Por Ludwig
von Mises (Publicado el 11 de julio de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5820.
[The
Anti-Capitalistic Mentality (1956)]
Desde los mismos inicios del
movimiento socialista y los esfuerzos por revivir los políticas
intervencionistas de las épocas precapitalistas, tanto el socialismo como el
intervencionismo fueron completamente desacreditados a los ojos de los versados
en teoría económica. Pero las ideas de los revolucionarios y reformistas
encontraron la aprobación de la inmensa mayoría del pueblo ignorante movido
exclusivamente por las pasiones humanas más poderosas de la envidia y el odio.
La filosofía social de la
Ilustración que abrió el camino para la realización del programa liberal
(libertad económica, consumada en la economía de mercado, o capitalismo, y su
corolario constitucional, el gobierno representativo) no sugería la
aniquilación de los tres viejos poderes: la monarquía, la aristocracia y la
iglesia. Los liberales europeos buscaban la sustitución del absolutismo real
por la monarquía parlamentaria, no el establecimiento de un gobierno
republicano. Querían abolir los privilegios de los aristócratas, pero no
privarles de sus títulos, sus escudos y sus propiedades. Querían garantizar a
todos la libertad de conciencia y acabar con la persecución de disidentes y
herejes, pero estaban dispuestos a dar a todas las iglesias y confesiones una
completa libertad en la búsqueda de sus objetivos espirituales. Así que se
mantuvieron los tres grandes poderes del antiguo régimen. Uno podría haber
esperado que príncipes, aristócratas y clérigos que profesaban infatigablemente
su conservadurismo estarían preparados para oponerse al ataque socialista
contra la esencia de la civilización occidental. Después de todo, los heraldos
del socialismo no escondían que bajo el totalitarismo socialista no habría espacio
para lo que llamaban los restos de la tiranía, el privilegio y la superstición.
Sin embargo, incluso en estos
grupos privilegiados el resentimiento y la envidia eran más intensos que enfrío
razonamiento. Prácticamente se unieron a los socialistas olvidando el hecho de
que el socialismo también buscaba la confiscación de sus pertenencias y que no
podría haber ninguna libertad religiosa bajo un sistema totalitario.
Los Hohenzollern en Alemania
iniciaron una política que un observador estadounidense calificó de socialismo
monárquico. Los autócratas Romanov de
Rusia jugaron con el sindicalismo laboral como arma para luchar contra los
esfuerzos “burgueses” de establecer un gobierno representativo. En
todos los países europeos los aristócratas estaban prácticamente cooperando con
los enemigos del capitalismo. En todas partes los teólogos trataban de
desacreditar el sistema de libre empresa y así, implícitamente, apoyando el
socialismo o el intervencionismo radical. Algunos de los principales líderes
del protestantismo actual (Barth y Brunner en Suiza, Niebuhr y Tillich en
Estados Unidos y el último arzobispo de Canterbury, William Temple) condenan
abiertamente el capitalismo e incluso atribuyen a los supuestos fallos de éste
la responsabilidad de todos los excesos del bolchevismo ruso.
Uno puede preguntarse si Sir
William Harcourt tenía razón cuando, hace más de 60 años, proclamaba: Todos
somos ahora socialistas. Pero los actuales gobiernos, partidos políticos,
maestros y escritores, ateístas militantes así como teólogos cristianos son
casi unánimes en rechazar apasionadamente la economía de mercado y alabar los
supuestos beneficios de la omnipotencia del estado. La próxima generación está
creciendo en un entorno que está lleno de ideas socialistas.
La influencia de la ideología
pro-socialista se aprecia en la forma en que la opinión pública, casi sin
excepción, explica las razones que inducen a la gente a unirse a los partidos
socialistas o comunistas. Al ocuparse de la política nacional, uno supone que,
“natural y necesariamente”, los que no son ricos están a favor de programas
radicales (planificación, socialismo, comunismo) mientras que solo los ricos
tienen razones para votar por la preservación de la economía de mercado. Esta
suposición da por sentado que la idea socialista fundamental de que el interés
económico de las masas supone dañar la operación del capitalismo para beneficio
único de los “explotadores” y que el socialismo mejorará el nivel de vida del
ciudadano común.
Sin embargo la gente no pide socialismo
porque sepa que el socialismo
mejorará sus condiciones y no rechaza el capitalismo porque sepa que es un sistema perjudicial para
sus intereses. Son socialistas porque creen
que el socialismo mejorará sus condiciones y odian el capitalismo porque creen que las daña. Son socialistas
porque están ciegos de envidia e ignorancia. Rechazan tercamente estudiar
economía y desdeñan la devastadora crítica de los economistas de los planes
socialistas porque, a sus ojos, la economía, al ser una ciencia abstracta,
sencillamente no tiene sentido. Pretenden confiar solo en la experiencia. Pero
rechazan no menos tercamente conocer los hechos innegables de la experiencia, a
saber, que el nivel de vida del hombre común es incomparablemente superior en
los Estados Unidos capitalistas que en el paraíso socialista de los soviéticos.
Al tratar de las condiciones en los
países económicamente subdesarrollados la gente muestra el mismo razonamiento
defectuoso. Piensan que estos pueblos deben simpatizar “naturalmente” con el
comunismo porque se ven golpeados por la pobreza. Aunque es evidente que las
naciones pobres quieren librarse de sus penurias. Al buscar una mejora de sus
condiciones insatisfactorias, tendrían por tanto que adoptar el sistema de
organización económica que garantiza mejor el logro de este fin: tendrían que
decidirse a favor del capitalismo. Pero, engañados por las espurias ideas
anticapitalistas, están dispuestos favorablemente al comunismo. Es de verdad
paradójico que los líderes de estos pueblos orientales, viendo la prosperidad
de las naciones occidentales, rechacen los métodos que hicieron próspero a
Occidente y se embelesan con el comunismo ruso que es esencial para mantener en
la pobreza a los rusos y sus satélites. Es aún más paradójico que los estadounidenses,
disfrutando de los productos de las grandes empresas capitalistas, exalten el
sistema soviético y consideren bastante “natural” que las naciones pobres de
Asia y África deban preferir el comunismo al capitalismo.
La gente puede estar en desacuerdo
sobre la cuestión de si todos tendrían que estudiar economía seriamente. Pero
una cosa es cierta. Un hombre que habla o escribe públicamente acerca de la
oposición entre capitalismo y socialismo y haberse familiarizado con todo lo
que la economía tiene que decir acerca de estos temas es un charlatán
irresponsable.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de The
Anti-Capitalistic Mentality (1956).