Por Ralph
Raico. (Publicado el 21 de junio de 2010)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4503.
[The Review of Austrian Economics, 1990]
Prólogo
Durante varias generaciones ha
existido una interpretación de la historia moderna condicionando y moldeando
las opiniones sostenidas por casi todas las personas cultas respecto del gran
tema del socialismo contra la economía de mercado.
Esta interpretación va
aproximadamente como sigue: hubo una vez una “clase” (“la” burguesía) que
obtuvo la preeminencia con los colosales cambios sociales y económicos de la
primera historia moderna y luchó por el dominio. El liberalismo, que hay que
admitir que ayudó a alcanzar un grado limitado de liberación humana, era la
expresión ideológica de la interesada lucha de la burguesía.
Sin embargo, entretanto apareció
otra clase mucho mayor, “la” clase trabajadora, las víctimas de la burguesía triunfante.
Esta clase luchaba a su vez por el reconocimiento y la dominación y por eso
desarrolló su propia ideología, el socialismo. El socialismo buscaba la
transición hacia una liberación humana más alta y amplia. El natural e
inevitable conflicto de intereses de estas dos clases (básicamente, los
explotadores y los explotados) llena la historia moderna y ha llevado al final,
en el estado de bienestar de nuestro tiempo, a una especie de acomodo y
compromiso.
Creo que todos estamos bastante
familiarizados con este paradigma histórico.
Sin embargo, recientemente ha
empezado ha ganar espacio una interpretación distinta. El ilustre historiador
Ernst Nolte, de la Universidad Libre de Berlín, ha expresado su aspecto
central:
La revolución real y modernizadora es
la del capitalismo liberal o de la libertad económica, que empezó hace 200
años en Inglaterra y se completó por
primera vez en EEUU. Esta revolución del individualismo fue cuestionada desde
el principio por el llamado socialismo revolucionario, cuya inspiración era la
comunidad arcaica con su transparencia de condiciones sociales, como la
contrarrevolución más completa, es decir, como la tendencia al colectivismo
totalitario.
Aunque el capitalismo “cambi[ó]
radicalmente las condiciones de vida de todos los afectados en un periodo de
tiempo relativamente corto y les [hizo] mejorar en un grado extraordinario, al
menos materialmente”, “no supo cómo despertar amor”. La
gran revolución capitalista trajo un movimiento socialista, que “en cierto
sentido [era] completamente revolucionario, de hecho reaccionario radical”.
El lugar del liberalismo
Esta concepción más reciente
sugiere una nueva interpretación del liberalismo. El liberalismo es, de hecho,
la ideología de la revolución capitalista que aumentó prodigiosamente los
niveles de vida de la masa del pueblo; una doctrina elaborada gradualmente a lo
largo de varios siglos, que ofrecía una nueva idea de orden social, englobando
la libertad en la única forma apropiada para el mundo moderno. Paso a paso, en
la práctica y en la teoría, los distintos sectores de la actividad humana se
alejaron de la jurisdicción de la autoridad coactiva y se entregaron a la
acción voluntaria de una sociedad que se autorregula.
Prácticamente todos los pueblos de
la Europa occidental y central (así como los estadounidenses) contribuyeron a
la acuñación de la idea y el movimiento liberal. No solo holandeses, franceses,
escoceses, ingleses y suizos, sino también, por ejemplo, en España, los
escolásticos tardíos de la Escuela de Salamanca y de otros centros
universitarios y una serie de italianos,
especialmente en los inicios de la economía política. En esta evolución,
también los alemanes desempeñaron un papel a menudo olvidado.
Particularmente sorprendente para
los extranjeros que se han preocupado por el liberalismo alemán ha sido la
amarga hostilidad que encontró en su propio tiempo y a manos de los
historiadores y que está ligado a la primera interpretación convencional de la
historia moderna antes descrita. Paul Kennedy se ha referido muy apropiadamente
a “la completa malevolencia y odio ciego que hay detrás de muchos de los
ataques en Alemania contra los Manchestertum
[manchesterismo, es decir, laissez-faire]”.
La hostilidad se dirigía
especialmente contra el hombre que fue durante dos generaciones en Alemania el representante del movimiento liberal
que adoptaron todas las naciones civilizadas: Eugen Richter. Ahora la malicia
se ha reemplazado por el olvido. El pasado año, en julio, fue el 150
aniversario del nacimiento de Richter y si hubo ninguna reseña de la ocasión en
la República Federal, salvo mi propia y modesta contribución, no me
consta.
Sin embargo, esto no debería
sorprendernos. Como tanto los conservadores como los socialistas (los dos
bandos que han escrito la inmensa mayoría de la historia de Alemania)
encontraban a Richter insufrible, normalmente se le trataba con desdén o se le
ignoraba completamente. Así que permanece desconocido para la inmensa mayoría
incluso de la gente culta. Dada la antigua interpretación histórica, esta
circunstancia tiene cierto sentido; no se corresponde en modo alguno con la
nueva. Así que hace falta, y realmente
desde hace mucho, un intento de evaluar el significado de Richter para el
liberalismo germano y la historia alemana.
Diferencias de opinión sobre Richter
Eugen Richter fue
el brillante, aunque ocasionalmente demasiado autoritario, líder de Partido
Progresistas (Fortschrittspartei) y
luego de los liberales (Freisinn),
las expresiones políticas del “liberalismo de izquierdas” o
liberalismo “determinado” (entschieden),
a lo largo de 30 años, en el Reichstag imperial alemán y en la Cámara Prusiana
de Delegados; era además un incansable periodista y editor.
Fuera de un estrecho grupo de amigos y socios políticos, las actitudes y opiniones
sobre Richter, en su tiempo y posteriormente, han sido mayoritariamente muy
negativas.
Naturalmente éste es el caso en el
bando conservador-autoritario. El Príncipe Heredero Guillermo, posteriormente
Káiser Guillermo II, llegó a idear un plan (nunca llevado a cabo) de hacer que
Richter fuera “apaleado” por seis jóvenes oficiales y el
viejo adversario de Richter, el Príncipe Bismarck confiaba al viejo káiser,
Guillermo I, que era entre hombres como Richter donde tenían que encontrarse
“el material para los diputados de la Convención [Revolucionaria Francesa]”. Hans
Delbrück, cuyo retrato de Richter influyó en escritores posteriores, le
comparaba con el demagogo griego Cleón y le calificaba como el líder de un
partido cuya mayor pasión se reservaba a las piezas de plata,
mientras que para el marxista Franz Mehring, Richter era sencillamente “un
servidor y ayudante del Gran Capital”. La
“rigidez”, el “dogmatismo” y el “doctrinarismo crítico” de Richter se han
atacado repetidamentey un
historiador alemán actual sencillamente refleja la visión casi unánime de sus
colegas cuando calificaba sumariamente a Richter como “el eterno señor no”.
Aún así, incluso Bismarck se vio
obligado a reconocer: “Richter fue sin duda el mejor orador que tuvimos. Muy
bien informado y concienzudo; con formas poco serviciales, pero un hombre de
carácter. Ni siquiera ahora sigue la corriente”. Otro
oponente, esta vez del bando liberal, el primer presidente de la república
federal, Theodor Heuss, admitía que Richter fue “el líder más influyente del
liberalismo ‘determinado’” y “sin duda en el detalle en el trabajo el diputado
más culto en los parlamentos alemanes”. Un
observador más cercano en espíritu a él lo expresaba más sencillamente: Richter
“era la encarnación de la doctrina liberal”.
La carrera de Richter
Eugen Richter nació el 30 de julio
de 1838 en Düsseldorf, hijo de un doctor de un regimiento. El ambiente de la
cada paterna era “de oposición”, por ejemplo, la familia leía el Kölnische Zeitung “con avidez”, lo que
era evidencia de un comportamiento bastante extraño para su tiempo. La
“disposición predominantemente racional-crítica” de Richter se desarrolló en su
temprana juventud. Estudió
ciencias políticas con Friedrich Christoph Dahlmann en Bonn y con Robert von
Mohl en Heidelberg, donde también estudió finanzas públicas con Karl Heinrich
Rau, el más famoso experto en la materia. Siendo aún un estudiante, fue a
Berlín, donde las reuniones de la Cámara Prusiana de Delegados le interesaron
mucho más que sus clases universitarias. Empezó a acudir a las reuniones del Kongress deutscher Volkswirte (Congreso
de Economistas Alemanes, una organización reformista liberal) y, a través de
artículos en periódicos y revistas, tomó parte ávidamente en el creciente
movimiento en pro del liberalismo económico; también fue activo en el
movimientos de cooperativas de consumidores.
En 1884, Richter encabezaba un
Partido Liberal de izquierdas unido, el Deutschfreisinnige
Partei, que ocupaba más de cien escaños en el Reichstag. Parecía haber
llegado la hora del liberalismo en Alemania: el káiser, Guillermo I, era muy
viejo, el príncipe heredero, Federico, el más liberal de todos los
Hohenzollern.
Ocurrió algo distinto de lo que
habría sido deseable para los alemanes. La habilidad política que mostró
Bismarck contra él, hizo que el Freisinnige
Partei fuera aplastado en las siguientes dos elecciones, y cuando Federico
finalmente accedió al trono en 1888, ya estaba mortalmente enfermo. Sin
embargo, estas vicisitudes no podían hacer mella en las convicciones políticas
de Richter. Durante otras dos décadas se mantuvo en los mismos principios, que
parecían cada vez más obsoletos e irrelevantes. Fue el último líder liberal
auténtico en el parlamento de cualquier potencia europea.
Filosofía social y la estrategia de los dos frentes
Ya como un joven en su primera
actividad periodística, Richter destacaba no solo las desventajas económicas
del anticuado sistema mercantilista sino al mismo tiempo el infringimiento de
la libertad civil y económica que conllevaba ese sistema. Así, en su folleto
“De la libertad de comercio de la tabernas” atacaba el sistema de concesiones,
que investía a las autoridades políticas con una amplísima autoridad
regulatoria y de concesión de licencias para todos los comercios y profesiones:
Mientras la administración de policía
en nuestro estado reúna esos poderes legislativos, ejecutivos y judiciales,
Prusia no merecerá la calificación de un Rechtsstaat
[estado de derecho].
Así que desde el principio, la
piedra angular de la filosofía social de Richter era la conexión entre libertad
política y económica, una idea que el distinguía a él, y al Liberalismo de
Izquierda en general, de la masa de “Liberales Nacionales”. Dos décadas más
tarde Richter cerraba su gran discurso contra el arancel proteccionista de
Bismarck con las palabras:
La libertad económica no tiene
ninguna seguridad sin libertad política y la libertad política solo puede
encontrarse segura en la libertad económica.
Esta idea determinó continuamente
la estrategia política de Richter. Toda su vida llevó a cabo una “guerra en dos
frentes” contra el “pseudo-constitucionalismo” de Bismarck y un mercantilismo
recrudecido por un lado y el creciente movimiento socialista por el otro.
Se ha reprochado a menudo esta
política a Richter y los demás liberales entschieden.
Los críticos mantienen que los liberales de izquierda deberían haberse aliado
con los socialdemócratas, en una resistencia común al militarista y autoritario
Segundo Reich, se supone que la famosa “rigidez” y “dogmatismo” de Richter
fueron en buena parte responsables por el hecho de que un frente unido como ése
nunca llegara a producirse. En algunos historiadores llega a dar la impresión
de que la oposición liberal a la socialdemocracia en la Alemania liberal solo puede
entenderse como producto del “miedo” de los “niveles inferiores”.
Pero apenas puede sorprender que
Richter rechazara dicha alianza. Se veía enfrentado a un partido socialista al
que no le importaba reconocer su objetivo último (la abolición del sistema de
propiedad privada y de la economía de mercado) y que veía a “la lucha de clases
entre burguesía y proletariado como el ‘eje de todo socialismo
revolucionario’”.
Después de 1875, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) era oficialmente un
partido marxista y a pesar de posteriores tendencias revisionistas, sus líderes
reconocidos, como Bebel, Liebknecht y Kautsky, eran declarados marxistas
ortodoxos. Por supuesto, el SPD presentaba varias demandas democráticas “para
empezar”, aunque su objetivo último siguió siendo la eliminación social de
todos los no proletarios.
El punto de partida socialdemócrata
que afrontaba Richter puede apreciarse en Franz Mehring, un importante teórico
y biógrafo de Marx. En 1903, Mehring escribía en el Neue Zeit, de la “burguesía” alemana (y sus defensores): “Tenía que
ser consciente y básicamente era consciente de que, sin la ayuda de la clase
trabajadora, no podría derrotar al absolutismo y el feudalismo. Tenía además
que ser consciente, y básicamente también era consciente, de que, en el momento
de la victoria, su anterior compañero de alianza se le enfrentaría como un
adversario”, momento en el cual la burguesía caería víctima del proletariado en
el decisivo conflicto final.
Sin embargo, Mehring insistía en
que en este supuesto esto de cosas la burguesía debía llegar a la conclusión
“de que un pacto con la clase trabajadora sobre condiciones tolerables [sic] le
ofrece su única posibilidad”. Pero
para liberales como Richter, el escenario marxista no era en modo alguno tan
“tolerable”. Por tanto, es comprensible que Richter sostuviera que el “estado
socialdemócrata del futuro”, al ser hipotético, era entonces menos peligroso
que el existente estado autoritario militar, aunque esencialmente “mucho peor”.
Incluso dejando aparte el hecho de
que “desde 1869, las reuniones del Partido Progresista en Berlín se vieron
interrumpidas violentamente por los socialdemócratas”,
¿cómo habría sido concebible una alianza con ellos? Como liberales, los hombres
como Richter veían al socialismo como la gran contrarrevolución moderna y
creían que alcanzar el objetivo socialista llevaría tanto a una enorme pobreza
como a un absolutismo del estado. No había nada en la doctrina socialista del
momento que sugiriera otra cosa. Los historiadores harían bien en reconocer que
la culpa de la no creación de un frente común contra el militarismo en Alemania
debe atribuirse a los propios socialdemócratas.
Imágenes del futuro socialista
Los socialistas se dedicaron a una
crítica incansable y cáustica de orden económico liberal. Pero, como apuntaba
Richter:
Los socialdemócratas son muy locuaces
al criticar el orden social actual, pero se cuidan mucho de aclarar con detalle
el objetivo que se supone que se alcanzaría mediante la destrucción de éste.
Esta omisión es la que trata de
reflejar en sus Imágenes del futuro
socialista.
En su tiempo, este pequeño libro, con su subtítulo irónico “Tomado
libremente de Bebel”, causó sensación. Se tradujo a una docena de idiomas, con
más de un cuarto de millón de copias impresas solo en Alemania.
Debe reconocerse que en algunos
aspectos, el relato de Richter es discutible. Se basa demasiado en el patetismo
de los problemas familiares bajo en nuevo régimen socialista, aunque cabía
esperar eso, ya que se dirigía a una audiencia popular. A veces la obra llega a
estar al borde de lo que en principio parece absurdo, especialmente en relación
con la igualdad social que supuestamente se obtendría bajo el socialismo, por
ejemplo, el nuevo canciller del reich socialista debe limpiar sus propias botas
y lavar su propia ropa, en el relato de Richter.
Sin embargo, la explicación de esto
es que Richter se tomaba las promesas igualitarias de los socialistas demasiado
literalmente, demasiado en serio. No
presentía la tendencia del marxismo a traer al poder una nueva clase de funcionarios privilegiados del estado en los niveles
más altos.
Aún así, Richter fue capaz de
prever muchas de las características mostradas posteriormente por los estados
marxistas. La emigración se prohibía en la Alemania marxista, ya que “el
derecho de emigrar no puede concederse a gente robusta que tiene obligaciones
para con el Estado por su educación y cultura, siempre que estén en edad de
trabajar”. Los sobornos y la
corrupción se encuentran por todas partes y
los productos de la economía nacionalizada son incapaces de cumplir con los
patrones de competencia del mercado mundial.
Pero sobre todo Richter destacaba
de nuevo la relación entre libertad económica y política:
¿qué tiene de bueno una prensa libre
si el Gobierno es propietario de cada imprenta? ¿Para qué vale el derecho de
libre reunión cuando todos los locales pertenecen al Gobierno? (…) en una
comunidad en la cual no restaba libertad alguna personal o de comercio, incluso
la forma de gobierno más libre sería incapaz de restablecer independencia
política alguna.
Cuando ocurre lo peor imaginable y
el estado socialista resulta incapaz de aprovisionar el ejército alemán cuando
su territorio se ve invadido por Francia y Rusia, estalla una contrarrevolución
que restaura un sociedad libre.
Marxistas y conservadores: ayuda mutua
Richter presentaba su campaña en
dos frentes como parte de la misma guerra, argumentando que era meramente una
cuestión de dos formas de paternalismo estatal. Resulta interesante que esta interpretación
la apoyaba un bando inesperado, aunque sin la acusación normativa de Richter.
Acusado de delitos políticos, el fundador del socialismo alemán, Ferdinand
Lassalle, se dirigió así a sus jueces:
¡Señorías, tan grandes son las
diferencias que nos dividen a ustedes y a mí contra esta disolución de toda
moralidad [que amenaza desde el bando liberal] que debemos mantenernos hombro
con hombro! Defiendo con ustedes, la llama vestal primigenia de toda
civilización, el Estado, contra estos bárbaros modernos [los liberales del
laissez faire].
Richter reiteraba que los partidos
de la derecha (los conservadores y los anti-semitas) ayudaban al socialismo
“especialmente [por] las protestas contra el capital móvil, contra la
‘explotación’ que supuestamente perpetra y, además, por las promesas sin límite
concedidas a todas las clases profesionales de ayuda y provisión del estado”. A su
vez, los socialistas ayudaban a los conservadores y anti-semitas mediante sus
amenazas revolucionarias, intimidando a las clases medias y llevándoles a los
brazos de un fuerte poder estatal.
Socialismo de estado y Sozialpolitik
Richter combatió el programa de
socialismo de estado de Bismarck, incluyendo al nacionalización de los
ferrocarriles prusianos y el establecimiento de monopolios estatales del tabaco
y el brandy y, naturalmente, el giro de Bismarck hacia el proteccionismo, hacia
el encarecimiento del coste de las necesidades de la vida por el que el gran
canciller, terrateniente y aborrecedor de las “bolsas de dinero de Manchester”
manifestaba su compasión por los pobres. Richter consideraba a la barrera
arancelaria planeada “el caldo de cultivo ideal para la formación de nuevos
cárteles”, lo que ocurrió en la realidad.
Aunque Richter, junto con otros líderes liberales, como Ludwig Bamberger,
apoyaba la introducción del patrón oro en el imperio recién creado, al
contrario que ellos se oponía a la centralización del sistema bancario mediante
la creación de un Reichsbank: ese banco central, creía, tendería a privilegiar
“al gran capital y las grandes industrias”.
Probablemente el ataque más
conocido de Richter en este campo se dirigió contra la Sozialpolitik (reforma social) de Bismarck, con la que nació en
moderno estado del bienestar. Richter, junto con Bamberger, fue el principal
portavoz contra el programa, que empezó con la Ley del Seguro de Accidentes de
1881 y con los años perseveró en este punto de vista cuando otros críticos
liberales se convirtieron a la nueva postura. Una observación fue, y es,
considerada como particularmente notoria: “No existe para nosotros [los
progresistas] una cuestión social especial. La
cuestión social es la suma de todas las cuestiones culturales”, con
lo que quería decir que, en un análisis final, el nivel de vida del pueblo
trabajador solo puede aumentarse con una mayor productividad, un punto de vista
tal vez no falto de sentido.
Sobre todo se reprocha a Richter
toda esta oposición a la Sozialpolitik. Si
uno lo juzga desde el punto de vista de la historia mundial como tribunal del
mundo, Richter sin duda estaba equivocado. El estado del bienestar está
conquistando hoy el planeta entero; incluso la grandiosa idea socialista se
está reduciendo a una mera serie de programas globales de bienestar. Aún así,
al menos una de las razones que aportó Richter contra el inicio del estado del
bienestar tiene verdadera coherencia.
Al dificultar o restringir el
desarrollo de fondos independientes, unos e ve presionado a lo largo del camino
de la ayuda estatal y allí despierta crecientes reclamaciones sobre el estado
que, a largo plazo, ningún sistema político puede satisfacer.
Las palabras de Richter dan que
pensar cuando consideramos el complejo de problemas que aparecen bajo el título
“El exceso de presión del estado social de Weimar” (el “estado social más
progresista del mundo” en su tiempo), el derrumbe de la República de Weimar y
la consiguiente apropiación del poder por los nacionalsocialistas. Uno
podría reflexionar también sobre una circunstancia que hoy parece completamente
posible: que, después de que no se hayan materializado tantas “contradicciones”
fatales del capitalismo, al final ha aparecido una verdadera contradicción, que
bien puede destruir el sistema, que es la incompatibilidad del capitalismo y el
estado ilimitado del bienestar generado por el funcionamiento de un orden
democrático.
Libertades civiles y Rechsstaat
Aunque la mayoría de los
progresistas apoyaba la Kulturkampf
(fue el célebre liberal y amigo de Richter, Rudolf Virchow, el que dio a la
lucha contra la Iglesia Católica alemana el calificativo de “lucha de
culturas”), por lo general, Richter se oponía es este funesto conflicto, que
tanto contribuyó a reforzar la hostilidad de la Iglesia Católica hacia el
liberalismo. Aunque no desafió a sus
colaboradores políticos cercanos como debería (afirmó que la Kulturkampf no le “entusiasmaba
especialmente”) su postura fue
básicamente la del auténtico liberalismo, de, por ejemplo, los liberales
católicos franceses y los jeffersionianos: separación absoluta de iglesia y
estado, incluyendo una completa libertad de educación y rechazo por principio a
que el estado subvencione cualquier religión.
Respecto de esto, es
particularmente importante que, para Richter, “la escuela privada era el último
refugio posible”. Al
contrario que la mayoría de los liberales alemanes (y franceses y otros) de su
tiempo, Richter no se inclinaba por poner obstáculos al sistema de escuelas
privadas para promover su propia Weltanschauung
secular. Tal como lo expresaba:
Aunque fuera cierto que por el uso de
un sistema privado libre de instrucción escuelas de que se crearían e serían
menos agradables desde mi punto de vista que las escuelas públicas, no me
dejaré arrastrar o renunciaré por miedo a los católicos o miedo a los
socialistas.
Igualmente Richter tomó partido
contra el emergente movimiento antisemita, con
el que coqueteó Bismarck en otro de sus intentos de socavar a los liberales.
Richter calificaba a los antisemitas como “no nacionales”, refiriéndose a ellos
como “este movimiento que daña nuestra reputación nacional”. A su vez, los
antisemitas calificaban a los liberales de izquierda que rodeaban a Richter
como “tropas judías de guardia”, e
intentaron, igual que hicieron los socialdemócratas, reventar mediante
violencia los mítines liberales en Berlín. Hasta
el final de la carrera de Richter, las clases medias germano-judías fueron una
parte importante de los seguidores liberales, en parte debido al principio
liberal de separación de iglesia y estado.
En general, Richter había aprendido
bien de los grandes teóricos del Rechsstaat,
Dahlmann y Mohl. Luchó contra una propuesta de criminalizar la calumnia y burla
de las instituciones del estado, del matrimonio y de la propiedad privada. En
el caso de los propios socialdemócratas, se opuso a las famosas e inútiles
Leyes Socialistas con las que Bismarck intentó suprimir el SPD. (Sin
embargo, en este asunto Richter parece haber actuado una vez, en medio de las
maquinaciones del Reichstag, como un político en lugar de cómo un liberal con
principios). Igual hizo con las
medidas para la supresión de los polacos en los territorios orientales de
Alemania. En opinión de Richter, las ideas y los valores culturales en
competencia no han de ser combatidos por medio de la fuerza.
La familiaridad de Richter con los
asuntos financieros de Prusia y de Alemania no tenía igual.
Desde el principio de su desempeño parlamentario, centró su atención muy en
particular en el presupuesto militar y este viejo tema, que había producido el
gran conflicto constitucional de la década de 1860 y dividido al liberalismo
alemán en varias ocasiones, le acompañó a lo largo de toda su vida política.
Defensor de los impuestos bajos, especialmente para las clases más pobres, a
Richter le preocupaba moderar las enormes demandas de financiación de los
militares; en este sentido no dudo en pelear incluso con el venerable conde Von
Moltke.
Sobre todo, le preocupaba que la
autoridad de los representantes del pueblo, el Reichstag, prevaleciera sobre el
ejército, que el ciudadano no se sumergiera en el soldado. De ahí su
insistencia en el servicio militar de dos años, en lugar de tres, que llevaría
a otra división en el partido liberal en 1893. Su
incansable cuestionamiento de cada gasto hizo que una vez Bismarck gritara que
de esta forma nunca acabarían teniendo un presupuesto.
Respecto de su interrogatorio a un ministro sobre un asunto financiero, Richter
escribía, subrayando con orgullo: “Pero
no le dejé continuar”. En
el campo del gasto de dinero público, bien podría haber sido su lema eterno.
El gran sociólogo Max Weber, que
era un liberal nacional en lugar de un liberal de izquierda, declaró sin
embargo:
A pesar de la pronunciada
impopularidad de Eugen Richter dentro de su propio partido, disfrutaba de una
inexpugnable posición de poder, que se basaba en su inigualable conocimiento
del presupuesto. Fue sin duda el último representante que podía comprobar todo
penique gastado, hasta en la última cantina, con el Ministro de Guerra; al
menos es lo que, a pesar de cualquier molestia que sintieran, me ha sido
reconocido a menudo por caballeros de este departamento.
En esta continua característica de
la actividad de Richter es posible ver el ejemplo más significativo en la
historia del liberalismo parlamentario del punto de vista expresado por Frédéric
Bastiat, cuando escribía sobre la paz y la libertad y su relación con los
“fríos números” de un “vulgar presupuesto estatal”:
La relación es lo más cercana
posible. Una guerra, una amenaza de guerra, una negociación que pudiese llevar
a la guerra, nada de esto es posible que se produzca salvo en virtud de una
pequeña cláusula inscrita en este gran libro [el presupuesto], el terror de los
contribuyentes. (…) Busquemos primero de todo la frugalidad en el gobierno:
tendremos por añadidura paz y libertad.
Guerra, paz e imperialismo
Sobre las cuestiones de la guerra y
la paz, Richter compartía las opiniones de los liberales radicales u “hombres
de Manchester” del siglo XIX, que eran hostiles a la guerra y muy escépticos
con los argumentos a favor de grandes establecimientos militares y aventuras
coloniales. En Gran Bretaña, esta fue
la postura de Richard Cobden y John Bright, y posteriormente de Herbert Spencer;
en Francia, la de Benjamin Constant, J.-B. Say, Bastiat y muchos otros. Los
liberales alemanes también dieron un gran valor a la paz (aunque su actitud se
veía algo torcida por el problema de la unificación nacional). John Prince
Smith y sus seguidores fueron portavoces del ideal de “paz a través de libre
comercio”.
Richter criticó los aumentos en la
fuerza de las fuerzas militares de Alemania “que [han] contribuido
sustancialmente a un consiguiente aumento recíproco en relación con Francia y
Rusia”. Las
Actas Navales del almirante Von Tirpitz, a partir de 1898, que al poner a
Alemania en un rumbo de colisión con Inglaterra, resultaron ser tan nefastas,
fueron rechazadas y denunciadas por Richter. La “Weltpolitik” [política mundial] de
Guillermo II, simplemente no la entendía. A la pregunta de “¿Qué es la ‘Weltpolitik’?”, Richter replicaba:
“Querer estar allí donde algo vaya a ir mal”. Bajo
su liderazgo, el Freisinnige Volkspartei
continuó rechazándola. La creciente hostilidad entre Inglaterra y Alemania casi
le llevó a la desesperación.
Richter experimentó la Edad del
Imperialismo, que empezó para Alemania con las iniciativas de Bismarck en
1884-85 en África y los Mares del Sur. Aunque rechazó estas primeras
iniciativas, su actitud acabó siendo algo ambivalente y requiere un examen.
La postura inicial de Richter, que
expresaba en junio de 1884 era que “la política colonial es extraordinariamente
cara” y
La responsabilidad para el desarrollo
material de la colonia, así como para s formación [ha] de dejarse a la
actividad y espíritu empresarial de nuestros conciudadanos marineros y
comerciantes; el procedimiento seguido debería tener menos la forma de anexión
de provincias ultramarinas al Reich Alemán que la forma de concesión de
licencias, siguiendo el modelo inglés (…) al mismo tiempo, a las partes
interesadas en la colonia debería dejárseles esencialmente su gobierno y
debería acordarse solo la posibilidad de jurisdicción europea y la protección
que pudiésemos proporcionales sin tener allí guarniciones permanentes. Respecto
del resto, esperamos que el árbol generalmente crezca mediante la actividad de
los jardineros que lo plantaron, y si no es así, entonces la planta resulta un
aborto y los daños afectan menos al Reich, ya que los costes que necesitamos no
son significativos, que a los empresarios, que se equivocaron en sus
apropiaciones.
El defecto de Richter no fue el “dogmatismo” total, sino el pragmatismo
ocasional
Un crítico de Richter, el
posteriormente influyente historiador radical-demócrata de Weimar, Eckart Kehr,
mantenía que Richter rechazaba las Actas Navales y la Weltpolitik meramente por “motivos capitalistas”, simplemente
porque no eran rentables. La
verdad es que, como siempre, Richter justificaba su postura con estadísticas y
razones “pragmáticas” de todo tipo. Pero incluso Kehr tuvo que reconocer que,
para Richter, también había otros principios implicados. Como dijo, el punto de
partida de Richter era
que el estado debería dejar las
exportaciones a los exportadores, a la industria y a los comerciantes y no
debería identificarse con los intereses de la clase exportadora. (…) Si la
industria (…) valora la protección proporcionada por los barcos de guerra, que
vayan y vendan parte del beneficio que han conseguido así y construyan ellos
mismos sus cruceros.
En otras palabras, en esta cuestión
Richter defendía el mismo principio que en las cuestiones de Sozialpolitik y el arancel
proteccionista: el estado existe para el bien común y no tendría que rebajarse
a un instrumento para intereses especiales. Por muy ingenua que pueda ser esta
actitud, demuestra que Richter mostraba trazas de lo que podría llamarse el
humanismo cívico o republicanismo clásico del tipo de Stein-Hardenberg.
El defecto real en la aproximación
de Richter al imperialismo es que nunca planteó sistemáticamente la pregunta
“¿Rentable para quién?” Es verdad que Richter se opuso a los planes coloniales
de Bismarck en la convicción de que lo esencial era “el gravamen a los
relativamente desposeídos en favor de los relativamente propietarios”. Aún
así, en la siguiente década, cuando Alemania ocupó Kiaochow, en China, y
emprendió la construcción de un ferrocarril en Shandong, Richter se mostró más
dócil que de costumbre.
Declaró:
[Los Freisinn] vemos la adquisición de la Bahía [de Kiaochow] de forma
distinta y más favorablemente que los anteriores izados de bandera en África y
Australia [es decir, Nueva Guinea]. La diferencia para nosotros es que (…)
China es un antiguo país civilizado (…) y que las transformaciones que se han
producido en China, especialmente por la última Guerra Chino-Japonesa, podrían
hacer que parezca deseable poseer allí una base para salvaguardar nuestros
intereses.
Aún así, los últimos discursos
parlamentarios de Richter, en 1904, tanto en el Reichstag como en la Cámara de
Delegados de Prusia, se ocupaban de cuestiones coloniales de una forma muy
negativa. De nuevo se ponía a sí mismo, sobre todo como “el representante de
toda la comunidad, el representante de los contribuyentes” y se quejaba del
“olvido de las urgentes necesidades en política interior respecto de las
demandas de una política colonial mal concebida”.
Para explicar la inconsistencia de
Richtr en esta área, resulta pertinente el comentario de Lothar Albertin:
Richter “respecto del imperialismo, seguía sin una teoría [theorielos]”.
Nunca fue capaz de evolucionar hacia la interpretación del imperialismo de un
Richard Cobden, por ejemplo, según la cual la expansión económica apoyada por
medio del estado siempre redunda en
favor de ciertos intereses y en contra de los contribuyentes y la mayoría. Así
que en este aspecto Richter pertenecía, en la sugestiva tipología de Wolfgang
Mommsen, a los liberales entschieden
“pragmáticos”, en lugar de a los liberales radicales “de principios”.
La rendición liberal
La capitulación final del
liberalismo alemán la inició Friedrich Naumann,
considerad hoy en lo que se suponen círculos liberales de la República Federal
como una especie de santo secular. Ambicioso y dotado de un enrome vigor, Naumann
era también intuitivo políticamente. Reconocía cómo habían cambiado las reglas
del juego político:
Lo que destruyó fundamentalmente al
liberalismo fue la aparición de los movimientos de clase en la política
moderna, la entrada de os movimientos agrarios e industrial-proletarios. (…) El
viejo liberalismo no era representativo de un movimiento de clase, sino una
visión mundial que equilibraba todas las diferencias entre clases y órdenes
sociales.
En algunos aspectos, Naumann
anticipó la idea central de la Escuela de la Elección Pública cuando describió
la evolución de la democracia moderna:
Las clases económicas contemplaban
hacia qué fin podrían hacer uso de los nuevos medios del parlamentarismo (…)
gradualmente, entendieron que la política es esencialmente un gran negocio, un
toma y daca [Markten] en busca de
ventajas, sobre cuyo seno se recogen la mayoría de las recompensas que genera
la maquinaria legislativa.
También Richter entendía esto. Sin
embargo, la pequeña diferencia era que el oportunista Naumann aceptaba las nuevas reglas del juego y
deseaba ver un movimiento liberal revivido que las adoptara sin reservas. Junto
con su íntimo amigo, Max Weber, Naumann trató de crear un liberalismo más
“adaptado” a las circunstancias del siglo XX y ganarse a líderes liberales como
Theodor Barth para su estrategia. Frente al desesperadamente prosaico Richter,
Naumann sabía cómo articular una visión política y ofrecérsela a una nueva
generación alejada de las ideas liberales clásicas.
En la concepción de Naumann, el
liberalismo tenía que hacer las paces con la socialdemocracia, asumiendo la
causa de la Sozialpolitik y otras
“reclamaciones” de los trabajadores. Al mismo tiempo tenía que arrebatar la
causa nacional a los conservadores, convirtiéndose en el más celoso defensor de
la Weltpolitik y el imperialismo y
aprendiendo a apreciar la búsqueda alemana de autoridad y prestigio en el mundo
(Weltgeltung). Debía al tiempo
“absorber elementos del estado socialista” y
desarrollar “una comprensión de la lucha de poder entre las naciones”. En
resumen, el liberalismo debía convertirse en “nacional-social”. Naturalmente, a
Naumann le volvía loco la creación de la armada. Ya en 1900, estaba
completamente convencido de que la guerra con Inglaterra era “segura”.
Por el bien del futuro del
liberalismo en Alemania, Eugen Richter tenía que ser “definitivamente combatido”.
Hacia Richter, entonces el gran anciano del liberalismo de izquierda, Nuemann
tenía una especie de educado desdén. Declaraba ante una de sus audiencias
nacionales sociales:
Eugen Richter es inmutable y ésa es
su grandeza [Risas]. Pero por debajo
este hombre, con su tenacidad única en el trabajo y voluntad (que deben
admirarse incluso por quienes le consideran un fósil peculiar), hay una serie
de personas que dicen, en asambleas y en privado: Por supuesto estamos a favor
de la armada, pero mientras Richter esté vivo… El hombre sin duda tiene su
grandeza [Risas].
¿Evolución o disolución del liberalismo?
Incluso desde las filas de los
líderes más jóvenes del propio partido de Richter había una crítica creciente
hacia su postura sobre las colonias y la armada. En 1902, en el Reichstag, uno
de los mismos protegidos de Richter, Richard Eickhoff, felicitó al ministro de
la guerra en nombre de sus votantes por un nuevo contrato de armamentos,
aprovechando la oportunidad para reclamar aún más contratos y haciendo un
broma: “l'appétit vient en mangeant”
[el apetito viene al comer]. Con
la muerte de Richter en 1906, la negatividad del viejo liberal y la constante
crítica en asuntos militares (y la historia del manchesterismo alemán) llegaron
a su fin. Ocho años después llegaría ese verano de 1914 y la confrontación con
la poderosa y hostil coalición que incluía a Inglaterra y que Richter había
temido y contra la que advertía y que resultó ser un desastre para Alemania.
Pocos años después de la muerte de
Richter, el entonces muy conocido historiador nacionalista Erich Macks hablaba
de la “superación del viejo liberalismo”. Este liberalismo, es cierto, había
saturado e impregnado toda la vida de las naciones modernas; sus efectos
continuaban sintiéndose por todas partes. Era indestructible. Pero, añadía el
biógrafo y adulador de Bismarck,
Ahora se ha visto eclipsado junto con
su principio político más distintivo. La idea de una fuerza estatal aumentada,
la idea de poder, lo ha desplazado. Y es esta idea la que en todas partes llena
poderosamente a los hombres principales y los domina decisivamente: hemos visto
esta misma tendencia, aparte de en Rusia, donde nunca desapareció, en
[Theodore] Roosevelt y en [Joseph] Chamberlain y la hemos reconocido en
Bismarck y en el Káiser Guillermo II.
El liberalismo alemán como “espíritu comerciante ingles”
En último término, la hostilidad
entre Inglaterra y Alemania, contra la que había luchado tan amargamente
Richter, contribuyó en buena medida al estallido de la Gran Guerra – la
hostilidad, debería advertirse, no la competencia
económica, ya que Inglaterra y Esrados Unidos también eran en ese sentido
competidoras (y, por supuesto, también clientes), una circunstancia que no
generó disputas. El odio de Alemania a Inglaterra
encontró su culminación y su reducción al absurdo, en una obra del intelectual
que era entonces probablemente el más famoso historiador económico del mundo,
Werner Sombart, un líder de la intervencionista Verein für Sozialpolitik. Para entender lo que significaba el
antiliberalismo alemán de principios del siglo XX, la mejor obra a consultar es
el libro de Sombart. Titulado Comerciantes
y héroes,, apareció en año 1915,
durante la guerra.
La tesis subyacente es que existen
dos “espíritus” cuyo eterno enfrentamiento comprende la historia mundial, el
espíritu del comerciante y el espíritu del héroe y dos pueblos que encarnan hoy
cada uno de ellos. Naturalmente, los ingleses son los comerciantes, los
alemanes los héroes. La obra de Sombart, en la medida en que no es un himno en
honor de la guerra y la muerte, es a menudo divertida, por ejemplo, cuando el
autor afirma: “El fundamento de todo lo inglés es indudablemente la insondable
limitación espiritual de su pueblo” o
cuando dedica un capítulo a la ciencia ingles sin mencionar siquiera a Isaac
Newton o
cuando mantiene que los ingleses desde el tiempo de Shakespeare no ha producido
nada valioso culturalmente.
Mucho más serio que estas
paparruchas y característico del momento es que Sombart secundara a Ferdinand
Lassalle en rechazar el ideal liberal como simplemente del “estado vigilante”.
Muchos en las siguientes dos generaciones se harían eco del juicio de Sombart
sobre el liberalismo alemán, cuando describía su edad de oro y declinar:
Pero luego llega otro periodo sombrío
para Alemania, cuando en las décadas de 1860 y 1870 los representantes de la
llamada Escuela de Manchester voceaban muy desvergonzadamente bienes ingleses
importados en las calles de Alemania como si fueran productos alemanes. (…) Y
hoy se sabe bien que esta “teoría de Manchester” se ha dejado desdeñosamente de
lado por parte de teóricos y prácticos en Alemania por ser totalmente errónea e
inútil.
Las dos frases que cierran este
pasaje van sin embargo entre interrogaciones:
¿Así que tal vez podamos decir que en
la concepción del estado es el espíritu alemán el único que ha alcanzado el
dominio en la propia Alemania? ¿O sigue el espíritu comerciante inglés
revoloteando por encima de algunas cabezas?
Respecto de Richert, no tendría
sentido negar que siempre le rodeó un cierto aire de “espíritu de comerciante”
o, más bien, de mentalidad de clase media. Hay sin duda algo de cierto en la
acusación de Theodor Heuss de una “monumental cualidad pequeñoburguesa” en
Richter. No sabía idiomas y las
pocas veces que viajó al extranjero fueron para pasar sus vacaciones en Suiza.
Richter parece haber tenido poco interés en los asuntos de otros países,
incluso en la fortuna del movimiento liberal en ellos. Theodor Barth, portavoz
de un liberalismo de izquierda asociado con los grandes bancos y casas
exportadoras, replicaba bromeando a la pregunta de que distinguía a su propio
partido del de Richter: si un hombre podía distinguir un vino del Mosela de uno
del Rin, era un miembro del partido de Barth, si no, lo era del de Richter.
Pero la “cualidad pequeñoburguesa”
de Richter era algo que sentían, entendían y a lo que respondían que sus
seguidores en las clases medias alemanas, en las profesiones liberales y los
pequeños negocios, particularmente en las grandes ciudades y sobre todo en
Berlín. Un resto que decrecía
con los años, representaban un versión alemana del “hombre olvidado” de William
Graham Sumner.
Seis años después de que se publicara la descripción clásica de Sumner en
Estados Unidos, el periodista Alexander Meyer escribía en el Freisinnige Zeitung de Richter que los
liberales eran
el partido del hombre pequeño, que
depende de sí mismo y de sus propios poderes, que no reclama nada al estado,
sino que solo desea que no se le impida mejorar su posición respecto de sus
capacidades y trabajar por dejar a sus hijos un mejor legado del que
recibieron.
Se echa un raro vistazo al “hombre
olvidado” alemán en el conmovedor retrato que hace el eminente director de
orquesta Bruno Walter, de su padre, un judío berlinés:
contable en una gran empresa de
sedas, para la que trabajaba, ascendiendo progresivamente y ganando más,
durante cincuenta años. Era un hombre tranquilo, con un sentido estricto del
deber y completamente fiable, y fuera de su profesión solo se ocupaba de su
familia (…) votaba liberal y veneraba a Rudolf von Virchow y Eugen Richter.
Innegablemente un “pequeño burgués”
de los pies a la cabeza, esos hombres amaban poco la Weltpolitik y las guerras vigorizantes o para la eliminación de
todas las condiciones sociales en nombre de un sueño marxista y se mantuvieron
con Richter hasta el final.
“Lo que aún puede significar Richter para nosotros”
En 1931, el 25 aniversario de la
muerte de Richter, el historiador social-liberal Erich Eyck planteaba la
cuestión de Eugen Richter podía “aún significar algo para nosotros”.
Después de todo lo que ha pasado
Alemania desde los tiempos de Richter, es más fácil determinar dónde reside su
importancia. Fue, respecto de Alemania, el
principal defensor de la revolución liberal mundial que constituye el sentido
de la historia moderna. Durante cuatro décadas luchó, como político y
publicista, por lo que Werner Sombart desdeñaba como el “espíritu comerciante
inglés”: por la paz, una vida decente para todas las clases mediante la
economía de mercado y el libre comercio, el pluralismo y el pacifismo en lugar
de la lucha violenta de visiones de mundo y valores culturales y el respeto de
los ciudadanos por sí mismos en lugar de la servidumbre. A pesar de todos los
reproches conservadores, fue siempre un patriota orgulloso. Pero nunca entendió
por qué los alemanes, de entre todos los pueblos, no deberían disfrutar de sus
derechos individuales.
Florin Afthalion ha destacado, en
el caso de Frédéric Bastiat:
¿Cómo vamos a explicar que un hombre
que luchó por el libre comercio un siglo antes de que las naciones
industrializadas hicieran de él su doctrina oficial, que condenó el
colonialismo también un siglo antes de la descolonización (…) que, sobre todo,
proclamó un era de progreso económico y enriquecimiento de todas las clases de
la sociedad, debería olvidarse, mientras que la mayoría de sus adversarios
intelectuales, profetas del estancamiento y la pauperización, que estaban
equivocados, siguen obteniendo las llaves en la ciudad?
El caso de Eugen Richter es similar
y tal vez más lamentable. Indudablemente, Richter “fracasó” en su momento. Pero
si se usa esto como fundamento para olvidar al más importante de los líderes
políticos del verdadero liberalismo alemán, entonces la réplica correspondiente
sería: ¿qué político en la historia moderna alemana antes de Adenauer y Erhard
no fracasó antes o después?
Por lo que fue y lo que representó
(si puede decirse así: por el mero hecho de que este gran hombre “nunca confió
en ningún gobierno”),
el áspero liberal renano merece ser mejor tratado por los historiadores y no
ser completamente olvidado por los alemanes.
Ralph
Raico es miembro
senior del Instituto
Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y
especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la
relación entre la guerra y al aumento del estado. Es autor de The Place
of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton.
Puede estudiarse la historia de la
civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y
en casete.