Por David R. Henderson.
(Publicado el 3 de agosto de 1999)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/280.
[Este artículo se publicó en el Financial
Post el 3 de agosto de 1999]
Los economistas y políticos que hablan estos días acerca de
la economía mundial están defendiendo cada vez más una “nueva arquitectura
financiera global”. Lo que quieren hacer muchos de ello es dar al Fondo
Monetario Internacional (FMI) nuevos poderes sobre las economías del mundo. En
la práctica, esto significadaza al Tesoro de Estados Unidos y a su nuevo
secretario, Lawrence Summers, el control sobre las economías del mundo. ¿Por
qué? Porque para que el FMI actúe, el 85% de los votos de los miembros deben
estar a favor y el gobierno de EEUU control un estupendo 17% de los votos.
Echen cuentas.
Pero el FMI ya ha ejercido un gran control sobre las
economías más enfermas del mundo y los resultados deberían haber bajado los
humos a sus funcionarios. El mejor tipo de “arquitectura global” es uno son el
FMI y, en realidad, sin ningún cuerpo regulatorio internacional.
Irónicamente, la misión original del FMI, establecida en
1944 en Bretton Woods, era apoyar los tipos fijos de cambio, una misión que
deberían haber terminado en 1971, cuando se los dejó flotar. Pero después de
1971, el FMI (como prácticamente todas las burocracias públicas que encuentran
que el mundo les ha superado) se buscó una nueva misión. Por desgracia,
encontró una.
Ahora el FMI presta, a tipos por debajo del mercado,
decenas de miles de millones de dólares a gobiernos que han arruinado las
economías de sus países. Por ejemplo, el 1994-95, un consorcio que incluía al
FMI, otras agencias públicas internacionales y Estados Unidos subvencionaron un
préstamo de 50.000 millones de dólares a México.
El FMI considera a México como un éxito y bien puede serlo
según sus patrones. Indudablemente, los bancos extranjeros y otros prestamistas
que habían prestado dinero al país fueron rescatados. Pero el PIB por cabeza de
México aún no ha vuelto a donde estaba antes de la crisis económica del país de
1994. Al afirmar que el rescate fue un éxito en un sentido general, los
defensores del FMI tendrían que justificar que el grueso de los mexicanos
medios habría estado mucho peor si no hubieran actuado el FMI y otras agencias
internacionales. No lo han hecho.
Incluso si el rescate mexicano hubiera sido un éxito en
este sentido amplio, la subvención del FMI mandó, y otros rescates están mandando,
dos malas señales. Primera: Si eres un cargo público que estropeas lo
suficiente tu economía, el FMI te rescatará. Por ejemplo, esta misma semana el
FMI prestó otros 5.400 millones de dólares al gobierno ruso, 1.900 de los
cuales se usarán para pagar un préstamo anterior del FMI. El nuevo préstamo
dependía de la aprobación del Parlamento ruso de un paquete de nuevas leyes.
Irónicamente, algunas de las leyes aumentarán los impuestos a los rusos, como
lo que necesitara un antiguo país comunista para poner su casa en orden es
gravar más a su pueblo. La segunda señal que envían los rescates del FMI es a
los inversores, que harán inversiones mucho más arriesgadas que de otro modo
porque lo negativo está cubierto. Los inversores están diciendo, esencialmente,
“cara, gano, cruz, empato”. Ni los gobiernos extranjeros no los inversores
están ignorando esa señal.
En un reciente artículo en Fortune, el economista del MIT Paul Krugman minimizaba el efecto
dañino del FMI porque éste tiene “muy poco dinero real”. Pero apliquemos ese
mismo razonamiento a la crisis de las cajas de ahorros de EEUU en la década de
1980. Igual que el FMI subvenciona los riesgos negativos de los inversores, el
seguro de garantía de la Federal Savings and Loan Insurance Corp. (FSLIC) no dio
ningún incentivo para monitorizar las carteras de préstamos de las cajas. En
1983, poco antes de la crisis de las cajas estuviera en un peor momento (al
final, costó más de 175.000 millones de dólares en moneda actual), la FSLIC
solo tenía uno 6.400 millones en el bote. Según el razonamiento de Krugman, la
crisis de las cajas nunca ocurrió. Pensemos en el FMI como una FSLIC
gigantesca. El factor crucial no son los fondos del FMI en ningún momento
concreto, sino cuánto más puede obtener. Hace muy poco, el gobierno de EEUU le
dio 18.000 millones de dólares.
Lamentablemente, incluso el economista de Harvard Martin
Feldstein, mi antiguo jefe en el Consejo de Asesores Económicos y generalmente
un crítico del gasto y la regulación públicos, defiende un papel importante
para el FMI. Recientemente diseñó un plan digno de los inventos del
TBO para dar al FMI el control sobre los movimientos internacionales de
capital. Haría que los gobiernos de los países de los mercados emergentes
tomaran prestado del FMI, basándose en un colateral. Pero el colateral sería
una porción del intercambio extranjero obtenido por los exportadores de ese
país.
Feldstein escribe: “Un país que tome prestado de esta institución
[de crédito internacional] iniciará automáticamente una desviación legislada de
todos los recibos de importación a un banco central extranjero como la Reserva
Federal o el Banco de Inglaterra, pagándose así a los exportadores con una
mezcla de moneda nacional o extranjera”. En otras palabras, Feldstein haría que
EEUU, Gran Bretaña y otros gobiernos nacionalicen parcialmente activos de
exportadores de economías emergentes. Esto difícilmente suena como una receta
para mejorar las economías de estos países.
Lo mejor que pude hacerse con el FMI es acabar con él. El
problema básico con el FMI no puede arreglarse. Es gastar (sus préstamos a
menudo se convierten en gastos) el dinero de otros y como suele decirse, “si
pagas tú, yo tomaré langosta”. La gente siempre tiene mucho menos cuidado con
el dinero de otros (si esa gente no puede recurrir a la ley) que con el propio.
El año pasado, cuando el dirigente ruso Anatoly Chubais
presumía ante la prensa rusa de que había “engañado” al FMI y a su negociador en
jefe, Stanley Fischer, ninguno de los contribuyentes que pagamos la factura
pudimos actuar legalmente contra Mr. Fischer. No fue despedido y él y el FMI
han continuado dando préstamos. Y aún mayor que el “riesgo moral” implícito en
los préstamos del FMI es el riesgo moral de dar tal poder a un pequeño grupo de
gente. Su poder debe terminar.
Si nos deshacemos del FMI, ¿qué deberían hacer Estados
Unidos, Canadá y los demás países industrializados para ayudar a hacer más
seguro el mundo económico?
Lo principal que podemos hacer es evitar poner barreras en
el camino de las exportaciones de los países en crisis. Uno de los pocos puntos
de luz de la situación actual en Asia, por ejemplo, es su capacidad de enviar
bienes a Estados Unidos y otros países. Pero la administración Clinton está
utilizando el regulador de luz. Después de decir a los funcionarios públicos
asiáticos en la reunión de noviembre del Foro Económico Asia-Pacífico que
deberían resolver sus problemas exportando más, el vicepresidente Al Gore les
advertía que evitaran exportar más a Estados Unidos porque el aumento de las
exportaciones desde Asia a Estados Unidos recortaría el apoyo de EEUU al libre
comercio. Y el presidente Clinton, solo semanas después de preocuparse por la
crisis económica mundial, trataba de persuadir a Corea del Sur y Japón de que
enviaran menos acero a Estados Unidos.
Deberíamos preocuparnos por la gente en otros países, no
porque sus condiciones económicas tengan un enorme impacto en nosotros (no es
así), sino porque a los que dañan, vivan donde vivan, son seres humanos. Y la
solución que cure los problemas económicos del mundo está, como siempre ha
estado, en una mayor libertad económica, no en menos. Los países que han tenido
mayor libertad económica durante más tiempo han funcionado mejor
económicamente. Quienes han tenido menos han funcionado peor, debido a décadas
de opresión económica. Muchas de las economías del mundo afrontan problemas
serios, la mayoría de los cuales los causan los gobiernos. Defender mayor
regulación pública como la solución como ver sufrir a alguien y decirle “Sufre
más”.
David R, Henderson es miembro investigador en la
Institución Hoover de la Universidad de Stanford y profesor de economía en la
Escuela Naval de Psogrado en Monterey, California.
© 1999 The
FinancialPost.