Por Mark R. Crovelli. (Publicado el
6 de enero de 2012)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5860.
* Traducción de Carmen Leal
Imagínese por un momento que es Vd.
omnisciente. Dotado con tal conocimiento, Vd. entendería completamente como
“funciona” el mundo. Comprendería totalmente cómo funciona la luz, cómo
funcionan las moléculas y los átomos, de qué manera trabajan la genética y las
placas tectónicas y como llegó el Universo a tener existencia. No habría nada
acerca del mundo natural y social que Vd. no comprendiera en su totalidad.
Si se estuviera dotado de tal
omnisciencia, no se necesitaría la “ciencia”. No habría necesidad de estudiar
el mundo de una forma paciente y sistemática, porque ya se poseería todo el
conocimiento acerca del mundo que la “ciencia” esperaría poder llegar a
alcanzar. La ciencia no solamente le aburriría a uno soberanamente, sino que
además nos parecería un medio imperfecto y terriblemente lento de alcanzar el
conocimiento que ya se posee.
Pero desafortunadamente, no hay ser
humano que posea la omnisciencia. Todos llegamos al mundo sin el conocimiento
de cómo actúa la luz, cómo funcionan las placas tectónicas y los átomos y cómo
llegó a existir el Universo. También nos falta un conocimiento perfecto de la
forma en que funcionan el capitalismo y el socialismo, cómo actúan la
democracia y la monarquía y de cómo opera el control de precios.
Nuestra incertidumbre acerca del
mundo natural y social restringe nuestra habilidad para actuar. Nuestra
incertidumbre acerca de cómo trabajan las placas tectónicas restringe nuestra
capacidad para predecir y controlar los terremotos. Nuestra incertidumbre
acerca de cómo actúa la luz restringe nuestra habilidad para someterla a
nuestros propósitos. Y nuestra incertidumbre acerca de cómo funcionan la
monarquía o la democracia restringe nuestra habilidad para construir sistemas
políticos y económicos que se acomoden mejor a nuestra naturaleza. Esta lista
podría extenderse hasta el infinito.
A pesar de todo, no carecemos de
medios para vencer nuestra incertidumbre acerca de cómo funciona el universo.
No estamos, como los animales, condenados a luchar por la existencia en un mundo
que nunca comprenderemos o seremos capaces de acomodar a nuestros propios
designios. Poseemos raciocinio y memoria, las cuales, con la ayuda de nuestros
sentidos, nos permiten examinar la realidad y aprender cómo funcionan sus
elementos. Estas fantásticas habilidades mentales nos proporcionan los medios
de investigar lo que nos rodea con la esperanza de superar al menos una pequeña
parte de nuestra ignorancia e incertidumbre.
Sin embargo, nuestras fantásticas
capacidades mentales no nos proporcionan automáticamente un conocimiento
infalible acerca de cómo funcionan las cosas. Podemos malinterpretar lo que
sucede o podemos dar un razonamiento erróneo. Los sentidos pueden engañarnos, y
nuestro pensamiento estar poco claro, ser tendencioso o quedarse corto. Además,
el mundo que intentamos entender es tan maravillosamente grande y complejo —y
tan escaso nuestro tiempo— que cada uno de nosotros se encuentra severamente
limitado en cuanto a la cantidad de conocimiento que puede adquirir como
individuo acerca de la manera en que funciona lo que nos rodea.
De aquí se deriva el que solamente
por medio del trabajo y del aprendizaje de otros podemos esperar, como
individuos, aprender una pequeña fracción acerca de cómo funciona el universo.
Trabajando con otros y aprendiendo de ellos podemos aprovecharnos de una
división intelectual del trabajo que permite a los individuos investigar
aspectos específicos de la realidad y luego compartir los frutos de sus
investigaciones con el resto de la humanidad. Esta especialización e
intercambio de ideas permite a los seres humanos economizar su escaso tiempo,
aprender más acerca del mundo que si lo hicieran como individuos aislados y
servir como control del razonamiento tendente al error de cada uno.
El concepto de “ciencia”, en el
mundo Occidental, ha consistido en conectar a una comunidad de individuos
comprometidos en el estudio sistemático, especializado, intersubjetivo y
verificable de la realidad. Idealmente, la comunidad científica acumula el
conocimiento acerca del funcionamiento del mundo a medida que los individuos
aprenden de las investigaciones especializadas de sus colegas y se basan en
ellas y a medida que la comunidad científica critica y refina las teorías a lo
largo del tiempo.
Pero el proceso por medio del cual la
comunidad científica investiga la realidad no es un camino mágico o automático
hacia la omnisciencia. Las teorías que se encuentran en boga en un determinado
momento entre la comunidad científica pueden, o no, describir el funcionamiento
real del mundo. Comunidades de investigadores individuales —así como los
investigadores por sí mismos— pueden caer víctimas de errores intelectuales.
Pueden malinterpretar lo que sucede o razonar erróneamente. Sus sentidos pueden
engañarles y su pensamiento puede nublarse, ser parcial o imprevisor.
Consecuentemente, el problema
inexorable y crítico al que se enfrenta la comunidad de investigadores es
determinar si la teoría que abraza describe correctamente y de forma completa
el funcionamiento del mundo.
Esta incertidumbre acerca de la
exactitud de su teoría surge, de nuevo, del hecho de que ningún miembro de la
comunidad es omnisciente. Tampoco ninguno de ellos está en posición de decir
con certeza absoluta que una teoría dada describe o no de una forma acertada la
manera en que actúa la realidad.
Si un miembro de la comunidad
científica fuera omnisciente, sería posible apelar a este personaje como asesor
objetivo de las teorías científicas. En tal caso, el asesor omnisciente no se
preocuparía por describir el mundo utilizando la tosca palabra “teoría". Más bien diría “esto funciona así” o “el mundo
no funciona de esa forma”. Si existiera tal persona, la práctica de la ciencia
debería detenerse, ya que ciertos conocimientos acerca del mundo podrían ser
obtenidos preguntando al personaje omnisciente, sin necesidad de estudiar la
realidad de la manera lenta e imperfecta que es “la manera científica”.
Debido a que la comunidad
científica no cuenta con miembros omniscientes, ha desarrollado un “método
científico” para intentar ocuparse de la incertidumbre en sus teorías. Sin
embargo, el método científico que consiste en desarrollar hipótesis y probarlas
contra la experiencia empírica, no
proporciona a la comunidad científica un conocimiento certero. Nada más que
sirve para pasar una pequeña barrera que ayuda a eliminar lo que la mayoría de
los científicos consideraría teorías poco convincentes, inverificables y
absurdas.
La capacidad de una teoría para
superar estas barreras no puede, de ninguna manera, ser interpretado como
“verificación” o prueba de su verdad, puesto que todavía podrían invocarse
teorías alternativas que también podrían ser consistentes con los hechos
empíricos. El
método científico tampoco proporciona medios para determinar cuál teoría es la
correcta, si es que la hay, de entre
el ilimitado abanico de alternativas que puede ser imaginado para explicar los
mismos fenómenos empíricos. Tampoco proporciona a los miembros de la comunidad
medios para determinar si ellos mismos no están interpretando erróneamente la
evidencia empírica. Solamente un ser omnisciente podría conocer con absoluta
seguridad estar cosas.
Ya que la evidencia empírica no
“habla por sí misma” y debido a que los científicos no son omniscientes —así
que no pueden saber si están interpretando correctamente la evidencia— los
científicos nunca sabrán con absoluta
certeza si sus teorías describen correctamente la realidad física. Esto
significa que cualquier teoría que confía en la interpretación de evidencia
empírica no es más que una afirmación
subjetiva de una creencia acerca de cómo funciona una parte del mundo, que se
basa en algunas evidencias empíricas.
Esta definición es inevitable, ya
que no existen científicos en una posición tan omnisciente que les permita saber con absoluta certeza si han interpretado
la evidencia empírica correctamente o si su teoría es la “correcta” de entre
las infinitas cantidades de teorías alternativas que podrían imaginarse para
explicar un fenómeno concreto.
Claro que esto no quiere decir que
las teorías científicas que descansan sobre la base de la interpretación de la
evidencia empírica no tengan utilidad o no tengan sentido, ya que se trata de
afirmaciones subjetivas de una creencia. Tampoco implica que todas las teorías
que se deriven de la experiencia empírica sean igualmente convincentes o que
hayan de ser consideradas “equivalentes” en cualquier otro modo, ya que se
trata de afirmaciones subjetivas de creencias sobe el mundo. Por el contrario:
una teoría que se base en la evidencia empírica no es más que una “opinión
experta” acerca de cómo funciona una parte del mundo, pero puede ser útil —a
veces es tremendamente útil, de hecho— aunque se sepa que en algunos aspectos
es sumamente “incorrecta”, como por ejemplo, la física de Newton. Y
lo que es más, los individuos pueden libremente evaluar la verosimilitud de las
teorías científicas con sus propios medios, lo cual significa que son libres de
sostener que algunas teorías son más plausibles que otras.
El hecho de que las teorías
científicas no sean más que afirmaciones subjetivas de creencias significa, mas
bien, que los científicos que reclaman que su teoría derivada de la experiencia
empírica es un “hecho” o “innegablemente cierta” no comprenden los límites de
su propio método. Quien haga esta afirmación está engañándose a sí mismo y a
los que confíen en sus afirmaciones, sobre todo si piensa que es capaz de
probar que su teoría es “irrefutablemente cierta”. Solamente un ser omnisciente
sabría con certeza si se está interpretando correctamente la evidencia, si una
de las muchas teorías del abanico infinito de las alternativas que podrían
suponerse para explicar un fenómeno es la correcta. Pero, una vez más, un ser
omnisciente no se molestaría en utilizar los aburridos e ineficaces métodos de
la ciencia. Simplemente diría “el mundo funciona de esta manera” o “el mundo no
funciona así”. Tampoco iba a molestarse en contraponer sus ideas a la
experiencia empírica, puesto que ya sabría el resultado. Así que el hecho de
que los científicos comprueban sus teorías y sus hipótesis revela que carecen
de omnisciencia y también revela, a fortiori, su incapacidad para saber de una
manera certera si están interpretando la evidencia empírica “correctamente” o
no.
A fin de ir más allá de la
afirmación subjetiva de creencias acerca de cómo funcionan algunas partes de la
realidad, el científico necesitaría volverse omnisciente o consultar a alguien
que lo fuera, o bien ir más allá de la recopilación e interpretación de
evidencia empírica. Debido a que estas últimas opciones no están, me parece, a
su alcance, la única opción viable para el científico es descubrir “hechos”
sobre el mundo o partes de él, que no pueda pensarse que sean falsas y que no
están abiertas a malinterpretación. En otras palabras: el científico debe
transformarse de un empirista en un “racionalista” que se ocupa de descubrir
verdades fundamentales sobe la realidad (o sea: verdades a priori sobre la
realidad) y que las dilucida por medio de un método racionalista y deductivo.
Solamente entonces, el científico se encuentra en una posición desde la que
puede decir que ha encontrado “hechos” acerca de partes de la realidad que son
“sin discusión alguna, verdaderas”.
Al sancionar dogmáticamente que el
“método científico” es el único medio de adquirir conocimiento sobre la
realidad, el científico cuya mente es empírica admite tácitamente que es
posible descubrir verdades fundamentales sobre la realidad sin salir a
“comprobarlas”. Esto se debe a que la proposición “todas las hipótesis y
teorías deben ser comprobadas contra la experiencia empírica” que se supone es
cierta universal y objetivamente, aún no ha sido —ni puede serlo— comprobada en
sí misma. Así pues, la proposición es auto-contradictoria, es decir falsa, hecho que establece que es realmente posible
descubrir verdades irrefutables y demostrables sobre la realidad sin llegar a
comprobarlas.
Así pues, la certeza absoluta en
Ciencia no se puede adquirir por medio del “método científico” y por la
recopilación e interpretación de evidencias empíricas. Los seres que carecen de
omnisciencia solo pueden alcanzar creencias subjetivas acerca de cómo funciona
la realidad a través de la colección e interpretación de la evidencia empírica.
Por el contrario, la certeza absoluta solo se puede alcanzar en la ciencia
descubriendo afirmaciones sobre la realidad que se sepa que son verdades a
priori —proposiciones que es imposible pensar que sean falsas.
Estas observaciones, en pocas
palabras, constituyen el fundamento y son la mayor fuerza de la Escuela
Austriaca de Economía, que es la única en el mundo contemporáneo que se ha
erigido en bastión de los pensadores insatisfechos con los puntos de vista
sobre la ciencia que son imperfectos y subjetivos.
Mark R. Crovelli estudió ciencia
política en la Universidad de Colorado en Boulder. Escribe desde Denver.
Alexander L.
George y Andrew Bennett, Case Studies and
Theory Development in the Social Sciences (Cambridge, Mass.: MIT Press,
2004). p. 30.
En algunos aspectos, esta definición subjetiva de las
teorías científicas empíricas se asemeja a la idea del “paradigma” científico
que avanzaron personajes como Thomas Kuhn y Paul Feyerabend. Por lo que sé,
relativistas tales como Kuhn y Feyerabend nunca fueron tan lejos como para
afirmar que la teoría científica es “subjetiva”. Hay que señalar que tampoco
afirmaron que fuera posible descubrir verdades acerca del mundo que no sean
relativas. Como veremos más abajo, al denominar “subjetivas” a las teorías
científicas no se quiere decir que sea imposible adquirir un conocimiento
objetivo e irrefutablemente cierto de la realidad. Esto solamente significa que
las teorías que descansan sobre la interpretación de la evidencia empírica no
pueden saberse objetiva e irrefutablemente verdad.
Acera de la duradera utilidad de la física newtoniana,
a pesar de sus claras deficiencias, véase Thomas Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions (Chicago: University of
Chicago Press, 1962). [Publicada en España como La estructura de las revoluciones científicas (Madrid, Fondo de
Cultura Económica de España, 2005)].
Para ver una excelente elucidación del método
racionalista, véase Hans-Hermann Hoppe, Economic
Science and the Austrian Method (Auburn, Ala.: Mises Institute, 1995).