Por Ralph
Raico. (Publicado el 24 de mayo de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5275.
[Publicado por primera vez por la Future of Freedom
Foundation (1995)]
El año 1898 fue un hito en la
historia estadounidense. Fue el año en que Estados Unidos fue a la guerra
contra España, nuestro primer enfrentamiento con un enemigo extranjero al
inicio de la era del belicismo moderno. Aparte de unos escasos periodos de
retirada, nos hemos visto desde entonces envueltos en política exterior.
En la década de 1880, un grupo de
cubanos hacía campaña para la independencia de España. Como muchos
revolucionarios entes y después, tenían poco apoyo real entre la masa de la
población. Así que recurrieron a tácticas terroristas: devastar los campos,
dinamitar ferrocarriles y matar a quien se interpusiera en su camino. Las
autoridades españolas respondieron con duras contramedidas.
Crecía la inquietud en algunos
inversores estadounidenses en Cuba, pero las fuerzas reales que empujaban a
Estados Unidos a la intervención no fueron un puñado de cultivadores de caña de
azúcar. Los lemas que usaban los rebeldes (“libertad” e “independencia”)
resonaban en muchos estadounidenses, que
no sabían nada de las circunstancias reales de Cuba. También influía la
“leyenda negra”, el estereotipo de los españoles como déspotas sedientos de
sangre que los estadounidenses habían heredado de sus ancestros ingleses. Fue
fácil para los estadounidenses creer las historias divulgadas por los
insurgentes, especialmente cuando la prensa “amarilla” descubrió que fomentar
la histeria sobre “atrocidades” españolas en buen parte inventadas (silenciando
las cometidas por los rebeldes) vendía periódicos.
Los políticos en busca de
publicidad y favor popular vieron una mina de oro en el asunto cubano. Pronto
el gobierno estadounidense empezó a enviar notas a España expresando su
“preocupación” por los “acontecimientos” en Cuba. En realidad, los
“acontecimientos” eran meramente la táctica que usaban normalmente las
potencias coloniales en una guerra de guerrillas. Cosas igual de malas o peores
estaban haciendo Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros en todo el mundo en
esa época de imperialismo. España, consciente de la inmensa superioridad de las
fuerzas estadounidenses, respondió a la ingerencia de Washington con intentos
de apaciguamiento, tratando al tiempo de mantener los restos de dignidad como
antigua potencia imperial.
Cuando William McKinley se
convirtió en presidente en 1897, ya estaba planeando expandir el papel de
Estados Unidos en el mundo. Los problemas de la Cuba española ofrecían la
oportunidad perfecta. McKinley declaraba públicamente: “No queremos guerras de
conquista; debemos evitar la tentación de la agresión territorial”. Pero dentro
del gobierno, la influyente conspiración que buscaba la guerra y la expansión
sabía que había encontrado a su hombre. El Senador Henry Cabot Lodge escribía a
Theodore Roosevelt, entonces en el
Departamento de la Armada: “Salvo que esté completamente equivocado, la
Administración está ahora comprometida con la gran política que ambos
deseamos”. Esta “gran política”, también apoyada por el Secretario de Estado
John Hay y otras figuras clave, buscaba romper definitivamente con nuestra
tradición de no intervención y neutralidad en asuntos exteriores. Estados
Unidos asumiría por fin sus “responsabilidades globales” y se uniría a las
demás grandes potencias en la búsqueda de territorios alrededor del mundo.
Los líderes del partido belicista
camuflaron sus planes al hablar de la necesidad de procurar mercados para la
industria estadounidense e incluso fueron capaces de convencer a unos pocos
líderes empresariales a seguir su línea. Pero en realidad nadie en esta
camarilla de altivos patricios (“dinero viejo”, en su mayor parte) tenía ningún
interés importante en los negocios o siquiera muchos respeto por ellos, excepto
como fuente de fortaleza nacional. Al igual que camarillas similares en Gran Bretaña,
Alemania, Rusia y otros lugares en esa época, su objetivos era el aumento del
poder y la gloria de su estado.
Para aumentar la presión sobre
España, se envió el barco de guerra USS
Maine al puerto de La Habana. En la noche del 15 de febrero, el Maine explotó matando a 252 hombres. Las
sospechas recayeron inmediatamente en los españoles, aunque eran los que menos tenían que ganar con la
destrucción del Maine. Era mucho más probable que hubieran estallado las
calderas o incluso que los propios rebeldes minaran el buque para llevar a
Estados Unidos a la guerra que ellos solos no podían ganar. La prensa reclamaba
venganza contra la pérfida España los políticos intervencionistas creían
llegada su hora.
McKinley, deseoso de preservar su
imagen como estadista cauteloso, se tomó su tiempo. Presionó a España para que
dejara de luchar contra los rebeldes y empezara a negociar la independencia
cubana, apuntando genéricamente que la alternativa era la guerra. Los
españoles, opuestos a entregar sencillamente la isla a una junta terrorista,
estaban dispuestos a otorgar una autonomía. Finalmente, desesperados por evitar
la guerra con Estados Unidos, Madrid proclamó un armisticio, una concesión
sorprendente en un estado soberano ante una petición de otro.
Pero no era bastante para McKinley,
que había puesto sus ojos en apropiarse algunas de las posesiones que le
restaban a España. El 11 de abril envió su mensaje de guerra en el Congreso,
omitiendo cuidadosamente la concesión de un armisticio. Una semana más tarde,
el congreso aprobó la declaración de guerra que quería McKinley.
En el Lejano Oriente, el Comodoro
George Dewey recibió el adelante para llevar a cabo un plan preestablecido:
dirigirse a Filipinas y asegurarse el control del puerto de Manila. Hizo esto,
atrayendo a Emilio Aguinaldo y sus luchadores por la independencia filipina. En
el caribe, las fuerzas estadounidenses sometieron rápidamente a los españoles
en Cuba y luego, después de que España pidiera la paz, continuó apropiándose
también de Puerto Rico. En tres meses, la batalla había terminado. Había sido,
como es conocido que dijo el Secretario de Estado, John Hay, “una espléndida
pequeña guerra”.
La rápida paliza de EEUU a la
decrépita España llenó de euforia al público estadounidense. La gente creía que
era una victoria de los ideales estadounidenses y de su modo de vida contra una
tiranía del Viejo Mundo. Nuestras armas triunfantes garantizarían a Cuba un
futuro libre y democrático.
Contra esta marea de júbilo
público, un hombre habló claro. Fue William Graham Sumner, profesor en Yale,
famoso sociólogo e incansables defensor de la empresa privada, el libre
comercio y el patrón oro. Ahora iba a entrar en su pelea más dura.
El 16 de enero de 1899, Sumner se
dirigía a una masa que abarrotaba el capítulo de la Phi Beta Kappa de Yale.
Sabemos que los miembros de Yale en la asamblea y el resto de la audiencia
rebosaban de orgullo patriótico. Con una estudiada ironía, Sumner tituló a su
discurso “La
conquista de los Estados Unidos por España”.
Sumner lanzó el guante:
Hemos derrotado a España en un
conflicto militar, pero nos estamos sometiendo a su conquista en el terreno de
las ideas y las políticas. El expansionismo y el imperialismo no son otra cosa
que las viejas filosofías de la prosperidad nacional que han llevado a España a
donde está.
Sumner procedía a esquematizar la
visión original de Estados Unidos que tenían los Padres Fundadores,
radicalmente diferente de la que prevalecía entre las naciones de Europa:
No habría corte ni
pompa, no habría órdenes, ni insignias o adornos o títulos. No habría deuda
pública. (…) No iba a haber una gran diplomacia, porque intentaban ocuparse de
sus propios asuntos y no entrometerse en ninguna de las intrigas en las que
acostumbran a participar los estadistas europeos. No iba a haber equilibrio de
poderes ni “razón de estado” a costa de la vida y felicidad de los ciudadanos.
Ésa había sido la
idea americana, nuestra señal como nación: “ha sido por virtud de esta
concepción de comunidad por lo que los Estados Unidos han resultado ser únicos
y grandes en la historia de la humanidad y su pueblo ha sido feliz”.
El sistema que no
legaron los Fundadores, sostenía Sumner, era delicado, ofreciendo para la
división un equilibrio de poderes y dirigido a mantener al gobierno como
pequeño y local. No fue un accidente que Washington, Jefferson y los demás que
crearon la república emitieron claras advertencias contra “implicaciones en el
extranjero”. Una política de aventurerismo exterior, por su naturaleza,
retorcería y alteraría y en definitiva destrozaría nuestro sistema original.
Al hacerse más
importantes los asuntos exteriores, el poder se trasladaría de comunidades y
estados al gobierno federal y, dentro de ése, del Congreso al presidente. Una
política exterior siempre activa solo podría desarrollarla el presidente, a
menudo sin conocimiento del pueblo. Así, el sistema estadounidense, basado en
el gobierno local, los derechos de los estados y el Congreso como voz del
pueblo a nivel nacional, cada vez entregaría más cosas a una hinchada
burocracia encabezada por una presidencia de corte imperial.
Pero ahora, con
la guerra contra España y la filosofía que hay tras ella, no estamos
abandonando al estilo europeo, declaraba Sumner “guerra, deudas, impuestos,
diplomacia, un sistema de gobierno grande, pompa, gloria, un gran ejército y
una gran armada, prodigalidad, corrupción política… en una palabra,
imperialismo”.
Parece que ya los
entrometidos globales habían acuñado el que iba a ser su palabra favorita de
insulto: “aislacionista”. Y ya Sumner tenía una respuesta apropiada. Los
imperialistas “nos advierte[n] sobre los terrores del ‘aislamiento’”, decía,
pero “nuestros antepasados vinieron aquí para aislarse” de la cargas del Viejo
Mundo. “Cuando todos los demás se revuelven bajo deudas e impuestos, ¿quién no
se aislaría en el disfrute de sus propias ganancias para beneficio de su propia
familia?”
Al abandonar
nuestro propio sistema, admitía libremente Sumner, habría compensaciones. La
gloria inmortal no es nada, como sabían bien los españoles. Ser una parte,
incluso un peón, en una poderosa empresa de ejércitos y armadas, identificarse
con la gran potencia imperial proyectada por todo el globo, ver izarse la
bandera en campos victoriosos de batalla: mucos pueblos en la historia pensaron
que ese juego bien lo valía.
Solo, solo que no
era el estilo estadounidense. Ese
estilo había sido más modesto, más prosaico, parroquia y, sí, de clase media. Se basaba en la idea de
que estamos aquí para vivir nuestras vidas, ocuparnos de nuestros asuntos,
disfrutar de nuestra libertad y buscar nuestra felicidad en nuestro trabajo,
familias, iglesias y comunidades. Había sido la “pequeña política”.
Hay una lógica en
los asuntos humanos, advertía Sumner el sociólogo: una vez que tomas un
decisión, se cierran algunos caminos que antes tenías abiertos y se te lleva,
paso a paso, en cierta dirección. Estados Unidos estaba eligiendo el camino del
poder mundial y Sumner tenía pocas esperanzas de que sus palabras pudieran
cambiar esto. ¿Entonces por qué hablaba? Sencillamente porque “este esquema de
república que crearon nuestros padres fue un sueño glorioso que merece más que
una palabra de respeto y afecto antes de que desaparezca”.
Ralph
Raico, profesor emçerito de Historia Europea en el Buffalo State College, es miembro
senior del Instituto
Mises. Es especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en
Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Es autor de The Place of
Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton.
Puede estudiarse la historia de la
civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y
en casete.
Este artículo está extraído de “American Foreign Policy –The
Turning Point, 1898-1919”, The Future of Freedom Foundation, 1 de febrero
de 1995.