Por Wendy McElroy. (Publicado el 5 de octubre de
2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5748.
“La
guerra es la salud del estado”.
La famosas siete palabras aparecían
en un manuscrito inacabado escrito por el ensayista progresista Randolph
Silliman Bourne (1886-1918) durante la Primera Guerra Mundial. En una
recopilación de ensayos de Bourne titulada War and the Intellectuals
(1964), el editor Carl Resek explicaba el significado de la frase. Resek
escribía: “En su sentido apropiado [la frase] significaba que el poder ciego prospera
en la guerra porque la guerra corrompe el tejido moral de una nación y corrompe
especialmente a sus intelectuales”. Las siete palabras contienen una
complejidad de significado que a menudo pasan por alto los que las usan.
Estados
Unidos ha estado n guerra durante más de una década y las hostilidades no
disminuyen. Más bien lo contrario. Las tropas y la influencia estadounidense se
extienden por el mundo árabe y Oriente Medio, dejando montones de bajas y
crecientes enemigos. Si aparecen emergencias económicas durante el conflicto,
se produce más guerra. La complejidad de la idea de Bourne ha de investigarse
para privar al estado de tanta salud como sea posible.
Estado, gobierno y sociedad
En
tiempos de paz, creía Bourne que la mayoría de la gente seguía su propio
interés de acuerdo con sus propios valores. Trabajaban y cooperaban entre sí,
se casaban y tenían hijos sin prestar mucha atención al estado. En su lugar,
trataban con el gobierno. Bourne definía al gobierno
como
un marco de
la administración de leyes y la gestión de la fuerza pública. El Gobierno es la
idea del Estado puesto en operación práctica en manos de gente definida,
concreta y falible.
El
gobierno es “las oficinas y funciones” del día a día en la práctica de un
estado, como correos y el sistema de escuelas públicas, con los que la gente
entra en contacto sencillamente al discurrir la vida. No hay ritual y canto de
himnos nacionales cuando se compran sellos. Los funcionarios cuyo trabajo hace
que funcione el gobierno no tienen ninguna sensación de santidad en ello. De
hecho Bourne les describe como “hombres comunes no santificados. Creía que era
una situación saludable y un reflejo del igualitarismo estadounidense.
Entretanto,
la persona media raramente trata con el estado, es decir, con instituciones que
fueron santificadas y expresan el estado “imperecedero”, como el Tribunal
Supremo. Así que en tiempos de paz, escribe Bourne, “el sentido del Estado casi
se desvanece de la conciencia de los hombres”.
En otras
palabras, el estado es más un concepto que una realidad física. En Estados
Unidos, es la estructura política establecida tras la Guerra de Independencia
que se encarna en la Constitución y la Declaración de Derechos. Reclama una
cadena de legitimidad que se remonta al Presidente George Washington. Aunque
los gobiernos van y vienen con las elecciones, el estado permanece
esencialmente el mismo, solo que haciéndose más fuerte con el tiempo. Es el
estado en lugar del gobierno el que suscita emociones como la intimidación o el
patriotismo. Es a la idea del estado estadounidense (no a ningún gobierno
concreto, republicano o demócrata) a la que la gente jura lealtad con las manos
sobre sus corazones.
Por su
parte, la “sociedad” funciona de forma distinta al estado, gobierno o el
individuo interesado en sí mismo. La sociedad, a la que Bourne se refiere como
“nación” o “país”, es el conjunto de factores que constituyen la vida
estadounidense. Incluye actitudes características, tradiciones y literaturas
comunes, convicciones religiosas, una historia compartida y las normas
culturales prevalentes. Son los factores no políticos que hacen a la sociedad
estadounidense distinta de la china o la francesa. En tiempos de paz, Bourne
creía que la gente se identificaba mucho más con la sociedad que con el
gobierno. Por ejemplo, la mayoría de la gente se definía como más cercana en
relación con una comunidad, religión o herencia étnica que con un partido
político.
Al
contrario que el gobierno, la sociedad no es una expresión del estado, ni puede
coexistir pacíficamente con el estado: los dos conceptos son antagónicos. En un
ensaño titulado The State en el
que la primera sección se titula “La guerra es la salud del Estado”, Bourne
observa:
País [sociedad]
es un concepto de paz, tolerancia, de vivir y dejar vivir. Pero Estado es
esencialmente un concepto de poder, de competencia; significa un grupo en sus
aspectos agresivos. Y tenemos la desgracia de haber nacido no solo en un país
sino en un estado y a medida que crecemos aprendemos a mezclar ambos
sentimientos en una confusión desesperante.
Para
resumir el argumento anterior de Bourne: en tiempos de paz, la gente persigue
su propio interés, se identifica con la sociedad, interactúa con el gobierno y
solo ocasionalmente se encuentra con el estado santificado.
El impacto de la guerra
Bourne
definía a la guerra como el acto primordial del estado, como el acto sumo de
“un grupo en sus aspectos agresivos”. Escribía “La guerra es una función (…) de
los Estados” y no podría existir excepto en un sistema así.
Bourne
argumentaba además que la guerra difumina o elimina las líneas que separan al
gobierno del estado y a ambos de la sociedad. Esta difuminación se produce en
buena medida dentro del propio individuo. Movido por la emoción, la persona
media se llena de patriotismo y pierde “todo sentido de la distinción entre
Estado, nación y gobierno”. Bourne describía en proceso:
El
patriotismo de convierte en el sentimiento dominante y produce inmediatamente
esa intensa y desesperante confusión entre las relaciones que el individuo
siente y las que debería sentir hacia la sociedad de la que es parte.
En
tiempos de guerra, gobierno y estado se convierten en virtualmente idénticos,
así que oponerse al gobierno se convierte en un acto de deslealtad al estado.
Por ejemplo, aunque criticar al presidente o las actitudes militares es un
derecho ejercitado habitualmente por los estadounidenses en tiempos de paz, esa
crítica se convierte en un acto de traición cuando se ha declarado la guerra.
Como explicaba Bourne:
las
objeciones a la guerra, las opiniones tibias respecto a la necesidad o la
bondad del reclutamiento forzoso, se ven sujetas a sanciones feroces,
excediendo en mucho en severidad las establecidas para crímenes pragmáticos
reales.
Así que
en tiempo de guerra individuos que solo interactuaban de vez en cuando con el
gobierno se convertían ahora en fervientes defensores del estado.
Todo
ciudadano individual que en tiempos de paz no tenía ninguna función a realizar por
la que pudiera imaginarse una expresión o fragmento viviente del Estado, se
convierte en un agente aficionado activo (…) al informar sobre espías y gente
desleal, al recabar fondos para el Gobierno o al propagar aquellas medidas que
se consideren necesarias por parte del funcionariado.
La
actividades de la sociedad (desde las palabras pronunciadas en púlpitos a las
escritas en periódicos, de los intercambios económicos al espectáculo) empiezan
a ser conformes a los propósitos del estado en lugar del interés propio de los
individuos.
Al
mezclarse sociedad y gobierno en el estado, el individuo empieza a desaparecer.
El individuo se convierte en parte de lo que Bourne llamaba “el rebaño”.
Describía así el término: “El Estado es la organización del rebaño para actuar
ofensiva o defensivamente contra otro rebaño organizado de forma similar”.
Bourne
reconocía que el rebaño no era un todo emocional o intelectual, sino que
incluía un amplio rango de reacciones a acontecimientos y a la propia guerra.
Sin embargo, “con una ingeniosa mezcla de halagos, agitación e intimidación, el
rebaño se apresta como una unidad mecánica efectiva, si no como un todo
espiritual”.
Además,
el estado utiliza poderosos incentivos para convencer a la gente para que “elija”
alistarse o apoyar de otra forma el esfuerzo bélico. Los individuos por lo
general aceptan, con o sin reticencias, porque en “una nación en guerra, todo
ciudadano se identifica con el todo y se siente inmensamente fortalecido con
esa identificación”.
Pero si
el individuo lo rechaza, entonces el estado revela que esa elección nunca fue real.
Se dice
simultáneamente a los hombres que entren el la estructura militar por su propia
voluntad, como un espléndido sacrificio por el bien de su país, y que si no
quieren entrar serán capturados y castigados con las sanciones más horribles.
Así que
los individuos obedecen las medidas de tiempo de guerra incluso hasta el punto
de arriesgar sus vidas en los campos de batalla. La gente deja de ser
individuos actuando por su propio interés y se convierten en ciudadanos del
estado actuando concertadamente. El hombre que disiente y sigue siendo un
individuo se siente “abandonado y desamparado”, mientras que quienes piensan y
sienten colectivamente tienen “la cálida sensación de la obediencia, la
tranquilizadora irresponsabilidad de la protección”.
Bourne
concluía: “la gente en guerra se convierte, en el sentido más literal en niños
obedientes, respetuosos y confiados, llenos de esa ingenua fe en la total
sabiduría y poder del adulto que les cuida”.
Aquello a
lo que se refería como “esta gran máquina-rebaño” funciona bajo “una
indescriptible confusión de orgullo democrático y temor personal” que hace que
los individuos que constituyen el rebaño “se sometan a la destrucción de sus
medios de vida, si no de sus mismas vidas, de una forma que antes les habría
parecido tan detestable como para ser increíble”.
El
individuo se convierte en un “niño subido a un elefante loco” que no puede
controlar ni abandonar sino que se ve obligado a cabalgar hasta que el elefante
decida detenerse.
Éste es
el significado teórico de “La guerra es la salud del estado”. En tiempos de
paz, la gente se define principalmente por su propio interés y por la sociedad;
interactúa casualmente con el gobierno, dando poca importancia al estado. En
tiempos de guerra, todo se invierte en beneficio del estado. Respecto del
impacto en el individuo, si la guerra es la salud del estado, entonces la
guerra es también la muerte del individualismo.
Conclusión
Los
ensayos de Bourne no son típicos de la literatura pacifista en el sentido de
que ofrecen pocas críticas a políticas concretas. No se detiene en la “factura
del carnicero” de solados y civiles muertos. No ataca los beneficios obtenidos
por el complejo militar-industrial, que entonces se conocía como “los
fabricantes de municiones”. Los ensayos de Bourne atacan la santidad de la
guerra mostrando cómo ésta lleva al derrumbe moral de la sociedad al destruir
las interacciones pacíficas y los principios en los que se basa la sociedad.
Bourne
argumentaba elocuentemente que los Estados Unidos posbélicos serían moral,
intelectual y psicológicamente más pobres. Con esta observación Bourne no
quería decir que Estados Unidos en tiempo de paz lucharía bajo una burocracia
aumentada que nunca parece volver a los niveles prebélicos. Muchos
historiadores lo han apuntado. De nuevo se refería a coste de guerra menos
tangibles, aunque probablemente más duraderos. Por ejemplo, los Estados Unidos
posteriores a 1918 se verían con la carga de intelectuales que habían “olvidado
que el enemigo real es la Guerra en lugar de la Alemania imperial”. Al
convertir a la Primera Guerra Mundial en una guerra santa, se establecía el
trasfondo intelectual y psicológico para un futuro lleno con lo que él llamaba
“el deporte de la clase alta”: el conflicto global. Por tanto el impacto de la
guerra en los intelectuales es un tema para un artículo futuro y se él se
ocupaba Bourne en su segundo ensayo más aclamado: “The War and the Intellectuals”.
Wendy McElroy es autora de varios libros. Mantiene activos dos sitios
web: WendyMcElroy.com e ifeminists.com.