La paradoja de los indignados

Por Axel Kaiser. (Publicado el 17 de octubre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5762.

* Traducido por José Félix Ontañón

 

Una ola de agitación social está sacudiendo el mundo. En Occidente, la prensa ha denominado a los manifestantes "los indignados". El nombre ha sido tomado del folleto ¡Indignaos! (Indignez-vous!) del pensador francés Stéphane Hessel. La indignación por la situación política y económica en el mundo occidental está justificada. En Europa y Estados Unidos, la diferencia entre las élites financieras y el resto del mundo ha crecido, mientras que los políticos se han convertido en una especie de nobleza moderna desconectada de las realidades del hombre de a pie. Las democracias han fallado en garantizar un juego limpio entre los diferentes actores sociales, poniendo en peligro su propia existencia.

La percepción de que algo está fundamentalmente equivocado en las sociedades occidentales explica por qué Hessel ha vendido millones de copias de su breve y provocativo panfleto, el cual disparó los movimientos sociales en Francia y España. Explica también la aparición del Ocupa Wall Street en los Estados Unidos, un movimiento que oficialmente se declara inspirado por las acampadas españolas (“los acampados”). El efecto estimulante del panfleto de Hessel nos ha recordado que intelectuales y líderes de opinión, como insistió Karl Popper, deben ser particularmente cuidadosos y responsables con las ideas que proliferan. No se debe olvidar la advertencia de Isaiah Berlin “cuando las ideas son descuidadas por los que debieran preocuparse de ellas —es decir, por lo que han sido educados para pensar críticamente sobre ideas—, éstas adquieren a veces un carácter incontrolado y un poder irresistible sobre multitudes de seres humanos que pueden hacerse demasiado violentos para ser afectados por la crítica de la razón”.[1] Es una lección de la historia del marxismo y el nacional socialismo que no podemos olvidar.

De forma peligrosa, Hessel no ha entendido que la suya sea la misma actitud que acabó en el nazismo y el comunismo: el colectivismo. De hecho, tanto el nacionalsocialismo como el socialismo se derivan de un rechazo de la filosofía individualista que sentó las bases de la civilización occidental.

Individualismo significa, en este contexto, que cada persona se considera única, un fin en sí mismo que diría Kant, y por lo tanto libre de perseguir sus propios objetivos. Libertad es así, como estableciera John Locke en su famosa frase, “el estar libre de las restricciones y la violencia de otros”.[2] Esta idea de libertad como ausencia de coacción es la piedra angular de cualquier sociedad próspera y abierta. Solo cuando los individuos son libres de perseguir sus propios fines, haciendo el mejor uso posible de los conocimientos que poseen puede existir un orden civilizado de voluntaria y pacifica cooperación. Y solo cuando la coacción ha sido reemplazada por acuerdos voluntarios entre personas puede florecer el progreso. No es casualidad que los mayores logros de la historia hayan sido producto de la libertad para perseguir fines individuales: ninguna obra o invento tecnológico importante ha sido creado bajo coacción.

La idea de que los hombres tienen que disfrutar de la libertad necesaria para perseguir sus propios fines es exactamente lo que rechaza el colectivismo. Para la mente colectivista, el interés individual tiene que estar subordinado a lo abstracto del bien común. La llamada de Hessel a “un orden económico racional en el que se subordine el interés individual al interés general”, resume perfectamente la actitud colectivista. Una vez que esta idea se acepta no hay límite para la intervención del gobierno. A partir de entonces, el gobierno puede obligar a los individuos a seguir cursos de acción determinados, que no les son propios, bajo el pretexto de servir al bien común, lo que socava la libertad y el progreso.

La ficción del gobierno

La tragedia de honestos intelectuales de izquierda que animan a movimientos como el Ocupa Wall Street es que, sin darse cuenta, están indignados por lo que es en gran medida el producto de su propio pensamiento. El mejor ejemplo es el propio Hessel. Él afirma que los principios fundamentales de una sociedad libre, humanista y democrática han sido sustituidos por un sistema en el que prevalecen la maximización y el capitalismo financiero sin control. Un mundo mucho mejor, insiste, sería aquél en el que el interés individual esté subordinado al interés general. Esto puede lograrse mejor si el gobierno juega un papel más importante en la economía.

Primero hay que preguntarse si existe razón alguna para creer que el gobierno realmente se preocupa por el bien común. ¿No son acaso los burócratas y políticos personas como todas los demás? ¿Se equivocaba Lord Acton cuando dijo que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”? Y si estaba en lo cierto, ¿es razonable pensar que aquellos que están en el poder - y por lo tanto actualmente corruptos - pondrían su propio interés a un lado con el fin de servir a un ideal abstracto, llamado el “bien común”?

Hessel incluso denuncia que los grupos de presión se han apoderado del gobierno en “las más altas esferas”. Sin embargo, parece creer que si el gobierno tuviera más control sobre las industrias, la corrupción no haría su dañino trabajo. En otras palabras, para Hessel, si políticos y burócratas tuvieran más poder del que tienen actualmente, el sistema podría ser menos corrupto. Pero la historia demuestra que Lord Acton tenía razón: a más poder en las manos de los que gobiernan, más corrupto se vuelve el sistema. El mayor fracaso del socialismo no fue que produjera la miseria económica en las masas a las que se suponía ayudar, sino que creara un sistema de clases más violento y rígido que cualquier otra cosa que el mundo occidental hubiera visto nunca. La máxima central del socialismo - a saber, la igualdad - fue entregada tan pronto como los líderes revolucionarios consolidaron su poder sobre el Estado. La nueva élite creó un sistema de dos clases que se basaba en la coacción sistemática: por un lado estaban los líderes de los partidos y sus amigos que vivían como reyes disfrutando de todo tipo de lujos, muchos de ellos importados de todo el mundo capitalista, y por el otro todos los demás, luchando por su supervivencia.

Todavía podríamos preguntarnos qué pasaría si los líderes políticos no fueran corruptibles. ¿Funcionaría la idea de Hessel entonces? Supongamos por un momento que James Madison estaba equivocado y que estuviéramos, de hecho, gobernados por ángeles, esto es, por seres incorruptibles que solo usarían su poder para la búsqueda del bien común. Supongamos también que estos ángeles disponen de todos los medios materiales necesarios para lograr sus nobles fines. Ahora la pregunta es, ¿es la pureza de las intenciones garantía de la calidad de los resultados de las acciones de alguien? ¿Saben los hombres moralmente superiores y poderosos mejor que nosotros qué es lo mejor para nosotros? Y lo más importante, ¿estaríamos dispuestos a aceptar la obligación de hombres honestos o incluso ángeles a hacer lo que ellos piensan que es mejor?

Aquí se hace aún más evidente que el argumento de Hessel se basa en una falsedad: la idea de que el bien común o el interés general es algo distinto de la suma de todos los intereses individuales, y de que el gobierno es una entidad independiente que a través de la coacción puede elevar la sociedad a un mayor grado de perfección moral y felicidad. Pocas ideas en la historia han demostrado ser más atractivas y al mismo tiempo más destructivas que ésta. Aquellos que, como Hessel, la aprueban, ignoran el hecho de que los mayores males no son generalmente el resultado de hombres malvados tratando de dañar a otros, sino de buenos hombres tratando de ayudar a otros que ni siquiera conocen. Henry David Thoreau comprendido plenamente esto cuando escribió: “Si supiera con certeza que un hombre llegaría a mi casa con el designio consciente de hacerme el bien, correría a salvarme”.[3] Si los ángeles gobernaran a los seres humanos, ninguno de nosotros se salvaría de la muerte por un bien superior.

La ficción es que un gobierno pueda salvaguardar un bien común que trascienda al diverso e irreductible mundo complejo de los intereses individuales y que esto implique necesariamente la idea de que también pueda proveer nuestras necesidades. Esta falacia es el origen del mito fatal del Estado del Bienestar - una idea provocada por el liberalismo racionalista francés. Este tipo de liberalismo, como señaló Friedrich von Hayek, no veía los límites en el poder de la razón humana para planificar la vida social y económica, convirtiéndose así en el precursor de los movimientos colectivistas como el socialismo y el fascismo.

Nadie entendió las implicaciones de este mito mejor que Frédéric Bastiat, intelectual francés al que apenas se le conoce en su propio país. Escrito poco después de la Constitución de 1848, Bastiat sostenía que a diferencia de los estadounidenses, que no esperaban nada más que de sí mismos, los franceses habían trasladado la provincia de la construcción social en la abstracción de gobierno. Era la responsabilidad del Estado elevar la sociedad a un nivel superior de la moralidad, felicidad y bienestar material. Un ejemplo de esta falsa creencia, de acuerdo con Bastiat, se encontraba en la Constitución francesa de 1848, que declaraba: “Francia se ha constituido como una república con el propósito de elevar a todos los ciudadanos a un grado cada vez mayor de la moralidad, ilustración y bienestar”. Bastiat señaló que este nuevo gobierno era una “creación quimérica desde la que ciudadanos pueden exigir todo”. Para Bastiat esto solo podría conducir a una crisis sin fin y a revoluciones:

Sostengo que esta deificación del Gobierno ha sido en el pasado, y será en adelante, fértil fuente de calamidades y revoluciones. He aquí el público de un lado, el Estado del otro, considerados como dos seres distintos; éste teniendo que entregar a aquél, aquél teniendo el derecho a reclamar de éste todos los benficios humanos imaginables.[4]

Las causas de la presente crisis

Las palabras de Bastiat resultaron ser proféticas. El mito del estado de bienestar se extendió desde Francia y Alemania al resto del mundo occidental, dando lugar a una explosión de transferencias protección y una igual explosión de expectativas de la gente respecto a sus autoproclamados derechos sociales.

La autosuficiencia fue progresivamente reemplazada por una mentalidad de derechos sin deberes. Como resultado, surgió una gigantesca desconexión entre lo que la gente está dispuesta a pagar en impuestos y lo que esperan a cambio, en forma de beneficios por parte del Gobierno. Como la promesa del bienestar es la forma más fácil de ganar las elecciones, los políticos siguieron aumentando el tamaño del Gobierno durante décadas. Y como el público no habría tolerado un aumento honesto en los impuestos para financiar los nuevos programas de bienestar, los gobiernos empezaron a tomar prestado el dinero necesario para financiar dichos proyectos. Así, los gobiernos se sumieron peligrosamente en la deuda. Luego llegó la crisis financiera, en gran medida causada por las acciones del gobierno: los progresivos programas sociales para hacer realidad la “sociedad de propietarios”, sueño en Estados Unidos, ha creado las condiciones estructurales. Entidades financiadas por el gobierno, como Fannie Mae y Freddie Mac, que compraron y garantizaron cerca del 50% del mercado total de la hipoteca de EE.UU., ofrecieron el vehículo financiero para transferir la riqueza, y la Reserva Federal proveyó el dinero fácil necesario para financiarla. Además, el gobierno de EE.UU. estaba tomando prestado y gastando dinero en tiempo record a fin de financiar sus políticas militares y del bienestar.

En Europa la situación no era tan diferente. La creación de una moneda única, una vez más una decisión del gobierno que en muchos casos ni siquiera se prestó a escrutinio popular mediante referéndum, posibilitó a países como Grecia, Portugal y España pedir dinero prestado a un interés muy bajo. El marcado supuso correctamente que si  algunos de estos países entraran en ‘default’, Alemania y Francia los rescatarían. Esto explica por qué los inversores privados llegaron a considerar los bonos griegos tan buenos como los bonos alemanes. Usando esta oportunidad única, los políticos de los países del Sur comenzaron una orgía de crédito. Su objetivo fue ganar las elecciones con la promesa de más políticas de bienestar. Mientras tanto, el Banco Central Europeo mantenía los tipos de interés artificialmente bajos, inflando las burbujas inmobiliarias en España e Irlanda. Durante un tiempo todos estuvieron contentos: los políticos por ser reelegidos, la gente recibiendo nuevos beneficios del gobierno cada año, los bancos haciendo montones de dinero y las industrias en auge. Todo fue una ilusión. Cuando la burbuja estalló en los Estados Unidos, rápidamente quedó claro que la situación económica y fiscal de Europa era, además, insostenible.

Es el momento de pagar la fiesta. Inevitablemente, esto significa una drástica reducción en el nivel de vida. Como la gente no entendió que el origen de la crisis fue el gobierno, tal y como predijo Bastiat, ahora van a las calles a exigir incluso más de lo que causó el problema en primer lugar: el gobierno. Esa es la paradoja de los indignados.

Hessel y los que se le unen muestran la misma ignorancia que los que se manifiestan contra los recortes del gasto mientras piden programas de bienestar con creciente participación del gobierno en la economía. Para sostener su afirmación, Hessel afirma que no puede ser cierto que no haya suficiente dinero para más programas de gobierno, porque nuestra calidad de vida es mejor ahora de lo que lo fue hace cincuenta años. Es cierto que se ha avanzado mucho, gracias al capitalismo y a pesar de todos los problemas mencionados anteriormente. Pero lo que Hessel no parece entender es que no importa cuán rico sea el país: si vive más allá de sus medios, irá a la quiebra. Ese es exactamente el problema en Europa y Estados Unidos. Los gobiernos han gastado mucho dinero durante mucho tiempo, mucho más de lo que podrían cobrar en impuestos. Es por eso que tienen tanta deuda. No hay, de hecho, casi ningún país de la UE que respete el límite de deuda del Tratado de Maastricht, que estableció un 60% del PIB límite de la deuda pública y un 3% del PIB para el límite de déficit fiscal.

El problema no es que los gobiernos no tengan suficientes programas de bienestar, como Hessel sostiene, sino que tienen muchos - tantos, de hecho, que si no empiezan a recortar drásticamente el gasto, incluso Alemania y Francia estarán en la bancarrota, como Grecia. El paradigma del bienestar se vuelve aún más dramático cuando se consideran los pasivos no financiados, es decir, los beneficios que los políticos se han comprometido a pagar a sus electores con el fin de ganar las elecciones. En Estados Unidos estos pasivos son equivalentes a siete veces el PIB, mientras que en la UE son más de cuatro veces el PIB.[5] No hay duda de que Estados Unidos y todos los países europeos dejarán de pagar sus obligaciones sociales en algún momento en el futuro.

En cuanto a la “dictadura” de las elites financieras, denunciada por Hessel y movimientos como Ocupa Wall Street, esto es otra vez producto del gobierno principalmente. Tenemos un sistema bancario que solo puede funcionar de la manera que lo hace porque está basado en la moneda fiduciaria y con el apoyo de un banco central - esto es, una agencia de planificación central monetaria creada por el gobierno. Los bancos centrales proporcionan liquidez a los bancos privados, lo que les permite ampliar la oferta de dinero de una manera coordinada, creando burbujas financieras e inmobiliarias. Pero lo más importante, los bancos toman dinero a un tipo de interés rebajado artificialmente por el banco central y lo usan para especular. El dramático aumento en el precio de las materias primas y productos agrícolas desde el año 2008 es básicamente el resultado de la inflación creada por los bancos centrales. La consecuencia más perversa de este proceso inflacionario inducido por el gobierno es que se redistribuye la riqueza de la clase media y los pobres a los ricos las élites financieras y los gobiernos, para los que la inflación actúa como un impuesto oculto. John Maynard Keynes, un defensor de la intervención del gobierno, entendió esto muy bien. Poco después de la Primera Guerra Mundial, escribió,

Con un proceso continuado de inflación, los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de sus ciudadanos. Por este método, no solo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente; y aunque el procedimiento arruina a muchos, por el momento enriquece a algunos. La contemplación de esta reorganización arbitraria a favor de los ricos atenta no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la equidad de la actual distribución de la riqueza. Los favorecidos por este sistema, aun más de lo que merecen y aun más de sus esperanzas o deseos, se convierten en especuladores, objeto del odio de la burguesía, a la que la inflación ha empobrecido, no menos que del proletariado.[6]

Quienes se declaran indignados por la desigual distribución de la riqueza debería prestar más atención a la inflación creada por el gobierno, porque ésta es, de lejos, una de sus causas centrales y el origen del “poder del dinero” que condenan. De hecho, es sorprendente que los “indignados” hayan pasado por alto el papel fundamental y destructor de los bancos centrales en la economía mundial. No sólo crean dinero de la nada (con el que especulan las élites financieras), sino que también cumplen la función de “prestamista de última instancia”. Esto significa que cada vez que un banco ha sido irresponsable o mal gestionado, en lugar de permitir su quiebra, al igual que cualquier otra empresa en la economía real, el banco central rescata el banco irresponsable con el dinero recién impreso. Además de este incentivo perverso, los bancos trabajan bajo un sistema de reserva fraccionaria, que les permite operar con muy bajas reservas de capital, con lo que sus propietarios tienen poco que perder si el banco quiebra. Como resultado, los gerentes de los bancos tienen un poderoso incentivo para participar en actividades altamente especulativas, que son muy rentables para ellos y para los accionistas, pero igualmente perjudiciales para las personas comunes y corrientes que terminan pagando la factura a través de rescates y la inflación.

De nada de esto se puede culpar al libre mercado. De hecho, el libre mercado aboga justamente por lo contrario: competencia abierta entre los bancos sin organismo de planificación central monetaria, quiebra de las empresas que han sido irresponsable y mal gestionadas; moneda fuerte, que asegure el poder adquisitivo del dinero del pueblo, y no connivencia corrupta entre gobierno y élites económicas.

Otra fuente de la distribución desigual de rentas y pobreza son los impuestos y regulaciones gubernamentales. Los altos impuestos y la regulación excesiva obstaculizan la productividad y destruyen los incentivos para la creación de empleo, así como la competencia. Mientras que los ricos pueden escapar de los efectos inmediatos de estos impuestos tomando su dinero e invirtiéndolo en el extranjero, la clase media y los pobres tienen que sufrir las consecuencias de menos puestos de trabajo, menos ingresos, y una menor calidad de vida. La libertad económica, que también incluye el estado de derecho y los derechos de propiedad sólidos, entre otros, es una condición necesaria para mejorar la calidad de vida de las masas que anhela Hessel. No es casualidad que la gente pobre en los diez países con mayor libertad económica tengan un ingreso promedio de diez veces superior a la renta de las personas pobres en los diez países con menor grado de libertad económica.

La desigualdad y la indignación

Se ha argumentado que la inflación y la falta de libertad económica son las causas principales de la pobreza y la desigualdad. Hessel no reconoce este hecho, declarándose indignado por la desigualdad en general. Él dice que es indignante que en los países pobres la gente viva con menos de dos dólares al día. Dos cosas hay que decir en respuesta a estas reivindicaciones. En primer lugar, hay una razón para estar indignados cuando la desigualdad es el resultado de la confiscación arbitraria, fraude de cualquier tipo, o una mala política económica. Sin embargo, cuando la desigualdad es el resultado de la libertad, no hay ninguna razón para estar indignados por todos, especialmente si todo el mundo tiene suficiente. Sólo los envidiosos pueden estar indignados por la riqueza que algunos han ganado legítimamente. Lo que no entiende la gente que dice buscar la “justicia social” es que los que se han enriquecido por medios honrados han servido a la sociedad más que cualquier otra persona.

Bill Gates, por ejemplo, durante mucho tiempo el hombre más rico del mundo, ha mejorado las vidas de todos nosotros con sus inventos. Hemos decidido libremente comprar los productos de Microsoft porque son útiles, por lo que todo el mundo se ha beneficiado. De la misma manera, cuando vamos a la puerta del panadero a comprar el pan, las dos partes de la transacción se benefician: el panadero porque no tenía dinero para comprar otros bienes y servicios que necesita para sí y su familia, y nosotros que ahora tenemos abundancia de delicioso pan para comer. No hay diferencia alguna si el panadero se hace millonario vendiendo su pan. En realidad, esto significaría que él es bueno en su trabajo, así que amplía su negocio con el fin de satisfacer la demanda. ¿Por qué debemos estar indignados si se hace rico en el proceso? Debemos celebrar el hecho de que fue próspero. Su prosperidad significa más empleos y más pan para más personas. Desde todos los puntos de vista, el panadero millonario está realizando una función social. De la misma forma, los inventos de Bill Gates aumentaron la productividad, sacando a millones de personas del umbral de la pobreza en el mundo.

Llegamos aquí al segundo punto que indica Hessel. Es cierto que millones de personas aún viven en la pobreza. Lo que también hay que decir es que no hay ningún período de la historia que menos personas - como porcentaje de la población total - hayan vivido en tales condiciones que en la actualidad. En China, más de 300 millones de personas han superado la línea de pobreza en los últimos 30 años. India, Chile, Vietnam, Brasil, Rusia, Perú y muchos otros países también han experimentado una dramática reducción de la pobreza en las últimas décadas. Esto se debe a las políticas de libre mercado que estos países han aplicado, las mismas políticas que explican el éxito económico de Japón, Europa y Estados Unidos. En términos absolutos, las personas en los países en desarrollo no están en peor situación, sino mejor que antes.

Por último, hay que señalar que no hay nada malo con la desigualdad “per se”. Es mucho mejor tener una sociedad desigual donde todos sean ricos que una sociedad equitativa donde todos sean pobres. La igualdad no es un fin en sí mismo como Hessel parece indicar, si lo fuera, habría que destruir toda la riqueza para que todos fuéramos igualmente pobres. Algunos países africanos pobres tienen una distribución más equitativa del sueldo que los países europeos. ¿Eso significa que su situación es preferible? La cuestión no es tanto prevenir que algunas personas tengan mucho más que otras, sino la forma de crear las condiciones para que todos sean ricos. Esta es la diferencia entre una sociedad basada en la solidaridad y la libertad verdadera y la otra basada en la coacción y la envidia.

Indignación informada

Hessel lleva razón cuando dice que la indignación es necesaria para la acción y la resistencia. Sin embargo, más importante es comprender las verdaderas razones por las cuales los indignados deberían estarlo. Si la gente se indigna por las razones equivocadas, es inevitable la demanda de soluciones equivocadas, que empeoran el problema. Es especialmente irresponsable, en estos tiempos de agitación social, pedir indignación y resistencia sin un examen claro de lo que está mal y cómo debe ser el problema abordado. Este es el papel de los intelectuales y líderes de opinión. Si se establece un mensaje falso y la gente lo cree, la indignación solo llevará a la ruina. Hessel ha hecho todo lo posible, y aún así la ideología que está promoviendo, con raíces en la vieja actitud colectivista, solo puede conducir a problemas más graves. Tiene razón al denunciar una situación que es verdaderamente escandalosa e insostenible, pero se equivoca en todo lo demás.

Lo que necesitamos, entonces, es indignación informada. A fin de demandar soluciones correctas, la gente tiene primero que entender cómo es que hemos llegado tan lejos. Tienen que ser conscientes de que dar más poder a los gobiernos sólo empeorará las cosas. La posibilidad de un futuro mejor no está en manos de burócratas y políticos, sino en la autonomía, la creatividad y la libertad individual. Se requiere coraje para ser responsable de uno mismo sin esperar incesables beneficios del gobierno. Este es un camino mucho más digno y fructífero que el actual, y también es la alternativa viable a la escandalosa situación actual.

 

 

Axel Kaiser es abogado chileno, columnista financiero, escritor y estudiante de doctorado en la Universidad de Heidelberg, Alemania. Tiene dos maestrías, también de la Universidad de Heidelberg.



[1] Isaiah Berlin, “Two Concepts of Liberty”, en Isaiah Berlin, Four Essays on Liberty (Oxford: Oxford University Press, 1969), p. 1.

[2] John Locke, Second Treatise of Government (Indianapolis: Hackett Publishing Company, 1980), p. m46. [Segundo tratado sobre el gobierno].

[3] Henry David Thoreau, Walden and Civil Disobidience (Nueva York: Barnes & Noble, 2003), p. 61. [Publicado en España como Walden; La desobediencia civil (Barcelona: Parsifal Ediciones, 2001)].

[4] Frédéric Bastiat, “Government”, en The Bastiat Collection, Vol. II (Auburne, Alabama: Ludwig von Mises Institute, 2007), pp. 101-102.

[5] Ver Jagadeesh Gokhale, Measuring the Unfunded Obligations of European Countries, National Center for Policy Analisis, Policiy Report No. 319, Enero de 2009.

[6] John Maynard Keynes, The Economic Consequences of the Peace (Nueva York: Harcourt, Brace, and Howe: 1920), p. 92.

Published Sat, Oct 22 2011 5:04 PM by euribe