no es el resultado de una
disminución ni en el gasto ni en cualquier otro gran agregado monetario. Por el
contrario, aquí la perspectiva de bajadas de precios significa un aumento en la
perspectiva del poder adquisitivo de todos los ahorros acumulados así como de
las rentas a ganar en el futuro. De esta manera, el proceso del progreso
económico presagia un mejor estado financiero en el futuro que en el presente.
Esto compensa el beneficio a obtener esperando a aprovechar precios más bajos
en el futuro. En otras palabras, las bajadas de precios debido a un aumento en
la producción y la oferta son esencialmente neutrales en sus efectos generales
en la elación entre gasto para el consumo presente frente al ahorro para el
consumo futuro.
El
segundo punto de tiene que tratarse se refiere a los precios de las viviendas.
Se afirma a menudo que las bajadas en los precios de las viviendas son
responsables de quiebras bancarias y que la continuación de las bajadas de
precios en la vivienda debe generar más quiebras de ese tipo y por tanto deben
detenerse.
Las
bajadas en los precios de las viviendas no son de hecho responsables de las
quiebras bancarias, como no lo es el envejecimiento de los automóviles. El
hecho de que los propietarios de viviendas puedan deber más sobre sus casas de
lo que valen éstas no tiene más conexión fundamental con los impagos de las
hipotecas que el hecho de que muchos o la mayoría de los automóviles comprados
con préstamos personales valgan menos de lo que les atribuye la deuda remanente
en sus préstamos. De hecho, el mero acto de conducir un coche nuevo recién
sacado del concesionario es a menudo suficiente como para poner su precio de
venta por debajo de la deuda del préstamo para su pago.
Lo que
lleva a las quiebras, ya sea en préstamos para vivienda o para automóviles, es
la incapacidad o indisposición de los prestatarios de cumplir sus obligaciones
financieras, no el valor de mercado de casas o coches.
Solo
décadas de inflación y expansión del crédito podrían hacer posible que la gente
pensara en las casas que viven como una inversión. En realidad, la casa es un
bien de consumo, igual que un automóvil o una nevera. La única diferencia es
que se deprecia más lentamente que éstos. Solo una larga concatenación de años
en que la inflación fue más rápida de lo que se depreciaban las casas permitía
que sus precios aumentaran cada año y la gente las considerara como una fuente
de ganancias financieras. Si no fuera por la inflación y el aumento en precios
que produce, estaría muy claro que la vivienda en un activo que se deteriora,
un activo que se deteriora muy lentamente, es cierto, pero en todo caso un
activo que se deteriora.
Si no
fuera por la inflación no aumentaría el precio de las nuevas viviendas.
Probablemente incluso bajaría cada año. Además, el precio de una casa que
tuviera 5, 10 o 20 años sería significativamente menor que el precio de una
casa nueva. Así que incluso precios constantes en las nuevas casas, no digamos
la bajada de precios en las nuevas casas, implican que el precio de una casa
disminuya con los años. Es la situación normal. Es la situación en ausencia de
inflación.
La
acelerada expansión del crédito de años recientes y el rápido aumento en los
precios de las casas que causó hicieron que pareciera durante un tiempo que era
rentable comprar casas nada más que para revenderlas rápidamente. También hizo
que pareciera que la gente podía vivir del aumento en el valor de sus casas,
tomando prestado contra ellas. La locura de la burbuja inmobiliaria fue tal que
ene su apogeo el precio de la vivienda media solo podía afrontarlo gente que
estuviera n el 15% superior de las rentas.
No hay
razón para mantener artificialmente altos los precios de las viviendas ni para
rescatar a los prestamistas y prestatarios que fueron responsables de ello.
Además, el intento de hacerlo debe perpetuar la sospecha de que los
prestamistas siguen siendo básicamente insensatos y no puede contarse con que
sean capaces de cumplir con sus propias obligaciones financieras. Esos malos
préstamos deben asumirse y liquidarse de las cuentas de los bancos y las demás
instituciones financieras que los otorgaron antes de que pueda restaurarse la
confianza en el sistema financiero.
La bajada
que está teniendo lugar en los precios de la vivienda tiene que ser mayor. El
precio medio de la vivienda sigue siendo considerablemente más alto que la
renta media. Las llamadas a estabilizar los precios de las viviendas son
reclamaciones de intervenciones públicas a favor de prestamistas y prestatarios
imprudentes, pagadas por los contribuyentes.
Los
precios más bajos de las viviendas como consecuencia de la libertad en el
mercado inmobiliario frente a la intervención pública reducirían el tamaño de
las hipotecas que hacen falta para comprar viviendas. Si una casa se vende a
medio millón de dólares en lugar de a un millón o por cien mil dólares en lugar
de doscientos mil, entonces la cantidad a financiar por la hipoteca necesaria
para comprarla se verá reducida correspondientemente y el mercado inmobiliario
se alinearía con la oferta general reducida de crédito que está disponible.
El Doctor
George Reisman es Profesor Emérito de Economía en la Universidad de Pepperdine
y autor de Capitalism: A
Treatise on Economics (Ottawa,
Illinois: Jameson Books, 1996). Su sitio web es www.capitalism.net. Su blog se encuentra en www.georgereisman.com/blog/. (Puede descargarse una réplica
completa de su libro Capitalism:
A Treatise on Economics en
pdf en el disco duro del lector simplemente clicando en el título del libro que
aparece aquí y salvando el fichero cuando aparezca en pantalla).