Por
Murray N. Rothbard. (Publicado el 23 de septiembre de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/12.
[Making
Economic Sense (1995)]
* Traducido por Matt Martínez.
El proteccionismo, tantas veces
rebatido y abandonado, ha vuelto, si cabe, con más fuerza. Los japoneses, que
se recuperaron de pérdidas desastrosas en la Segunda Guerra Mundial para
asombrar al mundo al producir productos innovadores y de gran calidad a bajo
precio, son usados como excusa muy conveniente para la propaganda
proteccionista. Los recuerdos de los mitos en tiempos de guerra se muestran
como una pesada trama cuando los proteccionistas advierten de este nuevo
"imperialismo japonés", incluso "peor que Pearl Harbor".
Este "imperialismo"
resulta que consiste en vender a los estadounidenses maravillosos aparatos de
televisión, coches, microchips, etc., a precios más competitivos que las
empresas estadounidenses.
¿Es esta "inundación" de
productos japoneses realmente una amenaza que debe ser combatida por el
gobierno de Estados Unidos? ¿O es el nuevo Japón una bendición para el
consumidor estadounidense?
Para definir nuestra posición en
este tema, debemos reconocer que toda acción del gobierno significa coacción,
de tal forma que pedir que el gobierno de Estados Unidos intervenga significa
urgirle a usar la fuerza y la violencia para limitar un comercio que es
pacífico. Confiamos que los proteccionistas no deseen llevar esta lógica de la
fuerza a sus últimas consecuencias en forma de otro Hiroshima y Nagasaki.
No perder de vista el consumidor
Mientras desenredamos la tupida
tela de araña que es el argumento proteccionista, debemos fijarnos en dos
puntos esenciales:
1. El proteccionismo significa usar
la fuerza para restringir el comercio; y
2. La clave de todo es lo que pasa
con el consumidor.
Invariablemente, veremos que los
proteccionistas intentan mutilar, explotar e imponer severas pérdidas no solo
sobre los consumidores extranjeros sino especialmente los estadounidenses. Y
como todos y cada uno de nosotros somos consumidores, esto significa que el
proteccionismo nos sanciona a todos en beneficio de unos pocos especialmente
privilegiados y subvencionados – y a unos pocos ineficientes en eso: gente que
no puede arreglárselas en un mercado libre y no intervenido.
Tomemos por ejemplo, la supuesta
amenaza japonesa. Todo comercio es mutuamente beneficioso para ambas partes, en
este caso los fabricantes japoneses y los consumidores estadounidenses, ya que de otra forma no se aplicarían al caso. Al
intentar parar este comercio, los proteccionistas intentan evitar que los
consumidores estadounidenses disfruten altos niveles de vida con la compra de
productos japoneses de alta calidad. En vez de eso, el gobierno nos fuerza a
volver a los productos ineficientes y más caros que ya hemos rechazado.
Resumiendo, fabricantes ineficientes intentan privarnos a todos nosotros de los
productos que deseamos para que así tengamos que conformarnos con sus
ineficientes empresas. Es un robo al consumidor estadounidense.
Cómo considerar aranceles y cuotas
La mejor forma de ver un arancel o
una cuota a la importación o cualquier otro impedimento proteccionista es
olvidarse de límites políticos. Estos límites entre naciones pueden ser
importantes para otras cuestiones, pero no tienen ningún sentido económico.
Supongamos, por ejemplo, que cada uno de los estados en Estados Unidos fuera
una nación independiente. Entonces escucharíamos un montón de quejas
proteccionistas de las que ahora afortunadamente nos libramos. Pensemos en los
bramidos de los caros productores textiles en New York o Rhode Island
quejándose de la "injusta" competencia de "mano de obra
barata" desde Tennessee o North Carolina, o viceversa.
Afortunadamente, lo absurdo de la
preocupación sobre la balanza de pagos se hace evidente al considerar el
comercio entre estados. Nadie se preocupa sobre la balanza de pagos entre Nueva
York y Nueva Jersey, o por lo mismo entre Manhattan y Brooklyn, porque no existen
oficiales de aduanas que registren este comercio y dichas balanzas.
Si pensamos sobre esto, está claro
que la petición de fabricantes de Nueva York para imponer un arancel contra Carolina del Norte constituye un robo
a los consumidores de Nueva York (también de Carolina del Norte), una
apropiación de privilegios forzados por parte de empresas menos eficientes. Si
los 50 estados fuesen naciones separadas, el proteccionismo podría entonces
usar la seducción del patriotismo, desconfianza en los extranjeros, para camuflar
y salirse con la suya en el saqueo de los consumidores de su propia región.
Afortunadamente, los aranceles son
inconstitucionales. Pero incluso con esta clara barrera, e incluso sin poder
vestirse con la capa del nacionalismo, los proteccionistas han podido imponer
aranceles entre estados disfrazados de otra forma. Parte de la lucha por
incrementos continuos en el salario mínimo federal es para imponer una medida
proteccionista contra la competencia en menores costes laborales desde Carolina
del Norte y otros estados sureños contra sus competidores en Nueva York y Nueva
Inglaterra.
Durante los debates en el Congreso
en 1966 sobre subidas en el salario mínimo federal, por ejemplo, el Senador
Jacob Javits (R-NY) admitió libremente que una de sus principales razones para
apoyar la ley era paralizar a los competidores sureños de las firmas textiles
del estado de Nueva York. Como los salarios en el sur son generalmente más
bajos que en el norte, las empresas más perjudicadas por un incremento del
salario mínimo (y los trabajadores que se quedarían sin empleo) serían los del
sur.
Otra forma de imponer limitaciones al comercio entre estados ha
sido en nombre de la "seguridad". Los cárteles de la leche
organizados por el gobierno en Nueva York, por ejemplo, han evitado la importación
de leche de la vecina Nueva Jersey bajo el patentemente ridículo argumento de
que el transporte a través del río Hudson podría afectar a la "seguridad
alimentaria" de la leche.
Si los aranceles y restricciones al
comercio son buenos para un país, entonces ¿por qué no para un estado o región?
El principio es precisamente el mismo. Durante la primera gran depresión
americana, el pánico
de 1819, Detroit era una diminuta ciudad fronteriza con solo unos cientos
de personas. Sin embargo se alzaron los llantos de los proteccionistas (afortunadamente
no se les escuchó) para prohibir todas las "importaciones" de fuera
de Detroit, y se pidió a los ciudadanos que compraran solo productos de
Detroit. Si esta tontería se hubiera llevado a cabo, una hambruna general y la
muerte habrían acabado con los demás problemas económicos de Detroit.
Así que ¿por qué no restringir e
incluso prohibir el comercio, o sea las "importaciones" , dentro de
una ciudad, o el vecindario, o incluso la manzana, o llevar el argumento a su
conclusión lógica, es decir, a una familia? ¿Por qué no debería la familia
Jones emitir un decreto para que a partir de ahora ningún miembro de la familia
pueda comprar bienes o servicios producidos fuera de la casa familiar? El
hambre se llevaría rápidamente esta ridícula intención de autosuficiencia.
Y sin embargo este absurdo es
inherente a la lógica del proteccionismo. El proteccionismo corriente es igual
de ridículo, pero la retórica del nacionalismo y las fronteras nacionales ha
podido ocultar este hecho obvio.
El resumen es que el proteccionismo
no solo es una tontería, sino una tontería muy peligrosa, destructora de toda
prosperidad económica. No somos, si es que alguna vez lo fuimos, un mundo de
granjeros autosuficientes. La economía de mercado es una vasta celosía
alrededor del mundo, en la cual cada individuo, cada región, cada país, produce
aquello que se le da mejor, en lo que es más eficiente, y a cambio intercambia
ese producto por los bienes y servicios de otros. Sin la división del trabajo y
el comercio basado en esa división, el mundo entero pasaría hambre. Las
restricciones forzadas al comercio (como el proteccionismo) paralizan, maniatan y destruyen el comercio, la fuente
de vida y prosperidad. El proteccionismo es simplemente un intento de que tanto
los consumidores como la prosperidad general, sean dañadas para conceder un
privilegio permanente especial a grupos de fabricantes menos eficientes, a
costa de productores más eficiente y los propios consumidores. Pero es un
rescate peculiarmente destructivo, porque daña permanentemente el comercio bajo
la excusa del patriotismo.
El ferrocarril negativo
El proteccionismo es también
peculiarmente destructivo porque actúa como un incremento forzado y artificial de
los costes de transporte entre regiones. Una de las grandes características de
la Revolución Industrial, una forma en que trajo prosperidad a las masas
hambrientas, fue reduciendo drásticamente el coste de transporte. El desarrollo
de líneas férreas a principios del siglo XIX, por ejemplo, significó que por
primera vez en la historia de la raza humana, las mercancías podían ser
transportadas por tierra de forma barata. Antes de eso, el agua (ríos y océanos)
era la única forma de transporte económicamente viable. Al hacer el transporte
terrestre accesible y barato, los ferrocarriles permitieron al transporte
terrestre entre estados romper con los ineficientes monopolios locales. El resultado fue una enorme mejora
de las condiciones de vida para todos los consumidores. Y lo que los proteccionistas
quieren hacer es dar un hachazo a este fundamental principio del progreso.
No es de extrañar que Frederic
Bastiat, el gran economista francés del laissez faire de mediados del siglo
XIX, llamara
al arancel un "ferrocarril negativo". Los proteccionistas son tan
económicamente destructivos como si estuvieran físicamente cortando las vías
del tren, o los aviones, los barcos, y forzándonos a volver al transporte caro
del pasado: pistas de montaña, balsas o barcos mercantes.
Comercio “justo”
Veamos ahora algunos de los principales
argumentos proteccionistas. Tomemos por ejemplo, la consabida queja de que aunque
el proteccionismo "aprueba la competencia", ésta debe ser
"justa". Cada vez que alguien empieza a hablar de "competencia
justa" o incluso sobre "justicia" en general, es momento de no
quitarle ojo a la cartera porque están a punto de robártela. La verdadera
"justicia" está simplemente en los términos voluntarios de intercambio,
mutuamente acordados entre comprador y vendedor. Tal y como la mayoría de
escolásticos medievales fueron capaces de entender, no
hay precio “justo” distinto al precio de mercado.
Entonces ¿qué podría ser
"injusto" en el precio del libre mercado? Uno de las acusaciones comunes
proteccionistas es que es "injusto" para una firma estadounidense
tener que competir con, digamos, una empresa taiwanesa que solo necesita pagar
en salarios la mitad que su competidor estadounidense. Se requiere entonces al
Gobierno de los Estados Unidos que intervenga para "igualar" los
salarios imponiendo un arancel equivalente sobre la firma taiwanesa. ¿Pero
significa esto entonces que los consumidores no pueden favorecer nunca a firmas
de bajo coste porque es "injusto" que estas empresas tengan menores
costes que sus competidores ineficientes? Este es el mismo argumento que usaría
una empresa en Nueva York para paralizar a un competidor en Carolina del Norte.
Lo que los proteccionistas no se
molestan en explicar es por qué los salarios en Estados Unidos son mucho más
altos que en Taiwán. No los impone la providencia. Los salarios en Estados
Unidos son altos porque los empleadores estadounidenses los han elevado con su
demanda de trabajo. Como todos los precios en el mercado, los salarios se
determinan por oferta y demanda, y la mayor demanda de los empleadores
americanos es responsable de su subida. ¿Qué determina esta demanda? La
"productividad marginal" del trabajo.
La demanda de cualquier factor
productivo, incluyendo el trabajo, se constituye por la productividad del
factor, la cantidad de ingresos que el trabajador, o la libra de cemento, o el
acre de tierra, se espera que contribuya a la producción. Cuanto más productiva
la fábrica, mayor es la demanda de los empleadores, y mayor el precio de los
salarios. El trabajo norteamericano es más costoso que el taiwanés porque es
bastante más productivo. ¿Qué lo hace productivo? Hasta cierto punto, la
comparación de habilidades del trabajador, su pericia y educación. Pero la
mayor diferencia no se debe a las cualidades personales de los trabajadores,
sino al hecho de que están mejor equipados en capital que sus homólogos
taiwaneses. Cuanto más y mejor equipamiento de capital por trabajador, mayor es
la productividad del trabajador, y por consiguiente mayor su salario.
En resumen, si los salarios
americanos son el doble de los taiwaneses, es porque el trabajador americano
está mucho más capitalizado, equipado con más y mejores herramientas, y es por
lo tanto el doble de productivo. En un sentido, supongo que no es
"justo" que el trabajador americano cobre más que el taiwanés, no por
sus cualidades personales, sino porque los ahorradores e inversores los han
equipado con mejores herramientas. Pero es que un salario se determina no solo
por la calidad del personal sino por su relativa escasez, y en los Estados
Unidos el trabajador es mucho más escaso comparado con el capital que en el
caso de Taiwán.
Por lo tanto, el problema que tiene
el empleador americano no es la "mano de obra barata" en Taiwán,
porque la "mano de obra cara" en los Estados Unidos es precisamente
el resultado de demandar mano de obra que es escasa. El problema de las
empresas textiles americanas menos eficientes no es tanto la mano de obra
barata en Taiwán o en Japón sino el hecho que otras industrias son lo
suficientemente eficientes para podérselo permitir, en primer lugar porque ya
elevaron tan alto los salarios.
Así que a través de la imposición
de aranceles y cuotas para salvar, rescatar y mantener a las menos eficientes
empresas estadounidenses textiles, automovilísticas o de microchips, los
proteccionistas no solo dañan al consumidor americano. También dañan a las
empresas e industrias que son eficientes, evitando que empleen recursos que
ahora están ligados en firmas incompetentes, y que podrían utilizarse para
expandir y vender sus productos eficientes en casa o en el extranjero.
El "dumping"
Otra línea contradictoria de ataque
proteccionista al mercado libre asegura que el problema no son tanto los bajos
costos que disfrutan las empresas extranjeras, como la "injusticia"
de vender sus productos "por debajo del coste" al consumidor
americano, y por lo tanto entrando en la perniciosa práctica del
"dumping". Debido a este dumping pueden ejercer una injusta ventaja
sobre empresas americanas que presumiblemente jamás cometen estas prácticas al
asegurarse de que sus precios son siempre suficientemente altos para cubrir
costes. Pero si vender por debajo del costo es un arma tan formidable, ¿por qué
no lo intentan las empresas dentro del propio país?
Nuestra primera respuesta a esta
acusación es una vez más mantener nuestra atención en el consumidor en general
y el consumidor estadounidense en particular. ¿Por qué debería ser motivo de
queja que el consumidor se beneficie tan claramente? Supongamos por ejemplo que
Sony está dispuesta a dañar sus competidores estadounidenses vendiendo sus
televisores por un centavo la pieza. ¿No deberíamos alegrarnos ente tal absurda
política de sufrir severas pérdidas subsidiando al consumidor estadounidense? ¿Y
no deberíamos responder, " ¡Venga Sony, subsídianos un poco más!"?
Para el consumidor, cuanto más "dumping" tenga lugar, mejor.
¿Pero qué pasa con los pobres
fabricantes estadounidenses de televisores, cuyas ventas sufrirán mientras Sony
esté dispuesto a regalar sus aparatos? Bien, seguramente la política más sensata
para RCA, Zenith, etc. sería aguantar la producción y las ventas hasta que Sony
termine en quiebra. Pero supongamos que lo peor ocurre para RCA, Zenith y demás
y ellos a su vez terminan en bancarrota debido a la guerra de precios de Sony.
Bien, en ese caso, nosotros los consumidores estaremos aún mejor, porque las
fábricas de las empresas quebradas, que todavía existirían, se subastarían por
casi nada y los compradores americanos en la subasta podrían entrar en el
negocio de los aparatos de televisión y machacar a Sony ahora que disfrutan de
mucho menores costes de capital.
Durante décadas, de hecho, los
oponentes del libre mercado han argumentado que mucho negocios ganaron su
estatus poderoso en el mercado por lo que se llamaba "reducción predatoria
de precios ", o lo que es lo mismo, a través de llevar a sus competidores
más pequeños a la quiebra vendiendo su producción por debajo del costo, y
entonces aprovechándose de sus métodos injustos y elevar sus precios cargando
"precios monopolísticos" a los consumidores. La queja es que mientras
los consumidores puede que ganen en el corto plazo debido a las guerras de
precios, el "dumping" y el vender por debajo del costo, les hacían
perder en el largo plazo debido al mencionado monopolio. Pero como hemos visto,
la teoría económica demuestra que esto sería un juego de tontos, perdiendo
dinero las empresas que hagan "dumping" y nunca alcanzando realmente el
objetivo de precios monopolísticos. Y lógicamente, investigaciones históricas
no han podido señalar ni un solo caso en que esta práctica de precios
predatorios, al intentarse haya sido exitosa, y en la práctica ha habido muy
pocos casos que se haya intentado.
Otra acusación dice que los
japoneses y otras empresas pueden permitirse este dumping porque sus gobiernos
subsidian sus pérdidas. Pero una vez más, deberíamos dar la bienvenida a tan
absurda política. Si el gobierno japonés quiere malgastar recursos escasos
subsidiando las compras americanas de Sonys, ¡cuánto mejor! Su política será
igual de errada como si las pérdidas fueran privadas.
Hay otro problema con esta
acusación de "dumping", incluso por parte de economistas u otros así
llamados "expertos" que se sientan en comisiones arancelarias
imparciales y oficinas del gobierno. No hay forma alguna de que estos
observadores externos, sean economistas, hombres de negocios u otros expertos,
puedan saber cuáles son los costos de producción de otras empresas. Los
"costos" no son entidades objetivas que puedan medirse. Los costes
son subjetivos al hombre de negocios, y varían continuamente, dependiendo del
horizonte temporal del empresario y de la fase de producción con la que esté
tratando en cada momento.
Supongamos por ejemplo, que un
comerciante de fruta ha comprado una caja de peras por 20$, cada libra por 1$.
Tiene la esperanza y expectación de vender esas peras por 1,5$ la libra. Pero
entonces pasa algo en el mercado de las peras y encuentra imposible vender la
mayor parte de ellas por ese precio. De hecho, se encuentra que tiene que
venderlas por lo que sea antes de que se pudran. Supongamos que finalmente
vende las peras a 70 centavos la libra. El observador externo podría decir que
el frutero ha vendido quizás "injustamente" las peras "por
debajo del coste" al entender que el coste del comerciante era de 1$ la
libra.
Industrias "bebé"
Otra falacia proteccionista
sostiene que el gobierno debería imponer un arancel para proteger
temporalmente, o ayudar a nacer, a una industria "bebé". Entonces,
cuando la industria esté bien establecida, el gobierno, debería de retirar y
retiraría este arancel y echaría a esta ahora "madura" industria al
mar de la competencia.
Esta teoría es una falacia, y la
política ha demostrado ser desastrosa en la práctica. No hay más necesidad de
protección gubernamental para una nueva y joven industria de la competencia
extranjera que la que hay de protegerla de la competencia nacional.
En las últimas décadas, las
"bebés" de los plásticos, televisión e industrias de las computadoras
han salido bien adelante sin tal protección. Cualquier gobierno que subsidiara
una nueva industria canalizaría demasiados recursos a esa industria comparada
con empresas más viejas, y traería distorsiones que podrían persistir y dejar a
la empresa o industria permanentemente ineficiente y vulnerable a la
competencia. Como resultado, los aranceles para las "industrias bebé"
han tendido a convertirse en permanentes, independientemente de la
"madurez" de la industria. Los que proponen estas medidas se han
dejado llevar por una analogía biológica equivocada con los "bebés"
que necesitan cuidados adultos. Pero es que una empresa no es una persona, ni
joven ni vieja.
Industrias más maduras
De hecho, en años recientes,
industrias más maduras que son notoriamente ineficientes han estado usando lo que podría llamarse el
argumento "de industria senil" para su proteccionismo. La industria
del acero, la de los coches y otras que no pueden competir se han estado
quejando de que "necesitan un poco de espacio para respirar" y así
recapitalizarse y volverse competitivas con las rivales extranjeras, y que este
espacio podría lograrse con unos cuantos años de aranceles y cuotas a la
importación. Este argumento tiene tantos agujeros como lo de las industrias
bebé excepto que sería incluso más difícil saber cuándo la industria
"senil" se ha rejuvenecido mágicamente. De hecho, la industria del
acero siempre ha sido ineficiente desde sus comienzos, y su edad cronológica no
parece que cambie su condición. El primer movimiento proteccionista en los
Estados Unidos fue el de 1820, encabezado por la industria del hierro (más
tarde hierro y acero), que se alimentó artificialmente durante la guerra de
1812 ya que estaba en grave peligro por los más eficientes productores
foráneos.
El no-problema de la balanza de pagos
Un conjunto final de argumentos, o más
bien alarmas, se centra en los misterios de la balanza de pagos. Los
proteccionistas se concentran en los horrores de que las importaciones superen
a las exportaciones, implicando que si las fuerzas del mercado continúan sin
control, los americanos podrían terminar comprándolo todo en el exterior, no
vendiendo nada, y por lo tanto el consumidor americano se habría beneficiado a
costa de las empresas americanas. Pero si las exportaciones realmente cayeran a
cero, ¿dónde encontrarían los estadounidenses el dinero para comprar los
productos extranjeros? La balanza de pagos, como dijimos antes, es un
pseudoproblema creado por la existencia de estadísticas aduaneras.
Durante la era del patrón oro, un
déficit en la balanza de pagos era un problema, pero solo por la naturaleza del
sistema bancario de reserva fraccionaria. Si los bancos estadounidenses,
alentados por la Fed u otras formas previas de banco central, inflaban el
crédito y el dinero, la inflación monetaria estadounidense conducía a mayores
precios en Estados Unidos y esto desincentivaba las exportaciones e incentivaba
las importaciones. El déficit resultante tenía que pagarse de alguna forma y
esto durante la era del patrón oro significaba pagarlo en oro, la moneda
internacional. Así que cuando el crédito se inflaba, el oro empezaba a
abandonar el país, lo que ponía al sistema bancario de reserva fraccionaria en
una posición aún peor. Para atajar la amenaza de insolvencia que suponía el
flujo de oro al exterior, los bancos se veían forzados a contraer el crédito,
precipitando una recesión y revirtiendo el déficit de balanza de pagos, y esto
devolvía el oro al país.
Pero ahora, en la era del dinero
fiduciario, la balanza de pagos no importa nada. El oro ya no es un
"elemento compensatorio". En efecto, no hay déficit de balanza de
pagos. Es verdad que en los últimos años las importaciones han sido mayores que
las exportaciones en 150 mil millones de dólares más o menos al año. Esto no ha
sacado oro del país. Tampoco se van los dólares. El mencionado déficit ha sido
pagado por los extranjeros que invierten una cantidad equivalente de dinero en
dólares americanos: en bienes raíces, bienes de capital, acciones americanas y
cuentas corrientes.
En efecto, en los dos últimos años,
los extranjeros han estado invirtiendo tanto de sus propios fondos que esto ha
mantenido el dólar alto, permitiéndonos comprar importaciones baratas. En vez
de preocuparnos y quejarnos por esto, deberíamos alegrarnos que los inversores
foráneos estén dispuestos a financiar nuestras importaciones baratas. El único
problema es que esta bonanza se está terminando, al depreciarse el dólar y encarecerse
las exportaciones.
Concluimos que la pila de
argumentos proteccionistas, algunos plausibles a simple vista, son realmente un
montón de falacias. Demuestran una total ignorancia del más básico análisis
económico. De hecho, algunos de los argumentos son casi vergonzosas réplicas de
los más ridículos argumentos mercantilistas del siglo XVII: como por ejemplo, que es de alguna forma calamitoso
que los Estados Unidos tengan un déficit comercial, no solo global, sino con un
país específico, por ejemplo Japón.
¿Debemos entonces volver a aprender
las refutaciones de los más sofisticados mercantilistas del siglo XVIII, a
saber, que las balanzas con países específicos se cancelan mutuamente y lo que
debe preocuparnos es solamente la balanza global ? (No digamos comprender que la balanza global
tampoco es ningún problema). No obstante no necesitamos releer la literatura
económica para entender que el ímpulso proteccionista no viene de teorías
absurdas, sino de la búsqueda de forzados privilegios y restricciones al
comercio a costa de los competidores más eficientes y de los consumidores.
En el grupo de intereses especiales
que usan el aparato político para reprimir y robarnos al resto, los
proteccionistas están entre los más viejos.
Ya es hora de que les demos para siempre la espalda y les tratemos con
la indignación que tanto se merecen.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este
artículo de Making Economic
Sense (1995) apareció originalmente en Mises.org el 13 de julio de
1998.