Algunas consideraciones sobre las leyes económicas

Por Carlo Antoni. (Publicado el 24 de noviembre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5709.

[On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises (1956)]

 

Hace muchos años, Luigi Einaudi escribía apuntando como se había convertido en moda tras la Primera Guerra Mundial proclamar que la guerra había demostrado lo espurio de todas las leyes económicas. En realidad, la guerra ofreció una confirmación casi experimental de su validez. Lo supuestamente espurio consistían simplemente en el hecho de que la guerra proporcionó a los políticos una oportunidad de cometer multitud de abusos, cuyo inevitable efecto fue entonces atribuido a la guerra.

Durante el periodo de los milagros de los dictadores, la frase recurrente de la quiebra de la teoría económica se convirtió en casi ensordecedora. Esos titanes alardeaban de su poder para doblegar a su voluntad incluso las leyes económicas, como si un político necesitara fortaleza de carácter para violar en lugar de respetar esas leyes.

Pero esto no bastaba. Incluso hoy debe oír la infatuada charla de todo tipo de administradores y planificadores económicos sobre el “rechazo” de la teoría económica a favor de la política.

Parece extraño que en estos asuntos se acuse a los teóricos principalmente de ser abstractos, como si fuera posible que una ciencia no fuera abstracta, pues la ciencia actúa por conceptos generales y esquemáticos. Los “realistas” políticos probablemente no crean que el propio intelecto abstracto se un instrumento de acción y que un concepto, para resultar útil, deba ser abstracto. Las leyes de la economía son prácticas solo si son abstractas. No hace falta decir que la acción también requiere la acción de esa facultad que los antiguos lógicos llamaban “secunda Petri” y al que Kant llamaba “juicio”. Podemos llamarlo “intuición”. Sirve para aplicar el esquema general al caso concreto. Sin esta facultad, según Kant, un juez puede poseer todos los conocimientos jurídicos y aún así ser un idiota. Pero suponer que la intuición puede actuar sola sería creer que el “ojo clínico” puede eximir al doctor de tener un conocimiento de la medicina.

Es posible que quienes niegan la validez de las leyes económicas puedan asumir el papel de defensores de la libertad humana frente al determinismo naturalista. Aludiendo al descubrimiento de los físicos del principio de indeterminación de los fenómenos naturales, encuentran completamente indefendible creer en la determinación en los fenómenos del mundo humano.

En realidad, el concepto de ley puede aplicarse de forma similar a la naturaleza y a la acción humana por igual. La diferencia no reside en el objeto, sino en el método y el punto de vista. Al principio de este siglo, Dilthey, Windelband y Rickert en Alemania t Croce en Italia se opusieron a la aplicación de los positivistas de los métodos de las ciencias naturales a la historia. Expusieron la objeción de que el conocimiento histórico no era la ciencia de las clases y las leyes generales, sino de los hechos individuales. Su objeción era irrefutable aunque ciertos filósofos de la historia sigan pretendiendo llegar a las “leyes” de la historia a partir de los acontecimientos y luego expliquen los propios acontecimientos a la luz de estas “leyes”.

Pero si el conocimiento histórico trata realmente los hechos individuales, el desarrollo de la experiencia a efectos prácticos trata de lo general. Nada nos impide extender este método también al comportamiento humano, siempre que, sin embargo, tengamos en mente que la vida es siempre más variada e impredecible que nuestros esquemas. La historia económica como una ciencia histórica debe dirigirse a la individualidad de los hechos, pero la economía, con el debido respeto a la memoria de Schmoller y su escuela histórica de economía no se meramente un conocimiento del pasado. El teórico económico es el sucesor y heredero del consejero económico que, en el pasado, aconsejaba al soberano en asuntos de política financiera.

De hecho es falaz suponer que al formular una ley el economista somete a la voluntad humana a la necesidad. Por el contrario, meramente atribuye al individuo la capacidad de actuar libremente según sus intereses. Al establecer que el hombre actúa de una forma utilitaria, el economista procede a partir de una situación establecida y luego anticipa la acción que el hombre elegirá libremente en su propio interés.

Los defensores de la política probablemente se sorprenderán al aprender que demuestran ser idealistas puros al discutir la validez de las leyes económicas. Olvidan que el hombre es y sigue siendo una criatura económica a pesar de sus nobles sentimientos, que debe satisfacer sus propias necesidades vitales y que lo hace con satisfacción. Sin embargo, en el análisis final, estos idealistas se revelan como creyentes en el fuerza y la eficacia de las medidas de policía que acabarían con el egoísmo de las personas y, como proclamó Hegel, les elevarían del nivel de la naturaleza base al nivel “ético” del estado. La afirmación de la validez de las leyes humanas es así idéntica a la afirmación de la irreprimible “naturaleza” económica del hombre, que en realidad no es el hombre completo (pues éste es asimismo arte, pensamiento, moral y vida religiosa), pero es un factor o elemento vital de su naturaleza.

Sin embargo, debe admitirse que un hombre corriente que se dirija a un tratado de economía para buscar leyes económicas se verá decepcionado. Normalmente encuentra una descripción de la estructura y la operación de la sociedad económica moderna, su sistema monetario, mercados, bancos, bolsas, empresas, impuestos, gravámenes, etc. Encontrará una explicación de las perturbaciones y daños que puedan afectar al organismo con los remedios sugeridos. Ese tratado es apropiado para crear la creencia de que las leyes que establece se refieren al funcionamiento apropiado de una sociedad concreta, la sociedad capitalista, bajo la suposición de un mercado libre, una elección libre de los consumidores y una iniciativa libre de los productores privados. Sin estas premisas o en una organización distinta de la sociedad, se dice que las leyes económicas han de ser distintas como las geometrías no euclidianas que derivan de postulados diferentes. Pero la verdad es que estas leyes operan en todas las sociedades humanas, incluso asociadas a la abnegación ascética o a las comunidades monásticas.

El elemento activo en las leyes es el factor de utilidad que es siempre similar, pues en una forma o categoría de actividad en la mente humana. Desde este punto de vista, todas las leyes se comprenden en una sola: que el hombre, además de ser un ser “espiritual”, también es utilitario. Lo es de una manera no solo irremediable sino asimismo legítima porque vive en la tierra y no en el reino de los cielos. Una ley económica clasifica la situación, la considera normal y luego hace abstracción. La economía determina cierto número de situaciones típicas que pueden incluso ser infinitas, con el fin de calcular o en su lugar reducir la acción consiguiente del factor económico, es decir, el interés individual. Por tanto, al contrario que las ciencias naturales, que son empíricas y se limitan a resumir los datos de la experiencia y a agruparlos en sus clases y leyes, la ciencia de la economía “calcula”. Deduce a partir de ciertas premisas abstractas. En el cálculo reduce los términos de lo útil, como daños, beneficios, pérdidas y ganancias, a una cantidad. Por esta razón adopta la forma de un cálculo matemático.

Max Weber, que pretendía quitar a las leyes su carácter de necesidad naturalista, introdujo el concepto del “tipo ideal”. Según él, a partir de ciertas premisas, es probable que tenga lugar una acción concreta de acuerdo con el “tipo” que se deduzca de esas premisas. En realidad, el “tipo” se refiere a las premisas; en otras palabras, a la situación supuesta de forma abstracta, como por ejemplo, la libre competencia.

Las situaciones típicas a partir de las cuales se deducen las leyes son, repetimos, esquemas con más o menos relación con la realidad. Sin embargo, el factor económico no es abstracto, sino una fuerza real, aunque la ciencia deba reducirlo a términos cuantitativos para poder calcular. Puede haber casos en que el entusiasmo patriótico, la caridad, la llamada moralidad social, etc., induzcan a las personas a actuar fuera o incluso en contra de su beneficio inmediato. Pero en una sociedad de hombres y no de santos y héroes, todos estos impulsos ideales no pueden eliminar y suprimir normal y permanentemente el factor económico que, por naturaleza y definición es individualista.

Es un hecho que la ciencia de la economía nació en el siglo XVIII como resultado del “descubrimiento de la utilidad”, es decir, del valor positivo y la fecundidad de los intereses económicos en la vida del hombre. Comparando el origen de la economía con el de la estética, Benedetto Croce llamaba a ambas ciencias “mundanas” e incluso “diabólicas”. Según él, ambas atribuyen un valor positivo y autónomo a actividades que en sí mismas, hablando estrictamente no son morales. Pero es un hecho que los precursores de la economía alababan estos vicios privados y los transformaron en beneficios públicos. Aprobaban como coraje, iniciativa y empresa lo que la antigua moralidad había condenado como pecados de avaricia y codicia.

A partir de Adam Smith, algunos economistas incluso han intentado en vano reducir la propia vida moral a la utilidad. Por otro lado, el socialismo, aunque proclamándose “materialista”, intenta revivir una moral ascética. Lo hace no solo condenado el beneficio empresarial como un robo, sino asimismo defendiendo una moralidad “social” según la cual el individuo ha de trabajar, no para sí mismo, sino para la sociedad. El socialismo afirma reprimir el mismo factor económico en el mismo mundo económico, rechazando o incluso censurando esa formidable fuerza vital. Pero la edificación moralista y la propaganda ideológica no bastan para estimular el celo. El socialismo vuelve entonces al interés individual por medio de un sistema de “incentivos”. Como incluso esto parece insuficiente, recurre a los trabajos forzados. Y aún así, como ni siquiera el dictador despiadado puede privar al alma human de ese motivo vital, las leyes económicas reaparecen también en sociedades colectivistas, vivas y petulantes, en forma de faltas y delitos, sabotaje y traición o menos visiblemente como mercado negro.

 

 

Carlo Antoni fue un filósofo italiano, que enseñó en la Universidad de Roma desde 1947 hasta su muerte en 1959.

Este ensayo apareció originalmente en On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises (1956).

Published Tue, Nov 29 2011 7:35 PM by euribe