La TSA y el trabajo improductivo

Por James E. Miller. (Publicado el 16 de septiembre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5611.

 

El mes pasado estuve en la 19ª conferencia anual de la State Policy Network en Seattle, Washington. Aunque la conferencia era informativa y divertida, me lleve a casa una lección diferente sobre la empresa en el libre mercado. Fue mi primer viaje en avión desde que el Presidente Obama aumentará la intensidad de proceso de inspección que utiliza la Transportation Security Administration con los pasajeros.

Desde que se han implantado los nuevos procedimientos reforzados, la TSA ha realizado muchas vejaciones horribles a pasajeros bajo el disfraz de la “seguridad pública”. Éstas incluyen a una mujer de 94 años obligada a levantarse para ser examinada, un paciente con cáncer terminal al que se le pide que se quite su pañal para adultos e incluso la ruptura de una bolsa de urostomía durante un cacheo que dejo a un superviviente de un cáncer de vejiga cubierto por su propia orina. Según Thomas Sawyer, el hombre a quien la TSA dejó humillado y cubierto por su propio pis: “traté de advertirle (al funcionario de la TSA) de que golpearía la bolsa y rompería el sellado, pero me ignoró”.

Aparte de estos abusos de las libertades civiles, lo que realmente destaca en el procedimiento de inspección de la TSA no es la naturaleza humillante y deshumanizante del proceso si el completo desperdicio de utilidad en el trabajo. Mientras esperaba en la cola esperando mi turno para pasar el escáner que es posible que produzca cáncer, era difícil no advertir la abundancia de personal realizando la operación de inspección. Los funcionarios de la TSA dirigían a la gente a cada puerta, dando instrucciones de cómo disponer los objetos a escanear, observando intensamente los monitores de las máquinas de escaneo y trasladando las bandejas de detrás de los escáneres adelante. Un agente de la TSA realizaba cualquier tarea pequeña y mínima posible.

En la operativa de un negocio privado no es un problema para nadie salvo para los que están al cargo que deben ajustar los costes para conseguir un beneficio. A los consumidores puede molestarles el servicio o el coste de dichas operaciones, pero pueden elegir si siguen acudiendo a esas empresas. Sin embargo, en lo que se refiere al gobierno, a los consumidores no se les da el lujo de esa elección. Aunque posiblemente la TSA pueda aumentar la seguridad en los viajes en alguna medida, lo hace ineficientemente. La TSA se usa esencialmente para hacer que funcionen proyectos del gobierno. Si los aeropuertos fueran privados y tuvieran que dar beneficios, uno solo puede imaginar las innovaciones que podrían desarrollar para facilitar el proceso de seguridad. Fíjense únicamente en lo que hizo la desregulación del sector aéreo a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. Murray Rothbard explica:

La desregulación de las líneas aéreas empezó bajo el régimen de Carter y se completó bajo Reagan, tanto no es que el gobernante Civil Aeronautics Board (CAB) simplemente se recortara o restringiera, sino que en realidad se abolió directamente. El CAB, desde su creación, había cartelizado el sector aéreo fijando tarifas muy por encima del nivel del mercado libre y racionado la oferta restringiendo gravemente la entrada en el campo y asignando las rutas elegidas a una o dos empresas favorecidas. Unas pocas aerolíneas se veían privilegiadas por el gobierno, las tarifas se aumentaron artificialmente y a los competidores o bien se les impedía entrar en el sector o literalmente se les ponía fuera del negocio por el rechazo del CAB a permitirse continuar operando.

Un aspecto fascinante de la desregulación fue el fracaso de los expertos en predecir las operaciones reales en el mercado libre. Ningún economista del transporte predijo la aparición del sistema en estrella. Pero la operación general del mercado fue conforme a las ideas de la economía del libre mercado: la competencia se intensificó, las tarifas bajaron, el número de clientes aumentó y una gran variedad de descuentos y ofertas casi desconcertante invadió el mercado aéreo. Casi semanalmente, aparecían nuevas aerolíneas, quebraban la viejas e ineficientes y se producían fusiones mientras el mercado aéreo se transformaba en un servicio eficiente de las necesidades del consumidor después de décadas de atrofiante cartelización pública.

No hay ninguna razón para que no puedan aplicarse los mismos principios a la seguridad aérea. Ninguna empresa quiere en su historial la sangre de un accidente o secuestro mortal. Eso significaría una mancha en su historial y una pérdida sustancial de porción del mercado. Al tiempo, los aeropuertos privados no desperdiciarían dinero en puestos de personal ineficientes. Se buscaría agresivamente un equilibrio entre eficiencia, seguridad y productividad en general. Igual que en todas las operativas de mercado, nunca se alcanzaría realmente el equilibrio, pero su búsqueda generaría resultados que satisficieran a los consumidores y aumentaran el nivel de vida de todos los afectados.

En lo que se refiere a la TSA, los estadounidenses se han vuelto complacientes con el degradante tratamiento que se ven obligados a padecer para volar. Sin embargo, mientras los abusos continúen, las protestas pública solo aumentarán. Aún así, la peor parte de la TSA no son las violaciones de las libertades civiles: es el despilfarro de los fondos de los contribuyentes para una operación que las empresas privadas podrían proveer adecuadamente. El uso de aviones y vuelos ha producido increíbles avances en el transporte, la comunicación, la división del trabajo y la productividad en general. La mayor movilidad de la ciudadanía y del capital siempre suponen un peligro para el estado. La amenaza de ataques extranjeros solo ha aumentado la idea parasitaria de que dichos avances de la vida humana deben ser controlados por nuestros “líderes”. Se dedican recursos de los sectores productivos privados a financiar trabajos ineficientes que al tiempo hacen crecen el gobierno y garantizan votos.

Aunque los abusos de la TSA son visibles, el buen economista siempre considera lo que no se ve. La TSA sigue siendo una rémora para viajar por el aire rápida y eficazmente. El daño hecho al recurso más valiosos de la gente, el tiempo, difiere para cada individuo, pero se supone que debe ser considerable. La TSA calculaba este tiempo se espera, que era de alrededor de 15 minutos en 2006 pero ha dejado de publicar estadísticas desde que se adoptaron las nuevas medidas de inspección y ahora recomienda a los pasajeros llegar dos horas antes de su vuelo. El estado aumenta su control, los consumidores pierden soberanía y se altera el flujo del comercio. Recuerde todo esto la próxima vez que su cuerpo desnudo se observado por un funcionario público que afirma saber cómo “protegerle” mejor.

 

 

James E. Miller es licenciado en administración pública con especialización en negocios en la Universidad de Shippensburg, Pannsylvania. Fue columnista del Shippensburg Slate y contribuye actualmente en el periódico de su pueblo natal, el Middletown Press and Journal. Vea su blog.

Published Sat, Sep 17 2011 1:06 PM by euribe