Por Robert Higgs (Publicado el 14 de octubre
de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original
se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5640.
[The Independent
Review, Primavera de 1997]
Los analistas de la elección pública
parten de la suposición de que los individuos no son distintos cuando
participan en asuntos privados y públicos. El hombre que hace la compra, dicen,
es el mismo hombre que vota. La mujer que decide dónde invertir sus ahorros es
la misma que actúa en el parlamento del estado.
En la jerga económica, cada persona tiene
una función de utilidad que se
mantiene, actúe dicha persona en el mercado o en la arena política. Si la gente
se comporta de forma diferente cuando posee autoridad gubernativa, lo hace solo
porque los actores gubernamentales afrontan incentivos y limitaciones distintos
que los actores del sector privado. Por consiguiente, los analistas de la
elección pública concluyen, por ejemplo, que en inútil “echar a los granujas en
las elecciones, porque los nuevos cargos electos se convertirán a su vez en
granujas en respuesta a los incentivos y limitaciones propias de sus cargos".
Como corresponde a una suposición
operante, ésta sirve para cierto propósito. Permite al analista abstraerse de
cualquier diferencia que destaque a actores públicos y privados y por tanto
determinar cómo solo las diferencias institucionales en incentivos y
limitaciones provocan distintas acciones, incluso si los actores tienen motivos
idénticos. Hasta aquí, bien.
Por desgracia, aquí como en todas partes,
el analista tiende a enamorarse de su suposición teórica. Enseguida empieza a
pensar que es algo realmente cierto, no algo meramente útil. Los analistas más
engreídos consideran que cualquier cuestionamiento de las suposición como una
señal de debilidad mental.
Sean cuales sean sus méritos como
suposición operante en el análisis político positivo, las suposición de que la
gente que ostenta poder político es igual que el resto de nosotros es
manifiestamente falsa. Lord Acton
no estaba sencillamente echando aire cuando dijo que “el poder tiende a
corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Tampoco se equivocó
cuando observó que “los grandes hombres son casi siempre malos hombres”, al
menos si “grandes hombres” denota a aquéllos con gran poder político (Acton
citado por James C. Holland en su “Prólogo” a John Emerich Edward Dalberg, Acton, The History of Freedom. Grand
Rapids: The Acton Institute, 1993, p. 2).
Entre las líneas más memorables en Road to Serfdom
(Chicago: University of Chicago Press, 1944) [Publicado en España como Camino
de servidumbre (Madrid: Unión Editorial, 2008)] de Friedrich A. Hayek, está el título del capítulo 10: “Por qué
los peores llegan a la cumbre”- Hayek estaba hablando de las dictaduras
colectivistas cuando apuntaba que “habrá oportunidades especiales para los
despiadados y sin escrúpulos” y que “la disposición a hacer cosas malas se convierte
en una vía para la promoción y el poder” (p. 151).
Pero la observación también es aplicable a
gobiernos menos malvados. Hoy en día, casi todos los gobiernos, incluso los de
países como Estados Unidos, Francia o Alemania, graciosamente descritos como
“libres”, ofrecen numerosas oportunidades para gente despiadada y sin
escrúpulos. Como ha escrito Robert A. Sirico, alzando su sombrero ante Lord
Acton, “los corruptos buscan el poder y los usan absolutamente” (Wall Street Journal, 20 de agosto de
1996). La gente decente, prácticamente por definición, no busca ejercitar poder
político sobre sus conciudadanos. Lo enigmático es que tantos ciudadanos
continúen admirando y sintiendo deferencia por los desgraciados reptiles que
les gobiernan.
De todos los relatos sobre liderazgo
político que he leído, la mayoría de los cuales apoyan obsequiosamente los
mitos propagados por la propia clase de los amos, el mejor es Humbuggery and Manipulation: The Art of
Leadership (Ithaca: Cornell University Press, 1988), del antropólogo F.G.
Bailey. Bailey va directo al grano apuntando en su prólogo que “líderes y
gángsters tiene mucho en común” (p. xiii).
Por supuesto, los líderes políticos son
mucho más ambiciosos que los gángsters. Estos últimos se contentan con llevarse
tu dinero, mientras que los primeros, además de llevarse mucho más dinero,
tienen la desfachatez de violar tus justos derechos cuando les conviene,
suponiendo tu gratitud por su devoción compasiva por tu bienestar.
Para poner a los ciudadanos en un estado
mental servil e imbécil apropiado, los líderes políticos dicen tonterías
continuamente. A los seguidores
se les lleva a la devoción por la
pretendida preocupación o admiración del líder por ellos o por alguna causa en
la que creen, por un fingimiento de virtud; es sobre todo hipocresía. (…) El
papel de líder requiere actuaciones que desafían la verdad, que van de las
exageraciones metafóricas leves y completamente inofensivas (…) a acciones que
se eliminan cuidadosamente de las autobiografías porque son lamentablemente
deshonestas o incluso delictivas (p. 169).
Gente honorable, que da un giro equivocado
y se tropieza con puestos de liderazgo político, no duran más que una monja en
un burdel. Si los rivales despiadados no le desplazan a la primera oportunidad,
la gente con escrúpulos pronto dimiten con disgusto. La gente a la que le falta
beligerancia no tiene éxito como boxeadores profesionales; la gente a la que le
falta talento para mentir, robar y, si es necesario, cometer homicidio no tiene
éxito en la política moderna. Como dice Bailey:
Los líderes no son la gente virtuosa que
afirma ser; ponen a la política por encima del arte de gobernar; distorsionan
hechos y simplifican asuntos; prometen lo que nadie puede cumplir y son
mentirosos. (…) Los líderes, si han de ser eficaces, no pueden elegir sobre
este asunto. No podrían ser virtuosos (en el sentido de excelentes moralmente)
y líderes al tiempo (p. 174).
Algunos críticos han condenado el análisis
de la elección pública por promover el cinismo en políticos, funcionarios
públicos y asuntos públicos en general. Por el contrario, Bailey analiza la
escena con los ojos desapasionados de un sociólogo experto. “Muchas veces”,
afirma, “la hipocresía funciona y los entusiastas seguidores son arrastrados
por una oleada de pasión y euforia hasta que la ola rompe en la roca de la
realidad y se descubren abandonas. Entretanto, los cínicos quedan detrás del
oleaje y siguen a flote” (p. 173).
Es verdad, creo, que el análisis de la
elección pública favorece en cinismo respecto de los líderes políticos. Pero no
tanto como merecen.
Robert Higgs es socio distinguido en
economía política en el Independent Institute y editor de The
Independent Review. En 2007 recibió el premio Gary G. Schlarbaum por una
vida dedicada a la causa de la libertad.