Por Carl Menger. (Publicado el 11
de enero de 2012)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5735.
[Principios de
economía política (1871)]
Entre los más egregios de los
errores fundamentales que han tenido las consecuencias de mayor alcance en la
evolución previa de nuestra ciencia está el argumento de que los bienes poseen
valor para nosotros porque se usaron bienes en su producción que tenían valor
para nosotros. Luego, cuando me ocupe de la explicación de los precios de los
bienes de orden superior, mostraré las causas concretas que son responsables de
este error y de que se convirtiera en el fundamento de la teoría aceptada de
los precios (en una forma plagada de todo tipo de precauciones especiales, por
supuesto). Ahora quiero decir, sobre todo, que este argumento se opone tan
estrictamente a toda experiencia que tendría que rechazarse incluso si
ofreciera una solución formalmente
correcta al problema de establecer un principio que explique el valor de los
bienes.
Pero ni
siquiera este último propósito no puede alcanzarse mediante el argumento en
cuestión, ya que ofrece una explicación del valor de los bienes que podemos
designar como “productos” pero no para el valor de todos los demás bienes, que
aparecen como factores originales de producción. No explica el valor de los
bienes que provee directamente la naturaleza, especialmente los servicios de la
tierra. No explica el valor de los servicios del trabajo. Ni siquiera, como
veremos después, explica el valor del los servicios del capital. Pues el valor
de todos estos bienes no puede explicarse por el argumento de que los bienes
derivan su valor del valor de los bienes gastados en su producción. De hecho,
hacen su valor completamente incomprensible.
Por tanto
este argumento no proporciona ni una solución correcta ni una que sea conforme
que los hechos de la realidad, al problema de descubrir una explicación
universalmente válida del valor de los bienes. Por un lado, es una
contradicción con la experiencia y, por el otro, es patentemente inaplicable
siempre que tengamos que tratar bienes que no sean el producto de la
combinación de bienes de orden superior. El valor de los bienes de orden
inferior no puede, por tanto, determinarse por el valor de los bienes de orden
superior que fueron empleados en su producción. Por el contrario, es evidente
que el valor de los bienes de orden superior está determinado siempre y sin
excepción por el valor a futuro de los bienes de orden inferior a cuya
producción sirven. La existencia de nuestros requerimientos de bienes de orden superior depende de que los
bienes a cuya producción sirven tengan un carácter económico esperado y por
tanto un valor esperado. Para
asegurar nuestros requerimientos para la satisfacción de nuestras necesidades,
no tenemos que tener a nuestra disposición bienes que sean apropiados para la
producción de bienes de orden inferior que no tengan valor esperado (ya que no
tenemos requerimientos de ellos). Por tanto tenemos el principio de que el
valor de los bienes de orden superior depende del valor esperado de los bienes
de orden inferior a cuya producción sirven. Por tanto los bienes de orden
superior pueden tener valor o mantenerlo una vez que lo tienen siempre y cuando
sirvan para producir bienes que esperamos que tengan valor para nosotros. Si se
está de acuerdo con este hecho, también está claro que el valor de los bienes
de orden superior no puede ser el factor determinante
en el valor a futuro de los bienes correspondientes de orden inferior. Tampoco
el valor de los bienes de orden superior ya gastados en producir un bien de
orden inferior puede ser el factor determinante de su valor presente. Por el
contrario, el valor de los bienes de orden superior está, en todos los casos,
regulado por el valor a futuro de los bienes de orden inferior a cuya
producción han sido o serán asignados por los hombres que economicen.
El valor
a futuro de los bienes de orden inferior a menudo (y esto debe observarse
cuidadosamente) es muy diferente del valor que tienen bienes similares en el
presente. Por esta razón, el valor de los bienes de orden superior por medio de
los cuales tendremos a nuestra disposición bienes de orden inferior en algún
momento futuro no se mide en modo alguno por el valor actual de bienes
similares de orden inferior, sino más bien por el valor a futuro de los bienes
de orden inferior a cuya producción sirven.
Supongamos,
por ejemplo, que tenemos el salitre, el azufre, el carbón, los servicios
laborales especializados, las herramientas, etc. necesarios para la producción
de una cierta cantidad de pólvora y que por tanto, por medio de estos bienes,
tendremos a nuestra disposición esta cantidad de pólvora en tres meses. Está
claro que el valor de esta pólvora que esperamos tener en tres meses no tiene
que ser necesariamente igual, sino que puede ser mayor o menor, que el valor de
una cantidad igual de pólvora en el momento presente. También por tanto la
magnitud del valor de los bienes anteriores de orden superior se mide, no por
el valor de la pólvora actualmente, sino por el valor a futuro de su producto
al final del periodo de producción. Incluso pueden imaginarse casos en que un
bien de primer orden o de orden inferior no tiene absolutamente ningún valor
actualmente (hielo en invierno, por ejemplo), mientras que al mismo tiempo los
bienes correspondientes disponibles de nivel superior que garantizan el bien
inferior en un plazo futuro de tiempo (todos los materiales e implementos
necesarios para la producción de hielo artificial, por ejemplo) tienen valor
con respecto a este futuro periodo de tiempo y viceversa.
Por tanto
no hay una conexión necesaria entre el valor de los bienes de primer orden o de
orden inferior en el presente y el valor de los bienes disponibles actualmente
de nivel superior que sirvan para la producción de dichos bienes. Por el
contrario, es evidente que los primeros derivan su valor de la relación entre
requerimientos y cantidades disponibles en el presente, mientras que los
últimos derivan su valor de la relación a futuro entre los requerimientos y las
cantidades que estarán disponibles en momentos futuros cuando estén disponibles
los productos creados por medio de los bienes de orden superior. Si aumenta el
valor esperado en el futuro de un bien de orden inferior, en igualdad de
condiciones, también aumenta el valor de los bienes de orden superior cuya
posesión nos garantiza disponer en el futuro del bien de orden inferior. Pero
el alza o baja del valor de un bien de orden inferior disponible en el presente
no tiene necesariamente conexión causal con el alza o baja del valor de los
bienes de orden superior actualmente disponibles.
De ahí
que el principio de que el valor de los bienes de orden superior está regido,
no por el valor de los bienes correspondientes de orden inferior del presente,
sino más bien por el valor a futuro del producto, sea el principio
universalmente válido de la determinación de valor de los precios de orden
superior.
Solo la
satisfacción de nuestras necesidades tiene para nosotros una significación
directa e inmediata. En cada caso concreto, esta significación se mide por la
importancia de las distintas satisfacciones para nuestra vida y bienestar.
Luego atribuimos la magnitud cuantitativa exacta de esta importancia a los
bienes concretos sobre los que somos conscientes de ser directamente
dependientes para las satisfacciones en cuestión, es decir, las atribuimos a
los bienes económicos de primer orden, como se ha explicado en los principios
de la sección anterior. En los casos en que nuestros requerimientos no se
cumplan o se cumplen de de forma incompleta por bienes de primer orden y en los
que los bienes de primer orden tengan por tanto valor para nosotros nos
dirigiremos a los bienes correspondientes del siguiente orden superior en
nuestro esfuerzo por satisfacer nuestras necesidades tan completamente como nos
sea posible y atribuimos el valor que
atribuimos a bienes de primer orden sucesivamente a bienes de segundo, tercer y
sucesivos órdenes siempre que estos bienes de órdenes superiores tengan
carácter económico. El valor de los bienes de orden superior no es, por tanto, en definitiva, nada más que una
forma especial de la importancia que atribuimos a nuestra vida y bienestar. Por
tanto, al igual que con los bienes de primer orden, el factor que es en
definitiva responsable del valor de los bienes de orden superior es
sencillamente la importancia que atribuimos a esas satisfacciones con respecto
a las cuales somos conscientes de depender de las disponibilidad de bienes de
orden superior cuyo valor se está considerando. Pero debido a las conexiones
causales entre bienes, el valor de los bienes de orden superior no se mide
directamente por el importancia esperada de la satisfacción final, sino más
bien por el valor esperado de los bienes correspondientes de orden inferior.
Carl Menger fundó la Escuela
Austriaca de Economía. Menger, junto con Jevons y Walras, publicó en 1871 una obra
que revolucionó el modo en que los economistas contemplaban la teoría del valor
y el precio introduciendo innovaciones en la teoría de la utilidad marginal. Su
obra tuvo una enorme influencia en Europa, donde inspiró el trabajo de Ludwig
von Mises y Friedrich Hayek.