Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 12 de octubre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5761.
Los manifestantes del movimiento
“ocupa” se ven a sí mismos siguiendo el espíritu de los grandes radicales de la
historia (diciendo la verdad al poder y todo eso). Como han dicho muchos, el
movimiento parece ciego a la verdadera fuente de poder en la sociedad, pues si
no protestarían contra las burocracias públicas y la Reserva Federal.
Sin embargo, en realidad es peor
que eso. El movimiento de protesta no solo está ciego ante la fuerza motriz
real tras el empobrecimiento y la injusticia. El espíritu principal del
movimiento respalda activamente al gobierno y a los poderosos intereses que
apoyan el status quo, tanto que este movimiento ni siquiera merece el
calificativo de radical.
Mi prueba es un artículo de opinión
del sito de extrema izquierda Alternet.org, un lugar que a menudo publica
excelentes críticas a la política exterior estadounidense. Pero cuando se
refiere a asuntos económicos, ofrece la previsible tontería que ha afligido a
la mente izquierdista durante al menos un siglo.
En “5 Conservative Economic Myths Occupy Wall
Street Is Helping to Bust”, el autor Dave Johnson no da un
vistazo de la visión económica del mundo en el interior de este movimiento. Lejos
de luchar contra el poder, lo están apoyando. En lugar de reprochar los trajes,
los están cosiendo. El lema de las calles debería ser realmente “¡Viva el
Hombre!”
Los supuestos mitos que lista
Johnson son:
- Las empresas hacen todo mejor que el gobierno.
- La gente rica son “creadores de empleo”.
- El gobierno y los impuestos quitan dinero a la
economía.
- Las regulaciones destruyen el empleo.
- El proteccionismo daña a la economía.
Sí, estos son los supuestos mitos.
Podría haberlos escrito de forma algo diferente, pero de lo que se trata es de
que todos son absolutamente ciertos. Así que por supuesto es enormemente
divertido ver al autor explicarnos lo que es evidentemente falso respecto de
todos estos puntos. En el curso de su explicación, empieza a sonar como un
anuncio de servicio público escrito por una burocracia gubernamental.
Así que sabemos por él que
los impuestos que recauda el gobierno
se invierten en las “estructuras públicas” que crean la prosperidad y el estilo
de vida de los que disfrutamos (o al menos disfrutábamos antes de que se
rebajaran los impuestos). Los ingresos fiscales crean la infraestructura de
transportes, tribunales, escuelas, universidades, instalaciones de
investigación y otras instituciones que permiten a nuestras empresas crecer y prosperar
y la protección al consumidor, inspección sanitaria, aguas y alcantarillado,
sanidad, parques y artes que nos ayudan a vivir y disfrutar de nuestras vidas.
¡Así habló el comisario! ¡Vivan los
mandarines! Esos tribunales y regulaciones son tan estupendos, ¿verdad? Y aún
así, ¿no es bastante raro que esta pequeña letanía no incluya nada acerca de la
policía que se envía contra los manifestantes? La policía está haciendo
posibles el resto de estos supuestos “servicios”. Cuando mayor y más caro sea el
estado, más policía se necesita para aplicar sus edictos. A alabar todo esto y
reclamar su expansión, los manifestantes están reclamando una expansión del
estado policial, y aún así parecen ignorar completamente esta realidad.
¿Qué pasa con la libre empresa? He
aquí cómo caracteriza el escritor a la economía de mercado que llevó a la
humanidad de las cavernas a las urbanizaciones, de las señales de humo a los
teléfonos celulares, de perseguir animales salvajes a ordenar en un mostrador
de comida rápida:
[Bajo la competencia] los negocios se
ven obligados a recortar cada esquina, abaratar cada producto, recortar cada
servicio, despedir gente, recortar los salarios de la gente al tiempo que le
añaden horas de trabajo, eliminar prestaciones (…) y probablemente hundirse de
todas maneras porque cuando todos los negocios hacen lo mismo el 99% de nosotros ya no podemos permitirnos
comprar o hacer cosas.
Dejemos aparte la ridícula
afirmación de que solo un 1% de la gente puede permitirse comprar cosas. ¿Nunca
ha estado en Walmart? (Ay, estoy seguro de que también esta contra ellos).
Realmente es verdad que las empresas recortan empleos y prestaciones cuando se
reducen los márgenes de beneficio. No es así cuando los negocios tienen éxito.
¿Está entonces este escritor a favor de beneficios cada vez mayores para que
las empresas no tengan que recortar? Por supuesto que no. También eso se
consideraría malo. ¿Entonces qué pasa con los rescates cuando las empresas
están quebrando para que no tengan que recortar empleados y horarios? No: los
rescates son precisamente contra lo que están los manifestantes. ¿O qué tal una
política que permita a las empresas desperdiciar enormes recursos haciendo lo
que quieran? No, eso sería contrario a la ética ecologista de arreglárselas con
menos. No hay manera de contentar a esta gente.
¿Qué pasa con la idea de que la
producción sigue a la inversión y ésta se basa en el ahorro? El escritor
rechaza esto completamente:
Cualquiera que tenga un negocio real
te dirá que lo que crea trabajos es la
gente llegando a tu puerta y comprando cosas. En una economía real, la
gente que quiere comprar cosas (demanda) es la que hace que se creen negocios y
se contrate gente.
A este tipo no se le ha ocurrido
que no hay escasez de deseos n el mundo. La demanda de cosas es infinita. La
lucha inherente en la forma económica de hacer las cosas proviene de ofertar lo
que se demanda. El escritor podría responder que la gente necesita dinero para
comprar cosas. Así que volvemos a la vieja mentira de que imprimir infinitos
papelitos es el camino hacia la salvación. Ya hemos tenido ese sistema y se
llama Reserva Federal. De nuevo, esta línea de pensamiento acaba en el bando de
las élites del poder.
Aquí habla del libre comercio, en
el que toda la raza humana coopera en beneficio mutuo, ignorando el
estado-nación (¡dulce libertad!):
Lo que ha ocurrido es que los países
nos venden pero no nos compran en la misma cantidad, causando enormes déficits
comerciales que han drenado nuestra economía y nuestros trabajos y nuestros salarios.
Esta es precisamente la afirmación
realizada por todos los mercantilistas corporativos desde la Edad Media hasta
hoy. Quieren protección del gobierno contra bienes extranjeros de forma que
puedan cobrar más a los clientes en casa- No les preocupa nada el bienestar de
nadie, excepto de sí mismos. Usan una retórica nacionalista (¿“nos”?) para
generar una inquietud por volver a sus propios privilegios privados
corporativos.
¿Así que la “izquierda radical”
dice exactamente lo mismo? No es un desafío al sistema: es el sistema.
Respecto de las regulaciones
públicas, veamos esta alucinación:
Un negocio quiere obtener beneficios
y solo les preocupará cómo afectan las regulaciones a ese objetivo. Tiene
sentido que el gobierno establezca regulaciones porque al resto nos preocupa el
mundo más grande de los demás, y por tanto entendemos más claramente cómo las
acciones de un negocio nos afectarán al resto.
Suposiciones implícitas: el
gobierno actúa en nuestro nombre; el gobierno conoce todo lo que se necesita y lo
que no; las empresas nunca están a favor de las regulaciones como medio para
acabar con las nuevas iniciativas; en un mercado, las empresas pueden obtener
beneficios incluso sin servir al público.
Nada de esto es verdad. El gobierno
actúa en nombre de sí mismo y de los grupos de interés a los que representa. El
gobierno no es omnisciente y, en realidad, es la institución más tonta de la
sociedad porque no hace nada más que tomar por fuerza y recompensar a sus
amigos.
Respecto de control de los
negocios, probablemente no haya regulación en los libros que no haya sido
impulsada por algún pez gordo en algún lugar para atacar a la competencia por
medios legales. Por el contrario, en una economía de mercado, solo hay una vía
para la rentabilidad: servir a otros.
Son todas verdades que conocen los
libertarios. Por ejemplo, es enorme la documentación histórica de la relación
entre más regulación y el cabildeo de las principales empresas en el orden
corporativo. Lo que sorprende es lo completamente ignorante que es el escritos
respecto de ciertos hechos básicos de la realidad. Es una especie de locura en
la que arriba es bajo, la derecha es la izquierda y lo blanco es negro.
Sin embargo, cuando trata de la
guerra y la política exterior, de repente vuelve la cordura:
El gasto en guerras, el departamento
(militar) de “Defensa”, la inteligencia, las armas nucleares, los veteranos y
las partidas presupuestarias relacionadas (incluyendo los intereses del dinero
que se ha pedido prestado por pasados gastos militares) es una porción
significativa del presupuesto y la gente siente instintivamente que el país no
obtiene servicios de acuerdo con lo que aporta.
Todo esto es cierto, pero fijémonos
en la naturaleza de esta queja. Se opone al estado de guerra porque piensa que
desacredita el sistema público de extraer y gastar. Teme que todo este derroche
de dinero en bombas está haciendo más difícil llevar a cabo el programa interno
de completa planificación pública, gasto y socialismo.
Ya sea apoyando más gasto, más
inflación, más regulación o más protección, es precisamente lo que dice
Anthony Gregory: “los verdaderos miembros de la clase dirigente no tienen nada
que temer de estas protestas, que en conjunto fortalecen a la élite en el
poder”.
Esta gente son radicales solo en el
sentido en que eran radicales la joven Guardia Roja en la China de Mao y el
movimiento juvenil de Hitler en Viena a principios de la década de 1930: solo
piden que el régimen sea más fiel a sí mismo y dejen de negociar con sus
enemigos. En este sentido, estas protestas callejeras no son buenas: podrían
ser un anuncio de malos tiempos en el futuro.
Lo que se necesita desesperadamente
es un movimiento de verdaderos radicales que digan realmente la verdad al
poder, no uno que sirva de eco para los mitos que los poderosos nos han estado
tratando de vender durante cientos de años.
Jeffrey Tucker es editor
de Mises.org y autor de It's
a Jetsons World: Private Miracles and Public Crimes y Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.