Por Wendy McElroy. (Publicado el 11 de enero de
2000)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/365.
A Necessary Evil: A
History of American Distrust of Government, del
ganador del
Premio Pulitzer, Gary Wills, es un libro con una misión. Wills sistiene que una característica atractiva yanqui (una intratable sospecha de que todo es política)
se basa en una complicada incomprensión. Afirma que los historiadores han
concluido erróneamente que los Padres Fundadores y los redactores de la
Constitución creían que el gobierno era “un mal necesario”.
Así que
Wills se dedica a corregir los “mitos” de la libertad que han distorsionado la
historia estadounidense y contribuido a lo que considera que es una actitud
demasiado dura hacia el gobierno. Por ejemplo, explica que la Segunda Enmienda,
que empieza: “el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”,
no se relaciona con la propiedad privada de armas.
Como
muchos liberales de izquierdas, Wills está evidentemente harto de argumentos
constitucionales sobre armas. De hecho, el segundo párrafo de su prólogo
menciona explícitamente a la Asociación Nacional del Rifle y lo hace de una
manera peculiar. Wills escribe: “The
Federalist, escrito principalmente por James Madison y Alexander Hamilton,
no es solo intelectualidad del ayer, sino un arma para el hoy”. Califica al
libro como “útil para la Asociación Nacional del Rifle”.
La
referencia es extraña porque los defensores de las armas de fuego normalmente
no acuden a The Federalist, sino que
citan la Declaración de Derechos en su lugar. La Declaración de Derechos fue
reclamada por los anti-federalistas, que debatían contra Madison y Hamilton
durante los debates de ratificación. Wills o bien desconoce los argumentos a
favor de las armas de fuego o los distorsiona deliberadamente. Por otro lado,
no puede desconocerlos del todo: en otro lugar, Wills admite que a los
comentaristas de la Segunda Enmienda “les gusta citar extensamente los ataques
antifederalistas”.
Hay algo
evasivo en este libro. Las afirmaciones de Wills a menudo contienen suficiente
verdad como para pasar una revisión que no esté bien informada. En resumen, A Necessary Evil es un juego de manos
bien realizado que pretende ser una interpretación original. El libro no es
solo un mal relato, es asimismo antiintelectual hasta la médula.
Consideremos
la primera acusación realizada: juego de manos. Wills sostiene que la
“resistencia al gobierno” se basa en buena parte en una visión errónea de la
Revolución Americana y la Constitución. Wills afirma “La actitud estadounidense
hacia el poder centralizado se basa en el hecho de que las colonias fundadoras
no tenían un órgano de expresión centralizado”. Superficialmente, suena
razonable. Indudablemente las extremas diferencias entre las colonias (por
ejemplo, en la religión) contribuyeron a su posterior tendencia a adoptar
derechos para los estados y rechazar una autoridad centralizada. Pero las colonias
tras la Revolución sí tuvieron un órgano de expresión centralizado, que fue el
Congreso establecido en los Artículos de la Confederación. No fue menos un
órgano de expresión solo porque estuviera constituido de forma vaga.
Además, los recelos de los colonos ante el poder
centralizado no provenían de la ignorancia, sino de la experiencia. Tenían la
experiencia de vivir bajo el gobierno británico. Se habían empapado del
liberalismo clásico de Locke y Paine y de las teorías políticas de gigantes
como Montesquieu. Como con la Segunda
Enmienda, Wills parece deliberadamente inconsciente de la ideología que
subyacía tanto a la Revolución Americana como al consiguiente recelo ante el
poder centralizado.
Al analizar la Constitución, Wills crea hombres de paja similares.
Por ejemplo, su Mito Constitucional nº 4 indica la idea “errónea” de que “la
competencia entre unidades gubernamentales estimula una ética de centros de
poder en competencia, poniendo en conflicto las facciones en un proceso de
autocorrección descrito en The Federalist”.
Wills observa que la palabra “control” solo aparece nueve veces en The Federalist y ninguna en la
Constitución. Así que concluye que la división de poderes significaba
originalmente promover la eficiencia gubernamental. Esta conclusión encaja dos
afirmaciones. La palabra ‘control’ no era importante para los redactores de la
Constitución y su objetivo era la eficiencia.
Consideremos la primera afirmación de Wills. Al analizar la
importancia de la palabra ‘control’, Wills no se refiere al registro en dos
volúmenes de Madison de la Convención Constitucional. Al contrario que The Federalist, que era propaganda
conscientemente, la cuasi-transcripción refleja las verdaderas preocupaciones
lo que estuvieron en el proceso constitucional. El 26 de junio de 1787, el
propio Madison declaraba a la asamblea: “Habría una precaución evidente contra
esta peligro [un Senado corrupto], dividir la confianza entre distintos cuerpos
de hombres, que podrían supervisarse y controlarse entre sí cuando todos los
negocios susceptibles de abusos se hagan pasar por manos separadas, siendo una
el control de la otra”.
El 2 de julio, el declarado federalista Gouverneur Morris
definía el propósito del “segundo poder”: “¿Cuál es este objeto? Controlar la
precipitación, volubilidad y excesos del primer poder. En primer lugar, el
poder controlador debe tener un interés personal en controlar al otro poder”.
Los antifederalistas, que se oponían al gobierno centralizado, eran aún más
entusiastas acerca del control del poder federal. Solo ignorando los registros
de la Convención Constitucional y los debates de ratificación podría Wills
destruir a su propio hombre de paja.
Consideremos la segunda afirmación de Wills: la de que el
objetivo de los redactores era la eficiencia. De nuevo Wills cuenta la
suficiente verdad como para que sea superficialmente razonable. Los delegados
de la Convención Constitucional estaban muy preocupados por la eficiencia. Pero
la eficiencia solo tiene sentido en relación con un objetivo. El propio Madison
declaraba: “Para juzgar el forma a dar a esta institución [el Senado], sería
adecuado observar los fines a los que ha de servir”. Los objetivos de los
delegados diferían radicalmente. Algunos buscaban la estabilidad de una Unión
fuerte, otros argumentaban la primacía de los derechos de los estados. En
resumen, una reclamación de controles podría no indicar una ineficiencia del
gobierno, sino todo lo contrario.
Una falta de definición hace que los conceptos clave de
este libro (por ejemplo, “eficiencia”, “gobierno”) sean vagos y flexibles. Para
un libro que pretende corregir errores de concepto acerca de la base del
gobierno, no hay una definición claramente expresada de la institución o de su
base adecuada. En un punto, Wills explica obtusamente: “en una especie de
escala de intercambios, hemos pasado de una mercadotecnia física a un diálogo
intelectual como base para el gobierno”. Se refiere brevemente a la necesidad
de un tercero para resolver disputas contractuales, suponiendo luego que este
tercero es el gobierno. El cómo pasa de las disputas intelectuales a la defensa
de un gobierno centralizado fuerte es un misterio.
A los argumentos de Wills, como a sus ‘definiciones’ les
falta consistencia, aunque estén llenos de retórica emocional. Por ejemplo,
yuxtapone la sociedad del bienestar y los derechos individuales como si
estuvieran en un conflicto natural. Wills escribe: “Las víctimas reales [de las
disputas constitucionales] son los millones de pobres o sin hogar o indigentes
médicamente a los que se les ha dicho, durante años, que les debe faltar
cuidado o apoyo vital en nombre de su propia libertad”. Ésa es la misión de A Necessary Evil, eliminar las
discusiones constitucionales que bloquean los programas sociales. Afirmar que
el emperador [la Constitución] va desnudo y siempre lo estuvo.
Para demoler el “mito de la libertad”, Wills escoge tan
selectivamente en los siglos de historia americana que no puede probar
prácticamente nada. Por ejemplo, se usa una cita de “un soldado continental
expresando el ‘sentimiento común’ acerca de los fusileros” para atacar la 2ª
Enmienda. Aunque la observación del soldado fuera justa, no contrarrestaría los
principios en los que se basa la enmienda. Al evitar un examen de la ideología,
Wills eleva a los fragmentos de la historia al nivel de teoría, convirtiéndolos
en fragmentos sin sentido.
La segunda acusación que he hecho a A Necessary Evil es que es antiintelectual. Wills dice, tal vez
para explicar la ausencia de teoría en su libro que “hay una buena razón para recelar
de cualquier aproximación a la historia estadounidense que la vea como una
constante lucha entre dos principios”. Aún así, el propio Wills realiza
dualidades masivas y simples: federalistas contra antifederalistas, valores
antigubernamentales frente a valores gubernamentales, eficiencia frente a
ineficiencia.
Incluso con esa brocha gorda, no lo hace bien. Por ejemplo,
califica a los que se oponían a un gobierno centralizado fuerte como
“antigobierno”: lo más frecuente era que sencillamente defendieran un tipo
distinto de gobierno, por ejemplo, uno de diera primacía a los derechos de los
estados.
La falta de definición, la identificación errónea de
posturas, el rechazo a ocuparse de los principios subyacentes: todos estos
factores y algunos más llevan al lector a exclamar: “¿Dónde están las ideas en
esta presentación de ideas?”
En su análisis en varios tomos de la historia
estadounidense, Conceived in Liberty
(ahora reimpreso por el Instituto Mises), Murray Rothbard no solo ofrecía
ideas, también explicaba su contexto ideológico. Escribía: “Mi propia
perspectiva es resaltar la importancia esencial del gran conflicto que se libra
eternamente entre Libertad y Poder”. Rothbard estaba en el bando de la Libertad
que reconoce al gobierno como enemigo. Wills está en el bando del Poder que
reconoce a la libertad individual como su antítesis.
Por pretencioso y poco honrado que sea A Necessary Evil, es parte de un fenómeno interesante. No hay día
que pase sin que algún comentarista del establishment lamente la falta de
confianza pública en el gobierno. Los estadounidenses ya no votan en masa, los
estadounidenses son cínicos respecto de los políticos. Rechazan entregar sus
armas al gobierno. En resumen, el sentido común y el individualismo de los
estadounidenses se interponen en el camino a un gobierno “eficiente”, es decir
a un gobierno centralizado fuerte.
A Necessary Evil será indudablemente alabado por esos ‘comentaristas
cortesanos’ porque les permite escapar de la realidad de que Estados Unidos
nación rebelándose precisamente contra el tipo de gobierno que defienden. Y si
el estadounidense medio se pregunta si los ideales originales se han visto
traicionados por el crecimiento del Leviatán durante dos siglos, Wills
responde; “Has entendido completamente mal los ideales originales”.
Al final, este libro resulta alentador. Si A Necessary Evil es lo último en
argumentos estatistas, entonces los defensores del Poder tienen problemas.
Wendy McElroy es autora de varios libros. Mantiene activos dos sitios
web: WendyMcElroy.com e ifeminists.com.