Por Ludwig
von Mises (Publicado el 19 de diciembre de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5821.
[The
Anti-Capitalistic Mentality (1956)]
El mercado de los productos literarios
El capitalismo proporciona a
muchos la oportunidad de mostrar
iniciativa. Mientras que la rigidez de una sociedad de estatus conlleva para
todos la invariable repetición de la rutina y no tolera ninguna desviación de
los patrones tradicionales de conducta, el capitalismo anima al innovador. El
beneficio es el premio para una desviación con éxito de las formas habituales
de proceder; la pérdida es la sanción para quienes se aferran tercamente a
métodos obsoletos. El individuo es libre de demostrar que puede hacerlo mejor
que cualquier otra persona.
Sin embargo, esta libertad del
individuo está limitada. Es producto de la democracia del mercado y por tanto
depende de la apreciación de los logros del individuo por parte de los
consumidores soberanos. Lo que se paga en el mercado no es el buen rendimiento
como tal, sino el rendimiento reconocido como un bien por un número suficiente
de clientes. Si el público comprador es demasiado torpe como para apreciar
apropiadamente el valor de un producto, por muy excelente que sea, todos los
problemas y desembolsos se habrán gastado en vano.
El capitalismo es esencialmente un
sistema de producción masiva para la satisfacción de las necesidades de las
masas. Derrama el cuerno de la abundancia sobre el hombre común. Ha aumentado
el nivel de vida medio a niveles nunca soñados en épocas anteriores. Ha hecho
accesibles a millones de personas placeres que hace unas pocas generaciones
solo estaban al alcance de una pequeña élite.
El principal ejemplo lo ofrece la
evolución de un amplio mercado de todo tipo de literatura. La literatura (en el
más amplio sentido del término) es hoy un producto que consumen millones. Leen
periódicos, revistas y libros, escuchan la radio y llenan los cines. Autores,
productores y actores que atienden los deseos del público ganan cantidades
considerables. Dentro del marco de la división social del trabajo ha aparecido
una nueva subdivisión, la especie de los literatos, es decir, gente que vive de
escribir. Estos autores venden sus servicios o el producto de su trabajo en el
mercado, igual que todos los demás especialistas venden sus servicios o sus
productos. Están en su condición de escritores firmemente integrados en el
cuerpo corporativo de la sociedad de mercado.
En las eras precapitalistas,
escribir era un arte no remunerado. Los herreros y zapateros podían ganarse la
vida, pero los autores no. Escribir era un arte liberal, una afición, pero no
una profesión. Era un trabajo noble para ricos, reyes, grandezas y estadistas,
para patricios y otros caballeros con medios independientes. Se practicaba en
tiempo libre por parte de obispos y monjes, profesores universitarios y
soldados. El hombre sin dinero con un impulso irresistible por escribir tenía
que asegurarse antes alguna fuente de ingreso distinta de la autoría. Spinoza
fabricaba lentes. Los dos Mill, padre e hijo, trabajaban en las oficinas
londinenses de la Compañía de las Indias orientales. Pero la mayoría de los
autores pobres vivían de la generosidad de los amigos ricos de las artes y las
ciencias. Reyes y príncipes rivalizaban en patrocinar poetas y escritores. Las
cortes eran los asilos de la literatura.
Es un hecho histórico que este
sistema de patrocinio concedía a los autores plena libertad de expresión. Los
patrocinadores no se aventuraban a imponer a sus protegidos su propia filosofía
y sus propios patrones de gusto y ética. A menudo estaban dispuestos a
protegerlos contra las autoridades eclesiásticas. Al menos para un autor era
posible encontrar refugio en una corte rival si una o varias cortes le habían
vetado.
Sin embargo, la visión de
filósofos, historiadores y poetas moviéndose en medio de cortesanos y
dependiendo de la gracia de un déspota no es muy edificante. Los antiguos
liberales alababan la evolución de un mercado para productos literarios como
una parte esencial del proceso que emancipaba a los hombres de la tutela de
reyes y aristócratas. Por tanto, pensaban, el juicio de las clases educadas
será supremo. ¡Qué maravillosa perspectiva! Parecía nacer un nuevo
florecimiento.
El éxito en el mercado de los libros
Sin embargo hay algunos defectos en
este cuadro.
La literatura no es conformismo,
sino disenso. Los autores que se limitan a repetir lo que todos aprueban o
quieren oír no son importantes. Lo único que cuenta es el innovador, el
disidente, el heraldo de cosas nunca oídas, el hombre que rechaza los patrones
tradicionales y busca sustituir los viejos valores e ideas por otros nuevos. Es
necesariamente antiautoritario y antigubernamental, irreconciliablemente
opuesto a la inmensa mayoría de sus contemporáneos. Es precisamente el autor
cuyos libros no compra la mayoría del público.
Sea lo que sea lo que uno pueda
pensar acerca de Marx y Nietzsche, nadie puede negar que su éxito póstumo haya
sido abrumador. Aún así ambos hubieran muerto de hambre si no hubieran tenido
otras fuentes de ingresos que sus derechos de autor. El disidente y el innovador
tienen poco que esperar de la venta de sus libros en el mercado normal.
El potentado en el mercado del
libro es el autor de ficción para las masas. Sería erróneo suponer que estos
compradores siempre prefieran los libros malos a los buenos. Les falta criterio
y por tanto están dispuestos a absorber a veces incluso libros buenos. Es
verdad que la mayoría de las novelas que obras que se publican hoy son mera
basura. No puede esperarse otra cosa cuando se escriben miles de libros al año.
Aún así, puede que nuestra era sea
calificada algún día como la del florecimiento de la literatura con que solo
uno de cada mil libros publicados resulte ser igual a los grandes libros del
pasado.
A muchos críticos les encanta
acusar al capitalismo de los que llaman la decadencia de la literatura. Tal vez
deberían más bien inculpar a su propia incapacidad de separar el grano de la
paja. ¿Son más agudos de lo que eran sus predecesores hace cien años? Hoy, por
ejemplo, todos los críticos colman de elogios a Stendhal. Pero cuando murió
Stendhal en 1842, era oscuro e incomprendido.
El capitalismo puede hacer a las
masas tan prósperas como para comprar libros y revistas. Pero no puede
imbuirles el criterio de Mecenas o Cangrande della Scala. No es culpa del
capitalismo que el hombre común no aprecie los libros no comunes.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de
la Sección III de The
Anti-Capitalistic Mentality (1956).