Por Walter Block. (Publicado el 1 de abril de 2000)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/406.
En mi último artículo, yo
afirmaba que el lenguaje es importante en la batalla ideológica por una
sociedad libre. Si permitimos a nuestros “amigos” de la izquierda estatista
apropiarse del puesto elevado de la lingüística, haremos más difícil nuestra
batalla. Debemos usar palabras que nos permitan defender el capitalismo de
laissez faire, no aquellas en las que insiste el otro bando. Continuemos con
este proceso de “deconstruir” el lenguaje para estos fines con algunos ejemplos
más.
Indecentemente ricos
Esta expresión se pronuncia con una mueca de disgusto. La implicación es
que la riqueza siempre se obtiene ilegítimamente.
Por supuesto, esto a veces es verdad, pero indudablemente no siempre. Es
decir, es verdad que hay medios ilícitos para conseguir riquezas, como a través
del robo o de Asesinatos S.A. o fraude o un montón de otras formas de violar el
axioma libertario de no agresión contra no agresores y bajo los derechos a la
persona y la propiedad en los que se basa.
Pero los destinatarios habituales de este odioso epíteto no son los
sinvergüenzas o asesinos, ni la abrumadora mayoría de ladrones ricos.
Por el contrario, los destinatarios son empresarios que han ganado una
enorme riqueza enriqueciendo las vidas de sus clientes. Por tanto la presunción
es que si una persona es acomodada, obtuvo sus posesiones honradamente. En
lugar de denigrar a los ricos deberíamos hacer desfiles en su honor.
Y tendríamos que considerar usar la frase opuesta “indecentemente
pobres”, no para identificar a quienes sin culpa se han empobrecido, sino más
bien a aquellos, los “inmerecidamente pobres” de una era anterior, que son
capaces físicamente, pero hacen poco para ganarse la vida y todo lo que pueden
para rebajarnos a todos los demás hasta su nivel.
Privilegiados
Adecuadamente utilizado, este término se aplica a aquéllos a quienes se
ha dado ventajas especiales negadas a la persona corriente. En tiempos
antiguos, esta palabra se usaría, por ejemplo, para describir a un miembro de
un gremio que se pudiera dedicar a un comercio prohibido a los que eran igual
de privilegiados.
Hoy en día, “privilegiado” puede aplicarse adecuadamente a los
beneficiarios de la acción afirmativa impuesta por el gobierno: a esa gente se
la dan contratos, trabajos, admisiones a la universidad, etc. negados a otros
con cualificaciones idénticas e incluso superiores, pero con un incorrecto
color de piel, género o tendencia sexual.
Pero ésta no es en absoluto la forma en que se usa la palabra en la
ignorante época moderna por parte de nuestros expertos, maestros, clérigos y
editorialistas de izquierdas. En su lugar, se utiliza esta palabra para los
hijos de los ricos.
“Este niño viene de una familia rica de Scarsdale”, se dice. “Es un
privilegiado”.
Esto es una tontería como una catedral. Si los padres del niño de
Scarsdale han ganado honradamente su dinero, no se da a sus hijos ninguna
ventaja injusta. Usar “privilegiados” para referirse solo a los hijos de los
ricos es solo otra manera de afirmar que la riqueza es por sí misma una
explotación.
Sin embargo esto son paparruchas marxistas y tendría que hacerse caso
omiso de ellas. También podríamos denigrar como “privilegiados” a todos los
niños con padres cariñosos, porque estos niños disfrutan de algo que no tienen
las víctimas del abuso infantil.
Ingreso inmerecidos
De acuerdo con los árbitros del lenguaje en la amable oficina de
Hacienda, el ingreso merecido proviene del trabajo. En un contraste muy
marcado, el “ingreso inmerecido” lo generan beneficios, inversiones, intereses,
etc.
Supuestamente esto es porque trabajar sudando la camiseta es noble,
edificante y beneficioso públicamente, mientras que arriesgar el capital propio
para obtener un beneficio beneficiando a los consumidores es precisamente lo
opuesto.
¿Desde cuándo los marxistas han invadido Hacienda? Si la URSS pudo
librarse de sus marxistas, ¿no podemos hacer lo mismo con nuestra Hacienda en
los viejos y buenos EEUU?
Freeman
Recientemente, la publicación de bandera de la Fundación para la
Educación Económica cambio su nombre de “Freeman” [“Hombre libre”] a “Ideas on
Liberty”. Se dijo que era para distinguir esta revista de una milicia que se
hacía llamar a sí misma “The Freemen” e iba contra la ley federal. (Para la
historia completa de este grupo, ver Who Are The Freemen?).
Pero el Freeman de la FEE se
había venido publicando durante décadas. Hacía mucho que era un periódico
honorable, pero esta decisión ejemplifica exactamente lo que no debería hacerse
en la batalla de las ideas. Sin duda hubiera sido mejor presentar una demanda
por apropiación de nombre.
Debemos proteger nuestros propios estandartes, emblemas y herencia, no
entregarlos a la primera señal de dificultad. ¿A este ritmo, algún día
evitaremos “libertad”, “propiedad”, “libre empresa”, “libertarismo”? Lo haremos
si este tipo de negación se convierte en un precedente.
Ultra
Hay ultraconservadores, pero, asombrosamente, no hay ultraprogresistas.
¿Dónde han ido todos los ultraprogresistas?
“Ultra” se refiere a una persona con cuyas ideas está en desacuerdo
quien habla. Por eso la Madre Teresa no era ultragenerosa, pero cualquier
persona a la derecha de George Bush se convierte en ultraconservador. Es hora,
hace mucho que es hora, de empezar a buscar ultraprogresistas debajo de cada
cama o mejor dejar de usar esa expresión de ultra, que se aplica solo a un lado
del pasillo.
Eer
Pasa casi lo mismo con el sufijo inglés “eer”. Hay “profiteers”
[especuladores, derivado de la palabra inglesa “profit” (beneficio)], porque
los beneficios son indudablemente malos y detestables. Pregunta a Fidel, él te
lo dirá. Pero no existe un “wageer” [sería una derivación de “wage” (salario)],
a pesar de que los salarios de algunos de nuestros principales deportistas y
actores se han disparado últimamente. Es porque los trabajadores están siempre oprimidos
y nunca son avariciosos, al menos según nuestro cuarto poder.
*****
Una defensa de la quema de libros
En un artículo reciente, “The Comstocks Try for a Comeback on Long
Island”, Gregory Bresiger se ocupaba de un grupo de irlandeses que había planeado
quemar 700 ejemplares del libro Las
cenizas de Ángela, de Frank McCourt. Es un relato de la infancia del autor,
que no deja en buen lugar a la cultura irlandesa.
Bresiger ha recurrido a todos los argumentos en su oposición. Cita la
novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury
e incluso recurre a una cita de Malachy McCourt, hermano de Frank, respecto de esta práctica en la
Alemania de Hitler. Insinúa que quemar libros no es sino el primer paso en un
camino que lleva a quemar gente, a la intolerancia y al “aplastamiento de las
ideas”.
Un argumento contra la quema de libros es el de sus consecuencias no
pretendidas: quienes realizan estos actos a veces solo consiguen popularizar
aún más el objeto de su desprecio y odio. Pero esto difícilmente justifica que
se les llame “hienas” o “torpes payasos”.
Tampoco aquí puede justificarse acudir a los grandes de la tolerancia:
Erasmo, Spinoza, John Stuart Mill y John Milton. Pues aquí la clave, ignorada
por Bresiger, es la distinción entre quema de libros pública y privada.
Con respecto a la primera, soy un entusiasta seguidor de Bresiger. El
gobierno sencillamente no tiene que quemar libros, ni tampoco hacer mucho más
por cierto.
Sin embargo la quema privada de libros del tipo que proponen los
opositores irlandeses a Las cenizas de
Ángela, de Frank McCourt es algo completamente distinto. Quemar libros
propios forma parte de los derechos de propiedad privada. Al oponerse a la
quema privada de libros, calumniando a los que realizan esta actividad, Bresiger
está al borde de violar los derechos de la propiedad privada.
Si poseo un libro, tengo derecho a quemarlo. Punto. Aunque Bresiger nuc
queda al descubierto y dice que la quema de libros tendría que ser ilegal, se
sugiere con fuerza por su enlace de esta práctica con Hitler, hienas y quema de
personas.
Me pregunto cuál es su opinión sobre la quema de banderas. Aquí, como en
la quema de libros, la postura libertaria tendría que estar clara: la gente
tiene derecho a quemar o destruir cualquier propiedad privada suya. Cualquier que
lo prohíba es ilícita.
Walter
Block es investigador eminente Harold E. Wirth, catedrático de economía en la
Universidad de Loyola, investigador senior del Instituto Mises y columnista
habitual para LewRockwell.com.