Por Morgan A. Brown. (Publicado el 16 de noviembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5803.
La consideración de Shakespeare
como dramaturgo legendario es en parte resultado de cuatro siglos de revisión y
reconstrucción textual. Muchos de los trabajos que se dedicaron a perfeccionar
los textos publicados de Shakespeare se hicieron en las primeras seis décadas
del siglo XVIII. Durante ese periodo aparecieron no menos de seis ediciones
importantes del corpus dramático de Shakespeare en el mercado editorial de
Londres, publicados por Jacob Tonson y su sobrino nieto de igual nombre.
Cada edición que realizaban los
Tonson estaba sujeta a un fiero debate, a una feroz crítica y a la competencia
del mercado. Lo que produjo este proceso de competencia y redistribución en los
1700 fue un Shakespeare más ordenado, digerible y magistral que cualquier otro
reflejo del bardo que hubiera existido 100 años antes.
El contemporáneo de Shakespeare,
Ben Jonson, alababa las obras del bardo como “no de una época, sino de todos
los tiempos”, en su póstuma edición First Folio (1623) del
teatro de Shakespeare. Pero esos pomposos encomios eran tan comunes en la
Inglaterra isabelina y eduardiana que quien esté familiarizado con los versos
de compromiso considera esos panegíricos como una mera convención. En otras
palabras, la publicación del First Folio no indica un acontecimiento de impacto
en las letras inglesas. La estrella aún no había nacido. Las reproducciones de
First Folio reaparecieron en 1632, 1664 y 1685, cada una con varias
correcciones, enmiendas e innovaciones textuales (además de la inclusión de
libretos cuya autoría se atribuía erróneamente al bardo).
De todos los pecados que puede
cometer un escritor, Shakespeare había cometido el verdaderamente mortal: nunca
estableció textos fidedignos para sus obras teatrales a lo largo de su vida.
Hasta la década de 1700, los textos de Shakespeare estaban se encontraban en un
estado vergonzoso. La promesa de eternidad de los versos de compromiso de
Jonson, en su mayor parte no se había cumplido en la imagen popular.
Jacob Tonson y su sobrino nieto
vieron una oportunidad de beneficio y decidieron publicar ediciones completas
de Shakespeare para poner fuera Shakespeare del mercado ediciones inferiores.
Como consecuencia accidental, los textos de Shakespeare se acercaron más a la uniformidad
y la excelencia poética, estimulando al tiempo la crítica sobre las obras del
bardo. Los Tonson contrataban continuamente a lo que consideraban la crema de
la pléyade literaria para producir sus ediciones en octavo nuevas y mejoradas: Nicholas
Rowe, Alexander Pope, Lewis Theobald, William Warburton, Samuel Johnson y
Edward Capell. Aunque los Tonson eran capitalistas imperfectos (eran
monopolista por razón de los derechos de autor), la empresa editora se las
arregló para revolucionar la literatura mundial motivados por la muy denostada
búsqueda del beneficio, en una época en la que el mecenazgo aristocrático se
estaba suplantando gradualmente por el mercado.
Se ha vilipendiado a los editores
del siglo XVII por los posteriores editores contratados por el heredero de
Tonson, Jacob el Joven. Incluso estos primeros editores hicieron mejoras
significativas en el texto del First Folio de Shakespeare al revisar la
gramática, puntuación y elección de palabras del bardo. Rivalizaban entre sí
por establecer sus propias reputaciones profesionales, a veces modernizando los
textos de Shakespeare y a veces arreglando errores en los “originales”. En Hamlet, por ejemplo, el ingenio de un
editor pionero salvó a Laertes de ser recordado por siempre por la posteridad
como un apologista de la tiranía.
En el acto cuarto de Hamlet, Laertes entre en la corte del
rey Claudio y se enfrenta al rey. Reclamar saber quién ha matado a su torpe
viejo padre Polonio. Claudio expresa alguna preocupación por el estado mental
de Laertes, ya que sabe que el príncipe Hamlet es el culpable contra el que
Laertes ha jurado venganza. El fratricida sin escrúpulos ve sin embargo en
Laertes un asesino conveniente que podría librar a la corte del problemático
príncipe. En el First Folio de 1623, Laertes promete mostrar piedad a los
verdaderos amigos de Polonio con una comparación que sorprende por su
desagradable estatismo:
A sus buenos amigos, abro así mis
brazos ampliamente:
Y como el tipo de político que rinde su vida
Los alimento con mi sangre.
Según lo que habría puesto First Folio,
Laertes hace una comparación vital entre la amistad y la política de estado.
Solo el “político” que se sacrifica a sí mismo puede demostrar en qué consiste
la verdadera amistad, es decir, permitiendo a los amigos más íntimos de Polonio
amamantarse de la gran ubre del poder de un funcionario glorificado.
Por suerte para la posteridad, un
editor tuvo la gran presencia de ánimo como para reconocer el absurdo de una
proposición tan desagradable. De un tirón, el editor preservó eternamente el
honor de Laertes encontrando una palabra que “empezaba por p, terminaba por n y
contenía una i, una a y una c” que preservaba el significado de Laertes: “pelícano”, por
cierto. Según
la tradición, el pelícano hembra se creía que revivía a sus hijos con sangre
tomada de una herida en su pecho.
El noble “pelícano” sigue con
nosotros hasta hoy en nuestras ediciones limpias y eruditas de Hamlet. La posteridad ha ocultado el
sinsentido de Laertes acerca de políticos que dan la vida y los editores de
Shakespeare se las arreglaron para revelar una verdad profunda y universal en
el proceso: incluso un pelícano puede hacer el trabajo del político con la
mitad de su peligro y el doble de sensatez.
Aparte de estas trivialidades
trascendentales, permanece el hecho de que Shakespeare estuviera lejos de ser
una figura legendaria en el mundo del teatro hasta mediados del siglo XVIII.
Sus obras se representaban poco e incluso cuando se hacía, los libretos que
consultaban los actores estaban lejos de ser refinados. Las compañías teatrales
recortaban hasta el mínimo los a menudo largos monólogos de Shakespeare para
mantener la atención de la audiencia.
Entretanto, las audiencias
preferían a menudo ver elaboradas adaptaciones operísticas y revisiones de las
obras de Shakespeare realizadas por Dryden, Betterton o William Davenant.
Muchas de esas adaptaciones apenas pueden reconocerse como Shakespeare. Como
las obras del bardo estaban podadas, Shakespeare seguía sin estar del todo en
la imaginación del público. Muchos espectadores de teatro nunca tuvieron la
posibilidad de conocer los talentos poéticos de Shakespeare al completo.
Incluso cuando los Tonson
produjeron y reprodujeron sus seis ediciones de Shakespeare en la década de
1700, pusieron su empeño por detrás de otros poetas y dramaturgos. Shakepeare
estaba lejos de ser único respecto de la atención prestada a sus obras y era
solo un poeta de entre los muchos incluidos en las series de clásicos populares
de la casa Tonson. La campaña editorial del bardo solo continuaría mientras los
beneficios de las producciones de Tonson cubrieran las inversiones iniciales.
En el siglo XVIII, el prestigio de
Shakespeare entró en un periodo de auge prolongado. Mediante la competencia en
el mercado, los editores de Tonson establecieron una creciente oferta de textos
para atender la demanda de refinamiento en los textos. Shakespeare saltó del
escenario al libro, lo que fue una transición que favoreció la reputación del
dramaturgo entre sus críticos del siglo XVIII.
En 1709, Nicholas Rowe se ocupó de
la primera edición completa de los obras de teatro de Shakespeare a cambio de
36,10₤, que era una suma muy elevada para el trabajo chapucero de Rowe.
Tonson vendía el Shakespear de Rowe a
las élites sociales y su primera edición “se vendía por 30 chelines, una suma
que la ponía muy lejos de los medios de la mayoría de los consumidores de
libros”. Fue
el primer intento de un Shakespeare fidedigno y la obra estimuló la demanda
entre suscriptores y el mercado.
Rowe confiaba demasiado en el
Fourth Folio (1685), lo que ocasionó la propagación de muchos errores, erratas
e incluso obras falsas que no pertenecían a Shakespeare. También modernizó el
lenguaje de Shakespeare, una decisión sobre la que muchos críticos
contemporáneos han expresado su aborrecimiento. Pero debería recordarse que
incluso en 1668, Dryden encontraba arcaico y difícil de entender el lenguaje de
Shakespeare. La obra de Rowe pretendía reconciliar la legibilidad y la
fidelidad a unas fuentes defectuosas. Este Shakespear
pionero fue un éxito comercial, en parte porque los críticos tenían mucho de lo
que quejarse.
Antes de la edición de seis
volúmenes en octavo de Rowe, las obras de Shakespeare ya habían tenido que
dividirse uniformemente en actos y escenas. Las obras isabelinas se escribían
para su representación continuada y por tanto no seguían un formato claro de
actos y escenas. El First Folio había
introducido la estructura dramática clásica en cinco actos, pero la división en
escenas experimentó muchas ediciones durante los siguientes 200 años, ya que
nunca estuvo claro que el First Folio hubiera marcado los lugares apropiados de
división.
El Shakespear de Rowe fue machacado por los críticos, pero Tonson
salvó al proyecto de un desastre completo a través de una serie de decisiones
maestras de publicación. Imprimió listas de dramatis
personae para prologar cada obra, incluyó acotaciones (a menudo
incoherentes con ediciones anteriores) e incluyó una serie de bellas
ilustraciones para cada obra, representando las escenas clave. Estas
atracciones, que se convirtieron en un patrón para posteriores ediciones de
Tonson, supusieron mejoras significativas en el estado de los textos de
Shakespeare. Una contribución duradera de Rowe a la bardolatría fue su
biografía de Shakespeare.
En 1710, Edmund Curll (que fue
convertido para siempre en el prototipo del editor sin escrúpulos en La dunciada de Alexander Pope) publicó
un “séptimo” volumen que intentó colar como una producción original de
Rowe-Tonson. El “séptimo” volumen incluía las obras poéticas de Shakespeare, de
las que no se ocupó Rowe. Cuando se reimprimió la edición de Rowe en ocho
volúmenes, Curll reimprimió su edición pirata como el “noveno” que faltaba.
Curll puede no ser recordado como un dechado de honradez en el mercado, pero
incluso él tuvo un papel importante en aumentar el beneficio eterno del bardo
al divulgar sus obras.
Entre 1723 y 1725, Tonson consiguió
que el gran sabio de Inglaterra, Alexander Pope, editara una versión de las
obras de Shakespeare. Tonson había publicado antes el inimitable Ensayo sobre la crítica de Pope (1711),
junto con las Pastorales. El Shakespear de Pope se recuerda hoy
principalmente por su prólogo. La hostilidad de los críticos a las decisiones
editoriales de Pope, que fueron algo ridiculizadas en manos de sus
competidores, acabaría empujando al famoso satírico a escribir su hilarante
obra maestra, La dunciada.
En La dunciada, Pope se burla de los editores pedantes, los malos
traductores, los poetas pedestres y el mercado de los libros (un mundo de
ingenios comerciales que a menudo resultaba hostil a la propia poesía de Pope).
Casi por accidente, el mercado de Shakespeare de Tonson llevó a la creación de
la mejor de las sátiras del idioma inglés.
Por un lado, la técnica de edición
de Pope en su Shakespear es
fascinante para el estudioso de Pope. Por el otro, los críticos durante casi
tres siglos han sostenido que el Shakespear
de Pope es precisamente un brillante ejemplo de lo que un estudioso de los
textos nunca tendría que hacer. La posteridad puede leer a Shakespeare y saber
sin ninguna duda qué paisajes gustaban más a Pope en la obra de Shakespeare.
Pope incluyó una serie de marcas y símbolos (cruces, comillas y asteriscos) en
los márgenes del texto para remarcar lo que Pope consideraba que eran las
“bellezas” concretas de Shakespeare. Aunque
estas marcas son interesantes para los estudiosos de Pope, muchos críticos (en
particular, Samuel Johnson) encuentran esta táctica editorial como de mal
gusto. En una de las peores decisiones editoriales de su carrera, Pope decidió
sencillamente “hacer desaparecer” del texto las peores estrofas de Shakespeare,
relegándolas a discretas notas a pie de página.
La edición de Pope era demasiado
cara y, como la de Rowe, olvidaba las obras poéticas de Shakespeare. De nuevo
apareció una edición rival entre las editoriales de la competencia que ofrecía
lo que los Tonson no incluían en sus ediciones.
Entre los muchos críticos de Pope
se encontraba Lewis Theobald (el “Tibbald” de La dunciada de Pope). Es verdad que Pope se merecía todas las
críticas recibidas y Theobald consiguió señalar todos los defectos en el texto
de Pope en Shakespeare Restor'd
(1727). A pesar de que Theobald despreciaba el proyecto de Tonson al destrozar
el Shakespear de Pope, aparentemente
a Tonson le impresionó tanto el conocimiento de Theobald que el invitó a
realizar su propia edición de Shakespeare.
En Marketing the Bard, Don-John
Dugas nos da una visión refrescante de las habilidades empresariales de
Theobald. Con una mercadotecnia inteligente y mucha labia, Theobald se las
arregló para más que maquillar su falta de renombre. Tonson y Theobald acodaron
imprimir 500 copias con un coste de 600₤, que era casi el triple del coste de
lo que Pope había recibido por su trabajo.
Theobald parece haber sido tan
competente como vendedor como como editor, pues la evidencia sugiere que vendió
por adelantado toda la edición antes de publicarla. (…)Theobald ganó 1.155₤ por
estas ventas, más 126₤ más como obsequio del Conde de Orrery y el Príncipe de
Gales. Ningún editor de obras de Shakespeare publicadas por los Tonson ganó más
dinero que Theobald por su edición, ni siquiera Samuel Johnson.
Las ediciones de Theobald costaban
entre 2,2₤ y 3,3₤, haciéndolas más caras que las de Rowe, pero mucho menos que
las de Pope.
Samuel Johnson, el consumado
crítico tory, produjo una rica edición de la obras de Shakespeare para Tonson
el Joven para obtener un respiro en su eterna lucha contra las deudas. Era una
práctica habitual en un escritor empresario solicitar capital en forma de
suscripciones, que serviría como adelanto de futuros beneficios para llegar a
completar el proyecto. En 1756, Johnson había publicado una solicitud de
suscripciones para una nueva edición de Shakespeare. Johnson prometió arreglar
muchos de los errores de sus predecesores, pero el proyecto se interrumpió dos
años después cuando Johnson fue a la cárcel de deudores por una deuda pendiente
de 40₤. Tonson sacó a Johnson de sus problemas, rogándole que acelerara sus
trabajos. Durante los siguientes cuatro años, Johnson luchó por avanzar en
ellos y sus suscriptores empezaron a quejarse ante el retraso. Por fin terminó
su obra en 1765 y fue publicada de inmediato con un notable éxito.
En su prólogo, Johnson escribía una
de las mejores piezas de crítica literaria en inglés. Captaba el verdadero
espíritu de la excelencia de Shakespeare como poeta de la naturaleza y resumía
una de las claves para un éxito literario duradero: “Nada puede agradar a
muchos y por mucho tiempo, sino las representaciones de naturaleza general”. En
su edición aparecían copiosas notas a pie de página, acotaciones extensas y una
cristalización de los méritos y deméritos de los editores que le precedieron.
Shakespeare fue un hombre de un
talento extraordinario (o eso suponemos por los textos de que poseemos). El
bardo podría haber sido el mayor éxito literario que no se produjo si no
hubiera sido por el espíritu de competencia que prevaleció a principios del
siglo XVIII entre libreros rivales. John Dryden satirizó a Tonson, su propio
editor, como un hombre “con cara de toro”, “con dos piernas izquierdas y pelo
del color de Judas, / Con poros descuidados que contaminan el aire que le
rodea”; pero la posteridad debe al editor y sus descendientes una enorme deuda
de gratitud. Detrás de la loa
universal a William Shakespeare se encuentran un pequeño editor, torpe y
pecoso, su emprendedor sobrino nieto y seis editores emprendedores que cambiaron
para siempre el rostro de la literatura mundial.
Morgan A. Brown es profesor de
inglés en el Georgia Highlands College, donde enseña composición, lógica y
gramática. Esta realizando su doctorado en estudios literarios en la
Universidad de Georgia State, centrado principalmente en la literatura de la
Restauración y el siglo XVIII. Vea su sitio web: MABrown.org