Los efectos postmercado del monopolio intelectual

Por Per Bylund. (Publicado el 20 de diciembre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5834.

 

Estoy dispuesto a admitir que me encanta el glam metal (o hair metal) para complementar mi enorme consumo de heavy metal. Por desgracia, el tiempo del Glam metal pasó hace tiempo y lo que queda de este orgulloso género musical es la reunión ocasional, pero temporal, de miembros de bandas hace tiempo retirados para otra última actuación o gira. Aunque el género mostró un cierto reavivamiento (o nostalgia) en la pasada década, lo que se ha logrado está muy lejos de los grandes tiempos.

Aún así no es ésta la impresión que uno tiene al visitar tiendas en línea como Amazon.com. Lo hice recientemente en busca de aumentar mi colección de álbumes de glam metal en mi disco duro y lo que encontré fue un fenómeno extraño: muchos de los grandes álbumes antiguos se venden a precios muy altos. No solo eso, sino que se venden a precios sustancialmente más altos si uno elige descargar los ficheros que si se ordenan los CD físicos.

Por ejemplo, el conocido álbum de Warrant, Dirty Rotten Filthy Stinking Rich (1984), con éxitos como “Heaven” se vende por 10,99$ en descarga y 8,99$ en CD. Y el álbum de Skid Row titulado con su nombre (1989), con varios éxitos incluyendo “18 and Life” y “I Remember You” cuesta 9,99$ en descarga y 5,86$ en CD, ¡y el CD trae un crédito de 1,00$ para descargas futuras de música! Son solo un par de ejemplos, pero haciendo clic en el sitio web de Amazon aparecen muchos más. De hecho parece ser un esquema de precios bastante “normal”.

Por supuesto, como austriacos sabemos que el coste de producción no significa nada para el precio al que se ofrecen los productos a los consumidores. Al contrario: el valor para los consumidores decide los posibles precios a los que los empresarios pueden vender productos y esto a su vez decide qué coste pueden asumirse para producirlos. Así que tal vez los consumidores valoren más las descargas MP3 que hacer que les envíen el CD físico (aunque puedan copiar inmediatamente el CD). Y para los productores, el coste de producir el CD está perdido y debería significar poco o nada para sus estrategias de precios. Sin embargo, lo que sí importa, es el coste de almacenamiento, que es prácticamente nulo para la música descargable.

¿Entonces las estrategias de precios no son tan disparatadas como parecen?

No. Comparando los precios de la música producida en la década de 1980 y principios de 1990 con música más reciente se revela el misterio. Tomemos la música de un fenómeno moderno como Lady Gaga por ejemplo. El CD físico de Lady Gaga se vende aproximadamente al mismo precio que la misma música en descarga. A veces los CD son un poco más caros. Y un álbum descargable de Lady Gaga generalmente se vende por lo mismo que uno descargable de Warrant o Skid Row.

¿Cuál es el defecto de esta situación? No es el caso de que haya un valor de coleccionista en comprar un CD de Warrant (que por cierto está remasterizado: ¡se publicó originalmente en vinilo!) como puede ser el caso del vino añejo o los automóviles clásicos. (Y rechazo pensar que Lady Gaga se una música mejor que el glam rock, ¡es una idea absurda!)

Creo que hay un error fundamental al hacer esta comparación. Estamos tratado las ventas postmercado de álbumes de Warrant y Skid Row como si fueran sustitutivos del recién fabricado pop facilón de Lady Gaga. Pero el hecho es que difícilmente son sustitutivos, incluso si olvidamos que son tipos distintos de música.

La música nueva compite con la música nueva. Las compañías discográficas tratan de hacer a sus artistas las nuevas superestrellas y las canciones de sus álbumes las próximas en encabezar las listas. Ahí está el dinero (y la fama). Nadie impulsa antiguos éxitos para ganar dinero a espuertas: la música antigua hizo dinero o no, pero no lo hará ahora. Sabiendo esto, vemos que la música de Lady gaga no compite en modo alguno en el mismo mercado que Warrant o Skid Row.

Más bien el mercado de una banda como Skid Row no es sino las ventas postmercado mucho después de que su éxito comercial se haya desvanecido. Incluso considerando el llamado revival de alrededor de principios de milenio, lo que queda en términos de venta de álbumes de glam rock se limita a viejos fans (como yo) que desean renovar sus álbumes gastados o los muy nuevos que (re)descubren el género. En este sentido, el glam rock se vende de la misma forma que los recambios de los automóviles clásicos: no como automóviles.

La razón por la que el glam metal descargable sea mucho más caro que el CD físico sencillamente no tiene nada que ver con las fuerzas del mercado. El hecho de que la música descargable coste aproximadamente lo mismo, no importa lo antigua u oscura que sea, lo deja bastante claro. El precio de la música digital está estandarizado y es inmune a la demanda del mercado, igual que los precios en las tiendas en la Unión Soviética. Y la razón es que solo hay un suministrador a través de un monopolio forzado.

Este hecho es aún más evidente si consideramos que quienes oyen la última moda en música no ven a los distintos artistas como sustitutivos. Nadie a quien realmente le guste el último éxito de Lady Gaga va a la tienda y escoge un álbum con música similar de un artista diferente. Pero esto es precisamente lo que ocurre en las ventas postmercado, en las que los nuevos fans del glam metal quieren más glam metal, no necesariamente una canción o álbum concreto, o incluso un artista. Soy un ejemplo perfecto: Busco más glam metal para mi colección, no un álbum concreto.

La compañía discográfica que firmó a Lady Gaga tiene una ventaja competitiva evidente y una mejor posición de mercado para beneficiarse de una demanda concreta. Si hay una “protección” a través de un  monopolio legal para Lady Gaga, la música importa poco: sigue vendiendo y vende a precios mucho más altos que música similar que no es de Lady Gaga. Bastan los simples contratos del mercado.

Pero para el glam metal, la situación no es la misma en absoluto. El mercado está maduro, así que hay un número suficiente de sustitutivos para quien entre en él como consumidor. Normalmente no importa si el álbum que escoge uno es de Van Halen, Def Leppard, Warrant, Poison, Cinderella, Dokken, Whitesnake o Skid Row. El consumidor actual de glam rock normalmente busca “algo” del género o simplemente “algo que aún no tenga”.

Para la mayoría de los productos esperaríamos más competencia y más productos similares en mercados maduros. Y con los ojos de los consumidores de música de la segunda década del siglo XXI, la mayoría de los álbumes de glam metal suenan muy parecidos (aunque no los sean). Y el mercado ha funcionado como esperaríamos: las discográficas contrataron a muchas más bandas de glam metal después del temprano éxito del género y hubo una oleada de enorme producción (y ventas) de glam rock en la década de 1980. La oferta aumentó para atender la demanda. Los precios acabaron hundiéndose. Y aparecieron los mercados secundarios (de CD de segunda mano).

Pero no para las descargas, a pesar de que el coste de producir otra descarga es indistinguible de cero. Pasa lo mismo, pero en menor medida, con los álbumes físicos: no son tan baratos como deberían ser probablemente. Y la razón para esto es la falta de competencia entre marcas en el postmercado para  la música: no hay ningún incentivo para bajar los precios porque cuesta muy poco almacenar los productos (o mantenerlos en el disco duro). Como los consumidores no tienden a diferenciar entre los productos, la única forma de competir es el precio (el caso común en los mercados maduros).

Pero no es necesario rebajar el precio, ya que solo hay unas pocas marcas y están legalmente protegidas ante la competencia. Si la industria musical hubiera estado sometida a contratos normales en el mercado en lugar de legislación protectora (cabildeada), habrían competido cualquier venta que haya aún en el mercado del glam metal. Después de todo, si los consumidores no buscan un artista concreto, entonces el precio decidiría cuál acabarían comprando. Precios más bajos significarían más ventas y el negocio se vería tentado a vender tanto como fuera posible tan rápido como fuera posible.

La razón de esto es la naturaleza del contrato del merado. Muy pocos artistas renunciarán a los derechos de su música para toda la eternidad: un contrato renovable a corto plazo antes de ser famosos puede ser mejor para artistas y marcas. Pero tan pronto como un artista consiguiera el éxito y la fama, debería preferir un contrato a corto plazo y la marca uno a largo. Independientemente de la duración del contrato que se acabe por firmar en ese momento, la marca tendría un incentivo para vender a precios más bajos al caer la demanda y maximizar las ventas antes de que acabe el contrato. Y lo mismo haría el artista, porque las ventas de discos aumentan las ventas de productos complementarios (y pelucas) y estimulan la demanda de álbumes futuros.

La razón por la que la música descargable es tan cara es que sencillamente no hay coste de mantenimiento, ni amenaza de competencia debido al monopolio legal. Y la razón por la que los CD son más baratos, pero probablemente no lo suficientemente baratos, es que (comparados con la música descargable) hay algún coste de almacenamiento. En ambos casos, la razón por la que este fan del glam metal no pone sus manos en más de estos fantásticos álbumes antiguos es que las fuerzas del mercado no fijan los precios. Están fijados políticamente y las discográficas están subvencionadas por los contribuyentes para vender música a un precio superior al de la liquidación en el mercado.

 

 

Per Bylund es doctorando en economía en la Universidad de Missouri y miembro senior del Ludwig von Mises Institutet i Sverige. Visite su sitio web.

Published Wed, Dec 21 2011 5:46 PM by euribe