Por Frederic Bastiat. (Publicado el
22 de junio de 2011)
Traducido de la versión en inglés.
El artículo original en inglés se encuentra aquí http://mises.org/daily/5327.
[Extraído de La Ley, 1850]
El socialismo, como la antigua
política de la que emana, confunde gobierno y sociedad. Y así, cada vez que
protestamos ante algo que está haciendo el gobierno, concluye que objetamos a
que se haga en general. Desaprobamos la educación por el estado, luego estamos
contra la educación en general. Protestamos ante una religión de estado, luego
no tendríamos ninguna religión en absoluto. Protestamos por una igualdad que
produzca el estado, luego estamos en contra de la igualdad, etc. También
podrían acusarnos de desear que los hombres no coman, porque protestamos ante
el cultivo de grano por el estado.
¿Cómo es que la extraña idea de
hacer que la ley produzca lo que no contiene (prosperidad, en un sentido
positivo, riqueza, ciencia, religión) ha podido ganar terreno en el mundo
político? Los políticos modernos, especialmente los de la escuela socialista,
fundan sus distintas teorías sobre una hipótesis común e indudablemente no
podría haber entrado en un cerebro humano una idea más extraña y más
presuntuosa.
Dividen a la humanidad en dos
partes. Los hombres en general, excepto uno, forman la primera; el propio
político forma la segunda, que es con mucho la más importante.
De hecho, empiezan suponiendo que a
los hombres carecen de cualquier principio de acción y de cualquier medio de
discernimiento, que no tienen iniciativa, que son una materia inerte,
partículas pasivas, átomos sin impulso, como máximo una vegetación indiferente
a su propio modo de existencia, susceptibles de asumir, desde una voluntad y
mano exterior, in infinito número de formas, más o menos simétricas, artísticas
y perfeccionadas.
Además, cada uno de estos políticos
no duda en asumir que él mismo, bajo los nombres de organizador, descubridor,
legislador, instituidor o fundador, es esta voluntad y mano, esta iniciativa
universal, este poder creativo, cuya misión sublime es reunir en la sociedad
todos estos materiales dispersos, es decir, los hombres.
A partir de estos datos, como un
jardinero de acuerdo a su capricho da a sus árboles forma de pirámides,
parasoles, cubos, conos, vasos, espalderas, ruecas o abanicos; igualmente los
socialistas, siguiendo su quimera, dan forma a la pobre humanidad en grupos,
series, círculos, subcírculos, colmenas o talleres sociales, con todo tipo de
variaciones. Y como el jardinero necesita hachas, podaderas, sierras y cizallas
para dar forma a sus árboles, así el político, para dar forma a la sociedad,
necesita las fuerzas que solo puede encontrar en las leyes: la ley arancelaria,
la ley impositiva, la ley de asistencia y la ley de educación.
Es tan verdad que los socialistas
ven a la humanidad como un sujeto de experimentos sociales que si por
casualidad no están muy seguros del éxito de estos experimentos, pedirán una
porción de la humanidad como sujeto de experimentación. Es sabido lo popular
que es la idea de probar todos los sistemas y se sabe que uno de sus líderes ha
reclamado seriamente a la Asamblea Constituyente una parroquia, con todos sus
habitantes, en la que llevar a cabo sus experimentos.
Es por tanto como si un inventor
fabricara una máquina pequeña antes de hacer una de tamaño normal. Como el
químico sacrifica algunas sustancias, el agricultor alguna simiente y un rincón
de su campo, para probar una idea.
Pero pensemos en las diferencias
entre el jardinero y sus árboles, entre el inventor y su máquina, entre el
químico y sus sustancias, entre el agricultor y su simiente. EL socialista
piensa, con toda sinceridad, que hay la misma diferencia entre él y la
humanidad.
No sorprende que los políticos del
siglo XIX vean a la sociedad como una producción artificial del genio del
legislador. La idea, resultado de una educación clásica, ha tomado posesión
sobre todos los pensadores y grandes escritores de nuestro país.
Para todas estas personas, las
relaciones entre la humanidad y el legislador parecen ser las mismas que
existen entre la arcilla y el alfarero.
Además, si han consentido en
reconocer en el corazón del hombre una capacidad de acción y en su intelecto
una facultad de discernimiento, han considerado a este don de Dios como algo
fatal y pensado que la humanidad, bajo estos dos impulsos, tiende fatalmente a
la ruina. Han dado por supuesto que si se abandonan a sus propias inclinaciones,
los hombres solo se ocuparían de la religión para llegar al ateísmo, de la
instrucción para llegar a la ignorancia y del trabajo y el intercambio para
extinguirse en la miseria.
Felizmente, según estos escritores,
hay algunos hombres, llamados gobernadores y legisladores, sobre los que el
Cielo ha depositado tendencias opuestas, no solo para su bien, sino para el del
resto del mundo.
Mientras que la humanidad tiende al
mal, ellos se inclinan al bien; mientras que la humanidad avanza hacia la
oscuridad, ellos aspiran a la iluminación; mientras que la humanidad se dirige
al vicio, ellos se ven atraídos por la virtud. Y, una vez concedido esto,
reclaman la ayuda de la fuerza, por medio de la cual van a sustituir sus
propias tendencias por las de la raza humana.
Basta con abrir, casi al azar, un
libro de filosofía, política o historia, para ver lo fuertemente que está
enraizada esta idea (hija de estudios clásicos y madre del socialismo) en
nuestro país: que la humanidad es meramente materia inerte, recibiendo vida,
organización, moralidad y riqueza del poder o si no, aún peor, que la propia
humanidad tiende a la degradación y solo se evita esta tendencia por la
misteriosa mano del legislador. El convencionalismo clásico nos muestra en
todas partes, tras una sociedad pasiva, un poder oculto bajo los nombres del
derecho o del legislador (o, por un modo de expresión que se refiera a alguna
persona o personas de indiscutible peso y autoridad, pero no nombradas) que
mueve, anima, enriquece y regenera a la humanidad.
Daremos una cita de Bossuet:
Una de las cosas que fue más
fuertemente impresa (¿por quién?) en la mente de los egipcios fue el amor por
su país. (…) No se permitía a nadie ser inútil para el estado; la ley asignaba
a cada uno su trabajo, que pasaba de padre a hijo. No se permitía a nadie
tender dos profesiones, ni adoptar otra. (…) Pero había una ocupación que se
obligaba al común de todos, que era el estudio de las leyes y de la sabiduría;
no se excusaba en ninguna condición de la vida la ignorancia de la religión y
de las regulaciones políticas. Además, toda profesión tenía un distrito
asignado (¿por quién?). (…) Entre las buenas leyes, una de las mejores era que
se enseñaba todos a observarla (¿por quién?). En Egipto abundaban las
invenciones maravillosas y no se dejaba de lado nada que pudiera hacer la vida
más confortable y tranquila.
Así que los hombres, según Bossuet,
no derivan nada por sí mismos: patriotismo, riqueza, invenciones, paternidad,
ciencia, todo les viene de la operación de las leyes o de los reyes. Todo lo
que tienen que hacer es ser pasivos. Es sobre esta base como Bossuet hace una
excepción cuando Diodoro acusa a los egipcios de rechazar la lucha y la música.
“¿Cómo es posible”, dice, “si estas artes fueron inventadas por Trismegisto?”
Lo mismo pasa con los persas:
Una de los primeros cuidados del
príncipe era estimular la agricultura. (…) Igual que había puestos establecidos
para la regulación de los ejércitos, había oficinas para la superintendencia de
las obras rurales. (…) El respeto con el que los persas eran inspirados por la
autoridad real era excesivo.
Los griegos, aunque llenos de
inteligencia, no eran menos extraños a sus responsabilidades, tanto que, como
los perros y los caballos, no se habrían aventurado en las cosas más simples.
En un sentido clásico, es algo indiscutible que todo le viene a la gente desde
fuera.
Los griegos, naturalmente llenos de
espíritu y coraje, habían sido pronto cultivados por reyes y colonias que
habían venido de Egipto. De ellos habían aprendido los ejercicios del cuerpo,
las carreras a pie y a caballo y en carro. (…) Lo mejor que les habían enseñado
los egipcios era a ser dóciles y a permitirse formarse por las leyes del bien
público.
Fénelon
Criado en el estudio y la
admiración de la antigüedad y testigo del poder del Luis XIV, Fénelon adoptó
naturalmente la idea de que la humanidad debería ser pasiva y que sus
desgracias y prosperidades, sus virtudes y sus vicios, estaban causados por la
influencia externa que se ejercita sobre ella por la ley o por lo que hacen la
ley. Así, en su utopía de Salento, pone a los hombres, con sus intereses, sus
facultades, sus deseos y sus posesiones, bajo la dirección absoluta del
legislador. Cualquiera que pueda ser el tema, no tienen ninguna voz en ello: el
príncipe juzga por ellos. La nación es solo una masa amorfa, de la cual el
príncipe es el alma. En él reside el pensamiento, la prevención, el principio
de toda organización, de todo progreso; por tanto, en él reside toda la
responsabilidad.
Para probar este aserto, podría
transcribir todo el décimo libro de Telémaco.
Remito a él al lector y me contentaré con citar algunos pasajes tomados al azar
de esta célebre obra, a la cual, en todos los demás aspectos, soy el primero en
rendir justicia.
Con la asombrosa credulidad que
caracteriza a los clásicos, Fénelon, contra la autoridad de la razón y de los
hechos, admite la felicidad general de los egipcios y la atribuye, no a su
propia sabiduría, sino a la de sus reyes:
No podíamos dirigir nuestros ojos a
las dos orillas sin percibir ricos poblados y distritos rurales agradablemente
situados; campos que estaban cubiertos cada año, sin interrupción, con doradas
cosechas; prados llenos de rebaños; trabajadores curvados bajo el peso de las
frutas que la tierra derrochaba sobre su cultivadores y pastores que hacían que
los ecos que nos rodeaban repitieran los suaves sonidos de sus flautas.
“Feliz”, dijo Mentor, “es el pueblo que es gobernado por un rey sabio”. (…)
Mentor deseó después remarcar la felicidad y abundancia que se extendió sobre
el pueblo de Egipto, en el que podían contarse veintidós ciudades. Admiraba las
excelentes regulaciones de policía de las ciudades; la justicia administrada a
favor de los pobres contra los ricos; la buena educación de los niños, que estaban
acostumbrados a la obediencia, el trabajo y el amor a las letras y las artes;
el exactitud con la se realizaban todas las ceremonias de la religión; el
desinterés, el deseo de honor, la fidelidad de los hombres y el miedo a los
dioses, con el que todo padre inspiraba a sus hijos. No podía admirar lo
suficiente el estado de prosperidad del país. “Felíz”, decía, “el pueblo a
quien un rey sabio gobierna de esa manera”.
El idilio de Fénelon con Creta es
aún más fascinante. Se hace decir a Mentor:
Todo lo que verás en esta maravillosa
isla es el resultado de las leyes de Minos. La educación que reciben los niños
hace al cuerpo sano y robusto. Se acostumbran desde el principio a una vida
frugal y laboriosa; se supone que todos los placeres de los sentidos enervan el
cuerpo y la mente; no se les presenta ningún otro placer sino el de ser
invencibles por la virtud, el de adquirir mucha gloria (…) allí castigan tres
vicios que no se castigan en otros pueblos: la ingratitud, el disimulo y la
avaricia. Respecto de la pompa y disipación, no hay necesidad de castigarlas,
pues son desconocidas en Creta. (…) No se permite ningún mueble costoso,
ninguna ropa magnífica, ninguna fiesta deliciosa, ningún palacio dorado.
Es así como Mentor prepara a su
pupilo para moldear y manipular, indudablemente con las mejores intenciones
filantrópicas, al pueblo de Itaca y, para confirmarle en estas ideas, le da el
ejemplo de Salento.
Así recibimos nuestras primeras
nociones políticas. Se nos enseña a tratar a los hombres como Oliver de Serres
enseñaba a los granjeros a gestionar y mezclar los terrenos.
Montesquieu
Para sostener el espíritu del
comercio, es necesario que todas las leyes lo favorezcan; que estas mismas
leyes, por sus regulaciones de dividir la fortunas en proporción a como el
comercio las engrandece, pongan a cada ciudadano pobre en circunstancias los
suficientemente sencillas como para permitirle trabajar como los demás y a cada
ciudadano rico en tal mediocridad que deba trabajar para retenerlas o
adquirirlas.
Así que las leyes han de disponer
de todas las fortunas.
Aunque en una democracia, la igualdad
real es el alma del estado, es tan difícil de establecer que una exactitud
extrema esta materia no sería siempre
deseable. Basta con que se establezca un censo para reducir o fijar las
diferencias hasta un cierto punto, a partir del cual, serían las leyes
particulares, por decirlo así, las que igualen la desigualdad de cargas
impuestas a los ricos y las ayudas concedidas a los pobres.
Aquí vemos de nuevo la igualación
de fortunas por ley, por fuerza.
Hubo en Grecia dos tipos de
repúblicas. Una era militar, como Esparta; la otra comercial, como Atenas. En
una se deseaba (¿por quién?) que los ciudadanos estuvieran ociosos: en la otra,
se animaba al amor al trabajo.
Merece que prestemos atención a la
existencia del genio requerido por estos legisladores, que podemos ver cómo,
confundiendo todas las virtudes, demostraban su sabiduría al mundo. Licurgo,
mezclando el robo con el espíritu de justicia, la más dura esclavitud con la libertad
extrema, los sentimientos más atroces con la mayor moderación, dio estabilidad
a su ciudad. Parecía privarla de todos sus recursos, artes, comercio, dinero y
murallas; había ambición sin la esperanza de ascenso; había sentimientos
naturales donde el individuo no era niño, ni marido, ni padre. Incluso a la
castidad de la privó de modestia. Por ese camino Esparta fue llevada a la
grandeza y la gloria.
El fenómeno que observamos en las
instituciones de Grecia se ha visto en medio de la degeneración y corrupción de
nuestros tiempos modernos. Un legislador honrado ha creado un pueblo en el que
la probidad ha aparecido tan natural como la bravura entre los espartanos. Mr.
Penn es un verdadero Licurgo y aunque el primero tenía por objeto la paz y el
segundo la guerra, se parecen en el camino singular por el que han llevado a
sus pueblos, en su influencia sobre los hombres libres, en los prejuicios que
han superado, las pasiones que han sometido.
Paraguay nos ofrece otro ejemplo. Se
ha acusado a la sociedad del delito que considerar el placer de mandar como el
único bien de la vida, pero siempre será algo noble gobernar a los hombres
haciéndoles felices.
Quienes deseen formar instituciones
similares establecerán la comunidad de propiedad, como en la república de
Platón, la misma reverencia que éste daba a los dioses, separación de los
extranjeros para la preservación de la moralidad y hacer que la ciudad y no los
ciudadanos creen el comercio: deberían dar nuestras artes sin nuestro lujo, lo
que queremos sin nuestros deseos.
La infatuación vulgar puede
exclamar, si quiere: “¡Es Montesquieu! ¡Magnífico! ¡Sublime!” No temo dar mi
opinión y decir: “¿Qué? ¿Tenéis la desfachatez de decir que eso está bien? ¡Es
aterrador! ¡Es abominable! Y estos extractos, que puedo multiplicar, demuestran
que, según Montesquieu, las personas, las libertades, la propiedad, la propia
humanidad no son sino la molienda para el molino de la sagacidad de los
legisladores”.
Rousseau
Aunque este político, la autoridad
suprema de los demócratas, hace que el edificio social descanse en la voluntad
popular, nadie ha admitido tan completamente la hipótesis de la completa
pasividad de la naturaleza humana en presencia del legislador:
Si es verdad que un gran príncipe es
algo raro, ¿cuánto más debe ser un gran legislador? El primero solo tiene que
seguir el patrón que le propone éste último. Este último es el ingeniero que
inventa la máquina; el primero es simplemente el operario que la pone en
marcha.
¿Y qué papel tienen que realizar
los hombres en todo esto? El de la máquina que se pone en marcha ¿o no son más
bien la materia en bruto de la que se hace la máquina? Así, entre el legislador
y el príncipe, entre el príncipe y sus súbditos, hay la misma relación que la
que existe entre quien escribe de agricultura y el agricultor, el agricultor y
los terrones de tierra. Así que se pone a esa inmensa altura al político, que
gobierno por encima de los legisladores y les enseña su profesión en términos
tan imperativos como los siguientes:
¿Daríais consistencia al estado?
Juntad los extremos todo lo posible. Que no sufran ni los ricos ni los
mendigos.
Si la tierra es pobre y estéril o el
país demasiado reducido para lo habitantes, dedicadlo a la industria y las
artes, cuyas producciones intercambiaréis por las provisiones que necesitéis.
(…) En buena tierra, si tenéis pocos habitantes, prestad toda vuestra atención
a la agricultura, que multiplica a los hombres y desterrad las artes, que solo
sirven para despoblar el país. (…) Prestad atención a costas extensas y
accesibles. Cubrid el mar con barcos y tendréis una existencia brillante y
corta. Si vuestros mares solo tienen rocas inaccesibles, dejad que el pueblo
sea bárbaro y comed pescado: vivirá más tranquilamente, tal vez mejor e
indudablemente más feliz. En resumen, aparte de esas máximas que son comunes a
todos, todo pueblo tiene sus propias circunstancias, que reclaman una
legislación apropiada.
Así pasó que los hebreos, antes, y
los árabes más recientemente, tenían a la religión como objeto principal; que los
atenienses tuvieran a la literatura; que la gente de Cartago y Tiro el
comercio; Rodas, los asuntos navales; Esparta, la guerra, y Rom, la virtud. El
autor de “El espíritu de las leyes” ha demostrado el arte por el que cada
legislador debería dar forma a sus instituciones hacia cada uno de estos
objetos. (…) Pero si el legislador, equivocando su objeto, debe asumir un
principio distinto de que deriva de la naturaleza de las cosas; si uno debería
tender a la esclavitud y otro a la libertad; si uno a la riqueza y el otro a la
población; uno a la paz y el otro a las conquistas; las leyes se harán
insensiblemente cada vez más débiles, la constitución se trastornará y el
estado estará sujeto a incesantes agitaciones hasta ser destruido o cambiarse y
la invencible Naturaleza reconquistará su imperio.
Pero si la Naturaleza es
suficientemente invencible como para reconquistar su imperio, ¿por qué no
admite Rousseau que no hace falta que el legislador gane su imperio desde el
principio? ¿Por qué no permite que, obedeciendo a su propio impulso, los
hombres puedan por sí mismos aplicar la agricultura a un distrito fértil y el
comercio a costas extensas y accesibles sin la interferencia de un Licurgo, un
Solón o un Rousseau, que se encargarían de ello a riesgo de engañarse?
Sea como sea, con qué terrible
responsabilidad inviste Rousseau a inventores, institutores, conductores y
manipuladores de sociedades. Por tanto, es muy exacto respecto de ellos.
Quien se atreva a asumir las
instituciones de un pueblo, tendría que sentir que puede, por así decirlo,
transformar a cada individuo, que es por ´si mismo y todo perfecto y solitario,
recibiendo su vida y ser de un gran todo del que forma parte, debe sentir que
puede cambiar la constitución del hombre, fortificarla y sustituir con una
existencia social y moral la física e independiente que todos hemos recibido de
la naturaleza. En una palabra, debe privar al hombre de sus propios poderes,
darle otros que le son extraños.
¡Pobre naturaleza humana! ¿En qué
se convertiría su dignidad si se confiara a los discípulos de Rousseau?
Raynal
El clima, es decir, el aire y la
tierra, es el primer elemento para el legislador. Sus recursos le prescriben
sus tareas. Primero debe consultar su posición local. Una población ubicada en
orillas marítimas debe tener leyes apropiadas para la navegación. (…) Si la
colonia está ubicada en un territorio interior, un legislador debe proporcionar
para la naturaleza del terreno y para su grado de fertilidad. (…)
Es más especialmente en la
distribución de la propiedad en donde aparecerá la sabiduría del legislador.
Por regla general, y en todos los países, cuando se funda una colonia, debería
darse tierra a cada hombres, suficiente para sostener a su familia. (…)
En una isla sin cultivar, si estáis
colonizando con niños solo haría falta que los gérmenes de verdad se expandan
en los desarrollos de la razón. (…) Pero cuando estableces a gente mayor en un
nuevo país, la habilidad consiste en solo permitir aquellas opiniones y
costumbres injuriosas que sea imposible curar y corregir. Si queréis evitar que
se perpetúen, actuaréis con la nueva generación mediante una educación general
y pública de los niños. Un príncipe o legislador no tendría que fundar nunca
una colonia sin enviar previamente a hombres sabios para instruir a los
jóvenes. (…) En una colonia nueva, toda instalación está abierta a las
precauciones del legislador que desee purificar el tono y las maneras del
pueblo. Si tiene genio y virtud, las tierras y los hombres que están a su disposición inspirarán
su ánima con un plan de sociedad que un escritor solo puede trazar vagamente y
de una forma que estaría sujeta a la inestabilidad de todas las hipótesis, que
varían y se complican por una infinidad de circunstancias demasiado difíciles
de prever y combinar.
Uno pensaría que era un profesor de
agricultura que diciendo a sus alumnos:
El clima es el único gobernante del
agricultor. Sus recursos le dictan sus tareas. Lo primero que tiene que
considerar es su posición local. Si está en un terreno arcilloso, debe hacer
esto y esto. Si tiene que luchar con la arena, esta es la manera en que debe
actuar. Toda instalación está abierta al agricultor que desee roturar y mejorar
el terreno. Si solo tiene la habilidad, el estiércol que tiene a su disposición
le sugerirá un plan de operación, que un profesor solo puede trazar vagamente y
de una forma que estaría sujeta a la inestabilidad de todas las hipótesis, que
varían y se complican por una infinidad de circunstancias demasiado difíciles
de prever y combinar.
¡Pero, oh, sublimes escritores,
dignaos recordar a veces que esta arcilla, esta arena, este estiércol del que
disponéis de una forma tan arbitraria son hombres, vuestros iguales, seres
inteligentes y libres como vosotros, que han recibido de Dios, como vosotros,
la facultad de ver, de prever, de pensar y de juzgar por sí mismos!
Mably
Supone que las leyes se desgastan
con el tiempo y el descuido de la seguridad y continúa así:
Bajo estas circunstancias, debemos
convencernos de que las bondades del gobierno son flojas. Dele una nueva
tensión (se dirige al lector) y el mal de remediará. (…) Piense menos en
castigar las faltas que en animar las virtudes que quiera. Por este método,
conferirá a su república el vigor de la juventud. ¡Por la ignorancia de esto,
un pueblo libre ha perdido su libertad! Pero si el mal ha avanzado tanto que
los magistrados normales son incapaces de remediarlo en la práctica, pueden
recurrir a una magistratura extraordinaria, cuyo periodo debe ser corto y su
poder considerable. La imaginación de los ciudadanos requiere verse
impresionada.
Sigue en este estilo durante 20
tomos.
Hubo un tiempo en que, bajo la
influencia de enseñanzas como éstas, que son la abse de la educación clásica,
todos se ubicaban más allá y por encima de la humanidad en disponer, organizar
e instituir a su propio estilo.
Condillac
Asuma, mi señor, el papel de Licurgo
o Solón. Antes de acabar de leer este ensayo, disfrute dando leyes a gente
salvaje en América o África. Establezca a estos hombres errantes en moradas
fijas; enséñeles a cuidar ganado. (…) Dedíquese a desarrollar las cualidades
sociales que la naturaleza ha implantado en ellos. (…) Hágales empezar a
practicar las tareas de la humanidad. (…) Haga que los placeres de las pasiones
se conviertan en molestos para ellos mediante castigos y verá a estos bárbaros,
con cada plan de su legislación, perder un vicio y ganar una virtud.
Todos estos pueblos han tenido leyes.
Pero pocos entre ellos han sido felices. ¿Por qué pasa esto? Porque los
legisladores casi siempre han ignorado el objeto de la sociedad, que es unir a
las familias por un interés común.
La imparcialidad en el derecho
consiste en dos cosas, en establecer igualdad en las fortunas y en la dignidad
de los ciudadanos. (…) En proporción la grado de igualdad establecido por las
leyes, más queridas se harán para cada ciudadano. ¿Cómo pueden la avaricia, la
ambición, la disipación, el ocio, la pereza, la envidia, el odio o los celos
animar a hombres que son iguales en fortuna y dignidad y a quienes las leyes no
les dejan ninguna esperanza de perturbar su igualdad?
Lo que os ha sido dicho de la
república de Esparta tendría que ilustraros en esta cuestión. Ningún otro
estado ha tenido leyes más de acuerdo con el orden de la naturaleza o la
igualdad.
No cabe preguntarse si los siglos
XVII y XVIII han considerado a la raza humana como materia inerte, lista para
recibir todo: forma, figura, impulso, movimiento y vida, de un gran príncipe o
un gran legislador o un gran genio. Estas eras se basaron en el estudio de la
antigüedad y la antigüedad presenta en todas partes: en Egipto, Persia, Grecia
y Roma, el espectáculo de unos pocos hombres moldeando la humanidad a su gusto
y a la humanidad esclavizada para este fin por fuerza o impostura. ¿Y qué
prueba esto? Que porque hombre y sociedad sean improbables, el error, la
ignorancia, el despotismo, la esclavitud y la superstición deben ser más
prevalentes en los primeros tiempos. El error de los escritores citados antes
no es que hayan afirmado este hecho, sino que lo han propuesto como regla para
la admiración e imitación de generaciones futuras. Su error ha sido, con una
inconcebible ausencia de discernimiento, y con la fe de un convencionalismo
pueril, que han admitido lo que es inadmisible, es saber, la grandeza,
dignidad, moralidad y bienestar de las sociedades artificiales del mundo
antiguo; no han entendido que el tiempo produce y difunde ilustración y que en
proporción a aumento de la ilustración, el derecho de que sostenerse por la
fuerza y la sociedad recupera la posesión de sí misma.
Y de hecho, ¿cuál es la obra
política que estamos tratando de promover? Nada menos que el esfuerzo
instintivo de todo pueblo hacia la libertad. ¿Y qué es la libertad, cuyo nombre
puede hacer latir a cada corazón y puede agitar el mundo, sino la unión de
todas las libertades, la libertad de conciencia, de educación, de asociación,
de prensa, de movimientos, de trabajo y de comercio; en otras palabras, el
libre ejercicio para todos de todas las facultades inofensivas y también otras
palabras, la destrucción de todos los despotismos, incluso del despotismo legal
y la reducción de la ley a su única esfera racional, que es regular el derecho
individual a la legítima defensa o a reprimir la injusticia?
Debe admitirse que esta tendencia
de la raza humana, se ve bastante frustrada, particularmente en nuestro país,
por la fatal disposición, resultante de la enseñanza clásica y común de todos
los políticos, de ponerse por encima de la humanidad, para disponerla,
organizarla y regularla de acuerdo con sus gustos.
Pues mientras la sociedad está
luchando por conseguir la libertad, los grandes hombres que se ponen a su
cabeza, imbuidos por los principio de los siglos XVII y XVIII, solo piensan en
someterlo al despotismo filantrópico de sus invenciones sociales y que acepte
con docilidad, según la expresión de Rousseau, el yugo de la felicidad pública
como aparece en sus propias imaginaciones.
Éste fue el caso particularmente en
1789. Tan pronto como se destruyó el sistema antiguo, la sociedad fue sometida
a otras disposiciones artificiales, siempre con el mismo punto de partida: la
omnipotencia de la ley.
Saint-Just
El legislador ordena el futuro. A él
corresponde velar por el bien de la humanidad. A él corresponde hacer de los hombres que quiere que sean.
Robespierre
La función del gobierno es dirigir
los poderes físicos y morales de la nación hacia el objeto de su institución.
Billaud Varennes
Un pueblo que haya de ser restaurado
en la libertad debe formarse de nuevo. Deben destruirse los antiguos
prejuicios, cambiarse las costumbres anticuadas, corregirse los afectos
depravados, erradicarse los vicios inveterados. Para ello, será necesario una
gran fuerza y un impulso vehemente. (…) Ciudadanos, la inflexible austeridad de
Licurgo creó la base firme de la república espartana. La disposición débil y
confiada de Solón llevó a Atenas a la esclavitud. Este paralelismo contiene
toda la ciencia del gobierno.
LePelletier
Considerando el grado de degradación
humana, estoy convencido de la necesidad de realizar una regeneración completa
de la raza y, si puedo decirlo así, de crear un nuevo pueblo.
Por tanto los hombres no son sino
materia prima. No es suya la voluntad de su propia mejora. No son capaces de
ella; según Saint-Just solo lo es el legislador. Los hombres se limitarán a ser
lo que éste quiera que deban ser. Según Robespierre, que copia literalmente a
Rousseau, el legislador ha de empezar asignando el objetivo de las
instituciones de la nación. Después de esto, el gobierno solo tiene que dirigir
todas sus fuerzas físicas y morales hacia este fin. Todo este tiempo, la propia
nación ha de mantenerse pasiva y Billaud Varennes nos enseñaría que no tendría
que tener prejuicios, afectos ni desea, sino los autorizados por el legislador.
Llega a decir que la inflexible austeridad de un hombre es la base de una
república.
Hemos visto que, en casos en que el
mal sea tan grande que los magistrados ordinarios sean incapaces de remediarlo,
Mably recomienda una dictadura, para promover la virtud. “Recurrir”, dice “a
una magistratura extraordinaria, cuyo periodo debe ser corto y su poder
considerable. La imaginación de los ciudadanos requiere verse impresionada”. No
se ha olvidado esta doctrina. Escuchemos a Robespierre:
El principio del gobierno republicano
es la virtud y el medio para adoptarla, durante su establecimiento, es el
terror. Queremos sustituir, en nuestro país, la autoindulgencia por la
moralidad, el honor por la probidad, las costumbres por los principios, el
decoro por los derechos, la tiranía de la moda por el imperio de la razón, el
desdén ante la desgracia por el desdén ante el vicio, la insolencia por el
orgullo, la vanidad por la grandeza de espíritu, el amor al dinero por el amor
a la gloria, la buena compañía por la buena gente, la intriga por el mérito, el
ingenio por el genio, la brillantez por la verdad, el hastío del placer por el
encanto de la alegría, la pequeñez de los grandes por la grandeza del hombre,
un pueblo fácil, frívolo y degradado por uno magnánimo, poderoso y feliz; es
decir, sustituiríamos todos los vicios y absurdos de la monarquía por todas las
virtudes y milagros de una república.
¡A qué enorme altura sobre el resto
de la humanidad se coloca a sí mismo Robespierre! Y observad la arrogancia con
la que habla. No se contenta con expresa un deseo de una gran renovación del
corazón humano: ni siquiera espera ese resultado por un gobierno normal. No,
trata de realizarlo él mismo y por medio del terror. El objeto del discurso del
que se extraía esta masa pueril y laboriosa de antítesis era mostrar los
principios de moralidad que tendrían que regir un gobierno revolucionario.
Además, cuando Robespierre pide una
dictadura, no es simplemente para repeler a un enemigo exterior o acabar con
las facciones: es poder él establecer, por medio del terror y como un prólogo a
la operación de la constitución, sus propios principios de moralidad. Pretende
nada menos que extirpar del país por medio del terror, el interés propio, el
honor, las costumbres, el decoro, la moda, la vanidad, el amor al dinero, la
buena compañía, la intriga, el ingenio, el lujo y la miseria. Hasta que él,
Robespierre, no haya conseguido estos milagros, como justamente los llama, no
permitirá al derecho recuperar su imperio. Verdaderamente estaría bien que
estos visionarios, que piensan tan bien de sí mismos y tan mal de la humanidad,
que quieren renovar todo, se contentaran con tratar de reformarse a sí mismos:
la tarea sería lo suficientemente ardua para ellos. Sin embargo, en general,
estos caballeros, los reformistas, legisladores y políticos no desean ejercitar
un despotismo inmediato sobre la humanidad. No, son demasiado medrados y
filantrópicos como para eso. Se contentan con el despotismo, el absolutismo, la
omnipotencia de la ley. Solo aspiran a hacer la ley.
Frédéric Bastiat fue el gran
proto-austrolibertario francés cuyas polémicas y análisis trataron acerca de
todos los clichés estatistas. Su intención principal como escritor fue llegar a
la gente de la forma más práctica con el mensaje de la urgencia moral y
material de la libertad.